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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-05-2010

Prlogo al libro Nos matan y no es noticia. Parapoltica de Estado en Colombia, de Ricardo Ferrer Espinosa y Nelson Javier Restrepo Arango
Sobre la guerra sucia de Uribe en Colombia

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin


Cuando el olvido, como agua sucia, inunda palmo a palmo nuestro refugio, la memoria decorativa no es una tabla de salvacin sino una carga que puede llegar a ser una lpida. Y cuando la impunidad nos ahoga, la ley la acompaa vigilante en la puerta. Frente a eso, este libro nos ensea que, al no haber justicia, slo nos queda lucharla contra el olvido y la impunidad, y si es preciso contra la ley y la memoria ornamental. Sus pginas estn hechas a conciencia. Por el honesto compromiso de sus dos autores enfrentando la indolencia, el silencio y el cinismo que nos circunda. Me tomo prestado un espacio de este testimonio para explicarlo.

I. Una referencia concreta de la produccin sin tica de lo que s es noticia: un juez contra s mismo.

El gran poeta Mario Benedetti, al inicio de El olvido est lleno de memoria, recordaba lo que bellamente advirti otro escritor uruguayo, Rafael Courtoisie: Un da, todos los elefantes se reunirn para olvidar. Todos, menos uno. De alguna forma estamos ante lo contrario, por obra de dos grandes manadas. Ahora mismo, donde se edita este libro, en el Estado espaol, dos vergonzosas situaciones van en paralelo. En la ms cerril y perversa, la manada de la extrema derecha en la metfora no dir de qu especie animal, beneficiaria de una feroz y cruel dictadura, se impone repugnantemente con todo su peso para impedir que un famoso juez investigue crmenes cometidos por el franquismo. Su apuesta no es el olvido, sino la inmunidad de la casta depravada que triunf y que, en esencia, sigue inclume. La otra manada, incluso con gente progresista pero en parte encogida en sus miras, se rene en defensa no en s de la verdad ntegra como valor, sino, preferentemente, por encima de otros imperativos ticos, en torno a un supuesto y engaoso paladn de la justicia. En consecuencia, su derrotero no es siempre la tica de la alteridad, la justicia para todos, sino la reivindicacin de la fundamental memoria histrica de un perodo tenebroso en Espaa, aunque sean negadas o marginadas de facto y al instante otras memorias, tan legtimas y tan latentes como esta.

De tal desprecio de hecho hay que hablar desde estas calles de Madrid, donde un juez recibe honores y donde no cuentan, para miles y miles de personas que lo halagan, los crmenes cometidos muy lejos, en Colombia. Porque, parafraseando a Sartre, asistimos al striptease de nuestro nada hermoso humanismo, que protagonizan hoy no slo un juez vanidoso y algunos de sus colegas detractores, sino tambin la prensa y crculos de poder: se exhiben prendas dobles, mientras un conveniente desnudo incita al morbo ignorante o aleccionado del pblico. As, miles de pginas y firmas se han apuntado en todo el mundo en defensa del juez Garzn por tratar de cumplir con una obligacin legal por la que recibe un buen salario, adems de la suculenta notoriedad que suele reclamar, formando parte de la Audiencia Nacional, institucin heredera de la dictadura, reparada en el hecho de poner al juez contra el espejo, contra s mismo, contra su propia inquisicin, como un perseguido judicial. Sin duda, el augusto magistrado saldr exento en ese sumario fruto de la reaccin de la extrema derecha; eso esperamos. Tanto como aguardamos muy remotamente sus enmiendas por graves injusticias que ha suscitado. Quedar amparado, mientras cientos de convictos, familiares y amigos de procesados suyos han sufrido por largos aos las consecuencias de un torturante ensaamiento que l ha contribuido a modelar contra un entorno poltico disidente.

Ni una sola de esas firmas y pginas que le exaltan como un nuevo hroe, informadas de la impunidad de crmenes contra la humanidad, al tiempo que ha exigido con plena razn investigar y condenar las atrocidades falangistas, ha desagraviado, en el mismo acto y por la misma causa, a otras decenas de miles de vctimas ni ha advertido la existencia de una normalizacin del crimen de Estado, similar a la sucedida en Espaa, que ayer y hoy las produce a borbotones en Colombia, donde ese juez ha preferido mirar para otro lado. Una siniestra y exitosa normalizacin que, en cuanto a Garzn, est representada en al menos tres actos concluyentes, de los que tomo nota conforme al objetivo de este libro: cuando ha aconsejado sobre la toma de ms medidas represivas, como la incomunicacin, y de impunidad, como la favorabilidad paramilitar, a un rgimen genocida que las aplica contra el movimiento popular; cuando, pagados por el rapaz banco espaol Santander, ha organizado encuentros de acreditacin de lvaro Uribe Vlez como demcrata, avalando su poltica de seguridad y derechos humanos (certificacin realizada, por ejemplo, en Nueva York el 15 de diciembre de 2005 al lado de otro criminal como Henry Kissinger o de impresentables como Ernesto Zedillo de Mxico y Felipe Gonzlez de Espaa); y cuando ha empleado, junto con otros jueces espaoles, instrucciones y consignas recibidas de organismos de inteligencia implicados en crmenes internacionales, para acusar injustamente en Espaa a activistas por la paz y los derechos humanos vinculados con la izquierda colombiana (2008-2010), as como al gobierno de Venezuela.

