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E S P A Ñ A 

4 de enero del 2004

La España de Aznar entre autoafirmación y fantasmas imperiales

Franck Biancheri
Rebelión

Traducción para Rebelión: Daniela Menez y Miguel Ángel Quintana Paz.

Tras haber sido el niño prodigio de la Unión Europea, España se ha convertido, desde hace casi una década, en un niño problemático. ¿Por qué? Me intriga en especial esta pregunta debido a que conozco España desde hace más de quince años, y he compartido con amigos españoles momentos bien intensos en nuestras aventuras europeas comunes.

¿Es esa una evolución totalmente justificada por el hecho de que España se afirma como un país maduro? ¿O es más bien el reflejo de un niño consentido, atormentado por sus propios y mal dominados fantasmas?

Ambas hipótesis parecen tener parte de razón.

La entrada en la Comunidad Europea, o la búsqueda española de la modernidad.

En primer lugar, tenemos a una España que esperaba que la integración europea le aportara la modernidad bajo dos especies distintas: por un lado, una modernidad material, y por otro, otra modernidad que llamaré "fantasmagórica". Los españoles han sabido construir la primera rápidamente, apoyándose en un despegue económico originado en los años 60 y que les permitió hacer un uso pleno de las enormes subvenciones comunitarias que posteriormente se transfirieron a España (por ejemplo, en 2002 España recibió el 21% del presupuesto comunitario, mientras que su contribución fue tan sólo de un 9%). Así, en unos quince años, una gran parte de la economía y de la sociedad de este país ha podido alcanzar unos estándares propios del siglo XXI.

Por lo que respecta a la segunda modernidad, que he llamado "fantasmagórica", esta es el resultado de la búsqueda feroz por parte de España del reconocimiento de su modernidad sociocultural a ojos del resto de Europa y del mundo. Para el pueblo español, se trataba de desconectar de una vez por todas a España de la imagen de un país atrasado, más cercano a una república sudamericana que a una democracia europea – imagen con la cual había venido siendo etiquetada desde principios del siglo XIX.

Lo real y lo virtual; el rol y la identidad; lo material y su fantasma: éstas son las dos caras de la pregunta –a menudo tácita– que desde cada pueblo se le lanza al proyecto político europeo. Será al examinar las dos facetas de esta búsqueda como encontraremos la explicación del comportamiento español, encarnado a la perfección en José María Aznar.

Para empezar, los españoles estiman hoy, con toda razón, que pueden reivindicar un papel activo, sin complejos de inferioridad, en la construcción europea. Consideran ya terminada la época en que España se encontraba, básicamente, en el lugar de un país subsidiado, y desean contribuir de lleno en la configuración de la UE del mañana. Su desarrollo económico, sus éxitos internacionales (la implantación exitosa de sus empresas en América Latina, el relanzamiento del iberoamericanismo, la pujanza de su idioma en el ámbito internacional, por ejemplo) son elementos que la impulsan netamente en este sentido. Todo lo cual, sin duda, es una evolución que resulta igualmente deseable para los nuevos miembros de la UE, y que hay que alentar sin ambages.

Cuando la rigidez se presenta como rigor y patriotismo.

Sin embargo, hoy en día la forma escogida por el gobierno español para reivindicar un rol más activo en Europa genera casi sistemáticamente un creciente malestar entre sus socios comunitarios: me refiero a factores como la extraña postura adoptada por dicho gobierno en relación con la guerra de Irak, postura que iba en contra de su propia opinión pública (si bien esta no sancionara del todo al Partido Popular del presidente Aznar en las recientes elecciones locales) y que no contó con una participación militar real (el envío de militares fue posterior a la declaración del fin de los combates por G. W. Bush); me refiero también a la rígida actitud que se ha venido manteniendo en las discusiones sobre las reglas comunes europeas (Pacto de Estabilidad, ponderación del voto en el Consejo Europeo), y a su falta de eficacia, empero, durante las crisis objetivas (como la del "Prestige"). Todo ello se ha producido, además, en un período en el que, tras haberse implantado del euro y antes de que se realice la futura ampliación a los países del Este europeo, se hace cada día más patente el hecho de que la construcción europea entra en una etapa nueva, en la cual no existirá ningún futuro en común si carecemos de capacidad de adaptación.

En lo concerniente a Europa, el gobierno español ha tratado de vender a su opinión pública esta rigidez como si fuese una garantía de rigor (Pacto de Estabilidad) y de patriotismo (ponderación del voto en el Consejo Europeo)... olvidando mostrar el otro lado de moneda. En efecto, sin las transferencias financieras de países como Alemania y Francia, que contribuyen directamente a los 8 mil millones de euros recibidos por España en 2002, el presupuesto español contaría con un déficit importante. Y, en cuanto al "patriotismo", la verdad es que resulta poco atractivo en cuestiones europeas: pues nadie podría impedir, en este caso, que 80 millones de alemanes bien "patriotas" encontraran del todo inaceptable el hecho de que 40 millones de españoles obtuviesen el mismo peso que ellos.

