12 de enero de 2003


España fue el primer país que utilizó armas químicas contra civiles en Marruecos en 1920

Enrique Cerro Aguilar
Rebelión

Los aviones militares caen en picado sobre el abarrotado mercado y lanzan sus bombas químicas. Civiles de todas las edades y géneros caen fulminados o yacen con horribles quemaduras provocadas por el gas, un gas que también contaminará sus campos y sus pozos. ¿Se trata de los poblados de los kurdos iraquíes, arrasados con gas mostaza por Sadam Hussein? ¿O son los proyectiles de uranio empobrecido que la OTAN lanzó sobre los civiles yugoslavos? Podría ser uno de esos casos, pero no es así: estamos en 1920, las víctimas viven en El Rif, y el ejército que ataca a civiles deliberadamente con armas químicas es el español.

Acaba de publicarse la obra “Abrazo Mortal” del historiador Sebastián Balfour, que arroja luz definitiva, junto a los recientes estudios de R. Kunz o A. Viñas, sobre ese negro capítulo de la historia española, pregonada a los vientos en esos años en Marruecos y Europa, pero nunca reconocida por nuestro país. España, atascada en una guerra cruenta y larga, volvió los ojos hacia las armas químicas como medio para doblegar a la población que sustentaba a la guerrilla de Abdel Krim. Para ello no dudó en emplear masivamente las mismas que ya los occidentales habían arrojado sobre los soldados en los frentes de la Primera Guerra Mundial. La triste novedad aportada por nuestro país fue su empleo indiscriminado y sistemático contra civiles, sobre mercados, arrasando pueblos, contaminando cultivos, matando ganado, envenenando ríos. Balfour detalla cómo esta decisión fue tomada por el dictador Primo de Rivera, con el apoyo entusiasta de Alfonso XIII, que no era partidario de “inquietarse por vanas consideraciones humanitarias”, pues pensaba que eran precisos “bombardeos intensos y continuos...con ayuda del más dañino de todos los gases”.

Miles de kilos de fosgeno, cloropicrina y, sobre todo, gas mostaza, de origen alemán o de fabricación española, regaron los campos de El Rif, con especial intensidad entre 1924 y 1927. El protectorado marroquí, mezcla para España de empresa económica e ideal imperial, acabó siendo sometido, tras lo que nuestro país ratificó la Convención de Ginebra contra las armas químicas. No parece ser una casualidad que el mismo ejército que no tuvo reparos en aplicar tales crueldades desarrollara en la Guerra Civil, bajo el mando de otro dictador, bombardeos aéreos y artilleros sistemáticos contra numerosas ciudades, también los primeros de las guerras contemporáneas.

El día 6 de Diciembre de 1921 en el diario Defensor de Albacete el columnista Ariel escribía, refiriéndose a las acusaciones internacionales contra España: “No es verdad que nuestro Ejército cometa esas atrocidades, pero, aunque así fuera, ¿es que esos salvajes rifeños...merecen trato de gentes civilizadas?”. Ese racismo y eurocentrismo también ayuda a explicar por qué el ejército no tuvo reparos en gasear a los civiles africanos. Mientras tanto, la mayoría del pueblo español estaba en contra de la guerra, sobre todo sus clases más humildes, que eran las que ponían los muertos mientras la burguesía salvaba a sus hijos y explotaba las minas rifeñas.

Ochenta años después de aquellos sucesos, El Rif sigue siendo la zona de Marruecos con más altos índices de cáncer, y uno de cada dos niños que acude con esa enfermedad al hospital de Rabat procede de esa región. El gobierno marroquí dificulta las tareas de las asociaciones de familiares de afectados, pues para el régimen de Mohamed VI eso equivaldría a reconocer la lucha por la independencia, también de Marruecos, de los rifeños.

El estado español jamás ha reconocido públicamente los hechos ni, en una época en la que Alemania está pagando indemnizaciones a las víctimas del nazismo, ha dado ningún paso para aliviar el sufrimiento de aquellos rifeños y sus descendientes. La salida a la luz de este drama a raíz de las investigaciones de los especialistas da al gobierno español la oportunidad histórica de, en vez de preparar otra nueva guerra que mate a más civiles en Irak, dedicarse a reparar las injusticias cometidas por nuestro país: asumiendo públicamente los hechos, reconociendo la responsabilidad del Directorio militar y de Alfonso XIII, y habilitando los recursos médicos necesarios para aliviar las consecuencias de aquel ejercicio de crueldad.