Desde esa normalizacin del crimen, es normal que Garzn confraternice con Uribe, que a ste se le honre, que haya buenos negocios espaoles en Colombia y que esos muertos lejanos que no son noticia no convoquen a manifestaciones de solidaridad a miles de progresistas europeos. La normal ausencia de una congruente perspectiva tica e histrica de muchos actores internacionales ayud a la larga normalizacin del franquismo durante dcadas. Sentimientos y razones de indignacin no debieron faltar a miles de exiliados y a quienes se quedaron en Espaa padeciendo esa normalizacin, lubricada con silencios provenientes del crudo realismo y del inmundo pragmatismo, signos con los que muchos reconocieron al rgimen franquista y olvidaron a sus vctimas. Bertrand Russell, en el discurso de la Primera Reunin de los miembros del Tribunal de Crmenes de Guerra, en noviembre de 1966, en ese costoso relato humanista ante el poder, se refiri a una de las finalidades de ese Tribunal: prevenir el crimen del silencio. Seal tambin que hay quienes son criminalmente ignorantes de las cosas que tienen el deber de saber. Y tambin que es imposible mantener la dignidad sin el coraje para examinar esta perversidad y oponerse a ella.

El caso de Garzn y su esfera es apenas una muestra. No cualquiera. No slo por ser un juez dotado con poder excepcional en nombre de los derechos humanos, sino porque en su despacho repos una querella relativa a crmenes espantosos cometidos por militares y paramilitares colombianos. Como l, su homlogo Grande-Marlaska asume probado que el rgimen colombiano es una democracia que hace justicia. La querella no fue admitida. Vctimas y testigos, entre los que se encontraba Ricardo Ferrer, sufrieron una nueva afrenta. Junto a esas connotadas figuras judiciales podran contarse centenares de cargos polticos, acadmicos, funcionarios, intelectuales, empresarios y periodistas. Y precisamente esa fusin o amalgama de empresarios/funcionarios/periodistas decide qu es noticia y qu no. Por qu van a ser menos moralmente muchos de los sicarios que disparan a sus vctimas, que los distinguidos autores de silencios y salvoconductos en la cadena del genocidio? Su puntera es semejante.

La condicin sine qua non de que una guerra sucia sea eficaz es conceder a quien la ejecuta la insignia de la razn y el blindaje de la impunidad. Cmodamente, desde sus escritorios, son miles de civiles los que deliberadamente participan del negocio de la guerra contrainsurgente en Colombia y patrocinan sus dispensas o absoluciones. Otros, de forma no intencional, como se dice de los efectos del mercado, quiz por desinformacin, tambin colaboran con gran parte del circuito que, en 2010, se renueva sin renunciar a la inspiracin uribista. Unos y otros, de cara a las vctimas de crmenes de Estado en Colombia, conforman una gran manada dispuesta a tergiversar, negociar y olvidar. Este libro existe porque no todos los elefantes se han reunido para hacer borrn y cuenta nueva. Algunos mantienen la memoria y la dignidad en alto, a contracorriente, para reanimar a la tribu, como Ricardo Ferrer llama a su gente, a la que l con afecto y fe manda y reenva informacin sobre Colombia y otras tristezas, como lo hace el compaero Nelson Restrepo, documentando ambos parte de nuestra historia.

