Portada :: Chile :: Pueblo Mapuche: Cinco siglos de Resistencia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-03-2010

Carta abierta de un mapuche a Piera
"No represento a nadie y por lo mismo, a todos"

Pedro Cayuqueo
The Clinic


S r. Presidente.

Se preguntar quin soy y por qu le escribo. Tambin, seguramente, a quin represento. Entrando en materia, soy un periodista mapuche, originario de una reduccin del sector de Entre Ros, en las cercanas de Temuco. Desde hace 7 aos dirijo un peridico que trata de dar cuenta del acontecer mapuche en el sur de Chile y Argentina. En ello hemos estado y en ello persistiremos durante su mandato. Sepa que le escribo para rememorar una antigua tradicin epistolar que nuestros abuelos mantuvieron con sus antecesores en La Moneda. Es usted, desde el 11 de marzo, el 40 presidente de Chile, partiendo el conteo desde Blanco Encalada y dejando de lado nobleza obliga- a directores supremos y dictadores. Crame que hasta el presidente Anbal Pinto, nuestros ancestros se cartearon a menudo con los primeros mandatarios. Nada raro a decir verdad. Se trataba por entonces de dos pases distintos y la diplomacia prevaleca con sus cdigos. Djeme contarle que dichas cartas sirvieron para algo ms que saludos protocolares o el mero anuncio del envo o retiro de algn embajador nuestro en la capital. Sirvieron tambin para recordar, los nuestros a los suyos, la vigencia de antiguos pactos; el de respetar la frontera en el ro Bio Bio el principal de todos ellos. Y es que sin Internet y menos aun el sobrevalorado Twitter, dichas cartas constituyeron una valiosa herramienta de comunicacin. Fueron, como sospechar en este punto, un verdadero canal de dialogo poltico y abordaje de controversias.

Seor Presidente Montt. He tenido una junta con mis caciques y tambin con mis otros aliados y me han facultado poner escritas nuestras palabras en este papel Tu Intendente Villaln ha vuelto a pasar el Bio Bio a robar otra vez animales con caones y muchos aparatos para la guerra, trayendo, dicen, mil quinientos hombres, y todo lo que hizo fue quemar casas, sembrados, hacer familias cautivas, quitndoles de los pechos sus hijos a las madres que corran a los montes a esconderse, mandar cavar las sepulturas para robar prendas de plata, matando hasta mujeres cristianas Te digo esto para que sepas la verdad Si este Intendente vuelve a pasar el Bio Bio con gente armada, ya no podr contener a los indios y no s cual de los dos campos quedar ms ensangrentado Presidente, abre tu pecho y consulta mis razones. Yo se que vos Presidente tienes tanta gente y caballeros. Puedes mandar uno que venga a hablar de paz Mi nacin no har nunca la paz con Villaln Espero tu contestacin. Magil Bueno, Toqui General. Septiembre 21 de 1860.

Tal era, don Sebastin, el tenor de muchas de las cartas que reciban desde el sur quienes lo antecedieron al mando de la Repblica. Si alguna duda tuviera de su autenticidad, ruego a usted chequear la edicin de El Mercurio de Valparaso del 13 de Mayo de 1861. No la encontrar en ningn quiosco de la esquina, pero si en la Biblioteca Nacional. Seccin Peridicos, sala Microformatos, para ser ms exacto. Sepa usted que el ltimo en recibir una de ellas fue su colega Anbal Pinto. Tal sera su mala comprensin de lectura que donde deca detener los abusos el entendi cargar los obuses. Y as lo hizo don Sebastin. Apenas finaliz la Guerra del Pacfico, invadi con su ejrcito vencedor nuestro territorio, arrasando literalmente con todo a su paso. Vio Avatar, la ltima cinta de James Cameron? Por lo ajetreado de la campaa electoral es probable que no. Pero ms de alguno de sus nietos le debe haber hablado de ella. Y si no es as, se la recomiendo. Al presidente Evo Morales dicen que le encant. Atrvase y escape uno de estos das a su sala de cine ms cercana. Le sugiero la vea con los lentecitos 3D, algo inapropiados para su alta investidura, pero efectivos a la hora de apreciar en todas sus dimensiones los alcances de la crueldad y la codicia.

