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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-03-2010

Uribe, tan desechado como cebado, y nosotros, tan majaderos

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin


 

En Colombia a los desamparados que afean el espacio, a quienes sobreviven en la indigencia, se les suele llamar desechables. Est en el lenguaje no slo de quienes les matan en operaciones de limpieza social, sino en la jerga de amplias capas sociales que tambin de esa manera participan del fascismo larvado de mltiples formas. Estamos en presencia de una situacin similar, pero inversa: quien ha ostentado un grandsimo poder, capaz de liderar y articular una larga y profunda estrategia poltica, econmica, militar y cultural, blindado con las alianzas que teji desde muy joven con el narcotrfico, las bandas de paramilitares, las castas de polticos y empresarios, hasta llegar a ser un dependiente del Imperio, en calidad de presidente de Colombia, ese hombre que muchos aborrecemos por deber y derecho, lvaro Uribe Vlez, ha comenzado a morir por dentro y por fuera, desechado racionalmente, por la red que lo ceb y lo encumbr. El portavoz Charles Luoma-Overstreet, del gobierno de Obama, ha dicho en Washington sobre la decisin de la Corte Constitucional que niega el referndum para que Uribe se postulara a un tercer gobierno: es una nueva seal de que Colombia es una democracia vibrante y madura y muestra por qu Colombia es una aliado tan valorado por E.U..

Hace ya cerca de dos aos nos referimos a la necrografa escabrosa de los triunfales (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=66231), al hedor de Uribe Vlez, a su condicin de jefe de asesinos. Por entonces gozaba de muy buena salud. Y seguir un tiempo con esa robustez. Nuevos premios y palabras de alabanza le prestigiarn. Lo hizo Bush, lo ha hecho Obama; lo hizo Aznar, lo ha hecho Zapatero; lo hizo el paramilitar Castao, lo hace Gustavo Petro, el precandidato por el Polo, la centro izquierda colombiana, cuya contribucin en parte a la higiene de la seguridad democrtica del rgimen va ms all de la connivencia con la obra gansteril de Uribe, a quien le acompaan en su patologa contrainsurgente. Tenemos presente lo que dijo Petro en defensa de su presidente ante las crticas de Hugo Chvez: que atacar a Uribe era atacar a Colombia. Petro debera saber que millones de colombianas y colombianos no piensan lo mismo, por ejemplo miles de madres de los jvenes ejecutados o desaparecidos por las fuerzas militares de Uribe.

Reseado en el puesto 82 por agencias de inteligencia de los Estados Unidos como colaborador directo del narcotrfico (1991), implicado directamente en el paramilitarismo y en crmenes de Estado (1992-2010), Uribe no tendr ya ms poder del que tuvo. No quiere ni puede ser Fujimori. No le es factible un nuevo asalto para permanecer en la presidencia, como lo hizo aquel en Per. Por el contrario, Uribe admite su retiro formal para recubrirse y no terminar ms pronto entre rejas: necesita no activar ms contradicciones, para protegerse del devenir, que puede ser complicado en caso de que le delaten, frente a lo cual sus reservas de poder son inmensas, incalculables todava, para decir que no saba, que no fue l, o que lo hizo por la patria.

De nuevo vienen a la mente muchos ejemplos, como el de Manuel Antonio Noriega, gobernando Panam a rdenes de los Estados Unidos, pero luego condenado all por narcotrfico. Otrora poderosos narcoparamilitares socios de Uribe estn tambin hoy en crceles gringas, y saben mucho del cebado, igual que algunas cosas de sus centinelas. La geometra del chantaje recproco no es una ficcin. De nuevo en ese pas, ahora con Obama, tienen la llave de importantes nforas de Pandora. El pragmatismo de un posible giro se sintetiza en lo que el presidente Roosevelt o Cordell Hull (de los creadores de las Naciones Unidas, Premio Nobel de la Paz en 1945), uno de los dos, expres para explicar la poltica internacional estadounidense, cuando dijo sobre Tacho Somoza, de Nicaragua, a quien la prensa calificaba como hombre sangriento: s, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Uribe es eso. Y l lo sabe. No es ingenuo sino artero, diestro y siniestro. Usar el caudal de muchos recursos legales e ilegales para escudarse y, si es posible, y se lo piden, volver a zarpazos. Ya ha anunciado que estar en alguna trinchera de la poltica que l dise. Dice que lo importante es que no se abandone la estrategia de seguridad que afianz en ocho largos aos de embrujo. A lo cual dice s una parte del arco de la centro izquierda que sin tapujos le reconoce aciertos, convalidando el rumbo guerrerista.