II. Una alusin ineludible: estamos enfermos

En 2009 muri en Espaa el respetable y cultivado humanista Carlos Castilla del Pino, quien elabor perfiles del derecho a la memoria. Le llamaban el psiquiatra rojo. Sus textos son tiles para pensarnos, ahora que hieden y se solapan los entornos polticos espaol y colombiano, que constatamos el encumbramiento y encubrimiento de psicpatas en el poder porque hay sociedades esquizofrnicas que los eligen. Castilla del Pino una vez expres: Tardamente descubr por qu nadie quera hablar de la guerra: porque haba muchos niveles distintos de complicidad en las fechoras. El que mata, el que denuncia para que maten, el que manda matar, el que tolera, el que sabe pero calla... Todos estaban implicados y era mejor no hablar. Si ves una fechora y decides callar, en cuanto se habla de ello te sientes culpable Cuando no puedes hablar de todo lo que debes hablar, ests enfermo: eso crea un tapn que te bloquea muchas otras cosas. Y eso fue lo que pas en la sociedad en general. Se opt por el no pasa nada, por el nunca pasa nada. Eso era muy caracterstico del franquismo. Sin lugar a dudas, pueden fundarse muchas analogas entre lo que vive Colombia y lo que vivi y hered el Estado espaol bajo un rgimen fascista.

Apostado el testimonio de este libro en el Estado espaol, eso que dijo Castilla del Pino debemos recogerlo cuando, entre la inmensa mayora de los exiliados y exiliadas en la dispersin, hemos necesitado algn da, y seguramente seguimos necesitando, la asistencia puntual de un psiquiatra, de un antipsiquiatra o de alguien que con similares saberes a cuestas nos diga de qu padecemos, de qu hemos enfermado y cun grave es nuestro estado del alma. Por higiene, no slo mental sino moral. Porque si las masacres que no son noticia son signo de buena salud, nosotros estamos enfermos; porque si, adems de retribuirlas, es salud premiarlas (como pas con Uribe Vlez en Madrid delante del sucesor monrquico o Prncipe de Asturias, delante de empresarios y polticos cuya espumosa verborrea democrtica se confunde con su caviar), nosotros s estamos enfermos.

Tiene apenas un atisbo de metfora y sarcasmo lo que se acaba de manifestar. Ciertamente, no estara mal que hubiera en algn momento un psiquiatra o un antipsiquiatra comprometido con la verdad, entre la concurrencia de personas por construirse con ella. Pero uno que no acte como parapeto de una estructura de matones a sueldo, como hizo y contina haciendo en Colombia un ex alto comisionado gubernamental, el psiquiatra Luis Carlos Restrepo, para tergiversar y encubrir crmenes del rgimen que encabez lvaro Uribe Vlez. Gerencia de inmunes desde la cual se ha desarrollado una inteligente estrategia autoritaria, establecida con base en el negacionismo acuado por el jefe de propaganda fascista de Uribe, Jos Obdulio Gaviria, enlace mafioso y paramilitar. En oposicin a este gnero de esbirros, el llamado a alguien profesional y decente no es ms que otra irona. Lo que se demanda son seres que sean consecuentes con la verdad que llevan y ensean.

El filsofo Santiago Alba Rico reconstruye al comienzo de uno de sus libros (Capitalismo y Nihilismo) lo que fue el mayor naufragio en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, en 1996, y cmo apenas un pescador de un poblado italiano se atrevi a romper el silencio, el miedo y la indiferencia reinantes y normales, ayudando a un periodista a investigar esta tragedia de la que haban sido vctimas 282 inmigrantes venidos de pases muy lejanos. Subraya Santiago que la de aquel pescador fue una accin moral en una sociedad de agnosia recompensada, sociedad que vea como natural o normal echar tierra sobre el naufragio. Devolver cadveres al mar era un gesto sano y rutinario mientras que tratar de salvar al menos su memoria era, en cambio, un atentado enfermizo contra la paz social. Ricardo Ferrer y Nelson Restrepo hacen ac algo equivalente a lo que hizo ese singular pescador siciliano que se negaba a volver a tirar al mar los restos de identidad de las vctimas.

III. La mediacin y la lucidez del testimonio contra el negacionismo

La estrategia estatal en Colombia ha sido instituida en sucesivas y articuladas negaciones, entre las cuales estn la negacin del conflicto poltico-militar y sus causas, la negacin del contendiente insurgente, la negacin de las vctimas en serie, la negacin del derecho internacional, la negacin del usufructo poltico y econmico de miles de asesinatos, masacres, desapariciones y del desplazamiento de poblacin como limpieza territorial y poltica. Empresarios neoliberales, terratenientes, transnacionales, narcotraficantes, paramilitares y castas de polticos del statu quo, todos a una, en defensa de sus intereses de rapia y hegemona, aclaman la victoria contraguerrillera, manipulando expertamente a gran parte de la sociedad que danza ebria con ellos y que reelige su poltica, mientras se ocultan flotantes restos de verdad, restos de cadveres indciles.

