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26 de abril de 2003

La patria y el ejército

Miguel de Unamuno


Con motivo del proyecto de ley sobre reactivación del delito contra el ejército publicamos, por cortesía de Jesús Jareño López, un texto de Miguel de Unamuno de 1906 aparecido en la Revista Nuestro Tiempo.


En estos días -primeros de año- andan por ahí en los periódicos con eso del fuero de guerra y la Justicia militar y el artículo 7º del Código de ésta. No he querido enterarme de la discusión que traen. Es cosa de militares y abogados, y me siento, gracias a Dios, tan poco abogado como poco militar. No me gusta emplear ni la fuerza ni eso que llaman dialéctica y no es sino abogacía.

Una sola vez he echado un vistazo a uno de los artículos en que se debate el tal tema, y me encontré con esta proposición: “El Ejército, que tan popular es en España ...” No seguí leyendo, porque esto no es verdad, y el que lo ha escrito debe saberlo. El Ejército, con razón o sin ella -que en eso no me meto ahora-, no es popular, ni mucho menos, en España. El Ejército no despierta ningún entusiasmo espontáneo y sincero en el pueblo español. Y el Ejército mismo, por lo menos su parte más consciente y más observadora e ilustrada, lo sabe bien. [...]
El Ejército no es popular. [...] El pueblo no mira nunca con buenos ojos al instrumento del Poder, al que hace fuego sobre aquellos a quienes le mandan disparar, sin preguntarse de qué parte está la justicia, si del que manda o del que se subleva. [...]

Y después de asentar como punto de hecho, y sin meterme a buscar sus causas ni a reprobarlo ni prestigiarlo, que el Ejército no es popular, paso a eso de la justicia.
Se trata, al parecer, de que los Tribunales militares juzguen de los llamados delitos contra el Ejército. En este último respecto hay quienes hacen notar que eso vale tanto como constituirlos en juez y en parte. Y cuantos se oponen a esta extensión del fuero de guerra estiman que, si se le hace al Ejército mismo fiscal y juez de los delitos que contra él puedan cometerse, jamás sabremos qué es un delito contra el Ejército, y habrá que concluir por no hablar ni escribir de él, ni para mal ni para bien. Podría suceder que a algún fiscal militar se le antojase que era un delito de leso Ejército español sostener la tesis histórica de que fue vencido en Santiago de Cuba por los norteamericanos. Más de una vez se ha visto pretender rectificar la Historia mediante Tribunales de justicia.

Como la ley ni define ni puede definir lo que sea ofensa, dejándolo a la estimación de la conciencia pública, podría muy bien ocurrir que la especial susceptibilidad de la conciencia militar estimara ofensa aquello mismo que la conciencia general no estima así. [...]

Mas, aparte de esto, hay para que todos los amantes de la cultura y de su progreso se opongan a toda extensión del fuero militar y pidan el que se le restrinja más aún, hasta hacerlo desaparecer por completo, una razón suprema, y es que la función militar y la función judicial son antitéticas entre sí y se dañan y perjudican. La educación que se da y debe darse a un militar para que sea tal cual se requiere, es la menos a propósito para hacer un juez. La disciplina, que acaso robustece y encauza la voluntad, atrofia y estropea aquella especie de inteligencia necesaria para bien juzgar. El bien juzgar exige, ante todo y sobre todo, independencia de criterio, y la disciplina jerárquica, así como el detestable y dañosísimo espíritu de cuerpo, ahogan toda independencia de él. [...]

El notable periodista portugués Juan Chagas, en un artículo titulado Justicia militar, nos decía que los militares juzgan, no en virtud de la necesidad de juzgar, sino de castigar. [...] “A los Consejos de Guerra -dice Chagas- les anima el espíritu de clase, no el amor a la justicia y menos a la verdad”. “En rigor -añade-, en el régimen militar la palabra justicia es una palabra excesiva; los crímenes militares no se juzgan, se castigan. Están acostumbrados a ir a pelear donde el Gobierno les manda, sin preguntar si con razón o sin ella. Su educación es para obrar fuera de la justicia”. [...]

Tan absurdo me parece que los militares constituyen Tribunales y se metan a juzgar, como que los magistrados, jueces y fiscales civiles se organicen en milicia para ir a la guerra. [...]

Pero hay algo más grave todavía, y es aquello que dice Juan Chagas de que a los Consejos de Guerra suele animarles el espíritu de clase, no el amor a la justicia, y menos a la verdad. Lo primero, en efecto, de que ha menester todo el que a juzgar se ponga es de un amor desenfrenado a la verdad; la verdad debe estar para él ante todo y sobre todo. Los más santos intereses, la salud de la Patria inclusive, deben subordinarse al amor a la verdad. Y el proceso de Dreyfus arrojó una siniestra luz sobre esto. Entonces se vio a generales encanecidos en la milicia levantar la cruz de la espada, jurar por ella y jurar en falso. Y no hay derecho a mentir, ni aun cuando se crea que mintiendo se salva a la Patria. Lo cual es siempre un profundo error. [...]

Es muy fácil, facilísimo, que quien está educado para mandar y obedecer como en la milicia se manda y se obedece, se vea inducido, por la fuerza del hábito, a aplicar al enjuiciamiento de supuestos delitos procederes y métodos que no son los más adecuados para obtener la verdad de los hechos. Al decir lo cual se nos viene a los puntos de la pluma, el nombre, tristemente famoso en Europa, de la fortaleza de Montjuich.
Mucho he oído hablar acerca del proceso de Montjuich, y he oído hablar de ello a personas que lo vieron, y hasta sufrieron, muy de cerca; pero sea de ello lo que fuere, la verdad es que no se ha conseguido, ni mucho menos, disipar la densísima niebla que sobre ese proceso pesa. Y es cosa sabida que los relatos que acerca de él han circulado por toda Europa crearon, entre mucha gente de otras naciones, donde a fuerza de luz se disipa a las nieblas, un concepto tal de España, que ha sido una de las principales causas, tal vez la principal, de la indiferencia con que se vio nuestra derrota en Cuba y en Filipinas. El nombre de la Inquisición fue muchas veces estampado junto al de España en diarios de todas las naciones cultas.

Se ha dicho y se ha repetido, incluso en el Parlamento, que todos esos relatos referentes al proceso de Montjuich que han circulado por Europa, no son más que una leyenda, epitetizada de infame; pero es el caso que nada se ha hecho para desvanecer la tal leyenda por los medios por que se desvanecen las leyendas y no con epítetos. Lo que sí recuerdo es que cuando en un principio se empezó a hablar de tormentos y otras atrocidades parecidas, oí a muchas personas  -algunas de ellas diputados a Cortes- no negar que tal cosa pudiese haber sucedido, sino expresar que, si así era, estaba bien; que a los anarquistas había que cazarlos como a bestias feroces, descuartizarlos y hacerlos picadillo, y otros tristísimos desvaríos por el estilo. [...]

Es cosa terrible cuando en un proceso se trata, no de buscar al delincuente, sino de que el delito no quede impune, pues llega a darse el caso de que se invente aquél. La cuestión es que haya castigo ejemplar. Y como el castigo se endereza, más que a otra cosa, a aterrorizar a los que pudiesen sentirse movidos a cometer el mismo delito, lo esencial es que le haya. Es decir, que en vez de llegarse a fallar el proceso para castigar al delincuente, se busca un delincuente sobre quien recaiga el castigo. Es lo que dice a otro respecto Juan Chagas: se va a castigar, no a juzgar.

Y volviendo a lo de la Justicia militar, si es peligroso para el progreso de la cultura social el que los supuestos delitos contra el Ejército vayan al fuero militar, más peligroso aún es que vayan a él los supuestos delitos contra la Patria.

Es, desde luego, peligrosísimo para la Patria el que se llame delitos contra ella a lo que se llama así, y no concibo que llegue el patriotismo a tener raíces hondas y sanas si se prohíbe discutir la Patria misma. Acaso se deba a la Inquisición -a la externa y a la interna, a la del Santo Oficio y a la de las costumbres- el que el catolicismo haya venido a ser en España una pura mentira; y si se estableciere ahora una nueva Inquisición y un nuevo Santo Oficio, con éstos o los otros procedimientos, para velar por la integridad moral del patriotismo, llegaríamos con el tiempo a que el patriotismo fuese en España una mentira no menor que es hoy la religión católica. Todos harían protestas de españolismo, y los más se sentirían tan poco españoles, como poco católicos son los más que pasan por tales.

El día en que se quiera hacer un patriotismo dogmático y se persiga al que niegue o combata sus dogmas y no comulgue en el especial sentimiento patriótico de los definidores, se habrá, si no cerrado, por lo menos obstruido considerablemente el camino de la regeneración espiritual de España.