An as, adulado por detractores, el actual declive personal de Uribe es factible, cumplida su funcin. Otros competidores clones dentro del sistema esperan su turno y que de verdad les entregue el testigo, como en carrera de relevos. La obligada y oportuna renovacin de una tramoya inteligente, dicta una medida higinica, como con la jeringuilla del drogadicto, que ha sido utilizada y puede tirarse. Es en esa medida que Uribe pasa a ser un desechable opulento pero peligroso, inmundo pero perfumado, que se regocijar con las medallas punzantes de ser un mafioso inmune, un paramilitar impune, un strapa inclume y un neoliberal indemne.

A ello han ayudado muchas manos, incluso las del movimiento guerrillero, que le dejan irse campante e ileso al saln de la historia interina, donde reposan superiores dspotas, ms ilustrados y clebres que Uribe. El tiranicidio de los poemas no fue posible y muchos graves errores de gran magnitud debern ser asumidos por los ahora derrotados, que no obstante vivirn ms all de los hijos de Uribe, como grito humano de una rebelin necesaria ante la injusticia.

Por el momento, y es urgente, hay que dejar de ser tan majaderos: el cambio que produce la imposibilidad de que Uribe sea otra vez presidente (a quien le quedan, y con l nos quedan, muchas tempestades por ver: dejar el gobierno hasta el 7 de agosto de 2010), es el cambio que exige un refinado orden de exclusin, en pos de su mayor legitimacin interna y exterior, sin el lastre de quien puede (as sea) ser llevado con probabilidad a un tribunal para que responda por diferentes delitos, pero a quien muy poderosos de todo el mundo le deben muchos favores.

Cebado y desechable, Uribe vive, y el uribismo vivir cualificado, con nuevo rostro y manos limpias, en quien le suceda, dentro de cualquiera de los candidatos que hoy estn en las tablas, ninguno de ellos dispuesto a renunciar a la frula militarista. Ni uno slo es decente. Pero la suma de todos sus prontuarios, no llega ni a las a las rodillas tendidas de Uribe, desembarazado a partir de ahora de la motosierra. No existe nadie ms perverso y escabroso que pueda ocupar la presidencia. El crimen de los que se disputan su silla es y ser limpiar los alrededores, cambiar de aparatos, validar la democracia genocida. Creo que nunca tuvo tanta razn como hoy Javier Giraldo, jesuita defensor de derechos humanos, al identificar con esas palabras la institucionalidad colombiana. Esa inteligente democracia genocida asea y engalana con un nuevo seoro. No vendr alguien ms delincuente con las manos ms manchadas, eso es seguro, pero, como escribi Rafael Snchez Ferlosio, vendrn ms aos malos y nos harn ms ciegos; vendrn ms aos ciegos y nos harn ms malos.

Una parte de la llamada oposicin muestra autntica mediocridad: mientras tiene un explicable sentimiento de satisfaccin por la imposibilidad de reeleccin de Uribe, monta con pragmatismo una campaa que le reconoce al mafioso logros y cualidades de su poltica y de su persona. No es rentable hablar en contra de la seguridad democrtica de Uribe, porque sta ha tenido como objetivo a la subversin. De ese modo tal oposicin embriagada con la lgica electoral, dispensa crmenes ejecutados con la intencin de arrasar las alternativas sociales y polticas, as como naturalmente a la insurgencia.