Tomando claro partido por los de abajo, Ricardo y Nelson son un buen ejemplo de quienes saben que la historia de tanta ignominia no est culminada y, concernidos, hacen lo posible por removerla con lucidez en su quehacer y lugar. Sujetos inquietos, que comunican para intentar sanar con la conciencia, personal y colectiva, estando todos gravemente enfermos. Por eso su aporte no es slo valioso y valiente, sino, ms que oportuno, urgente. En la medida en que se les discierne y no simplemente se les oye. Si eso pasa, como debera ser con este libro, mejor nos atendemos y advertimos entre todos y todas, desde lo que somos y padecemos.

Nos podemos sanar cuando traspasamos la rutina de la denuncia sobre la muerte que decae en asunto banal; cuando se va ms all de una narracin lineal al interpelar el afuera del declarante, cuya transparencia impulsa a comprender tambin los adentros del testigo que vive la indignacin existencial por la impunidad; cuando nos reconocemos como l: con nuestro nudo en las manos y la garganta, mascullando palabras que no sabemos si tragar o devolver.

Ahora, en este texto, estn convertidas en lanzas escritas, no ya por invocacin del derecho a la memoria, sino por la obligacin de la memoria, que en este caso es una slida obligacin polidrica: profesional, tica y militante, que va de las circunstancias de sobrevivientes, entre las eventualidades y fatalidades de amenazas, a la opcin que asumen como testigos por conviccin, siendo ambos adems leales a sus deberes de defensores de derechos humanos y, en el caso de Ricardo, de periodista, con el cometido de responder a las labores en las que ni la justicia es una fbula ni la memoria un ornamento, para que la paz que se construya tenga futuro.

Sobre esto ltimo, es el momento de sealar cmo lo que Ricardo Ferrer vivi en 1997 y 1998 fue luego experimentado por otros mediadores por la paz o la regulacin del conflicto armado, no ligados con las argucias de un Estado secuestrado por lites depravadas, sino facilitadores resueltos a cumplir un papel de efectiva e imparcial aproximacin con las organizaciones rebeldes. Un ejercicio que ha costado la vida, la crcel, la persecucin, el exilio, la desaparicin forzada o el permanente hostigamiento a mujeres y hombres, nacionales o extranjeros. Valga mencionar el enorme coraje de dos mujeres comprometidas con esa perspectiva de paz y justicia social, Piedad Crdoba Ruiz y Remedios Garca Albert, que enfrentan hoy la saa del Estado colombiano y las consecuencias de una sincrona poltica y judicial, operada por cuerpos de seguridad o agencias represivas de Colombia y Espaa, respectivamente.

Una referencia me resulta imprescindible. Es sobre el proceso conducido por Piedad Crdoba y quienes la acompaan en la bsqueda de verdad recabada en crceles de Estados Unidos, donde jefes paramilitares ya han indicado una parte de la responsabilidad directa de Uribe Vlez y sus camarillas en la ejecucin de crmenes atroces. Ella dej constancia ante altos cargos del Gobierno espaol, en junio de 2009, frente a algunos de nosotros, de lo que significa respaldar no a un gobierno de derecha por serlo, sino a un grupo de asesinos con esa franquicia poltica, con cuyo capo se sientan figuras que pregonan los derechos humanos, la defensa del derecho internacional y la alianza de civilizaciones. En sus escritorios estn informes que, en otro tiempo, con otros polticos y con otros jueces, habran llevado al menos a una distancia por razones de clculo penal, por el futuro deseado de una quimera: que a una Corte vayan no slo los autores sino quienes fueron copatrocinadores y beneficiarios, en sus variadas formas, del hecho criminal que nos avergenza como humanidad. Los altos dignatarios de la poltica exterior espaola deberan saberlo.

Por eso el Estado colombiano ha buscado arrasar no slo la mediacin poltica para hacer sentir su imperio sobre los otros, sin arbitraje o intervencin que suponga algn dilogo y homologacin de los insurgentes, sino que ha perseguido con asombroso podero los vestigios de verdad para destruirlos, amenazando a cientos de personas por la mediacin de autnticos testimonios y acorralando la inmediatez de revelaciones temibles, suprimiendo la vida de varias claves, de declarantes tan directos como peligrosos. Un ejemplo fue el ex paramilitar Francisco Enrique Villalba Hernndez, quien atestigu contra Uribe en 2008, sealando, entre otros hechos, la responsabilidad del entonces gobernador de Antioquia en la masacre de El Aro, cometida contra campesinos de Ituango, entre el 22 y el 30 de octubre de 1997. Villalba fue asesinado el 23 de abril de 2009, cinco das antes de que Uribe recibiera en Madrid el premio Cortes de Cdiz a la Libertad y fuera agasajado por el empresariado espaol y los partidos de Rodrguez Zapatero y Jos Mara Aznar quien debera estar ya acusado formalmente como criminal de guerra, al menos por la bomba de barbarie que lanz en Iraq, partidos que aprobaron en 2009 el cercenamiento de la jurisdiccin universal, protegiendo as a pares israeles y colombianos, entre otros.

