Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-05-2010

Entrevista con el filsofo Jacques Rancire
La emancipacin pasa por una mirada del espectador que no sea la programada

Amador Fernndez-Savater
Pblico


2441382302_1482c4da94.jpg

Jacques Rancire es filsofo. Alejado de las arenas mediticas y partidistas, desarrolla un trabajo profundamente original y de largo recorrido sobre la idea de emancipacin, que pasa por la esttica, la poltica, la educacin o la historia. Su ltimo libro publicado en castellano es El espectador emancipado (Ellago ediciones).

Los libros de Jacques Rancire han acicateado siempre a quienes queran pensar de otro modo el arte o la poltica. Pero ahora se percibe un silencio incmodo en torno a El espectador emancipado. Rancire toca ah una llaga: la creencia en la desigualdad entre los que saben y los que no, entre los capaces y los incapaces, que atraviesa el arte poltico y el pensamiento crtico.

Desde Brecht a Debord, pasando por Artaud, Meyerhold o Piscator, detecta usted en el arte poltico una cierta denigracin de la posicin del espectador. En qu consiste, en qu presupuestos se basa? Y por el contrario, cul sera su idea de un espectador emancipado?

Hay varios motivos que se mezclan. Por ejemplo, est la oposicin marxista entre interpretar el mundo y transformarlo. Pero Brecht o Piscator son bien conscientes de que el marxismo tambin es una interpretacin del mundo, que se preocupa por fundar la accin sobre esa interpretacin. O est tambin la gran voluntad artstica de comienzos del siglo XX: la de un arte que crea directamente formas de vida. Pero sta no conlleva en s misma una depreciacin de la mirada, ni tampoco del espectador. Pensemos por ejemplo en el cine-ojo de Dziga Vertov. Por tanto, hay algo que se remonta ms lejos en esta depreciacin del espectador: hasta la denuncia platnica de la mmesis, la oposicin entre el hombre de la caverna vctima de las apariencias y el sabio que contempla la verdad. Platn opona a la pasividad del teatro el coro ciudadano, la ciudad en acto, cantando y danzando su propia unidad. La exigencia de abolicin de la distancia espectadora, muy tpica de los hombres de teatro militantes, y el pensamiento marxista de la ideologa que sostiene su proyecto poltico, tienen en comn ese fondo platnico no criticado. Frente a ello, no se trata de emancipar al espectador, sino de reconocer su actividad de interpretacin activa. De hecho, es ms bien a los intelectuales y a los artistas a los que habra que emancipar en primer lugar, liberndolos de la creencia en la desigualdad en nombre de la cual se atribuyen la misin de instruir y hacer activos a los espectadores ignorantes y pasivos.

Guy Debord denunciaba que la dimensin comn del mundo se construye hoy a travs de lo que miramos a la vez (cada uno pasivamente y por separado) y ya no de lo que hacemos activamente juntos: el espectculo. Sin embargo, usted llega a decir que la crtica del espectculo [y de la mercanca] se ha convertido en la ideologa dominante, cmo es posible?

Debord ha construido su nocin de espectculo cruzando dos ideas: la denuncia platnica del habitante de la caverna inmvil en su silla y fascinado por las imgenes, mientras que un manipulador tira de los hilos a su espalda; y el pensamiento romntico de la comunidad separada de s misma, a partir del cual Feuerbach pens la alienacin del hombre separado de su esencia y Marx, la alienacin del trabajador que vea el producto de su actividad alzarse frente a l como un mundo extrao y hostil. La primera inspiracin siempre fue muy fuerte en Debord. Y con el hundimiento de las esperanzas revolucionarias, se volvi predominante. La idea misma del mundo objetivo como producto de la desposesin de la actividad de los trabajadores se olvid. Y ya slo qued el estereotipo del espectador pasivo, transformado ms tarde por los arrepentidos del marxismo en caracterstica del individuo democrtico. La crtica del espectculo se ha asimilado entonces a la crtica de los media, es decir, a la idea complaciente que quienes se tienen a s mismos por intelectuales se hacen de unas masas pasivas ante el desbocamiento de los mensajes y las imgenes.

