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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-06-2010

Gente normal

Jon E. Illescas Martnez (Jon Juanma)


El Planeta Tierra visto desde el espacio es sorprendente. Esa forma esfrica cuasi perfecta, su mayoritario azul intenso moteado de tierra siena, y el contraste con la oscuridad del cosmos, le confieren una apariencia absolutamente intrigante y mgica. Pero si nos acercamos ms, si en el interior de la atmsfera cruzamos la estratosfera hasta llegar a la troposfera, lo que veremos ser cada vez ms fascinante: montaas rocosas contorneadas por ros que caen formando saltos o trazan sinuosas curvas sobre su superficie aeja, praderas engalanadas de intenso verde, bosques llenos de innumerable fauna y flora, mares inmensos de enrgicas y majestuosas olas, inslitos paisajes de y as podramos seguir infinitamente.

En las zonas ms urbanizadas de nuestro mundo se contempla una gran masa compuesta de diminutos puntos, esparcidos por diferentes pueblos. De diferentes formas y colores, de movimientos pausados o ms o menos veloces, son los principales actores del escenario global. En los libros suelen llamarlos seres humanos u homo sapiens, pero sin duda, si acercamos el objetivo de nuestra cmara logrando imgenes ms prximas de los mismos, comprobaremos que se trata de otra especie ms especfica: la gente normal.

La podemos encontrar en los mercados, las calles, el metro, los colegios o haciendo cola en los hospitales pblicos. Si seguimos acercndonos ms, incluso podremos distinguir sus rostros, sus nombres, sus vidas ...

La gente normal suele despertarse bien temprano, con o sin el murmullo de los nios. Algunos lo hacen acompaados, otros anhelando compaa. Algunos se levantan antes de lo normal porque deben soportar largas colas de trfico antes de llegar a la oficina, otros tienen el trabajo tan cerca de casa que ste no les abandona ni, cuando agotados, vuelven a la cama. Algunos viajan con otra gente normal, en autobuses repletos, mientras divisan la fbrica, la mina, el centro comercial o el astillero, lugares donde seguro pasarn la mayor parte del da (o su noche). Otros rodeados de moscas, y sin trabajo remunerado, intentan cada da construir embarcaciones imposibles para alcanzar otras tierras donde, sobreexplotndolos, no les nieguen el sustento.

A veces la gente normal se enamora. A veces, le rompen el corazn. Algunos de ellos se vuelven a enamorar, otros dejan de creer en las hadas para siempre. En ocasiones, tambin sucede que el revoloteo de las mismas les vuelve a brotar desde el estmago, quieran o no. En la retaguardia, Cupido espera con desigual puntera dispuesto a atravesar gargantas, mentes, piernas, brazos y a veces incluso corazones. Tambin hay gente normal que se acostumbra a vivir sola y cuando est acompaada slo sabe causar dao. Unos pocos (los ms valientes, locos o soadores), siguen amando contra viento y marea, pese a naufragios e inundaciones, incluso a antiguos amores, bajo la grcil e indestructible sbana del hechizo o la condena. A veces, tanto enamorados como solitarios enferman, y deben aprender a hacer frente a las adversidades. Todos tienen amigos, mejores y peores, con ellos comparten un t, un mate o unas cuantas cervezas. Los hay que prefieren agua mineral con un poco de limn. Todos adoran la msica, disfrutando de su compaa mientras se confiesan desdichas, sueos y esperanzas, entre miradas, llantos y sonrisas. Hay reuniones con amigos y hermanos, padres e hijos, abuelos y nietos, tambin algunas donde se renen la mayora de ellos. En ocasiones se besan, se abrazan, se escuchan, se ayudan, se entienden...incluso consiguen ser felices.