IV. La verdadera solidaridad sin fronteras, la dignidad posible

La estampa de un psiquiatra o de un antipsiquiatra es simple simulacin. Se busca al ser humano que pueda comprender los puentes del alma aquejada y lcida de otros seres, y la propia, en revuelta moral frente a lo que nos rodea, mirando el cuerpo de un sufrimiento en la mente del cuerpo sufriente por violencias explcitas o sigilosas. Alguien que nos ayude a explicar qu diablos nos ocurre, desde un diagnstico potable de la realidad impotable, compartiendo la no renuncia, la no venta, como lo hacen los autores de este libro, quienes comienzan y terminan indagando sin declinar, haciendo bien sin una remuneracin. Alguien que nos esclarezca qu pesadilla nos duerme y nos pudre; que nos ilustre para examinar lo que nos pasa como sociedad cuando tanta muerte inmunda es tan altamente recompensada. Cualquiera puede arrimar el hombro para cargar estos cntaros de memoria; cualquiera que la tenga o la quiera producir como emancipacin frente a leyes, sentencias judiciales y polticas, incluso refutando memorias justificadas cuando devienen en insolidarias.

Las memorias del pasado no pueden constituirse en canteras de dignificacin y humanidad, si con ellas no se sostienen resistencias del presente y solidaridades con quienes se levantan contra la humillacin y la injusticia en cualquier parte del planeta. Eso es ser hombre/mujer de su tiempo. Cara al mundo histrico y tico donde somos, no cara al sol, como reza el himno falangista, ni provechosamente mirando para otro lado, como el juez Garzn, ni con la cabeza baja. Ninguno de esos ha sido el rumbo de los defensores de derechos humanos comprometidos contra la servidumbre actual. Lo ha hecho Ricardo Ferrer, quien inici este libro antes que nada como artesano de la memoria, vigorizada y agudizada en su caso con nuevas agitaciones, con la alteridad de otros dolores asumidos con su correspondiente convulsin espiritual e intelectual. Por eso habla de la responsabilidad criminal de Israel, tanto por la barbarie a la que somete al pueblo palestino, como por lo que pasa en Colombia. Pues el precio de tener que estar all en la primera etapa de su exilio, Ricardo lo convirti en posibilidad al conocer el nexo entre los homicidas de all y los de all, con el mrito de querer comunicarlo, indicando la exigencia de ahondar en ese tema, que l nos deja enunciado para futuras pero urgentes investigaciones sobre la intensidad y actualidad de esa alianza entre estructuras y doctrinas criminales, alentadas en un punto medio: Espaa.

El objetivo que Ricardo y Nelson persiguen, implicados activamente en las tareas de reparacin de la esperanza, es que hombres y mujeres, desde la solidaridad despierta, nos puedan echar una mano para entender y combatir el hecho de que presidentes de gobiernos, que se estiman decentes, y amplias capas de sociedades cmplices, que alardean con los derechos humanos y las virtudes civilizatorias, abracen y rodeen en nombre de sus naciones, con pleno respaldo, a un mafioso como Uribe, sobre el cual abundan pruebas de crmenes y corrupcin.

Los autores buscan que haya personas que nos acompaen cuando se pregunta y grita por qu a Uribe Vlez se le premia en Espaa como defensor de la democracia y las libertades, cuando cientos y miles de madres, vctimas de la poltica uribista, lloran a hijos ejecutados, a hijas desaparecidas; cuando subsiste en la miseria material y en la sumisin una nueva generacin que apenas recuerda los descuartizamientos de los suyos, las mutilaciones con motosierras, mientras se evapora la reciente confesin de que los paramilitares, socios de hecho de Uribe, usaron entre otros mtodos hornos crematorios, por orientacin de los mandos militares, para borrar huellas de cientos de vctimas o se encubre otra prctica tambin sistemtica: el asesinato de centenares de muchachos pobres que fueron presentados como "guerrilleros dados de baja", fenmeno que se conoce como "falsos positivos", para que miembros del ejrcito, implicados en tal eficacia y resultados, pudieran obtener as recompensas de diferente orden: das libres, ascensos, dinero

Por esas y muchas ms razones, lo que se requiere ante la estrategia de un terrorismo de Estado que contina y se moderniza con el reemplazo inteligente de Uribe por nuevos agentes de tal poltica uribista de negacionismo e impunidad, no es slo ni tanto una lectura psiquitrica sobre sus patologas ni una revisin de sus cuentas y haciendas, lo cual no vendra mal. Lo que se requiere es acompaar un poder material, social y poltico que proceda de la rebelin con lmites contra la opresin; emplazar lmites a quienes se lucran con la muerte; combatir tanta devastacin probada. Como este libro lo demuestra: no todo est acabado, ni tiene porqu permanecer impotente o en silencio.

