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E S P A Ñ A 

25 de noviembre del 2003

Una visión global desde el estado español

Estampas de una post-pre-guerra interminable

Pruden López de Andagoya
Rebelión

La última gran guerra mediática ha sido hace tiempo oficialmente dada por concluida; el parte final no pudo ser más triunfalista: cautivo y desarmado el ejército moro, las tropas imperiosas han alcanzado su último objetivo: rapiñar las riquezas ajenas. Las huestes del chusquero Aznar, en justa y equitativa recompensa por su papel de comparsas, tendrán que conformarse con muy poca cosa: un trozo de desierto donde los novios de la muerte (uniformados por El Corte Ingles), que se apuntan voluntarios a cobrar casi un millón de pesetas al mes, puedan hacer ondear, otra vez orgullosa, la rojigualda; unos cuantos calderos de petróleo, que beberá agradecida Repsol; y algunos ladrillos con los que contribuir a la "reconstrucción", y que dejarán un buen puñado de dólares en los bolsillos de Florentino Pérez, "Fefe" Tapias y algún otro modélico empresario del mismo pelaje. Lástima que los extras hayan decidido que no les gusta el papel que les habían asignado, y lo que prometía un happy the end se haya convertido en un imprevisto e imprevisible to be continued.

De cualquier modo, el siguiente objetivo a aniquilar ya está señalado; también son moros, por supuesto. El exitoso guión de —la primera parte— de la peli de Irak ya esta siendo otra vez escenificado sin el menor cambio; es sabido que a los yankees les van los remakes. "Nosotros" volveremos a ganar, seguro; "ellos" y "ellas" volverán a perder, seguro.

En el desierto del Kalahari crece una planta llamada koodi y vive un pueblo al que los occidentales llamamos bosquimano. Durante más de 10.000 años el pueblo bosquimano ha utilizado el koodi para calmar el hambre y la sed. Ahora, valiéndose de la sabiduría ancestral del pueblo bosquimano, la industria farmacéutica ha sintetizado y patentado —la vida, patrimonio de toda la humanidad, pasa a ser propiedad privada— uno de los principios activos del koodi y lo utilizará para fabricar un fármaco de propiedades adelgazantes. Gracias al saber bosquimano, de ahora en adelante, en el Occidente sobrealimentado lograr el tan ansiado "cuerpo danone" será más fácil y la industria farmacéutica ingresará cientos de millones de euros. A cambio el pueblo bosquimano recibirá, y no sin antes haberlo peleado, un misérrimo 6% de todas las ganancias. Tienen suerte: en muchos otros casos similares el pueblo indígena proveedor del conocimiento y la materia prima no recibe nada a cambio.

Mientras tanto, aquí, la vida transcurre apaciblemente. Nueve de cada diez coches que circulan en el mundo lo hacen en calles y carreteras de países de la OCDE –los países ricos, entre los que se encuadra Euskal Herria-; sin embargo, solo 16 de cada 100 habitantes del planeta viven en esos países ricos. Mantener ese y otros muchos privilegios tiene un altísimo precio, pero no lo pagamos nosotros; lo pagan "ellas" y "ellos".

Holanda es el mayor productor europeo de leche. Para alimentar a tanta vaca necesita que en Brasil la superficie de tres Holandas se dedique a cultivos que luego se convertirán pienso. Es mejor cultivar eso que alimentos para los brasileños. La vaca lechera holandesa se come la comida de "ellas" y "ellos", pero a cambio no les da ni una sola gota de leche. Y gracias a ese peculiar intercambio, los campos de Holanda están cubiertos de hermosos tulipanes (que tampoco se comen).

La UE ha elaborado una normativa para "humanizar" el transporte de ganado dentro de sus fronteras; sea bienvenida. Mientras tanto, sigue repatriando a los inmigrantes que declara "ilegales" como si de ganado se tratase: maniatados, hacinados, drogados... La normativa recientemente aprobada, sin embargo, no se les aplicará a "ellos" ni a "ellas".

"Ellos" y "ellas", por su parte, seguirán intentando franquear los fosos y los muros —estos no nos avergüenzan— tras los que nos atrincheramos los ricos. Seguirán pereciendo por millares en el intento; con los cadáveres de quienes ya han muerto se podría pavimentar un sendero que atravesase Europa de punta a punta, pero eso a nosotros no nos preocupa. Los que consigan a sortear la muerte y a la policía se aprestarán a ingresar voluntariamente en el mercado de la moderna esclavitud. Sin papeles, sin derechos, el solidario y humanitario Mundo Rico les reserva un futuro espectacular: "ellas" surtirán de carne exótica nuestros parques y prostíbulos; "ellos" trabajarán de sol a sol allí donde nadie más quiere hacerlo, a cambio de un salario que nadie más que "ellos" aceptaría. Occidente ya no necesita salir a Africa a cazar esclavos; ahora vienen sólitos y se pagan "ellos" y "ellas" mismas el viaje.