Qu tendrn que ver los mapuches con una pelcula de Hollywood?, se preguntar usted a estas alturas. Fjese que mucho. Y no solo los mapuches, tambin los aymaras, quechuas, shuar, sarayakus, mayas, mixtecos, cheyennes y un largo etctera. Y es que cualquier historia de invasin y despojo territorial, desde Pocahontas a la sofisticada Avatar, no hace ms que recordarnos la magnitud de nuestra propia tragedia histrica, el guin de nuestras propias existencias como pueblos. Fue lo que sucedi con los mapuches tras aquella carta mal leda por el Presidente Pinto: invasin, asesinatos, robos y pillaje. Tcticas de tierra arrasada, arribo de colonos extranjeros y confinamiento de los sobrevivientes en campos de refugiados. En su tiempo dichos lugares fueron bautizados como reducciones. Sin embargo, en un arranque de originalidad, la Ley Indgena los rebautiz en los aos 90 como comunidades. Vaya muestra de humor negro, no le parece a usted! Son aquellos lugares plagados de pinos y eucaliptos que de seguro visit en su campaa por Lumako, Angol, Collipulli o Los Sauces Los recuerda? haga un poco de memoria; los lonkos octogenarios con quienes comparti un vaso de bebida Cola; los nios con plumitas y a pie pelado que danzaron ante usted simpticos ritmos; las jovencitas con sus joyas de plata y cintas de colores que lo atendieron bajo el quemante sol; el pebrecito, la sopaipilla, el asadito de cordero.

Ya las recuerda? Debera don Sebastin. Segn las estadsticas, gran parte de sus miembros lo favorecieron con el voto en segunda vuelta. Y es que ms all de la demagogia escencialista de algunos, el izquierdismo de otros y el indigenismo de unos cuantos, los mapuches especialmente en los campos- al final del da resultan bastante conservadores. Lo era una ta, que en paz descanse, y lo fueron gran parte de mis tos, hijos de prsperos comerciantes de ganado devenidos por obra y gracia del colonialismo chileno en pequeos agricultores de subsistencia. Mi ta, de estar viva, habra votado por usted, se lo aseguro. Recuerdo el da en que falleci Pinochet y su infinita tristeza por el caballero aquel. Mat gente, pero pucha que era generoso, razonaba aquel da, recordando sin duda las pensiones asistenciales, los ttulos individuales de dominio y uno que otro cuatrero molesto flotando ro abajo en el Cautn. Mi to, orgulloso y obstinado como pocos, de seguro lo habra espantado con los perros de acercarse usted siquiera medio metro. Lejos del conservadurismo de mi ta, al viejo siempre le atrajeron las ideas socialistas. Se hizo comunista leyendo libros, sola decir. Pero no en la universidad, sino robndole horas al sueo tras largas jornadas hombreando sacos en los fundos del Maule. Tal vez por ello admiraba a Allende. Tal vez por ello, el da en que muri Pinochet, se baj solito y de puro contento una garrafa de tinto bajo las estrellas.

Y es que mapuches los hay para todos los gustos, don Sebastin. Algunos ms a la derecha, otros a la izquierda y uno que otro merodeando por el centro. Como en toda sociedad, como en todos los pueblos, que ello es lo que somos y no precisamente un regimiento. Un pueblo don Sebastin, un colectivo con historia, que carga -a ratos humilde, a ratos orgulloso- con sus hroes y sus victorias, con sus villanos y sus derrotas. Somos un pueblo don Sebastin, por ms que la bendita Constitucin nos niegue dicho carcter y que la bancada parlamentaria de su coalicin solo nos tolere como folclore o atractivo de feria costumbrista. Es tan difcil reconocer que somos una nacin? No debera serlo, en absoluto. Somos uno de los pueblos indgenas ms numerosos del continente, compartimos patrones culturales, una determinada forma de ver el mundo, un territorio al que sentimos como nuestro hogar y, por si fuera poco, una lengua que si bien amenazada, lejos est por lo pronto de desaparecer. Qu es lo nacional? Cuando nadie entiende una palabra del idioma que hablas, sentenci el dramaturgo Johann Nestroy. Si usted y yo somos chilenos, don Sebastin, ramtueyu kimnieymi i ntram, fewla? chem pieyu, chem pimi? tami tuwn ka inche trawniekelayngn, wingkangeymi ka mapuchengen, ka mollfng nieyi. Feley kam Felelay? De esto trata a grandes rasgos el conflicto. De hablar y no entendernos. De dialogar y no poder (o querer) escuchar al otro. De mirarnos y no reconocernos ustedes como iguales en nuestra diferencia.