V. La violencia de un sistema

Cumplen los autores una importante labor con este texto, como otros pocos armadores de memoria han hecho estos aos, documentando sobre el macabro rgimen mafioso de Uribe, aproximndose en sus investigaciones al prontuario de un personaje que ha sido reseado como importante eslabn del paramilitarismo y del narcotrfico, pese a lo cual se mantiene la imagen fijada por la propaganda que circula en la gran industria de los dominantes medios de comunicacin, que nunca ensean las pruebas que apuntan a aquel como un soberbio y avieso victimario. Pero este trabajo no nace slo de un hacer periodstico acerca de la genealoga de la criminalidad que se aloj en cada vez ms aparatos del Estado y el particular establishment neoliberal y neoseorial. Se trata de un testimonio directo, al haber presenciado el rostro y el rastro de masacres ejecutadas contra comunidades inermes, por unas fuerzas militares y paramilitares adecuadamente coordinadas, cuando Uribe Vlez gobern un gran trozo de Colombia en el ensayo de lo que es hoy un completo y complejo proyecto nacional y transfronterizo. Ricardo nos cuenta lo que vivi, lo que muri, lo que fue aniquilado y lo que resiste. Lo que escuch y no puede callar. Nos lo viene narrando hace aos.

Ahora ese relato nos lo ofrecen por escrito, en un slo texto, trece aos despus de aquellas masacres, asesinatos y amenazas. No significa que sea tardo su aporte. Al contrario. Nos anticipa que el tiempo de luchar por la verdad, contra la impunidad de crmenes de lesa humanidad, no acabar pronto, y que ser muy difcil su itinerario; que saber andar en ese proceso depende, en primer lugar, del hecho de no olvidar y de cuidar la indignacin frente a lo perpetrado; que de ello nace nuestra dignificacin; que hay iniciativas de las vctimas para no dejar que la violacin lo irradie todo. As, respondiendo a su modo todas esas demandas, este trabajo alimenta un expediente, que no es slo contra Uribe Vlez. Con su sentido se subraya la cuestin de fondo: la podredumbre de un sistema.

Al contrario de lo que pasa en algunas experiencias de pases con auge de investigaciones de la memoria histrica en la ltima dcada, envasadas algunas ms para contemplaciones y apaciguamientos que para regenerar la batalla por la justicia, la cosecha que puede obtenerse de este esfuerzo de Ferrer y Restrepo junto a otros trabajos de documentacin debe servirnos para enfrentar en este terreno las nuevas pretensiones de consolidacin del rgimen neofascista colombiano y, en nuestro mbito, a sus valedores europeos. En oposicin a una lgica de quietismo e inmunidad que ofrece una cierta memoria de adorno, investigaciones vivientes como sta que van ms all de un reporte de derechos humanos o de un ensayo historiogrfico nos deben animar a develar diversas complicidades, muchas agazapadas en cacareados nichos progresistas. Por ejemplo en Espaa, donde de forma resuelta y cnica diarios como El Pas difunden mentiras o callan verdades, al igual que lo hacen formadores de opinin y algunos acadmicos liberales que enarbolan la cultura de la pacificacin usando palabras como paz y seguridad a modo de disuasivos y disolventes, con los que hostigan en pos de la renuncia de diferentes rebeldas, para que cesen contra un sistema de opresin y sus mecanismos de reproduccin, para que se acepte un orden de cosas radicalmente injusto.

Por eso es contundente este trabajo: porque su peso y su modestia contribuyen a que se abra y no se cierre una investigacin contra Uribe Vlez, contra escuadrones de la muerte, contra unidades de las fuerzas armadas, contra grupos econmicos depredadores. Una investigacin que se realiza desde hace aos por nodos de organizaciones y personas perseverantes en tremenda desventaja ante el poder del silencio, que trabajan por documentar las responsabilidades de la larga y honda guerra sucia en Colombia.