Francia y Alemania como excusa.

En realidad podemos atisbar, desde un punto de vista político, una tendencia común a todos estos hechos: la oposición de Aznar al tándem franco-alemán de un modo casi sistemático. En todos los casos mencionados antes, los franceses y los alemanes se encontraban del lado opuesto a aquel que adoptaba el gobierno español. Parece, de hecho, que podríamos incluso considerar esta como otra de las claves de dichas actitudes, compuestas a la vez de rigidez y patriotismo: clave que ayudaría al presidente del gobierno de España a "vender" internamente, con cierto éxito, su política europea.

Sin embargo, las cosas deberían ser justamente al revés: son Alemania y Francia (con todo lo criticables que ambas, de hecho, resultan) quienes han permitido esta modernidad material de España. Vayamos sin rodeos: de no haberse producido las inmensas transferencias presupuestarias por parte de la UE desde 1986, jamás la España de los años 80 hubiese podido convertirse en la España de 2003. Esto no quita nada de mérito al pueblo español y a sus dirigentes: pero imaginemos que cesasen estas transferencias, y veríamos inmediatamente un derrumbe de los "brillantes" resultados presupuestarios de José María Aznar, por una parte, y por otro lado, Alemania y Francia empezarían a poder respetar entonces los criterios del Pacto de Estabilidad. Ello muestra lo engañosas que son las apariencias, y que la construcción europea no puede hacerse, desde un punto de vista político, más que mediante un discurso honesto.

Hay, además, otra razón para ello: en nuestra pequeña Europa, donde los discursos pueden cruzar hoy en día las fronteras con toda rapidez, empiezan a nacer en los países contribuyentes discursos igualmente "patrióticos", que comienzan a poner en duda la idea de que estén del todo justificadas dichas transferencias presupuestarias. Un argumento demagógico por excelencia. Y es que, en política, se debe desconfiar siempre de los aprendices de brujo.

El repliegue sobre la propia nación ante los errores europeos y una sensibilidad frecuentemente exacerbada.

Como todo fenómeno desprovisto de una clave de lectura imparcial, la realidad es engañosa: más aún cuando algunos la quieren manipular, y otros, de manera inconsciente, desean dejarse embaucar. Y son muchos los que, en España, anhelan soñar: soñar en una España que recobra su dimensión mundial imperial, apoyada sobre América Latina y el crecimiento hispano en Norteamérica, dinamizada por una política activa en el Mediterráneo y en el mundo árabe, estructurada por un eje europeo "moderno" junto a Londres y Varsovia y, como culminación final, reforzada por el apoyo benévolo de los Estados Unidos. El gobierno español, sin hacerlo del todo explícito, pero apoyado por una parte significativa de las elites del país, hace de todo para venderles semejante sueño a sus ciudadanos. Y aquellos que lo denuncian corren el riesgo de parecer antipatrióticos, como ocurre actualmente con la cuestión sobre el peso del voto de España en el Consejo Europeo (crítica = antipatriotismo... eso me suena a ciertos argumentos que hemos podido escuchar hace poco en otros lares, ¿no es cierto?).

Por otra parte, la caída del Muro de Berlín ha creado un nuevo espacio europeo donde los españoles se sienten cada vez más periféricos; y por añadidura (lo cual quizá tenga aún mayor importancia) España ha visto como finalizaba brutalmente aquel estatus de "niño prodigio" de Europa, conquistado años atrás: todas los rostros desvían ahora su mirada hacia los países de Europa Central y Oriental. Para cualquier pueblo, un acontecimiento de este tipo resultaría difícil de asumir: es lo que ocurre cuando se pasa de ser el centro de todos los focos a estar alumbrado por una luz más bien cotidiana. Ahora bien, dada la intensidad afectiva del carácter hispano (que es una realidad tan verdadera como parcial, al igual que el cliché sobre la arrogancia francesa o el carácter "más que parsimonioso" de los neerlandeses), ello no ha servido en modo alguno a fomentar la causa europeísta en España, habiéndose creado allí una situación psicológicamente favorable ante cualquier tipo de críticas hacia la UE.

Pero al fin y al cabo, ¿por qué no soñar? Bueno, lo cierto es que no habría nada de malo en ello siempre y cuando se cumpliera una sola condición: que se tratase de un sueño inspirado por el porvenir, y no por los fantasmas provenientes del pasado. Y, desgraciadamente, todos y cada uno de los elementos de este "sueño" español son fantasmas que beben del venero de un pasado desvanecido, tan desvanecido como los pasados imperiales de Francia o del Reino Unido.

