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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-07-2010

Maradona y el carcter nacional

Horacio Gonzlez
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El ftbol resiste bien su conversin en mercanca. Su planetarizacin compulsiva no asfixia su enigmtica sustancia ldica. Los abusivos primeros planos de los rostros de los jugadores en las transmisiones desde Sudfrica de dolor, de exaltacin, de bocas escupiendo son menos dramticos que el barroquismo de las buenas jugadas, aun si fueran tomadas en un plano general, aun si esos planos tomados desde helicpteros o cmaras areas recordasen demasiado el pizarrn de Zubelda. Restando del ftbol todo lo que no tiene que ver con su esquema libidinal-capitalista, queda indemne su ltimo recurso a lo irreductible del juego. La autonoma del ftbol son sus maniobras coreogrficas, sus ardides irrepetibles. La jugada preparada una contradiccin en sus trminos se redime slo si se inscribe en las contingencias del ocasionalismo, los errores abismales o las genialidades involuntarias. Estas se comentan por aos, dcadas, acaso siglos, como el gol uruguayo en 1950 en el Maracan o la palomita de Aldo Pedro Poy. Son esas maniobras inesperadas la verdadera contradanza del ftbol, las que cortan las series lineales con quiebres repentinos que frustran una expectativa. Los fabricantes de mitos empiezan a contarlos hacindose los tontos, slo por gusto, y acaban instalando una leyenda.

Como todo juego, el ftbol implica sustancia y accidente, una relacin entre la fuerza que est mejor dotada y la manera en que el azar puede vulnerarla. Es el don, la gratuidad postrera del ftbol, aunque lo jueguen jugadores que son multimillonarios. Las burocracias, instituciones y financiamientos del ftbol no poseen ningn don. Administran con hombres taimados los estados de gracia del juego. Son los Grondona, Blatter o Havelange, salidos de diversas profesiones, el comercio, la abogaca, las finanzas. Son ms duchos que los diplomticos de carrera; ya tienen integrado su papel de cancilleres de un nuevo orden mundial. Se saben de memoria la leccin de la Unesco o de la FAO, fingen ser solidarios con los pobres del mundo y comprenden profundamente que el atpico Maradona festeje tirndose con su traje reluciente en el pasto humedecido. Antpoda y complemento de esos jerarcas, Maradona es lo que las viejas antropologas amerindias denominaron un trickster, es decir, un mediador jocoso, simpticamente burlador y tunante, entre las camadas tecnocrticas y las gentes golpeadas, entre los instrumentos del poder y su desarreglo jovial o licencioso. Esto es, entre la deseada redencin popular y el pobre sentimentalismo que siempre es el primer umbral de bsqueda para las emociones ms veraces.

Se equivocan los relatores del Mundial cuando dicen somos Pipita Higuan, somos la Pulga Messi. Falso comunitarismo. Gusto por los nombres totmicos y las quimricas identificaciones. Pero esta compulsiva representacin colectiva, como no se es gil ni aun leyendo la Biblia, la aceptamos a regaadientes. Si hay gol no queremos perder esa ilusin participativa y de hecho lanzamos nuestro grito ancestral, que nunca nos parecer impotente. Cmo vamos a ser Maradona, seor relator! Usted juega con nuestros sentimientos porque sabe que nosotros sabemos que toda representacin es incompleta, fugaz e ilusionista! Y que por eso nos gusta! Una nacin pende de ese hilo, lo deseamos porque dura un segundo y despus quedar entre los pliegues oscuros de la memoria. En el sudario de las estadsticas.

No parece que en los deportes de la Antigedad, pensemos en el lanzamiento del disco o de la jabalina, se conserve la misma dramaticidad que hay en el ftbol respecto de la frustracin por casa de la mayor destreza del otro. Frustracin del vnculo moral pues las destrezas no anuncian resultados y viceversa. El ftbol es el deporte donde el triunfo de la lgica siempre conserva el sabor de lo ilgico. Estar preparado para el infortunio, eso es el ftbol. Sabe ms de ftbol una conciencia inocentemente frustrada, que la mercadotecnia de los clubes que exhiben su inerte vitrina de trofeos.