Nace as un proyecto de respuesta con propuestas serias, como la necesidad de una Comisin tica, que se forja entre otras herramientas del Movimiento de Vctimas de Crmenes de Estado (MOVICE). Todava disperso, en ciernes, se cualifica para arrojar luz, ya en instancias internacionales, y mejor si fuera para procesos nacionales desde perspectivas de justicia de ruptura. Sin transacciones y transiciones funcionales a ese sistema de muerte, sino para la recomposicin todava lejana de un pas y su cultura poltica. Que ser superadora de paradigmas como el de la transicin espaola, slo si se logra conocer cmo y quines ordenaron desaparecer y matar a miles de personas; quines se hicieron con ello ms ricos y poderosos; quines extirparon organizaciones sociales y polticas contestatarias; cmo se enmascar una maquinaria de exterminio desde las direcciones empresariales de los medios de comunicacin, que son los que hacen posible que la muerte de otros no sea noticia; que slo resean lo que les interesa, como hacen con el alardeo de cifras del secuestro, cuya engaosa o falsa estadstica ha quedado al descubierto, siguiendo la lgica de abultar para propagar una versin, para conquistar adhesiones a los planes de fuerza y ceguera contrainsurgentes.

VI. Contra la buena conciencia

Los autores de este libro y sus editores han sido tercos. Y a fuerza de su buena tozudez afectan la insensibilidad reinante: complican nuestra indolencia y acostumbramiento, para hacer incmoda la buena conciencia frente a los crmenes de los que somos ms que espectadores. Al contar con este acreditado documento, que debera tener tambin una repercusin judicial si cayera en manos de algn fiscal o juez honrado, tiene que ratificarse lo dicho otras veces sobre personas de nuestro tiempo que son como aquellos hombres que Albert Camus describi en La Peste, en la aturdida elaboracin de una indocilidad ante el plceme de la muerte. Y evidentemente la impunidad que reproduce el crimen de los poderosos es muerte. Sin ms. Por eso quienes ac documentan no se fugan de su deber. Escogen ser dueos de su testimonio y no esclavos de sus silencios.

En 1963 se public el libro La banalidad del mal de la filsofa juda Hannah Arendt. En l se refiri ella a Eichmann, aquel nazi responsable de miles de asesinatos dentro de la maquinaria genocida en la que era apenas un burcrata. Con la descripcin de este funcionario, ella relat no slo una cierta psicologa del matn de buena conciencia, sino la lgica de su trabajo en la industria de la muerte. La banalizacin del mal significa as varias cosas: que el mal es comn y una rutina; que al convivir con lo perverso no lo distinguimos de lo ordinario; que carece de toda importancia y novedad.

Despus, muchas reflexiones jurdicas, pedaggicas, filosficas y sociolgicas, plasmadas en publicaciones, o producciones de cine y teatro, han reivindicado o recordado, del otro lado, la denominada banalidad del bien, en cuya cadena se supone estn los que no matan, los que tienen interiorizada la bondad, a los que les es connatural ser benignos, a los que les es familiar y habitual hacer el bien. Por ejemplo, quienes sienten que cuando van a su oficina en un banco, una ONG, una agencia de cooperacin o ayuda humanitaria, una universidad, una iglesia o una dependencia estatal, desempean una funcin no perjudicial, asumida como til y equitativa, desde la que se postula y cumple la normalizacin de un modelo que lubricamos y mantenemos con presuncin u orgullo, como si no asesinara y expoliara o como si no contara para ello con nuestro permiso o colusin.

De ah que la inmensa mayora de los periodistas, polticos o empresarios gocen de buena y tranquila conciencia. Y tambin las capas de sbditos de esa lgica a la que estamos enganchados. Una tibia racionalidad que no se ve asaltada, salvo cuando libros como el presente tocan a la puerta, pero slo de ciertas sensibilidades, para hacernos mirar, preguntando qu hemos hecho y qu haremos ante esta miseria humana. No para injertar la culpa, sino para sembrar la resistencia. El libro aludido de Alba Rico lo hace sealando que debemos hacer sentir que las cosas ocurren realmente, localizando los focos de construccin de la realidad; y ste, el que tenemos en las manos, concreta un esfuerzo de memoria no decorativa o esttica, impugnando la lgica que oculta lo sucedido, la que hace que el crimen elocuente no sea noticia.

