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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-07-2010

Ficcin, presencia de hechos histricos y argumento en la novela
De qu tratan nuestras vidas

Beln Gopegui
Rebelin


Hace unos cuantos aos una escritora joven, que haba publicado tal vez dos o tres novelas, imagin esta historia:

Alberto y Diego, dos amigos de juventud, volvieron a verse cuando ambos tenan cuarenta aos. Era el invierno del ao 2000. Los dos charlaban en el saln de la casa de Alberto. Primero se contaron qu haba sido de sus amores, de sus trabajos, salud y dinero. Luego se informaron mutuamente sobre sus antiguos amigos comunes. Avanzada la noche, mientras se servan la segunda copa, Diego pregunt a Alberto:

- De qu ha tratado tu vida?

Alberto mir a Diego, al principio sorprendido, despus halagado por el inters de su amigo y, casi en seguida, incmodo.

- No puedo contestar a esa pregunta -dijo. - Slo tengo cuarenta aos. Espera a que cumpla sesenta y cinco y entonces te contestar.

Siguieron bebiendo y hablando de cine, de poltica, se contaron algunos proyectos. A las dos de la maana, Diego se fue y ya junto a la puerta le propuso acordar una cita veinticinco aos ms tarde, al margen de otros posibles encuentros. Como en ese periodo los dos podan mudarse de casa y algunos bares y cafs podran desaparecer, decidieron citarse bajo los soportales del museo del Prado.

Para Alberto aquellos veinticinco aos pasaron a mucha ms velocidad de lo que en el saln de su casa haba supuesto. Tuvo una hija, se separ de su mujer, le ascendieron, hubo una epidemia por la insalubridad del agua, se cas de nuevo con una mujer genovesa, volvi a Madrid, compr una casa, el paro rebas los seis millones de personas, muri su padre, su madre se fue a vivir con su hermano, su equipo gan la liga nueve veces, enferm y le operaron, su hija se hizo percusionista de la orquesta de Granada. A medida que se acercaba el plazo, la pregunta de Diego vena a su mente con mayor insistencia, llenndole de melancola. Entonces esperaba a que se acostara su mujer, se preparaba una copa y tomaba grandes decisiones: fundara una sociedad secreta, tendra una amante, se ira a Pekn y vivira durante diez aos sin que nadie supiera su nombre. Luego se acostaba, melanclico an, y un poco avergonzado de sus fantasas. Antes de quedarse dormido se preguntaba qu estara haciendo Diego.

Y lleg el invierno del ao nmero veinticinco. Cuando Alberto vio a Diego, le dijo:

- Dame cinco aos ms. Voy a jubilarme. Ahora mi vida ser realmente ma. Podr recuperar mi aficin por la msica, viajar a donde quiera sin billete de vuelta, dar mi tiempo a asociaciones y proyectos.

Entraron en un caf y de nuevo se contaron qu haba sido de sus amores, de sus trabajos, de sus fortunas, y se informaron sobre antiguos amigos comunes. Volvieron a sus casas antes de las nueve, pues ambos padecan un fuerte catarro.

Al mes siguiente de jubilarse Alberto se fue a Pekn, solo y sin fecha de regreso. Volvi despus de un mes, pues echaba de menos su casa, a su mujer, el clima, las comidas. De joven haba tocado el contrabajo. Aconsejado por su hija pens en comprar uno, pero no se decida a hacerlo. Y una tarde de otoo, a sus sesenta y seis aos, abri una novela que alguien le haba regalado en Navidad. Era una novela con argumento. Luego sigui otra, y despus otra. Hubo varias largas y buenas novelas durante los cuatro aos, hubo tambin msica y novelas como cuentos y tardes ante la televisin. Para la cita que ambos amigos teman fuera la ltima, haban elegido la primavera. Se encontraran el 14 de abril del ao 2030 a las doce del medioda a la entrada de un parque. Diego haba llegado primero. Buscaron un banco al sol, se sentaron con lentitud y Alberto dijo:

- Mi vida trata de un hombre que ha llegado tarde a la conciencia de su propio destino; tarde, por tanto, al destino de su tiempo. Pero no ha llegado tan tarde como para no procurar que alguien lo cuente y escriba: la vida de aquel hombre trataba de, intentaba decir a los dems: podemos llegar tarde a nuestro destino.