Hay jvenes de mi pueblo que tampoco lo quieren escuchar ni reconocer a usted, don Sebastin. Cansados de atropellos, hastiados de falsas promesas, han optado por el camino de la rebelda. En promedio no sobrepasan los 25 aos. Y muchos de ellos ya purgan largas condenas de crcel en diversos penales del sur. Se los acusa de terrorismo en base a una singular legislacin, heredada de la dictadura militar y que homologa en Chile el derribo de un avin comercial en Manhattan, la explosin de un cochebomba en Bagdad y la quema de un galpn con fardos en Ercilla. Surrealismo puro, podr coincidir conmigo. Todos ellos suean con el Pas Mapuche de nuestros abuelos. Lo extraan, lo aoran, lo reivindican y lo garabatean en los muros. Tres jvenes han pagado con su vida este atrevimiento. Balas policiales acribillaron a dos de ellos por la espalda, agentes del Estado, cuyos sueldos pagan los impuestos de todos los chilenos, fueron los responsables. Todos gozan no solo de absoluta impunidad, sino tambin del aplauso cmplice de sus mandos civiles y uniformados. Puede usted, don Sebastin, evitar que nuevos jvenes derramen su sangre en los campos del sur? No los minimice, no los ignore, no los estigmatice. Busque dialogar con ellos. Sus ideas, por minoritarias que sean segn las encuestas de Libertad y Desarrollo, constituyen parte de la arcilla con que moldeamos hoy nuestro futuro. No desate sobre ellos una jaura.

Si en algo lo tranquiliza, no ser usted el primer gobernante en afrontar dicho desafo. Ejemplos en otras latitudes tiene de sobra. En su momento, el fascismo espaol opt frente a las reivindicaciones vascas, gallegas y catalanas por la inconducente lgica de los calabozos. En la otra frontera ideolgica, mismo camino siguieron los jerarcas soviticos al aplastar con el buldzer de la integracin las reclamaciones nacionales de chechenos, armenios y osetios, entre otros pueblos. Sepa usted que ambos extremos fracasaron en su intento. Espaa, sacudida de Franco, encontr finalmente en las Autonomas Regionales un camino para pacificar espritus y dar cauce poltico a un reclamo que interpelaba a diario su democracia. Nostlgicos del dictador pronosticaban con ello el fin del estado espaol. Nada de aquello sucedi, claro est. Cierto es tambin que hay quienes nunca aprenden. Los mandatarios rusos, por ejemplo. Y es que tras el derrumbe de la URSS, el histrico abordaje militar del llamado problema de las nacionalidades continu intacto. Los tanques y la fuerza bruta siguieron marcando en los 90 la agenda del da en muchas de las pobrsimas repblicas del Cucaso. Sucede hasta nuestros das don Sebastin. Es cosa de sintonizar por las tardes Telesur o CNN. O Chilevisin despus de Yingo, si as lo prefiere.

Una pregunta queda en el aire, lo reconozco. A quin represento? En verdad a nadie don Sebastin. Ni a mi reduccin, ni al partido mapuche donde milito, ni al peridico que dirijo. Mucho menos a mi pueblo. No represento a nadie y por lo mismo, a todos. A todos quienes leyendo estas lneas sientan que se hace necesario un abordaje distinto del mal llamado conflicto mapuche, extraa denominacin acuada por El Mercurio y que deja fuera, olmpicamente, el componente chileno de todo este entuerto. A todos quienes creen es posible construir un nuevo tipo de relacin entre ustedes y nosotros, una donde la diversidad de lenguas, saberes y culturas no sea sinnimo de amenaza o antesala de apaleos. No represento a nadie don Sebastin, pero crame que son muchos quienes comparten conmigo el trasfondo de esta misiva, que no es otro que dar una oportunidad a la palabra. O a las letras. Consultado de por qu los mapuches no habamos construido jams grandes pirmides o grandiosos templos, un gran poeta de mi pueblo respondi que nuestro principal monumento era la palabra. Puede que tambin lo sean las letras, que es la forma en que las palabras de nuestros abuelos se volvieron cartas para seguir existiendo. Letras ajenas, don Sebastin, pero incorporadas por la necesidad de los suyos colonizar y los mos de resistir.

En este punto me despido de usted. Guarde cuidado, no espero respuesta oficial alguna de su parte. Ocupado estar en innumerables asuntos de Estado. Tampoco fantaseo con algn acuse de recibo de esta carta. Me conformara con que alguno de sus asesores la mencione algn da, aunque fuera solo anecdticamente al pasar.

Atentamente a Usted,

Pedro Cayuqueo

www.theclinic.cl



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