Pero a veces la gente normal tiene miedo ...

a perder el trabajo y no poder mantener a los suyos; a conservarlo, y no tener tiempo ni de verlos. Frecuentemente, para retenerlo, se estorban, se mienten, se daan. Mientras tanto, muchas hijas e hijos de la gente normal estudian y trabajan duro toda la semana. Y algunos, bastantes que son ya muchos, cuando llega el sbado noche en los alienantes oligopolios del ocio de cualquier urbe se meten cocana, toman pastillas, se evaden con la marihuana o se emborrachan con esa otra droga tan aceptada por nuestras sociedades llamada alcohol. Intentan olvidar el olvido y los encadena la soledad, corren ms deprisa huyendo de la duda del no saber (se), porque nadie les dio un nombre, ni sueo, ni certeza, ni sentido y slo logran arribar una y otra vez al mismo punto de partida. La cultura del capital los dej desmemoriados, asustadizos, perdidos en el laberinto. A veces, les sangra la nariz y otras, no recuerdan nada de lo que hicieron la noche anterior. Otras se marchan de casa con un hasta luego mam, o maana hablaremos pap pero ya no vuelven jams. Entonces llegan las oraciones a la Vrgen o a los Santos, a Jess o Al Jehov me oyes? Incluso los hay que no ruegan porque desconfan de lo intangible, pero todos lloran. Todos.

A veces, hay a gente normal a la que de repente se le abre la tierra bajo sus pies y se pregunta el porqu mientras se precipita por el despeadero. Otras le llueve plomo extranjero, desde el cielo, de frente o por abajo. Las balas de la codicia perforan su cuerpo o el de sus amigos y familiares, mientras las bombas de la ambicin borran cualquier paisaje anteriormente conocido, querido, aorado. La sangre brota y las lgrimas se entrecortan, pero siempre continan tras un coro de quebrados sollozos. Los ms desdichados de esas guerras, los vivos, continuarn inmunes en su pena a los psiclogos de Oxfam, los bienintencionados informes de la ONU y los moralismos de los sacerdotes de la Iglesia. Las lgrimas no entienden ni entendern nunca de inteligencia emocional. Como el ro que debe llegar al mar, en cuanto tenga un poco de agua brotar de nuevo, con ms fuerza si cabe, hasta descansar en paz. Porque cuando a la gente normal le roban la vida, dinamitando presente y futuro, slo le queda la terca esperanza del descanso, el reencuentro, la unin con la infinitud y la calma del silencio.

Llegan momentos en que la gente normal, cansada de tanta anormalidad, no puede ms, y se vuela la tapa de los sesos.

Pero... por qu si hay tanta gente normal, el mundo va tan (anor)mal? Puede que sea porque la gente normal, en realidad, pinta una puta mierda.

Llevamos muchos siglos en los que la gente normal no ha tenido derecho a tener una vida normal, probablemente porque vivimos bajo el azote del ms anormal de los sistemas posibles. Aqul que lo supedita todo ( y a todos) a la lgica del mximo beneficio de una minora. Cuando el inters privado se convierte en el omnipotente cacique de la tribu, y su continua reproduccin en el prncipe ms querido del imperio, lo pblico queda relegado como perpetuo forajido. El inters privado manda y permite que la gente, empeada en que tengamos una vida normal, acabe en la crcel acusada de peligrosa terrorista o bien marginada en las amplias prisiones de la libertad de prensa por anarquista, socialista, comunista o cualquier otro -ista menos fascista, chovinista, racista, derechista, etc; frecuente relleno de costosos trajes y corbatas de italianas marcas.

