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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-08-2010

En el mundo privado del capital

Luis Felip Lpez-Espinosa
Rebelin


En el capitalismo, las distracciones de la vida privada constituyen el mejor sustituto para las incertidumbres y los dolores de cabeza que esa misma vida privada ocasiona. El viaje en familia, del que se desea volver a casa de inmediato, distrae de la forma cotidiana de la propia vida en familia y, de paso, predispone al amor por el trabajo y al regreso a la vida pblica, que es la vida ligada a los ncleos sociales cohesionados por relaciones econmicas de produccin. Las actividades en familia, que tienen por objeto escapar de la posibilidad de una vida familiar volcada en exceso en la contemplacin de s misma, constituyen un ejemplo precioso de cmo la funcin de la vida privada se orienta cada vez ms hacia la habitacin de los espacios pblicos, no de los privados. Lo mismo sucede con esos grupos de amigos que de continuo consumen material de ocio (salidas al cine o a la bolera, al billar, a la feria del pueblo) con objeto de conjurar la ms mnima posibilidad de una aproximacin afectiva excesiva y turbadora.

La idea rectora del liberalismo clsico, que separa la vida pblica (Estado y sociedad civil) de la vida privada (hogar, familia) queda impugnada por la evolucin del capitalismo hacia nuevas formas no liberales (tampoco necesariamente democrticas: por ejemplo, China o Rusia). La disolucin de los vnculos afectivos a la cual se refera Marx en el Manifiesto, o Weber con su teora del predominio de la racionalidad instrumental en la sociedad moderna, conduce a la larga (no es esto ningn secreto) a la despersonalizacin de las relaciones sociales. Marx lo llamaba fetichismo: las relaciones entre personas toman el aspecto de relaciones entre cosas de este modo, en ltimo trmino, las decisiones polticas tcnicas dejan al ciudadano sin alternativa a la contemplacin acrtica de la sociedad como un objeto fascinante de la naturaleza, como el Gran Can o las cataratas del Nigara. De este modo, el capitalismo desarrollado rompe con el liberalismo, y de la nocin clsica de la sociedad como un gran mercado en el que participan individuos econmicamente racionales pasamos a la nocin bien distinta del mercado como un agente social en s mismo ante cuyas acciones reaccionamos.

En estas condiciones, la vida privada es un asunto pblico. No por efecto de algn tipo particular de violencia accesoria (adolescentes expulsadas del Instituto por vestir velo), ni a causa de la accin perversa de los medios de comunicacin que desnudan a la figura clebre de turno; en realidad, esta publicidad es ms seria. Lo dijo Rimbaud: yo es otro. En la sociedad del capitalismo global, donde todo lo slido se desvanece en el aire (Marx), el sujeto occidental resulta en cambio cosificado en la externalidad de una figura pblica en la cual reside su autntica realidad. La alternativa (ese no soy yo) resulta pueril, sea de inmadurez: no es posible el refugio en la interioridad, cuando la identidad propia se define en los estilos del vestir, en la pertenencia a la tribu urbana, en la localizacin y diseo del piercing y el tatuaje (o en su ausencia, tambin significativa), as como en las actualizaciones de tu blog, tu pgina Web, tu perfil de Twitter o de Facebook. El terreno de la subjetividad, entonces, no se define por la doxa (as cabe calificarla) de la vida privada, sino por la objetividad de una posicin social. El hombre es lo que come (Feuerbach), pero tambin lo que consume, o la informacin que procesa y comunica, as como sus salidas y sus desplazamientos (el atasco es un momento constitutivo de la identidad cvica: denota que se es ciudadano con ingresos, productivo y consumidor, y que se habita en las horas y en los ritmos de la ciudad).

En el capitalismo desarrollado, donde los deseos personales se encuentran exteriorizados en prcticas, gestos, acciones incardinadas en un gran mercado, la funcin tradicional de lo privado, separada de la intimidad subjetiva, se materializa en un lugar pblico. En una interioridad pblica, la interioridad de caldeados autobuses o de oscuros parquecillos urbanos, con sus propias miserias privadas (del mismo modo que en la familia burguesa era privado el adulterio): el invlido, el anciano que se dirige al ambulatorio, el grupo de yonquis. Lo que estos espacios revelan es la constitucin de lo privado como una figura pblica. Lo privado siempre ha sido la exterioridad (interior y pasajera, en cuanto que domesticada y cercada) de lo pblico; pero, en una sociedad donde los deseos ms ntimos y las relaciones ms personales quedan mediadas por la publicidad ideolgica, lo privado deja de tener que ver con la intimidad subjetiva, y su funcin la ejerce un espacio externo, como materialidad irreductible en los intersticios y en los mrgenes de los lugares pblicos (y ms en concreto, de los lugares urbanos entendidos como nudos de relaciones sociales ligados a espacios de produccin).