Es por las mismas o parecidas razones por las que afirma usted que el pensamiento crtico se ha metido hoy en un verdadero callejn sin salida, se ha dejado ganar por el nihilismo?

El devenir del situacionismo forma parte efectivamente de una involucin mucho ms global de la tradicin crtica. sta se ha atribuido la tarea de desvelar los mecanismos de la dominacin, las seducciones engaosas de la mercanca y las ilusiones del espectculo, con el fin de suministrar armas contra el sistema de explotacin. Esa pretensin ya es en s misma dudosa, porque est fundada sobre la presuposicin de que el consentimiento a la dominacin reposa sobre la ignorancia de las leyes de su funcionamiento. Pero en el pasado se basaba en todo caso en la idea de una realidad distinta del reino de las apariencias mercantiles y espectaculares, y de la existencia de una fuerza militante capaz de subvertir ese reino. Hoy en da, quienes retoman esos temas han renunciado a la idea de que hay un mundo real detrs de las apariencias y tambin a la esperanza en una transformacin revolucionaria. As que estos temas funcionan simplemente para explicar por qu la dominacin es inevitable y toda rebelin es vana, si no culpable. La creencia en la desigualdad incluida en la proposicin de que la emancipacin pasa por el saber aparece entonces al desnudo.

Lo que usted afirma en el libro sobre la capacidad activa del espectador en relacin sobre todo al teatro, se podra aplicar igualmente al espectador de televisin por ejemplo?

Ciertamente. No hay ninguna razn para suponer al espectador de televisin como una vctima invadida e inundada por las imgenes que desfilan ante l. Tampoco hay razn para suponerle una lucidez particular. Es suficiente reconocer que quienes estn frente a una pantalla no son animales de laboratorio sometidos a descargas de estmulos. No cesan de juzgar -explcita o implcitamente, con ms o menos resignacin o de combatividad- las imgenes y los comentarios que desfilan ante ellos.

Seala usted que la crtica de la inflacin o la invasin de las imgenes tiene un fondo y un origen reaccionario en los discursos elitistas del siglo XIX. Pero, cmo pensamos entonces los problemas de la atencin en una atmsfera sobreestimulada, esa sensacin tan comn y extendida de que no tenemos tiempo para elaborar los mil estmulos que recibimos?

Esta pregunta presupone ya de hecho la respuesta por el uso mismo del trmino estmulos que reconduce al espectador o al oyente a esa situacin de un animal de laboratorio que reacciona a los estmulos. Pero los estmulos en cuestin son de hecho palabras, imgenes o espectculos que los individuos reciben, admiran o rechazan, y juzgan como tales. En el siglo XIX, no haba ni radio, ni tele, ni Internet y sin embargo el discurso sobre el individuo desbordado por los estmulos era exactamente el mismo. Lo que este discurso expresa en primer lugar es un juicio sobre la ignorancia y la estupidez de las masas. Y ese juicio traduce en realidad el temor a que las masas no se vuelvan demasiado sabias o demasiado inteligentes. Siempre hay demasiados estmulos para quienes pretenden que la gente se quede en su lugar, demasiados saberes divulgados para quienes quieren reservarse su privilegio. Observemos hoy las furiosas campaas contra Internet: la puesta a disposicin de cualquiera de un saber enciclopdico da lugar a la gran lamentacin sobre el ocano de estmulos que ahoga a los pobres cretinos de los usuarios de la red. Sin duda no tenemos tiempo de asimilar todo ese saber, pero hace medio siglo tampoco haba tiempo para asimilar una centsima parte.

Segn usted, qu vuelve poltica a una imagen?

