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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-04-2010

Placeres

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Hay experiencias tan intensas que no tienen extensin. Hay emociones tan pegadas a nuestro pecho que no ocurren en ninguna parte. Puede decirse que es a eso a lo que todos, en Australia, en Espaa y en China, llamamos placer y dolor; es decir, al hecho de no estar ni en Australia ni en Espaa ni en China cuando nos estremecemos. No me duele la cabeza en el mundo sino en mi propia cabeza; no me duelen las muelas en la extensin de mi cuerpo sino en una especie de intimidad sin ventanas; no me duelen los riones un martes de marzo sino en un presente puro, en una eternidad concreta. Lo mismo ocurre con el placer, cuyas intensidades ms cortas suprimen tambin, mientras dura, todos los lazos con la tierra y con el tiempo. En su relacin con el mundo, hay pocas diferencias entre sufrir y gozar: el placer es un dolor blanco, el dolor es un placer negro. El clico nefrtico y el orgasmo niegan por igual el sol, los rboles, la botella sobre la mesa, nuestra genealoga y nuestra historia, la mano que nos atiende, incluso el cuerpo que tenemos entre los brazos. Ahora bien, el sufrimiento es un placer que nos expulsa, en el que no queremos quedarnos, que por ello mismo requiere al mismo tiempo una explicacin y una salida y que busca abrirse camino, como las uas de un topo, de vuelta al mundo del que ha sido arrancado. Si las revoluciones se hacen a partir del sufrimiento -el aguijn de la realidad clavado en el cuerpo, como deca Simone Weil- es precisamente porque el sufrimiento nos hace huir y porque de l slo podemos huir hacia los otros y hacia fuera. Para bloquear ese regreso a la humanidad -de la migraa al pensamiento, del clico a la revuelta- se han inventado los antidepresivos, la religin... y los placeres. La industria capitalista del entretenimiento disuelve el mundo comn con mucha ms eficacia que los somnferos y los confesionarios.

El placer es un dolor que nos retiene, un dolor en el que queremos instalarnos. Sin un empujn, nos quedaramos en l para siempre. Los placeres ms elementales son -claro- el sexo y la comida, contra cuya insociabilidad visceral se han inventado refinados procedimientos de cultura. El amor y sus manos cuidadosas, no son dispositivos pensados para poner al otro al alcance de la mirada, tan lejos que podamos por primera vez tocarlo en lugar de comrnoslo? Y las maneras de mesa, la gastronoma, las comidas comunes, no son invenciones concebidas para retenernos fuera de nuestras tripas, para que la boca que mastica tenga tambin que hablar, reconociendo as la existencia de los otros comensales? Lo contrario del amor es la guerra, con sus cuerpos crudos expuestos a la inmediatez ciega de los violadores; lo contrario del banquete platnico es la hambruna y sus digestiones rpidas, solitarias, desconfiadas. Lo que tienen de malo la prostitucin y el fast-food, tan parecidos entre s, es que niegan o anulan el mundo comn; no ocurren en ninguna parte, no le ocurren a nadie, no establecen ninguna relacin. Ser una casualidad que el capitalismo gaste todos los aos mucho ms en destruir relaciones -por no hablar de seres humanos concretos- que en crearlas? Que la prostitucin genere beneficios de 18.000 millones de euros slo en Espaa y se coma sin parar a 400.000 personas? Que la compaa McDonalds tenga 60 millones de clientes al da en todo el mundo y venda todos los aos 22.000 millones de dlares en comida-basura?

He dicho otras veces que la mayor o menor bondad de una sociedad particular se revela menos en los sufrimientos de sus vctimas que en los placeres de sus beneficiarios. La esencia del capitalismo se manifiesta, claro, en sus fbricas, sus campos de refugiados, sus muros fronterizos, sus prisiones; y se manifiesta igualmente -o an ms- en sus centros comerciales, sus parques de juegos, sus aeropuertos, sus programas de televisin, sus estadios deportivos. Del paro y el trabajo precario se huye, como siempre, hacia la religin y los psicofrmacos, pero tambin hacia los placeres industriales que, con arreglo al modelo de la prostitucin y el fast food, el capitalismo proporciona, en distinta escala y por distintas vas, a pobres y ricos por igual.

Habr otro modelo? En 1956, poco antes de morir, Bertolt Brecht escribi un bellsimo poema titulado Vergngungen, que algunos traducen como placeres y otros como satisfacciones. Me gusta ms este ltimo trmino, derivado del latn satis (bastante, suficiente), porque de entrada sita la mirada en los lmites del mundo, fuera del cuerpo y sus intimidades infinitas. En Satisfacciones el poeta alemn ofrece una lista casi oriental de pequeos placeres conectivos (mirar por la ventana, nadar, rostros entusiasmados, el viejo libro vuelto a encontrar, la nieve, zapatos cmodos, la dialctica) completamente incomprensibles -lengua muerta, extraa, tediossima- para un cliente de McDonalds y Wal-Mart, un espectador de la Fox o un admirador de Fernando Alonso y Cristiano Ronaldo. De todas estas satisfacciones diminutas de la extensin hay dos ya casi extinguidas, como los dinosaurios y los bisontes, incompatibles con el orden del mercado capitalista y que desde un coche ltimo modelo o desde Disneylandia nos parecen extravagantes y perversas, casi escandalosas: comprender y ser amable.

Por qu nos parece imposible hoy encontrar placer en comprender y ser amables? Porque, al contrario que la prostitucin y el fast food, al contrario que el clico y el orgasmo, el pensamiento y la amabilidad son dos formas distintas de reconocer la existencia del mundo. Los dos se comportan ante las cosas y ante los hombres como el nufrago ante los nios, a los que se debe ceder el paso al abandonar el barco que se va a pique. Comprender es un ejercicio de buena educacin con el objeto: darle la palabra, dejarle pasar por delante de nosotros, cederle nuestro lugar en el asiento. El zologo, por as decirlo, deja hablar a los animales, el fsico deja hablar al tomo, el filsofo deja hablar a los entes. Pero ser amable, al mismo tiempo, es una forma de (re)conocer a nuestro prjimo, de comprender su existencia como igual a la nuestra, de establecer rangos y jerarquas a contrapelo de las clases (la superioridad del viejito, del enfermo, del nio). Cada vez que digo por favor, que cedo el paso, que me muestro carioso o complaciente, que me detengo y dedico un minuto, arrancado al tiempo continuo de la digestin, a interesarme por mi vecino, estoy conociendo la fragilidad de los otros y declarando en voz alta la ma propia. Bajo el capitalismo, en Madrid, en Sidney y tambin -mucho me temo- en Pekn, una declaracin de fragilidad es ya una invitacin al desprecio y la agresin. En las grandes ciudades europeas, amables ya slo lo son los que tienen algo que ocultar o algo que temer: los inmigrantes, cuya misma cortesa los pone a merced de todos los palos y todos los abusos.

El poema de Brecht acaba con este verso escueto: ser amable. Es tambin la condicin implcita de toda sociedad justa, el primer artculo tcito de toda constitucin poltica. El comunismo es el conjunto de procedimientos complejos -econmicos, sociales, tecnolgicos- que permiten estos placeres sencillos: el de abrir la ventana al levantarse y reconocer el mundo fuera; y el de abrir los ojos y reconocer con un gesto la superioridad de un nio, de un viejo, de un enfermo. Y los placeres -claro- de nadar, leer, or msica, contemplar las flores o la nieve, llevar zapatos cmodos y embelesarse en el rostro entusiasmado del amigo o del amado.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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