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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-01-2005

Escenas bblicas

Frei Betto
el Sucre


Hay acontecimientos que quedan registrados para siempre en nuestra memoria. Lo mismo sucede en la historia de los pueblos. La poblacin asitica alcanzada por los tsunamis la maana del domingo 26 de diciembre nunca podr olvidar esa catstrofe.

Una tragedia que, al contrario de otros hechos, no exige distanciamiento para alcanzar la fuerza del mito. De tal modo nos sorprendi y lleg en proporciones tan descomunales que nos hacen recordar los fenmenos bblicos. Pues no hay ms que acudir a la comparacin cuando se piensa en el beb malayo, de apenas 20 das, salvado por encontrarse dormido en un colchn que flot sobre las olas gigantes. No fue as como se salv Moiss de las aguas del Nilo? O la madre australiana Jillian Searle que, forzada por la presin de las aguas, se vio obligada a escoger uno de los dos hijos que llevaba en los brazos. En una decisin cruelmente salomnica escogi al menor, Blake, de dos aos, soltando de la mano al mayor, Lachie, de cinco aos. Felizmente el nio se salv, aunque no supiera nadar, por haberse agarrado a una puerta sobre la cual fue encontrado remando.

Ninguno de nosotros, a tantos kilmetros de distancia, puede imaginar la profundidad de la tragedia que consumi la vida de ms de 120.000 personas, como si Neptuno, airado, hubiera tomado prestada la lengua del tamandu para devorar hormigas.

Las olas gigantes que cerraron con luto el 2004 tienen las dimensiones y el significado de un diluvio. Tal vez algo semejante haya ocurrido en tiempos remotos, cuando una gran llena de los ros Tigris y ufrates devast aldeas y campos. La fe identific all la ira de Dios y, al mismo tiempo, su misericordia. No y sus animales preservados en el arca son una seal de que para Dios siempre es posible comenzar de nuevo.

Nuestra mentalidad secularizada no atribuye al maremoto gigante ninguna seal de Dios. Hoy sabemos que l no quiere el mal de sus hijos ni se complace en castigar sino en perdonar. Sin embargo, vale la advertencia del presidente Lula al referirse a esos hechos: "la Tierra parece vengarse de los estragos que le hemos infligido". Estamos recogiendo los frutos podridos de las semillas que plantamos: el lucro desmedido, la polucin atmosfrica, la contaminacin de los mares,
la tala de los bosques, etc. Con la Tierra no hay trmino medio: si le damos vida, ella nos devuelve vida; de lo contrario sobreviene la muerte.

Ahora nos queda dejar el frgil capullo en que nos resguardamos y, en una gran movilizacin solidaria, socorrer a los sobrevivientes y a las regiones devastadas. No con gestos demaggicos, como el del presidente Bush, que inicialmente apenas don 35 millones de dlares, cuanta irrisoria para la dimensin de la tragedia. Como declar en Washington un senador demcrata, Bush destin a las vctimas menos de lo que gasta antes del caf de la maana en un da en Iraq. Despus, ante la presin mundial, el presidente norteamericano multiplic esa cantidad por diez.

Terrible la lgica sa que induce a gastar en la muerte y ahorrar en la vida. Algo anda muy equivocado. Y no slo pasa con nuestro planeta, que da seales de un desequilibrio para el que no hay terapia. La nica salida es la conciencia de que cada uno de nosotros es el nuevo No, responsable de la preservacin del medio ambiente y, desde nuestra arca, debemos ser capaces de mirar en el horizonte el vuelo de la paloma que trae en el pico un ramo de olivo.

Traduccin de Jos Luis Burguet.


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