LUCHA ANTIGLOBALIZACIÓN

28 de mayo del 2002

Es posible que Castro tenga razón y que la globalización consista en

Aplastar a los pobres

William J. Rees
ZNet en español

Los supuestos beneficios del mercado libre global son una falacia, pues sólo enriquecen a los ricos y hunden aún más a los pobres en la miseria.

El 12 de abril, el Consejo Canadiense hizo público un documento que ya circulaba de manera oficiosa: el borrador de la declaración final que los ministros de medio ambiente del G8 se proponen emitir en la Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible, que tendrá lugar el mes de agosto en Johannesburgo. Como era de esperar, los ministros de los ocho países más industrializados apoyarán de nuevo la agenda corporativa de la OMC (Organización Mundial del Comercio), esta vez vinculando la globalización con el siempre ininteligible concepto de "desarrollo sostenible".

Tal como proclama el documento, "(la Cumbre) debería ser el punto de convergencia de los resultados obtenidos en la Cumbre del Milenio en Nueva York, de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio en Doha y de la Financiación para la Conferencia del Desarrollo en Monterrey".

Sin embargo, no todos los resultados de esas reuniones son positivos.

Por ejemplo, el pasado mes de marzo el presidente cubano Fidel Castro afirmó en la conferencia de la ONU en Monterrey (México), que "el orden económico mundial contemporáneo es un sistema de pillaje y explotación sin paralelo en la historia", lo cual no fue precisamente un respaldo de la globalización como desarrollo sostenible, tras lo cual se demoró allí sólo el tiempo necesario para recibir una gran ovación.

Sería demasiado fácil tachar los desplantes de Castro de frescuras de perdedor. Pero entonces, ¿por qué lo ovacionaron de pie? Las palabras de Castro seguramente hicieron eco en algunos de los delegados, ya que es evidente que tiene razón. La pregunta que debe plantearse es por qué la mayor parte del mundo desarrollado ha hecho caso omiso a dicha realidad durante tanto tiempo.

Posiblemente porque desde hace más de veinticinco años los gobiernos de las democracias de mercado, con la ayuda de los medios de comunicación, no han hecho otra cosa que programar a sus ciudadanos para que la ignoren.

Hoy en día, a menos que algún espeluznante acontecimiento se nos venga encima -como sucedió el 11 de septiembre-, no solemos enterarnos de las sorprendentes tendencias del desarrollo internacional. La denominada sociedad "moderna" o "racional" sigue siendo tan irracional y propensa a los mitos como cualquiera de las que la precedieron.

La irracionalidad de las masas no es forzosamente algo negativo. De hecho, los mitos culturales son el aglutinante necesario para la cohesión social y la unidad nacional. Existe, sin embargo, un lado oscuro en el que la irracionalidad social se convierte en algo más que una profunda negación al servicio del mal (¿recuerdan el holocausto?).

Tal como observó el escritor Derrick Jensen, "si queremos mantener nuestro estilo de vida, debemos... mentirnos, sobre todo a nosotros mismos... Las mentiras son como una barrera frente a la verdad. Las barreras... son necesarias, porque sin ellas muchos actos deplorables se volverían imposibles."

En años recientes, las elites que gobiernan en las democracias de mercado han persuadido o engatusado prácticamente a todo el mundo para que crea en el mito de un poder sin precedentes. Los gobiernos y las agencias internacionales de mayor influencia comparten un concepto del desarrollo global y del alivio de la pobreza centrado en la expansión económica sin límites de los mercados abiertos y de la liberalización del comercio.

Por primera vez el mundo parece convergir hacia una ideología común del desarrollo, que promete riqueza cada vez mayor para todos, en todas partes.

El aspecto negativo es que la constante repetición del mito ha condicionado de tal manera a la población que la mayoría parece incapaz de abrir los ojos ante la avalancha cada vez mayor de indicios que lo contradicen.

En vez de abrirlos, eludimos las incómodas verdades contándonos mentiras tranquilizadoras; rechazamos a quienes se oponen a la globalización, tratándolos de chusma peligrosa y desinformada "que es preciso aplastar" y, entre tanto, la supervivencia del mito agota los ecosistemas del planeta, desgarra nuestro tejido social y debilita la seguridad del mundo.

Parte del problema es que el gran barco "Globalización" ha perdido el rumbo teórico. Los supuestos beneficios de un mercado global justo y eficiente se basan en nociones fundamentales de la teoría del "equilibrio competitivo general", pero tal como ha señalado el profesor británico Paul Ormerod, "...el equilibrio competitivo exigiría la observancia de unos requisitos que nadie cumple, de tal manera que si tales conceptos todavía persisten se debe a los intereses de la profesión económica y a los lazos existentes entre la ideología política dominante y las conclusiones empíricas de la teoría del equilibrio general".

El economista James K. Galbraith, de la Universidad de Tejas, se muestra igualmente defraudado por la teoría neoliberal. Según él, los indicios empíricos "contradicen por completo" las principales premisas y los resultados del análisis económico. Galbraith considera dicha desconexión de la realidad como prueba de un "...colapso tan completo, tan profundo de la teoría económica preponderante, que los economistas sólo pueden ocultarlo negándose de entrada a discutir las cuestiones teóricas".

En estas circunstancias, no deberíamos sorprendernos de que el nuevo orden económico mundial no esté dando los frutos que prometía, ni siquiera en unas condiciones que le son propicias.

La reducción de la pobreza en el Tercer Mundo es ostensiblemente el objetivo principal. No obstante, la estructura del sistema financiero del mundo real funciona de tal manera que los beneficios del crecimiento global enriquecen principalmente a quienes ya son ricos, que son al mismo tiempo quienes promueven la globalización (y que, además, suelen vivir en las naciones del G8).

Los programas de ajuste estructural del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional obligan a muchas naciones deudoras a gastar más de lo que ingresan para pagar los intereses de la deuda a las naciones más ricas del mundo, en vez de proporcionar servicios sociales a sus empobrecidos ciudadanos.

Y para obtener el dinero con frecuencia no les queda más remedio que agotar sus recursos naturales.

El desarrollo basado en el mercado produce daños concretos a poblaciones enteras y a los ecosistemas que nos sustentan. Quienes se oponen a la globalización lo saben y muchos analistas del desarrollo también.

Pero en 1999, cuando Joseph Stiglitz, que entonces era el Director Económico del Banco Mundial (además de Premio Nobel), admitió la existencia del problema, el mito persistió y Stiglitz fue ruidosamente despedido por apartarse de la ideología del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, no es posible rechazar los datos con tanta facilidad.

En los años sesenta "sólo" 3 dólares llegaban al Norte por cada dólar que tomaba la dirección del Sur; a finales de los noventa, después de treinta años de crecimiento sin precedentes y de una globalización cada vez mayor, la relación se había incrementado a 7 por 1.

En 1970 el 10% de los ciudadanos más ricos del mundo poseían 19 veces más riqueza que el 10% más pobre. En 1997, esa relación se había incrementado a 27 por 1 y el 1% de la población del mundo tenía los mismos ingresos que el 57% de los más pobres. Sólo 25 millones de ricos estadounidenses (que constituyen el 0.4% de la población planetaria) tenían unos ingresos combinados mayores que los de 2 mil millones de pobres de la tierra en (es decir, el 43% de la población total). Como dije arriba, Castro tiene razón.

Todo lo cual nos lleva a esta pregunta final: ¿No será que el mito está sirviendo de cobertura a un orden del día paralelo y encubierto?

Las palabras que el asesor presidencial George F. Kennan pronunció en 1948 resuenan fríamente hoy: "[EE.UU.] posee el 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el 6% de su población... En tales condiciones, es imposible evitar que la gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea consiste en mantener esta posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional. Para lograrlo, tendremos que desprendernos de sentimentalismos y tonterías. Hemos de dejarnos de objetivos vagos y poco realistas como los derechos humanos, la mejora de los niveles de vida y la democratización. Pronto llegará el día en que tendremos que funcionar con conceptos directos de poder. Cuántas menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor nos irá..."

Las nada ambiguas palabras de Kennan ofrecen un contexto más revelador de la reciente historia del mundo que cualquiera de los mitos populares imperantes.

Mientras Canadá se prepara a recibir en junio al G8 en Kananaskis, quizá deberíamos recordarlas y, quizá, en vez de reprimir a los manifestantes, los medios deberían ofrecerles también a ellos la oportunidad de que digan lo que tienen que decir.

22 de abril de 2002
William J. Rees es profesor en la Escuela de Planificación Comunitaria y Regional de la Universidad de Columbia Británica (Canadá).

Título original: Squeezing the Poor
Autor: William J. Rees
Origen: The Toronto Star
Traducido por Manuel Talens y Verónica Saladrigas; revisado por Germán Leyens
Link: http://www.zmag.org/content/GlobalEconomics/rees_squeezepoor.cfm