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E S P A Ñ A 

6 de mayo del 2004

11-M: mentiras y consenso

Víctor Sampedro
elcorreo.es

Han estallado varias bombas. Se desconocen los autores. Las víctimas son elevadas. El terror se ha cebado en los más humildes. La nación siente dolor y rabia; pero responde con entereza y serenidad. Ante todo, urge atender a los heridos. Miles de ciudadanos colaboran con las autoridades, dando pruebas de solidaridad y heroísmo. El Gobierno coordina esfuerzos y pone toda su energía en paliar la tragedia y dar con los responsables. A disposición de los ciudadanos está, y estará, toda la información contrastada de la que disponemos. Pedimos paciencia y cordura. No es momento de desavenencias, sino de cohesión y firmeza. Ahora y en las urnas». Así empezaba la pesadilla de ayer. ¿Saben el final?

Una gestión informativa coherente podría haber garantizado el triunfo del PP. Ni Al-Qaida ni los «miserables» del día 13 ganaron las elecciones. Las perdió el PP y las ganó el PSOE, de forma inesperada. Avalan esta obviedad todos los estudios de opinión pública. Las crisis agudas generan cohesión en torno a los gobernantes; pero sólo si se les reconoce como parte del cuerpo social agredido y como los únicos que pueden restañar las heridas. Sin embargo, el Gobierno popular se bunkerizó y hurgó en la fractura social. Por tanto, los indecisos y los conmocionados votaron a su segunda mejor opción: el PSOE.

El PP suspendió sus actos de campaña, pero los continuó en cada una de sus comparecencias. Todas, incluidas las del día 14, intentaban rentabilizar el dolor provocado por ETA, magnificar su amenaza y ampliar su 'entorno'. Dicha estrategia recabó frutos en las urnas gallegas y madrileñas el año pasado. Se aplicó en la precampaña para minar el Gobierno catalán y las esperanzas del PSOE. Y siempre contó con numerosos aliados, políticos y mediáticos, al margen de su filiación o línea editorial. Alianzas que el 11-M mudaron en mordazas y colapsaron la esfera pública.

Antes de la votación, sólo ETA y Al-Qaida negaron la autoría etarra sin ambages. Los asesinos decían la verdad y sus víctimas fueron objeto de mercadeo electoral y mediático. El asesinato del panadero pamplonés, que el día 12 se negó a reconocer la autoría etarra de la masacre, fue silenciado por quienes llevan una década decretando el guerracivilismo vasco. Tiroteado por su vecino -un escolta policial- y estigmatizado por abertzale, no era una víctima reivindicable. Tampoco los inmigrantes que viajaban en los trenes madrileños; aunque en su memoria desfilaron millones de ciudadanos, bajo una pancarta que rezaba 'Con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo'. Fueron, eran y son víctimas. Los 'ilegales' de Atocha, El Pozo y Santa Engracia no contaban con ningún derecho constitucional reconocido en la Ley de Extranjería. Y los 'no cristianos' (islámicos, para más señas) carecían del marchamo identitario que preconizaba el PP para la Constitución europea. Casi nadie señaló estas contradicciones. Se siguió haciendo política y periodismo a costa de las víctimas y sus familiares: nunca sujetos con voz propia, sino objeto de discursos ajenos... enajenados.

La democracia colapsa cuando sólo los asesinos dicen la verdad. Cabe recordar que «ETA mata, pero no miente» se convirtió en un axioma cuando anunció la tregua catalana. Una columna de un diario madrileño 'independiente' del día 12 se titulaba: «ETA mata y se suicida», sin dejar resquicio para dudar de la responsabilidad y del pronóstico. Ese diario aportaba el mismo día otro madero para la pira inquisitorial titulada «Autopsia». Su resultado: los conciliadores con el nacionalismo lo habían sido también con el terror etarra. Incluso en terreno extraño se esgrimían los mejores argumentos electorales del PP.

Durante cuatro días imperaron los argumentos de la Administración de Bush sobre la insurgencia iraquí. El terrorismo es el estertor de los desesperados y, por tanto, la búsqueda de la paz, cobardía. Por cierto, que los analistas de los países que siguen en Irak tachan también de cobardes a los electores españoles y el regreso de las tropas. La dialéctica de la guerra global contra el terrorismo ya había sido esgrimida como coda bélica de la pancarta oficial del día 12 ('por la derrota del terrorismo', en lugar de 'por la paz', no fuera a entenderse también en Irak). Ese viernes, en la calle (no en las instituciones) se alzó la pregunta: «¿Quién ha sido?». Al día siguiente, la falta de respuesta la transformó en la impugnación más grave que cabe hacer a los gestores de una esfera pública democrática: «Queremos la verdad, antes de votar».

El sábado 13 comenzó el vuelco electoral. Se desató al margen, en los márgenes de o marginado por los principales medios españoles, públicos y privados. Se alimentó de filtraciones, más o menos controladas e interesadas. Estalló en los medios extranjeros y se socializó con los móviles de una audiencia que ya era público activo. No fue la Comuna de París de la que habla Toni Negri, sino desobediencia civil no violenta, cristalizada en concentraciones ilegales, pero legítimas. La imposibilidad de censurar las televisiones por satélite, Internet y la telefonía móvil hizo audible la mentira. Las víctimas comenzaron a hablar en una deliberación colectiva, anónima, celérica y horizontal. Nadie ha publicado que las concentraciones madrileñas finalizaron de madrugada en Atocha, llorando a los muertos y haciendo sonar las llaves con un rumor soberano: «Nosotros tenemos la llave del Gobierno».

Hubo cohesión en torno al PP, que intentó criminalizar a los manifestantes y que, a fin de cuentas, no perdió tantos votos. El Gobierno se retrató, de nuevo, como víctima del acoso y derribo antidemocrático de los 'socialcomunistas'. Días después, mediante 'sms', organizó una convocatoria paródica en Génova para desagraviar a sus líderes. El PSOE sumó a su electorado más fiel la abstención crítica de izquierdas (la de la OTAN, Roldán y los GAL) y a los jóvenes (sin apenas memoria histórica). Y atribuyó su éxito al deseo de cambio; en todo caso, incierto y dubitativo. La contundencia de la primera decisión respecto a Irak puede ser un signo de firmeza. Aunque, sin duda, también de la necesidad de credibilidad: «No nos falles».

Aún asistimos a acusaciones cruzadas de manipulación electoralista y golpismo. Es la conspiración, invocada (una vez más) para exculparse de la derrota y anatemizar al derrotado; para ganar las europeas o promocionar una nueva película. Todo ello entre quienes afirmaban gobernar y hacer oposición desde el consenso. ¿Cuál? ¿El de las víctimas selectivas? Quienes exigieron la verdad negada y no pueden convocar a la Junta Electoral (el único árbitro legal y legítimo, al que nadie pregunta ni hace hablar) demostraron que merecían una España mejor. Con 200 muertos y 1.500 familias destrozadas, no quemaron un solo contenedor. No rompieron un solo cristal. Mientras, otros aún airean basura y tintan de cristal ahumado las ventanas de sus despachos.

* Víctor Sampedro. Profesor de Opinión Pública. Universidad Rey Juan Carlos.

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