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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-07-2010

Contra la fantasa

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


El mundo tiene lmites; la fantasa no. Genios voladores, transformaciones mgicas, mesas que se llenan solas de comida, duendes que atraviesan las paredes, hadas que hacen desaparecer gigantes (o profetas que separan las aguas del mar con un bastn): los mitos y los cuentos apartan, con un ssamo o un abracadabra, los obstculos que la geologa y la historia colocan en el camino de los humanos. Perrault, los hermanos Grimm, Andersen, Hoffmann, eran grandes fantasiosos que se sacudan las estrecheces del mundo sublunar con ensoaciones al galope. Pero hay que tener cuidado, porque tambin Jerjes, que mand azotar el mar, era un fantasioso, y tambin lo era Tze Huan-Ti, primer emperador de China, que castig a una montaa por cortarle el paso; y lo eran Hernn Corts y Napolon y Cecil Rhodes. Tambin lo fue Hitler: un Estado que en la poca del envenenamiento de las razas se dedica a cultivar a sus mejores elementos raciales, tiene un da que hacerse seor del mundo. Y un gran fantasioso es tambin, claro, el presidente de la multinacional Monsanto: el glisofato es 100% biodegradable e inocuo para la salud. Y lo es asimismo -grande, inmensa fantasa- Dominique Strauss-Kahn, el mximo dirigente del FMI: es posible conciliar la proteccin social con el crecimiento econmico.

Olvidamos a menudo, en efecto, que vivimos en un mundo dominado, y no liberado, por la fantasa. Hace 70 aos, el delirio de la pureza racial y la superioridad aria desbarat Europa y mat a 60 millones de obstculos en todo el planeta. Y qu pasa hoy con el capitalismo? Derretir los glaciares, descorchar las montaas, perforar los fondos marinos cada vez ms deprisa e ilimitadamente? Liberar los vicios individuales para que produzcan bienestar general? Confiar en una solucin tecnolgica que repare retrospectivamente todos los daos que los medios de destruccin ocasionan en su bsqueda de crecimiento? Tener siempre un carro nuevo, una casa nueva, un cuerpo nuevo? Estar a favor al mismo tiempo de la igualdad y la desigualdad, de los pobres y de los ricos, del derecho y de la tortura, de la democracia y de la dictadura? Cuando la fantasa, que ignora los lmites, pedalea en el aire, sin medios para materializarse, recurre a la magia, como en los cuentos, y hace rer de gozo liberador. Cuando la fantasa, que ignora los lmites, dispone de dinero, armas, polica -y aplica clculos matemticos y procedimientos racionales de organizacin y penetra en la tierra como los dientes de una excavadora- el mundo mismo, con sus rboles, sus montes y sus nios, cruje de dolor. Con medios grandes, como los que posea Hitler, un sueo abstracto puede suprimir millones de criaturas concretas antes de chocar contra la pared; con medios enormes, como los que posee el capitalismo, la pared ltima, condicin de toda existencia y tambin de toda ensoacin, est a punto de venirse abajo. A esta intervencin material de la fantasa, a travs del poder o la riqueza, los antiguos griegos la llamaban hybris , el exceso sacrlego, la insubordinacin blasfema contra los lmites humanos, y era castigada por los dioses con una catstrofe -una revolucin- que devolva el mundo a su equilibrio original. Los tiranos, los ricos, los fantasiosos ejecutivos acababan en el Hades haciendo rodar piedras o girando en ruedas de fuego.

El problema de la fantasa capitalista es que apenas si genera una fantasa contraria de justicia automtica. Nos gusta, nos parece seria, nos resulta apetecible. Se nos antoja real. Es normal: el capitalismo, que gasta 1 billn de dlares en armas, gasta la mitad de esa cifra en publicidad -con sus carros circulando libremente por carreteras desrticas, sus imperativos terroristas de inmediatez pura y sus accesos mgicos a la salud, la belleza, el prestigio, la felicidad.