El ftbol mantiene una testaruda frescura a pesar de los sponsors, los ejecutivos de la FIFA, los relatores deportivos y la avalancha de lugares comunes que capturan cclicamente a una porcin importante de la humanidad. Cul es la razn de que la redonda (que no se mancha) pueda invocarse contra poderes mundiales impuros, manchados? Maradona, cado y resurrecto, forj una imagen virginal de la pelota. Mala explicacin de un fervor que sin embargo puede justificarse de otra manera. La pelota es lo ms equvoco que podra haber; tiene consistencia de talismn y atiende al capricho de enojados demiurgos. El carisma de la pelota obedece al infinito montaje de sus estratagemas y malicias. Se llama Dios en el ftbol a una fuerza innominada que vulnera la ley a la vista de millones de espectadores. Maradona se persigna varias veces antes del partido, exceso que ningn obispo cometera, porque la reiteracin obsesiva del ritual ya es magia; la cbala es el signo fecundador del ftbol, la certeza de que siempre se est en manos de los dioses. El ftbol es el deporte de los paganos que quieren inventar una nueva religin y ensayan todas las liturgias a la vez, engolosinados.

Los hroes populares y nacionales generalmente son personajes astutos, aunque a veces slo se perciban sus sutilezas o estoicismos. El ftbol festeja la simulacin, aunque est repleto de reglas; vive para el amague, aunque oficialmente prefiere verse como una bsqueda de lo apolneo. No se atreve a gozar oficialmente de los oficios del pcaro. Aunque basta ver el rostro serio de Maradona, dando indicaciones, rdenes y gritos. Ese rostro desesperado enseguida se descompone para mostrarse como un fauno burln, buscando desafos y rencillas infinitas. Los ltimos restos del honor, que abandonaron las aristocracias, se refugian en la vida popular. Es el mismo honor de las edades caballerescas, pero aqu recomienza su carrera con tono pendenciero, plebeyo cien por cien. Debe aprender todava a no jactarse de las victorias y a perder sin retobarse.

En cada conferencia de prensa, Maradona muestra las diferentes etapas de su aprendizaje. Histrin, hace de gallito sermoneador, pero se muestra como autor de adoraciones profanas hasta el llanto. Los cronistas deportivos y Maradona han impuesto la expresin no perdonar. Si se cometen tales y cuales errores, el adversario no perdona. O bien nosotros no los perdonamos. Vivir maradonianamente es hacerlo dentro de una crnica donde no perdonamos y no se nos perdona, pero donde decimos estas frases de sacrista como nios juguetones que simulan ser generales ante una mesa de arena. En la era Maradona, el ftbol es ms que nunca una patria infantil con lenguaje de enfermera y batalla: nos daan, nos lastiman, los lastimamos, tenemos poder de daar. A la profeca se la llama aviso. Avis Argentina. Los eufemismos van desde esas quiromancias hasta el premoldeado lirismo, deliberadamente sobrecargado, de aquel barrilete csmico.

Ahora asistimos a una avalancha de razonamientos y advertencias sobre la posible (peligrosa) traslacin de las cuitas futbolsticas a las lgicas de carcter econmico, poltico o moral. Incluso, no se pierde oportunidad de traducir el ftbol a pasiones literarias o filosficas. Sin embargo, el ftbol mantiene un ncleo irreductible a cualquier equivalencia que le seale las consecuencias infortunadas de sus estructuras econmicas o los beneficios redentores de sus desplazamientos hacia simbolismos artsticos. Denunciar el armazn capitalista y comunicacional que lo sostiene? Se hizo, y no hay caso. Recordar a Albert Camus que era arquero en las playas de Argel como intrprete de un juego que sera el basamento de cierta santidad laica? Se hizo, y es lindo. Pero no convence del todo.