Despus, mirando a Diego, aadi:

- Y la tuya, de qu trata la tuya?

Y la nuestra?

As terminaba la historia de la novelista. Luego el paso del tiempo trae, si no necesariamente resignacin ni indulgencia, s mayor comprensin y compasin. Sartre lo enunci de este modo en su recreacin de Electra: "Le es fcil condenar a quin es joven y an no ha tenido tiempo de hacer dao". Una versin ms suave es la del comediante Peter Cook: "Oh s, he aprendido de mis errores y estoy seguro de poder repetirlos exactamente".

Baqueatada, entonces, como cualquier humano, la escritora regresa a aquella historia y piensa que no la abordara igual. La escritora de hoy procurara no dejar de transmitir que, si bien en los relatos puede haber planteamiento, nudo y desenlace, en las vidas predomina la confusin, planteamiento, lo y desenlace. Y en medio de la confusin, de la agitacin, a veces el argumento es triste o no bueno, pero an as es posible encontrar un destello de sentido. Eliozabeth Taylor - no, no es la actriz- es una gran novelista escasamente presente en el mundo editorial espaol. En su novela ms cabal, Una vista del puerto, Taylor construye varios secundarios inolvidables. Entre ellos, la seora Bracey, mujer mayor, con ganas de controlarlo todo, y muy especialmente la vida de su hija. No es un personaje con encanto, tiene los miedos y defectos de cualquier ser vivo, y en ocasiones algunos ms, y ha llevado una existencia un tanto asfixiante para ella y para quienes la rodean. Sin embargo, una tarde, tendida en su lecho de muerte, recuerda "la imagen de una Nochebuena en la que ella, una nia pequea, se encontraba en una tienda en penumbra con la intencin de comprar una camisa incandescente para el gas. La tienda ola a parafina, a madera alquitranada para quemar y a velas. De repente, mientras haca girar la moneda entre sus dedos, le invadi una sensacin de completa felicidad, una felicidad tan intensa que ni siquiera el da de Navidad poda superar, porque era una dicha perfecta. "Dur toda una vida", se dijo. "Cuando pienso en la infancia pienso en m, en aquella tarde, en aquella tienda, mientras anocheca rpidamente y un chorro de gas como la cola de un pez o una flor -un lirio- oscilaba y siseaba en lo alto. Ha durado toda la vida pero ya no puede durar ms. Cuando yo muera, morir tambin, y entonces ser como si nunca hubiera sucedido". Hasta aqu la cita, en traduccin de Carmen Franci.

Podra decirle la seora Bracey a Diego que su vida trata de aquella nia, de la dicha perfecta de aquel momento? S y no. El argumento pide tiempo, considera los actos y sus consecuencias. La seora Bracey no debe escapar de su conducta con su hija, por ejemplo, o con los vecinos, a travs de ese instante en la tienda que ola a parafina. Pero, al mismo tiempo, el argumento de la vida de la seora Bracey sin ese instante estara incompleto. Elias Canetti supo escribirlo as: "El espritu debe recogerse a cada tanto en el relato de una historia larga. No puede vivir tan slo de agujas y crueldad. Tambin precisa hilos tiernos".

La pregunta que atae al novelista y, de otra forma, a la vida diaria, puede formularse en estos trminos: cules son los hechos relevantes? Como saben, la economa ha hecho suya esta expresin, "hechos relevantes", y la Ley 24/1988 de 28 de julio, en el captulo relativo a las normas de conducta aplicables a quienes presten servicio de inversin, los define como aquellos "cuyo conocimiento pueda afectar a un inversor razonablemente para adquirir o transmitir valores o instrumentos financieros". En cuanto a la vida, quiz pudiramos, en efecto, decir que los hechos relevantes son aquellos cuyo conocimiento puede afectarnos a la hora de adquirir o transmitir valores, no slo financieros. La pregunta que falta, sin embargo, la que tendramos que hacerle a Alberto y a Diego, sera: qu papel juega la irrelevancia, cunto cuenta lo que no cuenta.