No hay criterio que haga poltica a una imagen. Las imgenes pueden traducir intenciones polticas, pueden ilustrar las categoras o reproducir los modos de representacin instituidos; o tambin pueden, por el contrario, desdibujarlos o subvertirlos. Pero no hay que pensar ese efecto en los trminos de la mmesis, es decir, en los trminos de la buena o la mala imagen que se da del trabajador, de la mujer, del negro, etc. Una imagen nunca va sola, ni simplemente reenva a un imaginario colectivo pensado como reserva de imgenes. Una imagen forma parte de un dispositivo de visibilidad: un juego de relaciones entre lo visible, lo decible y lo pensable. Ese juego de relaciones dibuja por s mismo una cierta distribucin de las capacidades. Hacer una imagen es siempre al mismo tiempo decidir sobre la capacidad de los que la mirarn. Hay quien se decide por la incapacidad del espectador, bien sea reproduciendo los estereotipos existentes, bien sea reproduciendo las formas estereotipadas de la crtica a los estereotipos. Y hay quien se decide por la capacidad, por suponer a los espectadores la capacidad de percibir la complejidad del dispositivo que proponen y dejarles libres para construir por s mismos el modo de visin y de inteligibilidad que supone el mutismo de la imagen. La emancipacin pasa por una mirada del espectador que no sea la programada.

Retomando el consejo de Benjamin, toda una corriente del arte poltico ha ido durante el siglo XX ms all del problema del contenido o el mensaje, ensayando formas cooperativas y horizontales de hacer (que cuestionan las divisiones director-tcnico, por ejemplo), creando nuevos circuitos para la circulacin de las obras, convirtindose incluso en recurso activo de debate pblico, vnculo poltico u organizacin. Pienso por ejemplo en el cine realizado en torno a Mayo del 68 (sobre todo los Grupos Medvedkine, pero tambin Arc, Vertov, etc.) que inspir aquella famosa frase de Godard: no se trata de hacer cine poltico, sino de hacerlo polticamente. Le parecen relevantes estas cuestiones de la factura colectiva, la importancia concedida al proceso y no slo al resultado, el desarrollo de circuitos alternativos, el desdibujamiento de la autora y el carcter til (que no utilitario) de la obra en que ha insistido tanto parte del arte poltico durante el siglo XX? Representan para usted una ampliacin del significado poltico de una obra?

S. Hay que salir de la visin que juzga el valor poltico de las obras individuales segn las formas de la conciencia y el afecto que transmiten, es decir, segn el modelo crtico que asocia la competencia del crtico de arte a la del representante de la vanguardia poltica. El arte participa de la poltica de muchas maneras: por la manera en que construye formas de visibilidad y de decibilidad, por la manera en que transforma la prctica de los artistas, por la manera en que propone medios de expresin y accin a quienes estaban desprovistos de ellos, etc. Lo que es polticamente relevante no son las obras, sino la ampliacin de las capacidades ofrecidas a todos y a todas de construir de otro modo su mundo sensible. A menudo se ha privilegiado tal o cual aspecto limitado de esa ampliacin: el gran arte cercano al pueblo, la transformacin de las obras en acciones o situaciones, la colectivizacin del trabajo del autor, etc. Pero hay que pensar mucho ms ampliamente el difuminado de las oposiciones entre regmenes de experiencia. Lo que me parece ms interesante en Benjamin es la idea de que el cine se dirige a un nuevo tipo de expertos, a una idea nueva de la capacidad de juzgar.

Otra importante corriente de la tradicin crtica (donde tal vez podramos incluir algunos nombres como Dada, la IS, los Yippies, Reclaim The Streets o Tiqqun) entiende que la emancipacin pasa sobre todo por, simplificando mucho, la intensificacin de la vida (de los cuerpos, de las formas de vida, de los mundos sensibles). As, de alguna manera, la obra debe abolirse en el gesto, el producto en el proceso vital, el teatro en accin directa. Sin embargo, para usted la emancipacin es ms un desdoblamiento que una intensificacin. De ah la afinidad que seala entre poltica y literatura. Es as? Podra explicarnos mejor su posicin a partir de ese contraste?

