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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-05-2010

Grecia
Un jurado popular

Antonio lvarez Sols
Gara

Mucho se ha escrito sobre la crisis griega, pero pocos de esos textos tienen la contundencia intelectual y la calidad literaria de este artculo. Alvarez-Sols despliega en l un potente argumentario que, adornado con una prosa elegante, denuncia las miserias y a los miserables que se esconden tras la llamada tragedia griega. En el da despus de la huelga general, resuenan estas palabras: Hoy somos todos griegos y todos clamamos con los palos y las piedras ante la Polica de los tiranos. O acaso no es lcito enfrentarse a los tiranos?.


La mejor tradicin filosfica de la Hlade retorna a la actualidad para formular una gran, decisiva y luminosa pregunta en torno a la dramtica situacin griega: Quin ha desenvainando la espada de la violencia? Quines son los nuevos persas que invaden la repblica? En Grecia se ilumina hasta la entraa misma de los sucesos la provocacin de los poderosos. No han sido los pacficos y alegres griegos los que han encendido la hoguera. Dejar claro este asunto nos compete a todos los que formamos la humana sociedad de los ciudadanos en cualquier parte del mundo. Quin destroz la antiqusima democracia griega con sus criminales ambiciones? O acaso no hay crimen de lesa patria en quienes esquilmaron al pueblo griego hasta colocarlo al borde de la brbara destruccin? Hoy somos todos griegos y todos clamamos con los palos y las piedras ante la Polica de los tiranos. O acaso no es lcito enfrentarse a los tiranos?

El plan para salvar la economa griega, que, como tantas, es una economa que no pertenece a los griegos, constituye una muestra ms de la degradacin con que se somete a los pueblos para proteger la comprometida riqueza de los poderosos y, an ms, para extraer crecidos beneficios de la tragedia. Cuando desde las alturas donde campan los hierofantes se habla de la sacra inviolabilidad del mercado se est engaando criminalmente a todo un pueblo. Cuando se predica solemnemente desde el imperio que la globalizacin trae la igualdad a las naciones se prepara el gran asalto a la vida popular. Cuando se afirma sin recato alguno que la riqueza solamente puede producirse por un puado de elegidos se consuma el latrocinio de los farsantes. Hoy todos los mendaces han quedado al descubierto y no les queda ya entre las manos ms que una ley carcomida y unos mercenarios que la defienden. Han mentido los dirigentes. Y saban que mentan. Han falsificado todas las actas pblicas. Y lo hacan conscientemente. Han arruinado la vida de los ciudadanos. Y no les importaba la manipulacin de una contabilidad criminal. Luego, han cometido un crimen horrendo contra la humanidad. Un crimen que no precisa las togas compradas para juzgarlo, sino el poder de la ciudadana en un gran tribunal popular que sentencie desde el gora. Los que crearon el tribunal de Nuremberg no precisaron de exquisiteces jurdicas para acabar con quienes mintieron a su nacin. Y acaso el ejemplo de ese tribunal no es esgrimible contra quienes ahora deciden exprimir a los pensionistas, empobrecer a los trabajadores, hundir en la miseria toda esperanza de vida digna para reflotar la nave que encall su ambicin sin medida? Es que la gente puede seguir al Viejo Oligarca del siglo de Pericles cuando clamaba con desprecio: Nada hay que carezca ms de conocimiento que la chusma inepta. Es, sin duda, insoportable rechazar la insolente dominacin de un tirano para caer bajo la igualmente insolente dominacin de la atrevida canalla. Al menos el tirano sabe lo que se propone, la chusma no sabe nada. Qu puede hacer si carece de instruccin y de sentido natural de lo que est bien y se lanza sin pensar en los asuntos como en un ro en las crecidas invernales? Dejemos la democracia para nuestros enemigos; nosotros cojamos a un grupo de personas descollantes y pongamos en sus manos el gobierno? Este texto infame contra el pueblo se escribi hace ya ms de dos mil quinientos aos y ahora rebrota en el papel escrito por las personas descollantes. Y con ese papel sobrevienen las mismas consecuencias del despotismo a cuyo servicio estn los atildados jerarcas que visten el ropaje de los expertos.