Llegados a este punto podramos preguntarnos que, si la gente normal vive en un sistema tan poco normal, dnde estn los anormales que lo sustentan? Quizs no haya que buscarlos en las colas de los supermercados, en los atascos, en las escuelas del barrio o frente a la consulta del doctor, quizs y slo quizs, haya que mirar bien hacia arriba para poder localizarlos. Y ver tan alto es complicado, con la luz apuntndonos de frente, cegndonos. Pero nos es posible intuirlos viajando en aviones privados, sentados junto al borde de una gran piscina en sus enormes mansiones o a bordo de lujosos yates varados en algn glamuroso puerto del Mediterrneo. Tambin podramos volar con la imaginacin a uno de esos oasis de lujo y ostentacin de alguna teocracia rabe productora de petrleo o quizs a un inmenso rancho texano, o viajar hacia algn paraso fiscal de fronteras garantizadas por todas las potencias expropiadoras del Primer Mundo, o a un ednico paisaje de alguna diminuta isla caribea cercada por un disciplinado squito de mercenarios privados. Por supuesto, es seguro que los encontraremos en amplios ticos de rascacielos con helipuerto y salones con decenas de monitores encendidos en Nueva York, Berln, Shanghai, Hong Kong, So Paulo, Mosc, Mumbai o Tokio. Los ms poderosos de ellos con los telfonos en sus agendas de algunos de los ms importantes primeros ministros, banqueros, especuladores, directivos de empresas farmacuticas, magnates de conglomerados mediticos, rectores de universidades privadas (y pblicas), monarcas, vendedores de armas, obispos, directores de servicios secretos, propietarios de grandes buffets de abogados, industriales culturales, narcotraficantes, altos militares y dems polimrfica casta realmente existente y dirigente. Destaquemos que no conocemos a ninguna gente normal a la que inviten a sus reuniones o fiestas de cumpleaos, si descontamos al personal del servicio.

Mientras dejemos que esta gente tan poco normal nos alimente con pienso transgnico y nos entretenga en sus corrales privados con juguetes ajenos, la gente normal seguir volvindose loca y muriendo en el matadero. Y mientras ellos gobiernen, la normalidad no podr vestir ms que con los santos harapos de la Utopa y las distintas Revoluciones que anhelan su nacencia. Mientras los de siempre firmen decretos e implementen sus polticas de muerte, la gente de a pie continuar haciendo ese tipo de cosas tan anormales que nunca desearon hacer como despedir del trabajo a una madre soltera embarazada porque le era ms rentable a la empresa, venderle un coche de lujo a un narcotraficante o crack al hijo del vecino de la esquina, endorsarle un plan de pensiones a un viejito senil o rebentarle la cabeza a un muchacho iraqu porque algunos que no conoce (y pintan mucho) lo tildaron de peligroso terrorista.

Mientras el mundo arda de esta manera no habr normalidad para nadie. Por muy lejos que la gente normal se crea de la hoguera, las llamas la alcanzarn de un modo u otro, inexorables, implacables. Y los que crean vivir una vida normal o aspirar a tenerla ante semejante escenario deliran y la falsa normalidad se les ver truncada un mal da, tras los ojos de un joven violento, asustado, resguardado y azuzado por el cobijo de una mara, que les disparar en la sien por la ms variopinta de las sinrazones, o despertarn con el fro de una navaja hundindose en su vientre atravesado por la urgencia monetaria que dicta la dosis de un moribundo drogadicto, que antes fue hijo, quizs tambin padre. Los cimientos de barro de la normalidad seguirn desmoronndose con la deslocalizacin de una fbrica y la prdida de empleo, con la bajada de las pensiones, el aumento de la jornada laboral y la edad de jubilacin, con el fin de la cobertura social para millones de campesinos firmada con la ejecutora mano de un annimo burcrata del Partido nico, ahora amante de la economa de mercado, o con la no renovacin del contrato de trabajo por aferrarse a no vender mentiras tras las siglas de un respetable medio de comunicacin o cualquier otra sacrosanta institucin de nuestra ingesta sociedad de la mentira permanente.

Y ante tanta impostura y el tamao de la tragedia , algunos prefieren, cual blsamo de penas y conciencias, repetir que no hay nada que hacer, que todas estas calamidades ocurrieron siempre, ocurren y ocurrirn, por lo siglos de los siglos ...

Amn?

La gente normal, tanto de cerca como de lejos, son en realidad personas. Los otros, pese a sus esfuerzos, tambin. No lo olvide nunca.

Nosotros somos ms.

* Jon Juanma es el seudnimo de Jon E. Illescas Martnez, artista plstico y terico del socialismo, investigador y creador del Sociorreproduccionismo Prepictrico.

El presente artculo fue finalizado el da 29 de julio del ao 2010.

Blog: http://jonjuanma.blogspot.com/

Obra plstica: http://jon-juanma.artelista.com/


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