El sueño de un futuro alternativo a la UE no es más que un fantasma salido del pasado.

Sin un anclaje completo en la Unión Europea, Iberoamérica no puede ser ciertamente un trampolín político para una España que, al fin y al cabo, no es más que un país de tamaño mediano si se lo compara a gigantes como México o Brasil.

Lo acabamos de ver con el rechazo de los principales países latinoamericanos, durante la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, a comprometerse en un proceso que iba a quedar dominado por Madrid: este ha tenido que conformarse con un secretariado carente de toda capacidad de mando común. No estamos más que al inicio de un proceso que va a llevar al español y a Iberoamérica a un primer plano entre los idiomas y culturas de ámbito internacional en las próximas décadas; pero el dinamismo y la pujanza de dicho proceso se concentrará en torno a ciudades como Buenos Aires, México, Miami, Los Ángeles y Caracas, o en un país como Brasil. Hacerles creer a los españoles que, fuera de Europa, existe una "Vía España" que lleva a algún sitio que no sea a una cruel desilusión constituye una mentira política de gran calado.

Porque es precisamente la Unión Europea la que, hoy en día, hace atractiva a España a ojos del resto del mundo iberoamericano. Es su papel, compartido con Portugal, de "puertas ibéricas" a la UE (a su mercado, sus subvenciones, sus universidades, sus tecnologías....) lo que le permite a España jugar de nuevo un papel impulsor para sus antiguos territorios ultramarinos. Una situación que es idéntica en el caso de Francia y el Reino Unido, con su Francofonía y su Commonwealth: también en ellos es su pertenencia a la UE lo que las inviste de un fuerte poder de seducción.

En cuanto al Mediterráneo, lo cierto es que España dispone ahí, efectivamente, de un papel relevante por desempeñar; pero sus ventajas en ese ámbito carecen de todo valor si se ausenta de un contexto al que contribuyen igualmente Italia, Francia, Grecia. Fuera de tal conjunto, la influencia de España no puede sino ser marginal... y por ende decepcionante para españoles y resto de los europeos, muchos de los cuales hoy siguen esperando encontrarse con España en un lugar donde ésta ya no está. Es más: actualmente, el Euromediterráneo, tema predilecto de la Unión Europea durante la década de los 90, ha quedado como una simple ficción que no tardará mucho tiempo en desaparecer de los objetivos políticos de la UE; pues, de hecho, la realidad que le corresponde a esta zona es el Mundo Árabe, cuya decepcionada aspiración a la unidad lo impulsa de un modo creciente hacia el caos y el integrismo. En este contexto, se constata de nuevo con claridad meridiana, pues, que no puede existir una "vía España" fuera de Europa.

Por último, sería sumamente deseable que los españoles no se dejasen engañar por el último miembro del triplete de fantasmas de Aznar: un eje Madrid-Londres-Varsovia, sostenido por Washington, que presentaría una alternativa al eje París-Berlín. Es este un fantasma que proviene asimismo del pasado, y que carece de toda perspectiva de futuro: no es más que una reconstrucción de las viejas alianzas propias de la Europa de las potencias y de los enfrentamientos bélicos. Lejos de construir, tiende a neutralizar, a impedir. Lejos de conducir a París y Berlín a inventar la Europa del mañana con los demás Estados, los incitaría a recluirse en su mutua alianza de a dos. Lejos de poder influir positivamente en el continente, esterilizaría los últimos cincuenta años de esfuerzos colectivos para construir la unidad europea. Todo ello, por supuesto, en el caso de que el concepto de un eje semejante (Madrid-Londres-Varsovia) fuese viable. Pero ni siquiera lo es. De hecho, ya se está desmoronando el fantasma de una alianza pareja: Londres se acaba de unir a París y a Berlín con el objetivo de lograr una defensa común europea; Varsovia está a la busca de algún tipo de salida en la cuestión de la ponderación del voto en el Consejo Europeo; y, en fin, Varsovia y Madrid se enfrentarán en un futuro cercano en la cuestión fundamental de los fondos comunitarios... la cual dependerá, además, de la buena voluntad de los contribuyentes netos, entre los que se encuentran Alemania y Francia.

El error europeo en el Islote Perejil.

Con todo, España y los españoles cuentan con múltiples argumentos que merecerían ser escuchados y atendidos. Es una lástima, ciertamente, que sus dirigentes hayan optado por ignorar tales razones, y se hayan concentrado simplemente en la tarea de adular los defectos nacionales.