Los ejemplos que cita no son equivalentes. Pero en todo caso, podemos considerarlos a todos ms o menos marcados por una cierta idea de la accin directa. Pero esa accin directa se piensa ella misma segn dos modelos que divergen: uno es el del gesto radical de separacin que sospecha de todas las propuestas de vida existentes como cmplices de la dominacin; el otro toma por el contrario del catlogo existente de proposiciones de vida un modelo vitalista de intensificacin de la vida, de los cuerpos y de la comunidad. Dicho esto, pienso efectivamente que la emancipacin no es una intensificacin de la vida. La emancipacin social ha sido una respuesta a la oposicin misma entre dos modos de vida: la vida supuestamente libre de los hombres ociosos y la vida desnuda de los que estaban obligados al trabajo y la reproduccin. La emancipacin social fue la obra de hombres y mujeres deseosos de romper con la vida ligada a su condicin. Por esa razn, la capacidad de no hacer nada, la capacidad de contemplar en lugar de actuar, tan estigmatizadas por una cierta tradicin progresista, han sido elementos esenciales en la idea y la prctica de la emancipacin. He tratado de mostrar cmo la literatura novelesca moderna daba testimonio de esa escisin de la vida: el hroe por excelencia del ascenso plebeyo en el orden social, el Julien Sorel de Rojo y negro, no encuentra la felicidad ms que en el tiempo detenido de la prisin. Y es la estructura misma de la ficcin la que, con l, comienza a marcar esa escisin interna de la experiencia plebeya.

Tal vez las dos corrientes antes citadas coincidiran en su crtica del museo como lugar de fijacin de la produccin esttica en un espacio separado de cualquier forma de vida, de cualquier uso, que instala la contemplacin inconsecuente como nico modo de relacin con la obra, algo completamente compatible con la operatoria mercantil: indiferencia hacia las formas de vida, traduccin de cualquier experiencia en operaciones de compraventa. Quiz esto pueda ayudar a explicar la difcil relacin entre el museo y los movimientos sociales: hay la impresin de que en el museo no pasa nada y por eso se buscan otros contextos de intervencin/exposicin ms especficos. Por el contrario, su reflexin sobre el museo, tan distinta, llama polmicamente la atencin y quiz podra ser til para repensar de nuevo esa relacin entre arte, poltica y museo.

Cuando decimos que el museo separa el arte de la vida, la primera cuestin a plantearse es: de qu vida? El nacimiento de los museos de arte en el siglo XIX separ, de hecho, las obras de arte de la vida a la que estaban ligadas, es decir, las separ de su funcin de ilustraciones de la religin, de signos de la grandeza de los prncipes o de decorado de la vida aristocrtica. El museo construye un espacio de indiferencia hacia esas funciones sociales jerarquizadas. Pone todas las obras en igualdad, sea cual sea la dignidad de su objeto, y las ofrece a un espectador que es cualquiera. Es una actitud totalmente superficial identificar esa indiferencia con la indiferencia monetaria. La ley del mercado no es una ley de indiferencia, sino una ley de apropiacin y exclusin. La igualdad de las obras en el museo no es seguramente la revolucin. Pero la mirada del espectador annimo form parte en el pasado de esa conmocin de las lgicas sensibles que quebr la distribucin ancestral que haca coincidir las formas de experiencia sensibles de los dominados con la condicin social a la que estaban destinados. Esa confusin de los dominios y de las formas de experiencia funciona distinto hoy en da, cuando vemos a los lugares del arte servir a menudo a modos de presentacin sensible y a formas de circulacin de la informacin alternativas con respecto a las dominantes. Pero en todo caso, la extra-territorialidad del museo implica tambin un desplazamiento posible con respecto a las lgicas sensibles dominantes. Por supuesto, esa distancia no funciona sin tensiones como es el caso de los museos implantados en viejos espacios industriales vacos o en barrios en rehabilitacin y que se esfuerzan en echar luz sobre las contradicciones sociales que presiden su instalacin, mientras que las estrategias dominantes hacen de ellos instrumentos de gentrificacin.