A Uribe se le puede comparar con muchos. Pblica y acertadamente se ha dicho que es mucho ms que don Corleone. Atrevmonos a otra referencia: Richelieu. El cardenal servil y cabeza de la monarqua, primer ministro del rey Luis XIII de Francia en la primera mitad del siglo XVII. Intrig, ascendi, comand tropas, mando matar, orden espiar, se hizo muy rico y nombr a su sucesor, otro cardenal, Julio Mazarino. Escribi Auguste Bailly (en Mazarino, hacia 1900): No sabemos si se podra citar un personaje que haya suscitado ms odios que Richelieu. Todo su ministerio no fue sino un largo combate, implacable, encarnizado A veces ocurre que la pasin poltica o la devocin susciten un fantico y hagan de l un asesino. Uribe como Richelieu, tema de los propios y de los adversarios, hubiera sido derribado veinte veces de no haberse protegido con una frrea vigilancia. Y aun as no es seguro que hubiese logrado zafarse de quienes acechaban para eliminarle cualquier desfallecimiento de sus guardaespaldas o de su precaucin, de no haber terminado con su vida la enfermedad. A Uribe le han prejubilado, pero no est tan enfermo: cebado por el poder, y slo ahora desechado en parte, estar en su trinchera, como l mismo ha dicho. Y lo que lo hace criminal lo defiende. En sus crculos de asesinos, algunos extraditados a Estados Unidos, ni en otros lados, se olvida su figura.

La triste historia est no slo en la buena salud de quien hiede, sino en una oposicin pasmada que confunde a Uribe con el rey, que ignora al Mazarino que ha de sucederle (quien al final cumpli temporalmente con la pacificacin emprendida por su antecesor); una centro izquierda que hoy conciliara con Richelieu para no ver nunca caer la cabeza de Luis XVI, siglo y medio despus.

Esa versin de la historia sin salida, puede ser superada por una sub-versin forjada entre la dignidad no perdida de la poltica, entre la tica y la cultura de las resistencias. Que no cubra con oportunismos la dimensin de lo ocurrido en la era del terror de Uribe y de sus Mazarinos. Las alternativas no son ahora las urnas ya controladas y huecas, aunque a ellas acudan unas pocas personas respetables. No normalizar unas votaciones preparadas como mquinas de lavado de camisas negras con sangre de los de abajo, para que slo en ellas participen escuderos de la seguridad democrtica, es una correcta opcin tica. La salida existe en otros trminos, en medio de un conflicto que debe reconocerse como tal, para atacar con legitimidad el Ancien rgime, el Antiguo Rgimen que representa Uribe y sus Mazarinos.

Majaderos seramos tambin si no viramos una encrucijada importante, despejada con la no reeleccin de Uribe. Por lo tanto s se puede sacar a Colombia del coma de tantos aos. Con una condicin: recobrar la comprensin del conflicto armado y de sus partes contendientes como proyectos polticos que pueden dialogar. sta es la columna vertebral sobre la que Uribe y sus asesores sicarios han pasado una y mil veces su atroz maquinaria, negando que existe una confrontacin armada. Uribe construy su capital poltico y para-militar negando la perspectiva de una solucin poltica negociada tanto con el movimiento popular como con las organizaciones alzadas en armas. Su nica opcin salvadora fue la violencia contra el pueblo. Esto es lo que debe hacerse aicos ahora, para lo cual existen instrumentos y escenarios, entre los cuales cuenta obviamente la disposicin probable de una franja del propio Establecimiento que puede renunciar a ese mtodo y hacer viable el comienzo de un pacto.

Del lado de las resistencias, se ha tomado nota de al menos cuatro hechos: el dilogo epistolar con la insurgencia; la demanda de concretar acuerdos humanitarios; el compromiso bsico de respeto y confluencia de noviembre de 2009 firmado por las FARC-EP y el ELN; y la voluntad inquebrantable por ahora de seguir luchando para que Uribe Vlez y los suyos respondan por tanto sufrimiento infligido en miles de crmenes de lesa humanidad, por sus estrategias narcoparamilitares y por el estado de indigencia de millones de colombianos-as que es la herencia propagada con sus polticas de un capitalismo ms depredador que nunca. Para que no sea ms un pas que se piense como desechable, ni la finca del desechado y cebado Uribe Vlez.

te metiste en crueldades de once varas

y ahora el odio te sigue como un buitre

no escapes a tus ojos

mrate

as

aunque nadie te mate sos cadver aunque nadie te pudra ests podrido

Torturador y espejo (Mario Benedetti).

Carlos Alberto Ruiz Socha es jurista, autor de La rebelin de los lmites. Quimeras y porvenir de derechos y resistencias ante la opresin (Ediciones Desde Abajo, Bogot).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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