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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-03-2010

La ablacin genital, un atentado flagrante contra los derechos de la mujer

Vctor Montoya
Rebelin


Hoy 8 de marzo es el Da Internacional de la Mujer. Y como todos los aos, algunas celebrarn entre bombos y sonajas, mientras otras permanecern recluidas entre las cuatro paredes del hogar, ajenas a los discursos y actos que se llevarn a cabo en su honor. ste es el caso de las mujeres pobres que viven en los pases ms pobres de este pobre planeta. Me refiero a las africanas que son vctimas de la ablacin genital, el desprecio y el olvido.

A estas alturas de la historia, cuando los avances de la ciencia y la tecnologa nos deslumbran cada da, es horroroso constatar que anualmente millones de mujeres sufren la mutilacin en los genitales, sin considerar los efectos negativos que puede tener en las relaciones sexuales de una pareja. Las intervenciones quirrgicas se realizan casi siempre sin anestesia, con instrumentos que carecen de esterilidad y en un entorno desprovisto de las condiciones higinicas necesarias.

Segn informes de la revista Populi -del fondo de Poblacin de las Naciones Unidas-, esta brutal operacin es una tradicin milenaria que subsiste en varios pases del continente africano, donde vive el mayor por ciento de mujeres mutiladas genitalmentedel planeta, cuyo total oscila entre 90 y 130 millones de nias, jvenes y adultas.

La ablacin genital, a pesar de estar prohibida oficialmente en Asia y frica, es un ritual indispensable establecido por la sociedad tribal, con el fin de controlar los impulsos sexuales de la mujer, quien, segn las normas de determinadas etnias, debe conservar su virginidad hasta el matrimonio, sentirse sumisa y desvalorada ante la supremaca masculina. En pases como Somalia, Eritrea, Etiopa, Sudn, Arabia Saudita, Togo y Egipto, casi la totalidad de las mujeres del mbito rural han sufrido alguna variante de la mutilacin en los genitales antes de alcanzar el umbral de la adolescencia.

Esta prctica ritual, contrariamente a lo que muchos se imaginan, se remonta a tiempos muy antiguos. La mayora de las civilizaciones de Oriente, los hititas, asirios, egipcios y luego los judos asociaron esta costumbre con la religin y lleg a formar parte de la cultura de estas civilizaciones. Segn una leyenda islmica, Agar, concubina de Abraham y madre de Ismael, fue la primera mujer mutilada sexualmente. Esta prctica se realizaba para asegurar la fidelidad y la castidad de la mujer, y as evitar que sea ms proclive a los placeres del sexo y a la infidelidad.

Los mahometanos circuncidaban a los nios varones y mutilaban sexualmente a las mujeres, y segn esta costumbre, ningn hombre que se respetara aceptara por esposa a una mujer no mutilada. En rabe la palabra ablacin se designa con varios nombres: sello sagrado, pureza y reglamento de fe. Si una criatura mora sin mutilar, sta reciba el apelativo de inmunda. Rehuir esta tradicin milenaria, en naciones donde los derechos de la mujer no se respetan ni se mencionan, implica contravenir las normas y leyes establecidas por el clan de los ancianos, cuya funcin de autoridades supremas les concede el derecho de hacer cumplir las tradiciones conforme a lo determinado por sus ancestros.

En las tribus africanas se practica la ablacin geniral masiva entre las nias de cinco a doce aos de edad, precedida por una larga ceremonia reglamentada por un sistema patriarcal que, aparte de ser una estructura histrica-cultural, es la institucionalizacin del dominio masculino sobre la mujer y sobre la sociedad en general. De ah que no es casual que en estas culturas el hombre pueda, con toda legitimidad, arrebatarle la vida a una mujer acusada de adltera. El sistema patriarcal, como por mandato divino, establece que el rol tradicional de la mujer es criar a los hijos, obedecer al marido y cumplir con los deberes domsticos. Asimismo, al ocupar los escalones ms bajos de la pirmide social, no puede gozar de los mismos derechos que el hombre, quien, por su parte, le impiden levantar la voz y enfrentarse a un sistema que controla su sexualidad y la oprime desde la cuna hasta la tumba.

De acuerdo con un informe de la Organizacin Mundial de la Salud (OMS), se sabe que despus de la mutilacin se presenta una alta incidencia de morbilidad y mortalidad femenina, ya que la ablacin -extirpacin total o parcial del cltoris- se realiza con instrumentos rudimentarios que van desde una hoja de afeitar hasta un pedazo de vidrio. Las operaciones, adems de ser riesgosas, son de diferentes grados. As, la infibulacin, conocida tambin como circuncisin faranica, consiste en colocar un anillo u otro obstculo en los rganos genitales para impedir el coito. Se secciona una parte del cltoris o de la piel que lo recubre, llegndose a extirpar en algunas tribus incluso los labios menores y coser la abertura, dejando apenas un pequeo orificio para dar paso a la orina, la menstruacin y las secreciones vaginales.

A largo plazo, como es natural, los efectos de estas costumbres tribales suelen provocar trastornos urinarios, infecciones genitales crnicas, disfunciones sexuales y psicoafectivas, esterilidad y partos complicados que conducen a la muerte. Por stas y otras razones, la Organizacin Mundial de la Salud (OMS) considera que la ablacin geniral no slo es nociva para la salud, sino tambin una feroz discriminacin contra la mujer y un atentado flagrante contra los Derechos Humanos.