En la realísima España de Felipe y Letizia hay una profesión a la que no quiere dedicarse tanta gente como dicen que es necesaria: la de mercenario/a de las gallardas Fuerzas Armadas. Así que, para solucionar el problema el sr. Trillo -seguramente asesorado por el beatífico espíritu de Escrivá de Balaguer- ha decidido que "ellos" también valen; que "ellos" también pueden vestir glorioso uniforme, y salir a las calles y caminos, junto con los mercenarios y mercenarias locales, a amedrentar a la sociedad, a recordarnos que la democracia a la española tiene límites muy estrechos y que quien intente rebasarlos se atenga a las consecuencias.

Con un mercado tan favorable y flexible, la economía "crece" al tiempo que la cotización de los derechos y la dignidad humana baja. Amnistía Internacional acaba de revelar que los países más civilizados (Francia, Alemania, USA, Israel...) han encontrado una nueva fuente de riqueza: fabricar y vender objetos de tortura. Seguro que luego descubren, incrédulos y horrorizados, que los compradores los utilizan para torturar.

Resumiendo: la ONU ha revelado que comparando el mundo de hoy con el de 1990, encontramos más pobreza en 54 países, más hambre en 21 y menos esperanza de vida en 34; pese a la propaganda oficial de "ayuda al desarrollo" el abismo que separa a ricos de pobres, lejos de disminuir, se agranda día a día.

Nuestra modélica Vitoria-Gasteiz ha caído en el lado bueno, en el de quienes cada vez podemos consumir más y con más estilo. Así que ya tenemos un nuevo, el nuevo, super-mega-guachi centro comercial. ¡A comprar! ¡A consumir todas y todos en manada! El tonto y la tonta no son quienes compran lo que no necesitan, son quienes no se apresuran a atiborrarse de cachivaches -en apariencia- baratos. El comprador "gana" y la multinacional también; todos y todas contentas. La opinión de las trabajadoras y trabajadores que han fabricado los productos en lejanos países, y la de los que nos atienden sonrientes aquí ¿a quién le importa?

Por lo demás, en la verde y rebelde Euskal Herria, descubrimos que nuestras instituciones, todas ellas prontas a reprobar la guerra, inyectan dinero a espuertas, a través de los programas I+D, a la industria armamentista; observamos que en nuestras universidades profesores y alumnos, que a buen seguro se manifestaron contra la guerra, se aprestan a realizar investigaciones financiadas por la OTAN y otras instituciones guerreras; comprobamos que los sindicatos, que tantas banderas de "Gerrarik ez" enarbolaron, defienden a capa y espada cada puesto de trabajo en Expal, Sener, Gamesa, ITP y demás fabricas de bombas de racimo y aviones que las arrojan; vemos que nuestros bancos y Cajas de Ahorros obtienen la más alta rentabilidad para nuestro dinero financiando con él todo lo anterior. ETB debería hacer un remake de cierto exitoso programa y titularlo "Euskal Herria, la mirada bélica".

Todas estas estampas, y muchas otras que podríamos describir, no son sino distintos aspectos de un mismo todo: la guerra interminable que los privilegiados necesitamos mantener contra los "otros" y "otras" para poder seguir manteniendo nuestros privilegios. Porque el planeta no puede aguantar que "ellos" y "ellas" tengan tantos coches como en la OCDE, ni tantas vacas como en Holanda, ni se sobrealimenten como en Occidente, ni tengan igual nivel de consumo al que tenemos en Euskal Herria; porque aquí nadie está dispuesto a bajar su nivel de vida para que los bienes materiales, sociales y culturales nos alcancen por igual a nosotros y a "ellas" y "ellos". En estas condiciones, la guerra es una necesidad del sistema, y los periodos de "paz" solo son cortinas de humos que ocultan la preparación del siguiente episodio de la guerra imprescindible e interminable.

Y mientras llega la próxima entrega televisiva —las que no salen en la tele no cuentan—, los millones de personas que hace unos pocos meses nos echamos a la calle para oponernos a la invasión de Irak nos hemos retirado a nuestros lugares de veraneo, versión moderna y proletaria del palacio de invierno. Cuando la lluvia de bombas arrase el próximo objetivo nos volveremos a echar a la calle, seguro.

Y mientras tanto, ¿no vamos a hacer nada? ¿Seguiremos manteniendo con nuestros impuestos las instituciones que subvencionan el armamentismo? ¿Seguiremos despreocupándonos de lo que hacen las Cajas con nuestros ahorros? ¿Seguiremos sin exigir el cierre inmediato de las fábricas de armas? ¿Seguiremos aspirando a aumentar nuestro nivel de consumo "ad infinitum"?... Si la respuesta es sí, ya sabemos lo que hay y lo que nos espera. Si la respuesta en no, ya es hora de que nos organicemos y articulemos un movimiento social contra la -única- guerra y las causas que la hacen necesaria; un movimiento social amplio y continuo (que no desaparezca con el fin de cada gran guerra mediática), independiente de intereses partidistas y coyunturas. Si hay voluntad real de hacerlo, seguro que encontramos los medios y caminos para construir ese imprescindible movimiento.

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