Sigui atentamente el movimiento de los intermitentes del espectculo. En la onda de Toni Negri, hubo quien vio en esa lucha el punto de cruce conflictivo entre arte y produccin: as, el trabajo artstico revelara el nuevo paradigma biopoltico de la produccin (tendencialmente inmaterial; la vida puesta a trabajar; el cuerpo como mquina donde se inscriben arte y produccin; etc.) y, por ello, estaramos ante una lucha ejemplar y universal en tanto que mostrara las posibilidades de organizacin y liberacin de la creatividad general del aparato capitalista que la captura. Imagino que su punto de vista es muy distinto. Por qu le interes el movimiento de los intermitentes, qu potencialidades le vio, qu se estaba jugando ah para usted?

S, son dos visiones completamente diferentes de la cuestin de la subjetividad. Lo que para m es importante en este caso no es la idea de la constitucin de una nueva subjetividad global -posmoderna o posfordista, y que est ms all de las antiguas divisiones entre saber y trabajo, produccin y afecto, tiempo de trabajo y tiempo libre-, sino la idea y la realidad misma de la intermitencia como intervalo. Para m, una forma de subjetivacin es siempre una manera de ocupar un intervalo entre dos identidades. Est, por tanto, vinculada siempre a una suspensin de las lgicas globales y de la temporalidad dominante. Y esto es lo que est en juego en la cuestin de los intermitentes. Los intermitentes funcionan como revelador de una sociedad marcada, cada vez ms, por el trabajo a tiempo parcial, las alternancias entre trabajo y el paro, o el trabajo y los estudios, la distancia entre las cualificaciones de los individuos y las tareas que efectan, etc. Todo ello implica el incremento de la participacin en modos de experiencia heterogneos. Y creo que es de esa heterogeneidad de las experiencias de donde nacen las lneas de fuga y las posibilidades de subjetivacin que interrumpen el tiempo de la dominacin.

Podra explicarnos qu significa para usted que la emancipacin en el campo del arte pasa por que el autor no quiera ser dueo del efecto? Podra ponernos algn ejemplo de obra contempornea que le haya parecido interesante en ese sentido?

Quisiera subrayar en primer lugar que se no se trata, por mi parte, de un requerimiento paradjico dirigido a los artistas, sino simplemente del reconocimiento de un hecho: el efecto de una obra -ya sea el placer del espectador, el sentimiento de belleza que siente o una toma de conciencia poltica- no pertenece a quien la crea. Producir una obra no es producir su efecto. La debilidad de muchas instalaciones con voluntad poltica es partir del efecto a producir y suponerlo realizado por el volumen mismo ocupado en el espacio. La emancipacin comienza asumiendo el riesgo de la separacin. Y, por supuesto, la separacin entre la voluntad realizada en la obra y su efecto sobre los espectadores pasa tambin por las condiciones de exposicin o de la distribucin. Tomemos el ejemplo de las pelculas realizadas por Pedro Costa con los habitantes del barrio chabolista de Fontainhas en la periferia de Lisboa. Ah se da una voluntad poltica de testimoniar sobre la realidad de una situacin de desposesin. Tambin la prctica de hacer una pelcula con los habitantes, incluyendo a aquellos cuyo comportamiento frente a la cmara es imprevisible. Hay dos grandes tomas de posicin estticas: una es desdibujar la divisin entre la ficcin y el documental; la otra es filmar, no la miseria de la gente, sino la riqueza sensible de su decorado bajo la luz y la riqueza de su experiencia de vida, con el fin de restituirla. Pero en definitiva, una pelcula sigue siendo una proyeccin de sombras; y el mismo tiempo que se ha pasado restituyendo esa riqueza de los pobres compone pelculas que el sistema de distribucin clasifica como films estetizantes para estetas, redirigindolas al infierno de los festivales y los museos. Esto crea una gran separacin difcil de asumir y que Pedro Costa asume sin embargo.

Fuente:http://blogs.publico.es/fueradelugar/140/el-espectador-emancipado

Primer captulo de El espectador emancipado



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter