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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-06-2010

Morir sin biografa

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Para matar a ciertas criaturas no hay ms remedio que dirigirles una ltima mirada desde el aire: los afganos, los iraques, los palestinos. Para mirar a ciertas criaturas, al contrario, no hay ms remedio que matarlas de un palmotazo: las moscas, las abejas, los aviones. Y luego estn las flores. Reconozco que he llegado a una edad en que me parecen mucho ms espectaculares las rosas que las carreras de coches y mucho ms excitantes las hojas de un ciruelo que una pasarela de modas. Tnez, el pas donde vivo, tiene pocos museos y pocas libreras, pero basta esperar con paciencia para que todos los aos sus calles se vean invadidas por las ms refinadas y vanguardistas obras de arte: la primavera. Todas las maanas de este mes de mayo hago mi peregrinaje floral, localizo nuevos brotes imprevistos, registro cambios en los muros y visito religiosamente el callejn de la Aurora y la rue de Boulogne, donde -ascendente y descendente- una sucesin espumosa de blancos, rosas, naranjas, lilas y fucsias estalla al final en el suavsimo malva nocturno de una jacarand lentsima. En las selvas hay verdes hmedos que envenenan el alma; en la plaza de Mendes France hay un rojo tan irracional, tan inmoral, que puede volver loca a una mente frgil. Si se quiere conservar el juicio hay que explicar ese color o compartirlo y para ello no caben atajos: o se lleva a empujones a los amigos al pie del arbusto y se les obliga a mirarlo o se dedican minutos -y minutos- a describirlo pacientemente. Nada que podamos contemplar en una pantalla es tan espectacular, exigente y amenazador como un ciprs que sangra bouganvillas por todas sus ramas -o un flamboyn en llamas.

Digamos que los humanos tenemos tres tipos de memoria.

Una, documental, puramente cronolgica, que nos permite recordar la fecha de las guerras, las revoluciones y los cumpleaos de los seres queridos; y que es importante para orientarse en el tiempo; es decir, para recordar cun viejos son ya los recin nacidos y qu jvenes seguimos siendo los todava viejos.

La segunda, colectiva, tiene que ver con las respuestas sociales rutinarias, enraizadas en el cuerpo y en el discurso, a los embrollos de la vida en comn. Cmo comportarse en un museo? Cmo tratar a un anciano? Cmo enterrar a los muertos? Este tipo de memoria, materializado en modales, ritos de paso, ceremonias e instituciones, permite actuar correctamente sin necesidad de pensar, lo que constituye la condicin misma de toda existencia compartida. No pensar, claro, es indispensable cuando se trata de tomar medidas ya establecidas frente a una situacin de urgencia -un cicln o un terremoto-, pero es peligroso si lo que impone es, al contrario, tradiciones insensatas, como la ablacin del cltoris o el confinamiento de las viudas. Por eso la memoria colectiva debe ser revisada y racionalizada cada cierto tiempo.

Tenemos, por ltimo, la memoria individual , sedimentada en torno a costumbres y a objetos. Lo que verdaderamente marca nuestro carcter est de alguna manera sumergido en nuestro cuerpo: todo ese flujo de repeticiones y conchitas, de gestos fatigosamente renovados y canicas, de rutinas largas y de astillas diminutas. El camino de la escuela, el reclamo operstico del vendedor ambulante, el roce de los pantalones de franela, la luz invernal sobre el mueble heredado del abuelo, el olor a naftalina, el jarrn chino que sobreviva a todas las mudanzas, el rojo -s- de la buganvilla que nos retena en un callejn poblado de basuras -y de malandros que fumaban. Esa memoria -idiosincrsica y meteorolgica- se puede traducir incluso al chino, porque tiene que ver con los cinco sentidos, patrimonio compartido, y con los cuatro elementos, suelo colectivo, pero no se puede traducir sin un enorme esfuerzo introspectivo y lingstico. Uno de los nombres que recibe ese esfuerzo -para rescatar lo comn encerrado en el propio cuerpo- es poesa y, en general, literatura.

Pues bien, una de las paradojas del capitalismo, y de sus tecnologas ancilares, tiene que ver con su potencia para erosionar estos tres tipos de memoria.

La memoria documental ha quedado muy debilitada por la propia capacidad tecnolgica de registro y archivo. Todas las fechas, todos los datos, todas las estadsticas estn almacenadas en soportes exteriores informticos que de alguna manera han vaciado nuestras cabezas. En ese vaco, como en una sopa ligera, flotan algunos acontecimientos sin conexin, aislados de la historia, monumentalizados por unos medios de comunicacin que producen, como Nestl y Disneylandia, caramelos, juguetes y mercancas. El 11-S se yergue en medio del magma originario como el gran fetiche enhiesto de un olvido colectivo. En un dilogo de Platn, un escriba egipcio le deca a Soln que los griegos eran como nios, porque no podan recordar ms all de tres generaciones, mientras que ellos, dueos de la escritura, se podan remontar, nombre a nombre y fecha a fecha, hasta el pasado ms remoto. El capitalismo produce nios extraviados en un tiempo uniforme, sin lmites ni orillas.

La memoria colectiva est asimismo muy daada. Hablamos de las especies animales desaparecidas o amenazadas, pero nos olvidamos de todos los gestos milenarios, las ceremonias comunes, las respuestas colectivas desterradas para siempre de este mundo. Podemos pensar en oficios muertos o en liturgias ceremoniales extinguidas, pero tambin en formas de organizacin poltica y vnculos de solidaridad definitivamente deshechos. Las respuestas automticas -ese tino social sin pensamiento- no las impone ya la tradicin o la institucin o la educacin, con sus ventajas y sus riesgos, y mucho menos la razn o el socialismo, sino las multinacionales. Cmo superar un duelo? La casa Roche te vende una pastilla. Cmo enterrar a los muertos? La funeraria privada se encarga profesionalmente del residuo. Cmo besarse, dnde divertirse, qu ropa vestir, qu comer, cmo viajar, qu mirar? Monsanto, Meli, Zara, MacDonalds, El Corte Ingls, Disneylandia nos movilizan -permanente cicln o terremoto- sin posibilidad de equivocacin.

Pero por todo esto, se comprender, es absurdo pretender que el capitalismo es individualista . Todo lo contrario: slo los pobres, los muy pobres, tienen todava biografa. Las clases medias y sus imitadores ms desfavorecidos tienen ms bien una coleccin de souvenirs o un catlogo estndar de fotografas. La memoria individual -las repeticiones y las conchitas, las costumbres y los objetos- ha sido sustituida por un universal folleto publicitario en el que el sujeto de la experiencia, desprovisto de cuerpo, es intercambiable por cualquier otro. Qu recordamos? El rea de servicio de la autopista, la final del mundial de ftbol, el logo de Nike, la publicidad de Ford, el vestbulo del Sheraton, las ofertas del Carrefour, el icono de pgina de inicio de Microsoft. El investigador Kevin Slavin calcula que hay en torno a 10.000 millones de fotos digitales colgadas slo en Facebook. Toda una floracin individual? No, porque todas esas imgenes privadas pueden reducirse a un repertorio de cinco o seis clichs indiferentes: el viaje organizado, la fiesta de fin de curso, el cumpleaos en el Burger King, el da de compras.

Y las buganvillas rojas? Uno va a google y busca imgenes. All no corremos el peligro de volvernos locos ni nos vemos obligados al agotador esfuerzo, memorstico y literario, de describir y explicar su incendiada irracionalidad. Suprimidos los cinco sentidos y los cuatro elementos, se suprime al mismo tiempo, paradjicamente, la posibilidad de una experiencia personal y la posibilidad tambin de comunicarla.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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