Patinar, por ejemplo, he aqu un acto irrelevante. Tal vez recuerden el discurso de Rafael Snchez Ferlosio en la entrega del premio Cervantes: all, entre otros asuntos, habl, s, de patinar. Fue el suyo, en cierto modo, un discurso contra el argumento. Defenda la literatura que l llamaba de manifestacin, aquella destinada slo a que los personajes se manifiesten, como el teatro de tteres, Charlot, los tebeos o don Quijote y Sancho. Por el contrario, afirmaba, la literatura con argumento o de destino elige, deca, frente a la turbadora turbulencia de los hechos, la limpia e inteligible consecuencia lgica. Y continuaba Ferlosio: Aristteles, hijo de mdico, recetaba la medicina de la racionalidad de una forma que no era ms que un placebo frente a un mundo que segua imperando como pura sinrazn. En su Esttica, a despecho de su inmenso talento, Aristteles era ya un buen burgus, que prefera la injusticia al desorden.

Le he dado muchas vueltas a ese discurso. Porque mi maestro, Juan Blanco, me ense a admirar a Aristteles, y Juan, desde luego, nunca habra preferido la injusticia al desorden. No obstante, tambin admiro a Ferlosio y considero su razonamiento feliz, en ambos sentidos de la palabra. Ferlosio encadena de una manera, todo hay que decirlo, consecuente y lgica, el argumento al destino, y el destino a la Historia, escrita por l con mayscula. Donde hay argumento, viene a decir, hay personajes con destino, y ese destino con frecuencia queda en manos de la Historia. Una Historia que no suele pedir alegra a las personas sino sacrificio y a veces muerte. En el otro lado estaran las obras de manifestacin, el carcter y la felicidad, ligado esto a lo que l llama tiempo "consuntivo": un tiempo distenso, donde cada instante se pertenece a s mismo, pues no est en funcin de otros; "un tiempo", dice, "sin sentido, ya que en su seno se gozan los bienes, y no se persigue fin alguno". Ese tiempo se encarnara, por ejemplo, patinando.

No me resisto a leerles su perfecta descripcin del placer de patinar, cito: "Es ventajista: reside en gastar poco y lograr mucho, en la sensacin corporal de liberacin de la gravedad, de ventaja sobre sta, de ingravidez gratuitamente conseguida; precisamente gratuita, como un don, como un bien. El que patina va y viene como quiere, a la velocidad que quiere, pero, sobre todo, sin ir a ninguna parte y disfrutando a cada instante durante el ejercicio". Y yo que s que algunos das escribir es un poco como patinar, pues el escritor o la escritora,ms incluso que contar algo lo que solemos desear es el momento de estar imaginndolo, dibujndolo con palabras, escribindolo, de pronto me preguntaba si no tendramos que renunciar a los hechos relevantes y al sentido. Si escribir no tendra que ser una sucesin de manifestaciones, epifanas, momentos en los que las palabras se liberan y nos liberan de la gravedad hacindonos rer, soltar amarras, como la nia enferma que surca los mares a travs de los libros o, ponindonos menos, o ms, estupendos, como el pequeo Enjuto Mojamuto cuando se describe alto y musculoso ante su cibernovia. Pero si decida eso, qu hacer con Aristteles, con los fines, con el deseo del bien comn? No quera renunciar al tiempo consuntivo de Ferlosio, ni tampoco quera renunciar al sentido, a la idea de que sigue habiendo razones para buscar una sociedad ms justa.

Pens entonces en la imagen del patinaje y en que cuando patinas sabes que el placer y los fines no estn separados. Querer hacer algo bien no es necesariamente sntoma de perfeccionismo, ni tampoco de voluntad de competir. Para liberarse de la gravedad hay que patinar bien. No slo porque as evitaremos que las cadas estrepitosas acaben con el placer y nuestros huesos. Tambin porque el placer estriba en cierta desenvoltura y en mantener buenas relaciones con la velocidad. Subrayo ahora en el adverbio bien, lo distingo del "muy bien", as como Aristteles hablaba de una vida buena y no muy buena o la vida padre. La frase de Ferlosio para ser exacta necesitara el adverbio: "el placer de patinar bien es ventajista....", etctera. Si no sabes frenar, si tiemblas en los giros y cualquier pequeo obstculo te desequilibra, no hay tal placer de patinar. Aquellos que practican el llamado patinaje agresivo, o quienes realizan competiciones o juegan al hockey, salen del tiempo consuntivo ferlosiano para entrar en el tiempo adquisitivo, tenso, en busca de una meta. Pero quienes se quedan, quienes slo persiguen el placer ventajista del ir y venir ingrvido y gratuito, tambin quieren patinar bien.