Los españoles pueden desconfiar con justa razón de la UE, y en particular de Francia, después del escándalo del islote Perejil, donde España se sintió abandonada por una UE que se despreocupó completamente del asunto (cuando no llegó, como en el caso de Francia, a traicionar los intereses hispanos, ya que París jugó abiertamente la carta marroquí). ¿Cómo confiar en los demás europeos (en especial en Francia y Alemania) si, con un asunto tan cardinal como es el de la integridad territorial de un Estado miembro, sus socios se desentienden de él? Como me lo hacía notar recientemente un joven filósofo doctorado en la Universidad de Salamanca: "¿Cabe imaginarse acaso ese mismo comportamiento por parte de la UE si el afectado hubiese sido un islote francés o inglés?".

Honestamente, la respuesta es "no". Jamás la UE hubiese dejado pendiente un asunto así. Y tal situación es totalmente inaceptable. No se puede pretender construir una política exterior común si los intereses esenciales de cada miembro de la UE no son entendidos y respetados por el resto. Para evitar ser arrastrados por una serie de crisis de este tipo, resulta esencial, naturalmente, ser capaces de anticiparlas: tratar de pensar conjuntamente todas las cuestiones que podrían generar algún género de conflicto con los vecinos de la UE –de Gibraltar a los enclaves de Ceuta y Melilla, de la Nueva Caledonia a los territorios franceses de ultramar, pasando por las miríadas de islas británicas o neerlandesas, los temas para esta reflexión conjunta no faltarán–. Pero, en el momento en que sobrevenga la crisis, la regla debe ser ante todo la solidaridad con el Estado miembro involucrado. De no ser así, y tal como se ha demostrado en el caso de España y el Islote Perejil, luego se acordará uno de quién lo abandonó (Francia y la UE) y de quién vino en su ayuda: ¡en este caso, Washington!

Para arribar a la Europa del mañana es preciso saber que resulta más importante explicarse ante los demás que callarse los resentimientos personales.

El ejemplo del Islote Perejil es un caso clásico de las dos opciones que se le abren a cada dirigente europeo cuando considera que la UE no está a la altura de las expectativas de su pueblo: puede utilizar los inevitables fallos y debilidades de la UE para tratar de conducir a su pueblo en otras direcciones y hacia otras metas; o puede, en cambio, golpear sobre la mesa europea y enfrentar al resto de los europeos con su debilidad colectiva o con sus retrocesos. Esta segunda solución es, obviamente, la única que permitirá que Europa se construya. Pero exige de los dirigentes y de los pueblos dos requisitos bastante arduos:

1) Enfrentarse a los problemas, en vez de escapar hacia alternativas ilusorias.

2) Manifestar su desasosiego cuando a uno le ha impactado la actitud colectiva que han mostrado hacia él los demás europeos.

Conozco bien el carácter hispano, gracias a viejas amistades que se remontan a mi época de dirigente estudiantil europeo; y sé cuán difícil puede resultarle a un español reconocer que se siente traicionado y humillado. Pero, dentro de la Europa en construcción, admitir las decepciones que uno ha sufrido no es una muestra de debilidad, sino más bien de fuerza. Y ello resulta igualmente válido para españoles, franceses, británicos, alemanes.... y todos los demás. Pues una actitud semejante permite que confrontar al resto de los europeos con sus propias responsabilidades: y esta debe ser nuestra tarea común. Es más, en esta nueva Europa de veinticinco miembros, la familia es grande: si cada uno se traga sus rencores dejando que se le envenenen, si cada uno se olvida de que ha de evitar crear sentimientos negativos en sus vecinos (algo en lo cual tanto Francia como Alemania tienen aún mucho que aprender), si cada uno permite que su "ego nacional" se imponga sobre la voluntad de debatir y de explicarse, entonces la Europa del mañana será una Europa "sartriana": en el sentido de que "el infierno, son los demás".

Para concluir de un modo optimista, retomaré esta afirmación: el resto de los europeos esperan mucho de España y de los españoles. Pero esperan de ellos contribuciones positivas. Desean que España, junto con Portugal, sea un puente hacia América del Sur, México, el Caribe y Centroamérica; que el español se imponga como uno de los principales idiomas mundiales; que el dinamismo y el entusiasmo que han marcado la primera década comunitaria española insuflen de nuevo esta calidez que tan a menudo le falta a la UE; que España sea un actor clave de este fantástico desafío colectivo que consiste en ayudar a los árabes a democratizar sus sociedades y a construir su unidad; y esperan asimismo otras muchas cosas.

Por eso, el resto de los europeos deben recordar que, en España, un compromiso se basa en la amistad y debe ser completo. Y los españoles, que en una gran familia europea como lo es la UE, sólo al fomentar el interés común se fomentará eficazmente el interés propio.

* Franck Biancheri es Director de Estudios y Estrategia de la Fundación Europe 2020

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