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E S P A Ñ A 

26 de octubre del 2003

Homenaje a la bandera

Santiago Alba Rico
Gara

Hace un año visité el campo de refugiados palestino de Nahr-al-Barid en el norte del Líbano, una diminuta maceta para un bosque de hombres. La impresión sombría de esta muchedumbre viva y desterrada se vio prolongada y paradójicamente aliviada varias horas más tarde en un pequeño teatro de Trípoli, donde un puñado de niños y jóvenes del campo, provisionalmente liberados de su prisión, nos ofrecieron exactamente lo contrario con los mismos elementos de un espectáculo folklórico. Rousseau relacionaba la patria y la danza, la experiencia de mucha gente apoderándose con los pies del propio suelo, y por contraste esta danza de niños sin tierra sugería casi el trabajo inútil de un castigo griego. Cantaban y bailaban en el aire, agarrados con todas sus fuerzas a una tabla suelta que caía al mismo tiempo que ellos. Y, sin embargo, tanta era la fuerza que uno tenía la sensación de verlos caer hacia arriba. Los himnos de liberación, los trajes de desaparecidas fiestas campesinas, la escenificación de una Palestina de vasijas y de asnos, no eran las falsas momias de un pasado inventado, por mucho que no formasen parte ni de sus vidas ni de su memoria. Constitutían una tradición en un sentido muy preciso, muy estricto, una tracción, un verdadero medio de transporte en el que trasladaban, más allá de unas costumbres que no recuperarán jamás, la decisión de una existencia colectiva. Se apoderaban de sus propios pies y bailaban envueltos en la bandera; y si a los que los contemplábamos nos venían ganas de llorar era menos compadecidos de su desgracia que agradecidos por su alegría.

Nunca me han emocionado las banderas, ni siquiera de niño, a esa edad en la que apenas representan la instructiva convergencia de nombres majestuosos y colores elementales. Pero tuve que ver bailar sin suelo a un puñado de niños palestinos para comprender que una bandera es a veces, sobre todo, una cadera. Es terrible, sin duda, que una bandera represente casi siempre el desprecio por el otro, la mentira rentable, la esclavitud sublimada, pero es muy bueno, muy bonito, muy sano y habla muy conmovedoramente de los límites felices de la condición humana el hecho de que al revés la virtud, la belleza, la bondad, el amor, las fuerzas más abstractas e inasibles, las más íntimas, tengan que cristalizar y sólo puedan expresarse a través de un grumo de materia: un volumen, un color, una textura, un cuerpo. Nuestro rechazo de las banderas se convierte, como poco, en una insignia. ¿Y por qué rechazarlas? Un pañuelo en un caballo o una cinta en el cabello, ¿no pueden ser las banderas de un abrazo? El fuego, ¿no es la bandera de la cultura humana? El sol, ¿no es la bandera de la razón? Y la ropa colgada en el balcón, ¿no es la bandera de la limpia y dura normalidad doméstica?

La buena voluntad de los izquierdistas es inseparable de una cierta falta de circunspección; es decir, de un cierto desprecio por los detalles. Allí donde las diferencias se asocian a jerarquías, no se nos ocurre otra forma de luchar contra las jerarquías que negar todas las diferencias; ni otra manera de combatir los instrumentos de la opresión que liberar al hombre de todos los instrumentos, incluso de los de la liberación. Así, contra las reglas de la tiranía nos conformamos muchas veces con la afirmación vacía de una libertad gelatinosa e insípida. Así, contra el nacionalismo chovinista y el expansionismo colonial, desdeñamos todas las banderas so pretexto de que «no son más que un trapo». Bueno, un trapo. Los tanques son sólo hierro. Las estatuas son sólo piedra. Las novias son sólo carne. Las palabras son sólo aire. Y todos, pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, somos por igual cuerpos. Contra las banderas, incurrimos en una especie de idolatría al revés, mediante la cual sumimos todas las diferencias en una pasta original a la que no reconocemos ningún valor. Yo estoy a favor de la idolatría, la cual se inclina ante la madera, el ladrillo, la tela y la piedra. Pero no me inclino ante el hierro si tiene forma de tanque ni ante las estrellas estampadas en el uniforme de un marín ni ante la tela en la que se ha urdido sangre y pus el rojigualda destino de España. Idólatras, sí; idólatras, siempre, pero idólatras con criterio. Amamos que las cosas se materialicen, pero no amamos por igual todas las cosas que se materializan. Materialista no es el que «cree» en la materia sino el que se pasma o se rebela ante la variedad jeroglífica de sus cristales; el que la protege de los ahormadores sin entrañas, el que distingue entre una horca y una percha y no confunde el rojo de una rosa con el de una fosa.

Los hombres deberían tener una bandera sólo hasta que tuviesen un país o cuando el país estuviese amenazado en su raíz o si el país se llamase y contuviese Un-Poco-De-Justicia; y en este último caso se tendría una bandera como se tiene una mancha en la camisa favorita o una cicatriz en la rodilla: marcas de uso de las que nadie se avergüenza pero para las que nadie reclama un homenaje. Me conmueve la bandera de Palestina. Me embravece la de Cuba. Empieza a gustarme la de Iraq. Y la ikurriña me convence más en las manos de un abertzale de izquierdas que en las de un empresario del PNV. Hay cosas ante las que uno se puede inclinar sin humillarse y otras cuya sola existencia es ya una humillación. Nos inclinamos ante un niño porque es perfecto; nos inclinamos ante el amado porque es bello; nos inclinamos ante una montaña porque es grande; nos inclinamos ante un desgraciado porque es más débil; nos inclinamos también ante una bandera cuando es una cadera. Pero no podemos inclinarnos ante el engaño, la traición, el servilismo, la tortura, el desprecio por el otro, el vicio de uno mismo, la tiranía y la barbarie, por muy inocentes que sean los colores con que se anuncien. Inclinarse ante las banderas de España o de EEUU, bajo estos colores y con esta historia, es como besar en la boca a un ladrón a cambio de dinero y sentirse bien pagado; o como desnudarse ante un cuchillo y no sentir ni rabia ni vergüenza. Curiosamente, por lo demás, son siempre los países que ya existen y que fueron fundados sobre el escándalo de un osario, los que amenazan y no los amenazados, los que vilependian a más amplia escala la justicia, son esos los que despliegan más banderas y más grandes y obligan a los hombres a inclinarse ante la santidad de su delito. Agitan sobre sus cabezas su ropa interior desaseada y encarcelan a todos los que no se extasían ante el olor de sus miserias.

No es extraño. El contrapunto exacto, sobre la misma línea, de los izquierdistas abstractos que dicen que «la bandera es sólo un trapo» lo constituyen los derechistas de toda laya que declaran que «la bandera es de todos» porque es lo único que están dispuestos a compartir. La bandera es de todos cuando el país, el poder, la riqueza son de todos. Pero para que el país, el poder, la riqueza, sean de todos hay que hacer una revolución. La revolución también tiene su tela. En un mundo en el que incluso la razón y la piedad lo más invisible y delicado se expresan con trapos y ladrillos y en el que la universalidad sólo puede defenderse a partir de un territorio asediado, la causa del hombre contra la estrechez de las patrias ha de tener por fuerza fronteras y banderas. Fronteras cada vez más anchas, banderas cada vez menos aparatosas.

Por muy grande que sea la bandera española en cinemascope gran nube contra el sol de la plaza de Colón de Madrid, no es lo bastante grande como para cubrir el cielo ni para ensombrecer todos los rincones de la tierra. No cubre a mis amigos ni sus dolores, ni a mis compañeros ni sus cabreos, ni mis árboles ni mis mermeladas ni mis elucubraciones ni mis anhelos. Para todo eso encontraremos también colores y bordaremos una (o varias) banderas republicanas, socialistas y biodegradables. Y el que no se incline ante ella(s), será porque se está inclinando en libertad ante algo más serio, más placentero o más hermoso.

* Santiago Alba Rico es Filósofo

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