No hay torpeza mayor que la de pretender arrancar protestas de españolismo de todos aquellos que no las hacen espontáneamente. Si hay españoles que no se sienten tales, lo que procede es estudiar serena y tranquilamente cuáles sean las causas de no sentirse españoles esos sujetos, y ante todo y sobre todo, qué es eso de español y qué deba entenderse por tal. [...]

Los que de veras queremos a la Patria fuerte, y próspera, y noble, queremos que pueda ser discutida y que la discutan cuantos no la sienten.

Hay un aforismo terrible, y es aquel que dice: “Contra un padre no hay razón”. Sí; puede haber razón contra un padre. Contra lo que no hay razón es contra la verdad. La verdad está por encima de los padres y por encima de la Patria.

El Ejército es un instrumento de la Patria, y cuando los que se supone representan a la Patria, los que pasan por su conciencia, le mandan ir a batirse, el Ejército jamás se propone la cuestión de si se le manda con razón o sin ella. Nada hay más opuesto al espíritu militar que el principio del libre examen.

Y, sin embargo, sin el libre examen patriótico, jamás llegará a arraigarse de veras el patriotismo.

Lo primero que es menester para hacer patriotismo reflexivo y consciente, único duradero y fecundo, es que nos formemos idea de lo que España es y significa y lo que puede llegar a ser y significar en la historia del mundo, y esa idea no nos la formaremos sino dejando que se discuta libremente la Patria. [...]

Y del patriotismo quiere hacerse algo así como una nueva religión -más bien renovada, pues la hubo en la antigüedad-, y de la milicia, su sacerdocio. [...]

El patriotismo español debe ser algo común a los españoles todos, algo de que todos ellos participen y cuya recta interpretación no pueda ser monopolio de una clase o de un cuerpo. [...]

No puede decirse que sean los militares los que más hondamente sienten la Patria, aunque sientan la milicia, y hay que tener en cuenta qué móviles les llevan a ingresar en ésta. [...]

Podrá venir momento en que la conciencia general patriótica de España esté en desacuerdo con la conciencia militar del Ejército, como, verbigracia, si el pueblo todo estima injusta o improcedente una guerra a que quiera el Ejército lanzarse.

La Patria, que debe ser la congregación de los españoles todos, paisanos y militares -éstos son junto a aquéllos una insignificante minoría-, podría acabar en no ser sino el Ejército, el cuerpo de los armados. Y desde este momento el patriotismo estaría en peligro, en vía de muerte. [...]

En cuanto se haga a los militares especialistas en patriotismo, en patriotismo, que debe ser lo más general y más común en la Nación, el sentimiento patriótico empezará a falsearse y a debilitarse, haciéndose patriotería. [...]

No sirva la Patria, como la religión sirvió, de pretexto para ahogar la libertad de conciencia. Porque tantoa ahoga la conciencia el que impide que se discuta públicamente a Dios y se le niegue, como el que impide que se discuta y se niegue públicamente a la Patria. [...]

Una cobardía vilísima incuba la mentira -sea de comisión, sea de omisión- en casi todos los espíritus. Parece se trata de obtener por el amedrentamiento lo que por serena y libre discusión no se lograría. Susúrrase yo no sé qué amenazas y se le advierte al Parlamento, en tono veladamente conminatorio, yo no sé de qué peligros. Se habla de lo más triste, de lo más funesto, de lo más degradante para la Patria: de pretorianismo. Y aquí parece no hay aquel nobilísimo y ardiente valor cívico que hizo en Francia, cuando el proceso Dreyfus, que los combatientes de pluma desbarataran las intrigas de los combatientes de espada.

Por mi parte declaro que el concepto de la Patria que se mantiene y fomenta en el Ejército, no puede ni debe declararse que sea el concepto normal y el que haya de servir de tipo al de los ciudadanos todos. Un Ejército, para marchar en orden de batalla, necesita, dicen, de la enseña de la Patria, de la bandera; pero no todos los ciudadanos necesitamos, para cumplir nuestros deberes patrióticos, de ese especial culto que se simboliza en la bandera. Ni es posible ni conviene que el sentimiento patriótico asuma las mismas formas en todos. [...]


(Miguel de Unamuno, La Patria y el Ejército, Revista Nuestro Tiempo, 5 de Febrero de 1906; Ensayos, vol. I, Madrid, 1942, pp. 763-778).