Juega Ferlosio, como en ocasiones Hlderlin, como todos los que tienden a renegar de las grandes causas, con una idea hegeliana y mayscula de la Historia que impone destinos y avasalla la vida de las gentes. Existe, sin embargo, una historia con minscula en donde se lucha por hacer las cosas bien. Eso es un fin y es al mismo tiempo un durante, y en el durante hay sentido. El durante nos muestra el camino de la empata y la solidaridad, el durante nos dice: paraso ahora o evitar el sufrimiento evitable ahora. En el durante estn la contingencia y lo concreto. La Historia con mayscula impone unos fines, s, pero quines en concreto los imponen? Dice Ferlosio citando a su alter ego Jacinto Batalla: "El argumento se qued parado y sobrevino la felicidad", y sin embargo: el argumento de quin? la Historia con mayscula de quin? Quin, insisto, elige los fines? La Historia con mayscula suele ignorar los hechos que se cruzan, los instantes, la pequea contradiccin. El fin se presenta entonces como una apisonadora que olvida lmites y particularidades. La historia con minscula, en cambio, se parece mucho a una novela.

Vern, una de las cosas buenas que tiene la novela frente a la literatura que Ferlosio llama de destino, sea sta teatro, cine y incluso cuento, es poder librarnos del famoso clavo de una vez. Este clavo, al cual se refiri Chejov en una conversacin con Ilia Guirland, es citado de dos maneras por dramaturgos y cuentistas. Segn los dramaturgos: "Si en el primer acto tienes una pistola colgando de un clavo en la pared, esa pistola debe dispararse en el tercer acto". Lo cuentistas prescinden de la pistola: "Si hay un clavo en la pared al principio de un cuento, entonces el hroe debe colgarse de ese clavo al final". Todo lo que aparezca debe estar ah por algn motivo. As, y con respecto a ciertas pelculas previsibles, lo explica la vaca cinfila de las tiras cmicas Liniers: "Si alguien tose en una pelcula... se muere", y aade: la gente no estornuda en las pelculas.

En la novela tambin hay causas y consecuencias, s, las hay en el argumento de lo que se est contando. Pero hay, adems, una acumulacin significativa de hechos irrelevantes que esos otros gneros no se pueden permitir. Como la camisa incandescente para el gas de la seora Bracey. La vida es seguramente irrelevante, la vida tiene pocas reglas y, seguramente, casi no tiene sentido. Sin embargo, en ese casi y en ese seguramente alienta nuestra llama, como la cola de un pez o una flor -un lirio-, oscila y sisea en lo alto y a veces nos hace rer, y otras, temblar.

Hay una pequea historia con la que los filsofos se ren de s mismos. Un chico ha quedado con una chica por primera vez. Y est muy nervioso porque no sabe de qu hablar. Su padre le dice que hay tres temas que garantizan que fluya la conversacin: la familia, la comida y la filosofa. El chico y la chica se encuentran y despus de un silencio embarazoso, el chico pregunta: Tienes un hermano? No. Te gusta el queso? No. Desesperado, el chico se acuerda de la filosofa: Si tuvieras un hermano, le gustara el queso? Probablemente si en vez de la filosofa, el padre hubiera mencionado la literatura, la salida del chico habra sido mirar a la chica con ojos arrebatados y decir: "Sabes? siempre supe que me enamorara de una chica que no tuviera un hermano y a quien no le gustara el queso". Porque, pese a todos los discursos del arte por el arte y del misterio de la literatura, a menudo hemos soado fines para ella, hemos querido hacer con la literatura algo que tuviera un efecto, como apostar o prometer, como, al decir palabras, abrir la cueva de las mil y una noches. Y hemos buscado historias que fueran capaces de infundir valor, curar la melancola, hacerte suspirar.