S, es lcito ocupar la calle, como lo estn haciendo los griegos, seguramente por la llamada de la sangre que destron a los reyes. No han sido los trabajadores los que con su trabajo han esterilizado el suelo comn. No han sido los pensionistas los que han asaltado la bolsa nacional. No han sido los que cada da acuden al tajo los que han echado a rodar a su patria por el despeadero. Alguien ha decidido jugar con el dinero para acumularlo en forma de poder; alguien muy concreto que tiene nombres y apellidos y en cuyo auxilio acuden ahora las grandes instancias internacionales a fin de que no se derrumbe su castillo de naipes. El hombre ama la tierra y ama su trabajo y su fiesta y su paz. Qu ha pasado, pues, para que ese hombre empue las armas y arremeta contra quienes poseen la plvora, la ley y las prisiones? Ah queda la pregunta para que la respondamos entre todos. No temis hacer retrica, porque el viejo arte de la palabra siempre movi los corazones a la accin. La palabra viva, clara; no esa palabra mostrenca que repiten como un megfono los servidores de la dictadura para vestir a los santos de palo, todo cabeza y sin cuerpo bajo el manteo.

Los griegos, inventores de la democracia, no quieren renunciar a ella ahora. No les valen las ayudas destinadas, adems, a la minora para reciclar su crimen de lesa patria. No les valen esos caudales que sern vendidos en el mercadillo de monipodio para obtener unos intereses que sangran tristeza, destruccin moral y pobreza continuada. Hay que decir todas estas cosas aunque las contorneen de risa los sabios de la mala hora. Hay que decir que la democracia se hace en la calle, vive de la calle y la calle es su patria. Nadie ha arruinado a sus semejantes hasta que se ha declarado superior a ellos. Y contra esos superiores fabricados en el Banco Mundial o en el Fondo Monetario o en los bancos centrales con sus largos brazos de los bancos saprofitos hay que emplear todos los medios de que dispone el nmero y el valor. La batalla la han vuelto inevitable. La tercera guerra mundial ha empezado en las entraas de la ciudadela que pareca inexpugnable. Y ante ella no cabe hacer la investigacin mortal de los buenos y de los malos, porque esa distincin no es menester hacerla, ya que los buenos son los que no comen. As de simple. Pero tras esta simpleza hay toda una rica doctrina que niega la desigualdad y las grandes y faranicas instituciones. La democracia que renace necesita pueblos conscientes de que lo son, dimensiones dominables, economas de sano consumo, plaza pblica y democracias actuantes cotidianamente. Como en las religiones, sobran las catedrales y su msica de rgano. Frente a las poderosas monarquas unidas por la depredacin precisamos repblicas que, conscientes unas de otras y con afn de reunin y concordia, sepan sustituir la maldita globalizacin por un universalismo del trabajo en igualdad y concordia. Es hora de espejos pequeos y slidos orgullos morales. Los griegos se han inclinado por la batalla, pero qu otra cosa queda para ser verdaderamente justos? Escriban lo que quieran los jueces, disparen sus armas los ejrcitos, construyan lenguajes artificiales, pero pese a todo ese abanico de poder, la democracia viene. Y un da se descubrir otra vez que con lo que gastan los poderosos en su represin para acumular riqueza las naciones comeran sin mayores apuros. Porque esto de comer cuesta poco; lo caro, lo realmente caro -en armas, en Polica y en leyes- es mantener el hambre y la pobreza, que es la vaca que ordean todos los das los que son dueos del pesebre financiero.

El alma de Grecia -que pertenece slo a sus amos- ha sido valorada en 130.000 millones de euros. No creo que los griegos puedan pagar esa factura de su lite. Los pobres sangran poco aunque se les hiera mucho. Por eso lo ms eficaz que pueden hacer es vender esa sangre en la calle. Cuando hay poco que invertir, se debe estudiar muy bien la inversin.

http://www.gara.net/paperezkoa/20100506/197709/es/Un-jurado-popular



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