Siendo lo urbano, en el sentido restringido del trmino, el lugar de la actividad econmica (pblica), lo privado es definido como el margen improductivo de dicha actividad. Lo privado es lo ineficiente, y en la ciudad las posiciones subjetivas ligadas a los espacios de ineficiencia generan personalidades pblicas marginales como el anciano, el yonqui, el raro, el weirdo. El weirdo es aquel sujeto identificado no tanto por el lugar que ocupa en una relacin social eficiente de produccin, sino en mayor medida por el lugar que ocupa en una situacin ineficiente de improductividad. Recuerda al dandy baudelaireano o wildeano, aquel que con su esplndida cabellera rizosa, sus bellos ojos y sus manos blancas y finas, posea el don encantador y peligroso de diferenciarse de los dems.1 Sin embargo, en oposicin al dandy, el weirdo tiende a una estandarizacin anticreativa y a una aglomeracin local (por efecto de la masificacin de estos espacios de improductividad durante los ciclos de crisis del modelo econmico capitalista, pero tambin por efecto de la masificacin sistmica de los espacios de desecho de la fuerza de trabajo innecesaria ese ejrcito industrial de reserva que mencionaba Marx en el capitalismo en cuanto tal).

El weirdo, por paradjico que as sea, constituye una supervivencia, en el espacio pblico, de la vida privada tal como era concebida por la burguesa tradicional: un habitculo apartado del mundo del trabajo, donde gobiernan slo la costumbre y los afectos (la ley de la costumbre y el emotivismo moral humeanos). Para el burgus clsico, el banco del parque ocupado por un grupo de heroinmanos ejerce una funcin social marginal similar a la del club de caballeros. En apariencia, en el club, el caballero poda retraerse tanto de la actividad econmica (en tanto miembro de la clase dominante) como de la familia. Las apuestas del caballero Phileas Fogg son un buen ejemplo de ese retraimiento, hasta el punto de hacer del dinero un objeto de juego, una prenda que aade picante al reto, pero en ningn momento una oportunidad de negocio. Pero lejos de esa imagen idealizada, el club es un lugar de convivencia pblica entre los miembros de una misma clase dominante, por tanto un espacio delimitado en trminos econmicos. El caballero (es decir, aqul que posee tanto familia o, si es un soltero empedernido, al menos hogar como renta de capital) es incapaz de retraerse de lo econmico y escoge espacios pblicos de ocio, ms o menos selectos, donde cualquier conversacin supone una oportunidad de negocio, de hacer contactos, de medrar. El trabajador que no puede permitirse grandes lujos tiene a menor escala otros espacios. Pero ninguno de estos se parece al espacio que habita el weirdo.

El espacio del weirdo es el espacio inquietante donde ninguna actividad econmica se ejerce. El gran weirdo de la historia del cine es Norman Bates: sujeto que regenta un motel en el cual ninguna cuenta se salda (en trminos econmicos: es diferente en trminos libidinales). Por supuesto, un motel donde no haya ningn inters por hacerle a uno pagar la cuenta, lo es slo en la apariencia de un rtulo a la entrada. La separacin entre el motel y la casa de Psicosis no debe confundirnos, constituyen un mismo espacio donde las reglas de la sociedad pblica son puestas entre parntesis, y gobiernan otros distintos criterios Marion o el detective perecen por hallarse demasiado adaptados a la racionalidad pblica econmica. La pregunta que alguien hace al final de la pelcula (y dnde estar el dinero que Marion rob?) es respondida con sencillez por el psiquiatra: seguir en el maletero de su coche, posiblemente hundido en alguna cinaga.

La figura del weirdo, que se sustrae a la racionalidad econmica, se encuentra en proceso de masificacin. Ya no es exclusiva del psicpata cinematogrfico. Cada vez son ms los weirdos en el interior de las sociedades del capitalismo desarrollado, hasta el punto de que no nos pueden parecer una anomala del sistema sino un factor intrnseco. Son todos aquellos que por diversas razones no participan de los procesos productivos y se encuentran marginados de la sociedad pblica. En sus espacios de encuentro se hallan malas imitaciones de esos usos pblicos, pero tambin efectos precarios de un lenguaje privado como los nios egipcios de aquella fbula de la antigedad, que fueron encerrados en una choza sin contacto con la sociedad ni el lenguaje de los adultos, y de manera inesperada inventaron un lenguaje de balidos que haban imitado de unas cabras en un establo cercano. Pues es una cuestin de cdigos, lenguajes, gramticas (el cdigo lingstico del que est dentro de la academia y del que est afuera, el cdigo del experto y el del lego, el cdigo del poltico profesional y el del ciudadano desinformado, el cdigo del hombre responsable y el del adolescente nihilista). Por eso resultan insoportables para la mirada pblica, porque son la caricatura de una pretendida racionalidad hegemnica.

Pero de lo desagradable y anmalo de su presencia, seamos realistas, no se deriva ni mucho menos una funcin revolucionaria el desarraigado, por necesidad, como haba insistido Brecht y antes que l la literatura picaresca, es incapaz de ser bueno. Lo que se le debe reclamar con severidad, nunca con gestos amables de complacencia, es la formulacin de un lenguaje pblico, la intervencin en prcticas sociales fuera de su espacio acotado y privado. De este modo surgen todos los saberes, en tanto cdigos anmalos compartidos por una pequea comunidad que trueca el punto de vista habitual de las cosas. Cuando uno abandona las consignas oficiales del periodista o del experto de turno, entonces es capaz de rastrear los otros cdigos que coexisten subterrneos como verdades alternativas, incluso como visiones antagnicas de un mundo que contradicen la imagen habitual de hegemona de un pensamiento nico en realidad, bajo ste existen infinitos pensamientos, en un estado de guerra permanente de los unos con los otros.


Web: http://enuntrenenmarcha.googlepages.com

1 O. Wilde, Pluma, lpiz y veneno, en Obras completas, Madrid: Aguilar, 1945, p. 993.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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