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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-08-2010

Verano en Afganistn

Alberto Piris
Repblica.es


En los das finales de este acalorado agosto que se ha abatido sobre muchos espaoles, no es aconsejable atosigar las mentes de los lectores con nuevos comentarios sobre los muy variados asuntos que ocupan amplios espacios en los medios de comunicacin.

Tragarn los palestinos la nueva ficcin de conversaciones de paz que les propone EEUU? Se alcanzar alguna vez una conclusin definitiva sobre si hay pagar rescates a los secuestradores? Habra que pagar tambin con dinero pblico la audacia o la irresponsabilidad de algunos deportistas de riesgo cuando requieren la urgente ayuda de los medios de salvamento del Estado? Es conveniente construir una mezquita al lado de donde estuvieron las destruidas Torres Gemelas neoyorquinas? Ha habido dejadez gubernamental en el espectacular accidente de la mina chilena? Y en la chapuza, presuntamente antiterrorista, de la polica filipina ante el secuestro de un autobs turstico? Qu es lo que est pasando realmente en Afganistn? As podramos seguir largo rato.

Todo eso viene siendo motivo de discusin en nuestro mundo, pero hay muchos problemas en otros lugares que ninguna discusin resolver. Entre sollozos, mordiendo nerviosamente el extremo de su turbante y acuclillado en la plaza del pueblo, as se expresaba Rahmatullah Khan, un vecino de Rigi, en la provincia afgana de Helmand: Mi mujer y mis cinco hijos estn ya enterrados. No tengo nada que perder, as que me unir a los talibanes. Su familia haba sido aniquilada en un ataque areo de la OTAN. Ingenuamente se preguntaba: Si ellos miran con prismticos antes de disparar, me tenan que haber matado a m, que voy vestido como los talibanes, pero por qu a mi mujer, si ella no se vesta as? Por qu la mataron?. No lejos de all, Haji Rahmim, cuya casa qued arrasada y slo se salv l, se lamentaba: Mi esposa, que estaba embarazada, y mis tres hijos yacen bajo las ruinas y los escombros. Ojal hubiera muerto yo tambin.

Tras la habitual polmica y los sucesivos desmentidos y rectificaciones sobre el incidente, a cargo de los portavoces de la OTAN y del Gobierno de Kabul, ya no puede dudarse de que ese tipo de operaciones son un eficaz instrumento para reclutar nuevos talibanes. Forman parte de una mal orientada estrategia de contrainsurgencia, que ms que ayudar al pueblo que sufre el terrorismo contribuye a diezmarlo y exasperarlo.

Yo esperar a ver si el presidente Karzai lleva ante la Justicia a los culpables de esos asesinatos -comentaba al periodista un afgano-. Pero si no hace nada sobre este asunto, yo mismo me vengar de esos infieles. Conozco bien sus intenciones y sabemos de sobra que cuando los talibanes les acosan, ellos bombardean a la poblacin civil.

Ignorantes de los cambios introducidos en la estrategia por los sucesivos mandos militares de EEUU, conocen bien, por el contrario, sus efectos, porque los sufren en carne propia. Un periodista afgano, especializado en asuntos militares comentaba: La gente llega a tener confianza en los soldados americanos, comparados con otros de la misma zona [la provincia de Helmand], porque gastan dinero y nos traen algo de seguridad. Pero este tipo de incidentes en los que mueren personas inocentes tiene un efecto muy negativo y pone a los americanos al mismo nivel que los britnicos. Un antiguo militar afgano, residente en la zona, aadi: En la situacin actual, cada muerte de un paisano prepara el camino para que mueran cinco soldados de EEUU. O dos guardias civiles espaoles, como acaba de ocurrir.

No hay vacaciones de verano en Afganistn aunque est concluyendo el mes de agosto. La muerte sigue abatindose sobre este afligido pueblo. Ellos no mueren, como nosotros, en las atestadas carreteras de los fines de semana que conducen a las playas. Ni gozando de los placeres de un deporte de riesgo en el mar o en la montaa. La muerte, para ellos, a veces viene sbitamente al explotar una mina artesanal. En otros casos se anuncia con el lejano sonido de un avin que se aproxima, la espantada mirada dirigida al cielo, intentando adivinar por dnde llegar el rayo letal, las apuradas voces de alarma, las carreras alocadas buscando un imposible refugio y, de repente, la explosin, los ruidos de cascotes cayendo desde el aire, los gritos, el polvo y la sangre. Despus, tras ese instante de silencio que siempre anuncia la tragedia, los lacerantes aullidos de dolor de los heridos y los moribundos, y los lamentos de desesperacin de los supervivientes.

Recordmosles a todos ellos, por favor, mientras discutimos acaloradamente sobre Melilla y sus graves problemas (segn afirmaron algunos dirigentes de la oposicin), o sobre los cooperantes catalanes liberados y el dinero que haya podido costar su rescate, o sobre algunas otras cuestiones de nuestro agrio enfrentamiento poltico cotidiano, que palidecen ante la cruda realidad de los que cada da juegan a cara y cruz con la vida y la muerte.

www.republica.es


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