Ni capitalismo salvaje ni pedagoga de los hombres que aman absurdamente su honor, el ftbol persiste gracias a que los verdaderos merecimientos de una meritocracia deportiva pueden quedar frustrados por la propia lgica inconsistente del juego. Entonces no hay ley, virtud ni progreso material en el ftbol? S, pero slo al final de un largo camino, donde a travs de agotadores campeonatos el mejor suele salir ganancioso. Pero el secreto del ftbol es la frustracin de la estadstica, el tiempo mtico medido a travs de la hechicera de la racha y el quiebre de la racha.

Condescendiente, el ftbol permite las estadsticas, aliadas a la razn. Necesarias enemigas del cabulero, las estadsticas son un falso momento cientfico, a la espera de lo que slo es presente vivo y quebradizo. Eso que vive en los momentos sacrificiales: el centroforward que muere al amanecer o la angustia del arquero frente al tiro penal. Ni Maradona ni Marcelo Bielsa son estadistgrafos o psiclogos sociales como un tal profesor Pellegrini que acto alguna vez en el ftbol argentino. Pero siendo trgico Maradona, vive la vida del que simula seriedad hasta que sale el gozador paternalista; y siendo argumentador estricto y taciturno, casi recordando las jergas estructuralistas, Bielsa se hunde en sorprendentes ensimismamientos trgicos.

En algn momento se escuch a los partidarios de exorcizar los correlatos nacionalistas en los encuentros internacionales, pedir que no se canten los himnos nacionales de los equipos. Se aliviara as el vnculo entre la seleccin nacional, la moneda nacional, la bandera nacional y el drama nacional? No, el ftbol ya est destinado a ser una representacin colectiva con el hincha en su centro. El hincha es el coreuta exnime capaz de una emboscada o de las ltimas manifestaciones de tribalismo lrico que pueden ofrecer las violentas metrpolis contemporneas. No hay hinchas sin himnos ni himnos sin hinchas.

El Mundial engaa porque ah los hinchas son Mick Jagger o Susana Gimnez, gerentes de marketing o dueos de estaciones de servicio. Son ciudadanos acaudalados viendo ftbol y no mesnadas clientelares; tocan esas tontas vuvuzelas y no se atreven a la aciaga jornada de honor arrebatando los trapos al enemigo. El verdadero hincha no va a ver los partidos, sino que se da el lujo de alentar de espaldas, tapado por banderas futuras mortajas intrascendentes mientras combate con los estandartes rivales. En el ltimo confn, los hinchas viven la cuestin totmica en serio, ni siquiera son buenos conversadores de ftbol, como abundan en las clases profesionales, que hablan futboleramente con sustentos historiogrficos y atiborrada informacin.

Estos s son microetnlogos que encarnan el prestigio invertido de una fusin con la plebe que pasa por nostlgicas idolatras, Boy, Varacka o Bochini, recordando jugadas como sabios ante la piedra de la Roseta. Sabemos que la del carcter nacional es una hiptesis viciada. Pero el ftbol, con sus dolos y sus sagrarios, esa pelota que dobla o no dobla, que se mancha y se desmancha, nos deja creer que de tanto en tanto hay una emocin colectiva. Es la honra remanente de los pueblos, andrajo disponible en esta poca perturbada, ensayando frmulas de efusin comunitaria junto a tecnocracias, agencias de publicidad y calificadoras de riesgo. Nunca como ahora estamos tan en contacto con ellas con la tranquilidad paradjica de ser tan diferentes a ellas. Cuando decimos Maradona, no somos l, no lo queremos ser ni nadie podra serlo, sino que sin proponrnoslo comenzamos a explorar en nuestra propia incertidumbre el carcter de una poca y de un pas, fatalidad que nos hace tan parecidos a lo que somos tan diferentes.

* El autor es Socilogo. Director de la Biblioteca Nacional Argentina.



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