Que maten a otros y no sea noticia y, si llegara a ser noticia, que permanezcamos en nuestro confortable silln, tiene que ver no slo con dimensiones epistemolgicas y psicosociales, sino con las consecuencias ticas y polticas de un sistema destructivo. Dos pensadores cercanos trabajan con suma claridad y rotundidad esa reflexin para nuestro despertar, dos compaeros del mbito cultural, poltico e intelectual espaol, Santiago Alba Rico y Carlos Fernndez Liria (de ambos es el reciente libro El naufragio del hombre). El profesor Fernndez Liria nos ha dicho: no cabe duda de que el papel de los medios de comunicacin respecto del nihilismo contemporneo es mucho ms importante que el de la Iglesia. Los periodistas y los intelectuales mediticos son los nuevos sacerdotes y obispos de este mundo secularizado en el que se ha vuelto imposible distinguir el bien del mal. Cita a Gnther Anders, pareja de Arendt, quien, refirindose al colapso moral que represent que todo un pueblo como el alemn acompaara la aventura nazi, denunci la continuidad de esa complicidad entre nosotros, en la conciencia occidental en general. Lo que le preocupaba era que nos habamos vuelto analfabetos emocionales y que eso nos abocaba a un abismo moral en el que todos nos hacamos cmplices de un holocausto cotidiano e ininterrumpido. Alba Rico nos viene exponiendo coherentemente, y con ello nos revoluciona, sobre cmo el capitalismo perpetra el nihilismo normalizado, sin que reaccionemos a la seleccin de vidas, al clculo que mata, al ordenado precio de la vida de otros y el desprecio por su muerte. Esto es lo que explica que los empresarios y polticos espaoles, o los editores de El Pas, se deleiten con el sicariato eficaz de Uribe Vlez, laureado por su colosal seguridad para los negocios, pues ha podido brindar y blindar resguardos para la continuidad del saqueo econmico y el enajenamiento. Como lo hacen en relacin a Palestina, Afganistn o Iraq. Ellos mercantilizan para que unas matanzas lejanas, en la geografa y en el tiempo, sean un dato ms del que podemos prescindir, tanto como del postre.

Mientras miles y miles realizaban sus compras de ao nuevo, una fra noche de enero de 2009 en Madrid, estaba Ricardo Ferrer con otros latinoamericanos defensores de derechos humanos e inmigrantes. Entre no ms de un centenar de personas en un grito comn, vencidas pero no rendidas, coincidentes, con la justa indignacin y esa dignidad evocada que surge de estar al lado de las vctimas de un sistema, no del otro lado. Sin ms banderas que la lucha por la verdad, como si ella fuera suficiente. Protestaban por la masacre que gran parte del mundo, no slo Israel, estaba cometiendo contra el pueblo de Gaza, sobre la cual semanas despus pasaron pgina los grandes diarios y los crculos polticos dominantes, como sucede ao tras ao, mes a mes, ante los crmenes y la impunidad institucionalizada en Colombia. Es la limpieza meditica que sigue a la limpieza tnica o poltica-social del enemigo, de los otros.

No siempre va a ser as. Hay lmites. Hay rebeliones que ya deambulan de la mano y con la palabra de derrotados y derrotadas, en insumisin, que saben que lo son y que permanecern en tal revuelta moral, porque repudian el triunfo del entorno, el de los crmenes que nos rodean y sus gestores. Testigos no protegidos sino expuestos, que dan cara entre el fandango de tanta mentira y frente a la incitacin de tanto olvido.

Contra la estructural banalidad del mal y sus equivalencias prcticas, como lo es el bien, banal o no, predicado en un sistema de mercado capitalista que monopoliza sus buenas violencias.

Contra la buena conciencia que paga en diferido y en especie a los asesinos a sueldo, y contra la tranquila conciencia y el bien estar que comparte renta y dividendos de miles de asesinatos ordenados desde arriba.

Contra el bien que hace viable el xito histrico, no de los que ayer activaron la motosierra, sino de ilustrados civiles, polticos, jueces, empresarios y propietarios filntropos que la prestaron para encumbrar a Uribe Vlez como presidente y regidor, y a sus sucesores.

Contra el bien de los jueces que absuelven a victimarios en Madrid o Bogot, mientras persiguen a vctimas y testigos, y contra el bien que los maquilla en medios de comunicacin, desde Espaa o Colombia.

Contra el bien que oficia como condicin de posibilidad de la impunidad y como condicin sine qua non de las violaciones por venir. El bien de los que deciden, desde sus emporios, que matar y morir lejos y pobremente no es noticia.

No siempre va a ser as. Nos lo pone de presente la afirmacin tica y esperanzadora de este libro que Ricardo Ferrer y Nelson Restrepo nos entregan, con la labor editorial de Cambalache y Soldepaz Pachakuti. A todos ellos, gracias.

Carlos Alberto Ruiz Socha
Abogado e investigador social
abril de 2010
A doce aos del asesinato, ejecutado por el Estado colombiano,
del Compaero y Maestro Eduardo Umaa Mendoza.

Nos matan y no es noticia. Parapoltica de Estado en Colombia, Ricardo Ferrer Espinosa y Nelson Javier Restrepo Arango. Editan Cambalache y Soldepaz Pachakuti. Primera edicin, mayo de 2010.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rJV



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