Pero qu ocurre con lo ya sucedido, la memoria, lo que la novela no puede cambiar sino slo evocar, dar noticia de lo que pas? En mi caso, en varias de mis novelas se encuentran hechos histricos bastante prximos, las elecciones del 96 en La conquista del aire, el referndum de la OTAN y la huelga del 14 D en Lo real, los fusilamientos en Cuba de tres secuestradores de una embarcacin en El lado fro de la almohada. Los hechos de la historia, en una novela no histrica, son su parte irrelevante: no porque carezcan, en absoluto, de importancia sino porque no son consecuencia de las acciones de los personajes. Estn ah, son aquello con lo que los personajes se rozan, y surgen, como la fuerza de rozamiento, debido a las imperfecciones en las superficies de contacto. Tales imperfecciones se encuentran incluso en el asfalto deslizante, ventajista, que recorre el patinador. Ah ha cado una rama, una piedra, ah hay un pequeo palo blanco de chupa-chups, al fondo el suelo es ms alto, aqu est ms hundido. Por ellas, por las imperfecciones, procuramos patinar bien. En ellas el carcter se une con el destino y el argumento con el sentido del humor, no en vano Bergson deca, como saben, que la risa es una correccin de la velocidad adquirida. Por ellas comprendemos que entre causa y consecuencia se encuentra siempre algo o alguien, un desvo, cinco bifurcaciones, un pequeo palo blanco o un rodeo, o un gesto de violencia que nos cierra el paso. Mientras la ciencia persigue la aplicacin particular de una ley general, la literatura busca, por el contrario, la comprensin general de una experiencia particular. La buena novela intentar hacer comprensibles esos hechos contando cmo rozaron a los personajes, y a esos personajes contando cmo fueron rozados por esos hechos.

Volvamos ahora, para terminar, a Alberto y Diego. No se asusten, no pretendo que se peguen un tiro, ni que se ahorquen en el clavo de la congruencia, ni que tosan. Ambos amigos han buscado un banco al sol, se han sentado con lentitud, y tal vez empiezan a intuir que hay un escritor de su argumento. Pero no me refiero al Dios de barba blanca, ni a la escritora de pelo blanco. Lo que van comprendiendo es que uno nunca conoce por completo el argumento de su propia vida, como tampoco uno se hace solo a s mismo. Cada uno, cada una, es responsable de su historia, s, pero el escritor est ah fuera y es multitudinario: son los otros que pasaron fugaces y los que se quedaron, es la clase social y el pequeo desnivel que corrigi nuestra velocidad adquirida, es la coercin del dominante y la reaccin del dominado. Por eso, hacer nuestro argumento requiere intervenir en el argumento de la historia comn. Para ganar? No. Para poder patinar con otros, porque el patinador sabe que, aun cuando cada uno vaya a su aire, es bueno estar acompaado, en las cadas y en el placer. La mejor tradicin socialista siempre ha reivindicado el derecho del trabajador a ascender con su clase hasta abolirlas todas. Hoy habra que pedir, adems, el derecho a conservar en comn la tierra en que librar esa lucha. Quien asciende en soledad, desclasndose, slo trepa, pero no se desliza junto con otros. Deca Ferlosio, provocando a Aristteles: El amor a la consecuencia o congruencia se revela como un sedante esttico. Creo que Ferlosio tiene razn en el futuro. El amor a la congruencia tal vez pueda desvanecerse cuando muchas cosas concretas, injustas y evitables dejen de ser como a veces parece que siempre han sido. Pero hasta entonces, y sin sentirlo como un sedante ni un falso con suelo, hagamos nuestro este fragmento de un poema de Arthur Clough, poema al que he llegado a travs del filsofo igualitarista Gerald A. Cohen, y que, apostemos, Don Quijote y Snch(o)ez Ferlosio suscribiran:

No digas que de nada sirve la lucha,

Que son las heridas y el esfuerzo en vano,

Que el enemigo no ceja ni desfallece,

Y que seguirn siendo las cosas como siempre han sido.

Si fue falsa la esperanza, tambin los temores pueden mentir;

Tal vez tras ese humo lejano, ocultos

Ahora mismo tus camaradas persigan al adversario en retirada

Y, pese a tu escepticismo, resulten ser dueos del campo de batalla.

Pues aunque aqu las olas exhaustas rompan en vano

Sin que parezcan un palmo ganar,

Por all la marea inunda bahas y ensenadas

y avanza en silencio.

Muchas gracias

*Este texto surge de la intervencin en el curso 'El pasado presente: la memoria como elemento de actualidad', dirigido por Francisco Javier Prez Martnez Alicia Gmez Montano y organizado por la Universidad de Mlaga en la semana del 5 al 9 de julio.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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