No es exagerado aseverar que el nacimiento de una nia constituye una pesadilla para las mujeres africanas, sometidas desde tiempos faranicos a sangrientas prcticas tribales. Ah tenemos el caso de la modelo somal Waris Dirie, quien, en su libro autobiogrfico Deserta flojea (Flor del Desierto), revel que a la edad de cinco aos pas por el doloroso proceso de la circuncisin. Ella es una de los 130 millones de mujeres que fueron vctimas de una tradicin que est reida con los principios ms elementales de los derechos de la mujer. Actualmente es una de las embajadoras de la Organizacin de las Naciones Unidas (ONU) en los pases africanos, donde se viene desarrollando una extensa campaa de informacin para acabar con esta tradicin arcaica; una labor que la enfrenta a los prejuicios sociales y a las estructuras jerrquicas del mundo masculino. A pesar de las controversias, Waris Dirie es consciente de que el atropello contra la integridad de la mujer no se trata de identidad cultural ni de un designio religioso, sino de derechos humanos, y que la defensa del goce sexual es una parte importante de la emancipacin femenina.

Esperemos que durante la celebracin del Da Internacional de la Mujer, a tiempo de reafirmar las conquistas alcanzadas por las mujeres del mundo Occidental, se afiancen las reivindicaciones de las mujeres africanas, quienes necesitan del concurso de todos para liberarse de las tradiciones patriarcales que, como si fuesen las cadenas de la esclavitud, las dejan heridas profundas en el cuerpo y en el alma.

El doloroso da de la ablacin genital

Para comprender mejor la crueldad de esta tradicin arcaica, es necesario imaginar una escena cotidiana, que bien podra ser la siguiente:

La nia est asaltada por el miedo. Hoy ser el da ms doloroso de su existencia. Ser sometida a la ablacin o extirpacin de su cltoris y sus labios superiores. Se asea el cuerpo con la ayuda de su madre, se pone un vestido nuevo y se atusa los cabellos con un peine en forma de trinche.

La comadrona, encargada de ejecutar la operacin traumtica entra en una de las cabaas de construccin rstica, mientras en el patio se aglomeran las mujeres de la tribu, dispuestas a entonar los cnticos que suelen acompaar la ceremonia de iniciacin.

La nia, de aproximadamente seis aos, llega agarrada de la mano de su madre, una mujer joven que, en lugar de sentir pena, denota alegra en su rostro, aun sabiendo que esta costumbre brutal provoca infecciones, obstruye el parto y origina complicaciones que a veces tienen un desenlace fatal.

La nia espera su turno, con los ojos llenos de temor y espanto. Escucha el cntico de las mujeres y el chillido de otra nia que pasa por la hoja de afeitar de la comadrona. La nia sabe lo que le espera. Ahora le llega el turno. No puede permanecer tranquila. Cuatro mujeres la tienden boca arriba sobre el camastro, de modo que la comadrona pueda realizar la operacin con el consentimiento de la madre. La nia patalea y rompe a llorar a gritos. Las mujeres la sujetan de pies y manos, mientras la miran intentado distraerla con un cntico que recuerda a las canciones de cuna.

La comadrona, sin usar anestesia, se esteriliza las manos con ceniza, sujeta la hoja de afeitar entre los dedos de la mano derecha, en tanto con los dedos de la izquierda tira de la vulva, lista para ejecutar el corte transversal desde el cltoris hasta la comisura posterior de los labios superiores. La nia se retuerce entre espasmos de dolor. Llora, chilla, pide ayuda y consuelo. Las mujeres prosiguen el cntico monocorde, hasta que la comadrona sujeta una aguja con hilo de fibras y cose la herida como si se tratara de la rotura de una tela. Despus le echa un puado de ceniza entre las piernas y le aplica un vendaje para evitar las infecciones y la hemorragia. Consumada la operacin, sin instrumentos estriles, la nia se levanta del camastro, apoyndose en los brazos de su madre y se aleja de la comadrona, sintiendo un dolor que le arde entre las piernas, como si un hachazo le hubiese mutilado la parte ms sensible de su cuerpo.

La nia, con la cara empapada en lgrimas, no entiende los motivos de esta ceremonia cruel, salvo el hecho de que las mujeres adultas, quienes siguieron pacientemente la ceremonia de iniciacin, la miran con un gesto de aprobacin, como dicindole que ahora est a salvo el honor de su familia y que ella ser considerada una mujer verdadera por los hombres de la comunidad y los dioses de la fecundidad, pues la mujer que no pasa por las pruebas de la circuncisin es la vergenza de la familia y est condenada al aislamiento social, que es el peor castigo para una mujer de vida tribal.

La nia, aunque no deja de temblar ni sentir dolor, sabe que de esta operacin no se salva nadie, ni siquiera quienes viven rogando a los dioses de la fecundidad. Lo peor es que aqu no termina el suplicio, ya que la mutilacin en sus genitales influir negativamente en su vida conyugal. Cuando se case, le volvern a abrir la herida con una hoja de afeitar, el coito ser doloroso y el embarazo un riesgo para su salud. Ella misma conoce a varias vctimas de esta tradicin arcaica, empezando por su madre y sus hermanas.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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