Lo contrario de la fantasa, que no reconoce lmites, es la imaginacin, encadenada a los guisantes y los pauelos, una facultad muy antigua, muy modesta, muy domstica, que ha sobrevivido en las circunstancias ms adversas (incluso bajo el nazismo!) y que, como la memoria, est a punto de sucumbir a la fantasa mercantil. Mientras la fantasa vuela, la imaginacin va a pie; mientras la fantasa pasa por encima de todas las criaturas, la imaginacin tiene que enhebrarlas una por una para llegar ms lejos. En sus trabajosos recorridos horizontales, de un guisante a un guijarro a un pauelo a un juguete a un nio, empieza desde muy cerca y, por as decirlo, interesadamente: ese nio podra ser mi hijo. Luego, de cuerpo en cuerpo, vasta red ferroviaria, ya no puede detenerse y sigue rodando a ras de tierra hasta abarcar potencialmente el conjunto de los seres, que son incontables pero no infinitos .

Para qu sirve la imaginacin? Bsicamente para ponerse en el lugar exacto del otro y para ponerse en el lugar probable de uno mismo. Mediante la pedestre imaginacin sentimos como propio el dolor o la felicidad de los dems: eso que llamamos compasin y amor. Bajo el nazismo, nos cuenta Tzvetan Todorov, hubo hombres y mujeres que, no pudiendo soportar el sufrimiento de los judos, se suban de un salto a los vagones de la muerte (porque saltar al fuego puede ser tambin un acto reflejo) para compartir con ellos su destino. Pero la imaginacin sirve tambin, al revs, para meter al otro en nuestro propio pellejo. En Madrid, en el ao 2010, muchas personas duermen en la calle cubiertas por cartones y a medida que se agrave la crisis su nmero aumentar. Cuando pasamos al lado de una de ellas jams se nos ocurre pensar que eso podra ocurrirnos tambin a nosotros sino que nos dejamos llevar por la fantasa absurda de que nuestros mritos o nuestros dioses excluyen por completo esa posibilidad. Para representarnos el dolor ajeno hace falta imaginacin; para representarnos nuestro dolor, nuestra vejez, nuestra muerte futura hace falta tambin imaginacin. Sin imaginacin, como se ve, todo es fantasa; y la fantasa asegura los beneficios de Monsanto, la BP y el Banco de Santander, as como nuestra mansedumbre frente a su hybris destructiva.

Las leyes de la oferta y la demanda son injustas: diez hombres piden pan y el mercado da diez chocolatinas a uno solo. Pero es sobre todo una gran fantasa. Porque el mercado suea irresponsablemente con una oferta infinita y porque -como deca Georgescu-Roegen, pionero en bio-economa- no tiene en cuenta la demanda de las generaciones futuras.

En un textito de 1908, el gran escritor hispano-paraguayo Rafael Barrett parafraseaba la famosa declaracin de Montesquieu. Amar a los desconocidos, dar la vida por lo completamente ajeno, es lo ms sublime a lo que uno puede aspirar. Est bien amar a la propia familia, pero es mejor el que se sacrifica por la patria, ms grande y menos nuestra. Pero es mejor el que se sacrifica por la humanidad, ms grande an y ms desconocida. Pero hay algo todava mejor. Si hubiera -aade Barrett- otra alma ms alta y ms profunda que en su seno abrazase el alma de la humanidad misma, el acto supremo sera sacrificar lo que de humano hay en nosotros a la realidad mejor. Lo cierto es que esa realidad existe y no es Dios: es -concluye el escritor- la humanidad futura, cuyas demandas, en efecto, no caben en el mercado.

Esa humanidad futura, en todo caso, no nos es completamente desconocida. A travs de nuestros hijos y nuestros nietos podemos ya imaginarla y seguirla generacin tras generacin, de peldao en peldao, con nuestro propio cuerpo, hasta por lo menos (es lo ms lejos que yo he llegado) el ao 14.825.

Lo raro -qu raro- es que a la fantasa destructiva del mercado la llamen realismo y a la preocupacin por nuestros amigos y sus hijos la llamen utopa .


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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