| E L C U A R T O R E I C H |
14 de mayo del 2004 |
Michael Manning
El País
La Convención de Ginebra era un cliché vagamente recordado de las películas
Cada nueva revelación de abusos físicos, malos tratos y humillación sexual en
contra de los prisioneros iraquíes por parte de los soldados estadounidenses
y británicos escandaliza a la opinión pública internacional, mientras los
funcionarios tratan desesperadamente de limitar los daños. El secretario de
Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, ha advertido de que tiene en su
poder más evidencias documentales de fechorías en la prisión de Abu Ghraib,
evidentemente con la esperanza de que las atrocidades terminen ya.
Yo fui interrogador para la inteligencia militar de EE UU y estoy seguro de
que las imágenes de Abu Ghraib son apenas el principio. La crueldad gratuita
que se ha dado allí es síntoma claro de un fallo del sistema.
Pero, ¿qué sistema falló? ¿Se trató de un fallo en la disciplina y el
entrenamiento -resultado de enviar a reservistas ingenuos y sin experiencia a
lidiar con malas condiciones, de ampliar sus periodos de estancia y de
dejarlos sin personal suficiente para enfrentarse a un flujo creciente de
insurgentes capturados- o acaso el patrón de abusos se dio como consecuencia
de las repetidas órdenes de los superiores de ablandar a los prisioneros para
los interrogatorios? La respuesta probablemente sea ambas y ninguna.
A fin de cuentas, lo que da origen a abusos como los que ocurrieron en Abu
Ghraib es una política de ambigüedad deliberada en lo que se refiere al
manejo de los detenidos. La presión en un ambiente bélico para obtener
información que podría salvar vidas es inmensa. Pero es igual de entendible
que los funcionarios políticos y los oficiales militares de alto nivel -sobre
todo en las democracias- prefieran evitar que se les asocie con la tortura.
Así, la ambigüedad es una estrategia política que fomenta la propagación de
reglas de conducta implícitas e informales y con ello transfiere la rendición
de cuentas a los soldados de menor rango, menos poderosos y más
prescindibles.
Yo terminé el curso básico de interrogatorios del Ejército de EE UU, de tres
meses de duración, a finales de los años ochenta, después de estudiar ruso en
el Instituto de Lenguas de la Defensa en Monterrey (California). El curso era
riguroso -sólo siete de 33 estudiantes lo terminaron- ya que requería dominar
las minucias técnicas de la recolección, verificación, estandarización y
presentación de cantidades enormes de información.
Pero el plan de estudios era mucho menos meticuloso en cuanto a las técnicas
para interrogar. A nosotros se nos enseñó que un interrogatorio debía
comenzar con preguntas corteses y directas, ya que cierto número de detenidos
simplemente buscan desahogarse. Si se necesitaba más persuasión podíamos
ofrecer recompensas por cooperar -desde cigarros hasta asilo político-.
Más allá de eso, se nos dijo que podíamos "aplicar presión". El término nunca
se definió formalmente, pero el concepto no era difícil de descifrar. Como
dice el informe del general del Ejército estadounidense Antonio Taguba sobre
los abusos en Abu Ghraib, el "cuerpo de guardias participaba activamente en
el establecimiento de condiciones para una explotación exitosa de los
internos".
Esta evidente violación de la regla del Ejército que prohíbe la participación
de la Policía Militar en los interrogatorios no me sorprende. A mí nunca se
me enseñó que la Policía Militar está bajo otra cadena de mando. Por el
contrario, entre clase y clase, en los recesos del entrenamiento de campo y
en otras situaciones informales, algunos de nuestros instructores -sobre todo
los interrogadores más viejos y experimentados- insinuaban que podíamos hacer
que los guardias golpearan a individuos que no quisieran cooperar.
Eso nunca se decía en las aulas pero, incluso ahí, quedaba claro que el papel
de la Policía Militar era apoyar a los interrogadores. Después de todo, la
efectividad de un interrogador depende de que pueda convencer al detenido de
su omnipotencia. Si un interrogador promete mejores alimentos o una manta
adicional, los guardias tienen que suministrarlos; si un interrogador quiere
que la celda de un detenido permanezca iluminada intensamente toda la noche,
eso también tiene que suceder. Sencillamente, el detenido tiene que creer que
su suerte está completamente en manos del interrogador.
Lo más cerca que las reglas ocultas del juego estuvieron de ser reconocidas
oficialmente fue durante dos semanas ininterrumpidas de interrogatorios
simulados hacia el final del curso. En esas sesiones participaban únicamente
un aspirante a interrogador, un instructor en el papel de detenido y una
cámara de vídeo.
Cuando, durante un simulacro, le pedí a un guardia imaginario que le quitara
la silla al detenido, el instructor fingió que lo había hecho de manera
violenta. Cuando ordené al guardia inexistente que golpeara al detenido, el
instructor siguió el juego. Todos sabíamos que un interrogatorio fallido
podía significar que nos sacaran del curso. No me sacaron; terminé en el
primer lugar de mi grupo.
Para quienes se benefician de la política de la ambigüedad, el derecho
internacional es un apoyo indispensable. En sus recientes testimonios ante el
senado de Estados Unidos, Rumsfeld alegó que la Policía Militar en Abu Ghraib
tenía instrucciones de respetar la Convención de Ginebra.
Yo también. A lo largo de mi entrenamiento como interrogador, la advertencia
de cumplir con la Convención de Ginebra acompañaba a casi todas las
discusiones sobre "aplicar presión". Desgraciadamente, al igual que en el
caso de "aplicar presión", nunca se definió la Convención de Ginebra. Nunca
la estudiamos, ni nos dieron un ejemplar para leerla y mucho menos tuvimos
que presentar un examen sobre su contenido. Para muchos de nosotros
-adolescentes o poco más- la Convención de Ginebra era, en el mejor de los
casos, un cliché vagamente recordado de las películas de guerra que
significaba: "No hagan cosas malas".
Una vez más, las reglas tácitas decían otra cosa. Un instructor bromeaba
diciendo que aunque la Convención de Ginebra prohibía disparar con una
ametralladora calibre 50 contra un soldado enemigo -acción definida como
"fuerza excesiva"-, podíamos apuntarle a su casco o a su mochila, ya que eso
era equipo. Otros compartían anécdotas sobre la tortura de detenidos.
El que lo anterior haya sido cierto o no es irrelevante. Se nos estaba
condicionando para creer que las reglas oficiales no establecían límites
claros, y que por lo tanto nosotros podíamos poner esos límites donde se nos
antojara.
Al final, puede ser que la política de la ambigüedad no le resulte a Rumsfeld;
las fotografías de alta definición de Abu Ghraib no tienen nada de ambiguas.
Si se multiplican otras revelaciones igual de vergonzosas, como yo creo que
sucederá, esperemos al menos que las disculpas y las condenas oficiales
finalmente den como resultado una rendición de cuentas y una reforma más
genuinas.