Portada :: Cultura :: Manuel Sacristn: 25 aos de su fallecimiento
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-08-2010

Texto publicado por Manuel Sacristn en 1983
Marx sobre Espaa

Manuel Sacristn Luzn
Rebelin

Nota edicin: Marx sobre Espaa fue escrito con ocasin del primer centenario del fallecimiento de Marx y fue publicado en Papeles de Economa Espaola, n 17, 1983, pp. 110-118. Posteriormente fue reimpreso en Enrique Fuentes Quintana (dir.), Economa y economistas espaoles, Vol. 5: Las crticas a la economa clsica, Barcelona, Galaxia GutenbergCrculo de Lectores, 2001, pp. 803-814, y Albert Domingo Curto lo ha incorporado a su edicin de Manuel Sacristn, Lecturas de filosofa moderna y contempornea, Madrid, Trotta, 2007, pp. 205-215


Anlisis y pandereta.

Creo que sigue siendo verdad, como escrib en la dcada de los sesenta [*], que si la lectura de los artculos de Marx sobre Espaa puede ser interesante para gentes de hoy es porque esos artculos ilustran bien su mtodo, su estilo intelectual [1] Pero tambin puede apetecer leerlos con menos voluntad de aprendizaje y ms de entretenimiento, porque esos textos periodsticos (corresponsalas y artculos de fondo para la New York Daily Tribune escritos en 1854 y 1856) permiten ver un trasfondo de vivencia o experiencia de lo espaol hecho de tpicos comunes y agudas observaciones propias, de familiaridad con los motivos ticos y poticos del Sturm und Drang schilleriano, del Goethe joven y del Goethe viejo, de la sensibilidad de la Joven Alemania para con la asonancia del romance castellano y de la del romanticismo alemn para con nuestro teatro barroco; todo lo cual aade su inters, entre la esttica y la sabidura de la vida, al valor de ejemplo metodolgico que es, sin duda, lo principal de los escritos de Marx sobre Espaa.

La sensibilidad despertada en Marx por las lecturas y experiencias dichas, no siempre muy elaboradas, revela una cierta afinidad con lo espaol, a menudo en contraste con un menosprecio, no menos tpicamente germnico-romntico, por gran parte de la literatura francesa, como en este pasaje de una carta a Engels (3-5-1854), muestra del gusto (buen gusto, todo hay que decirlo) del romanticismo alemn:

La afinidad en cuestin tiene momentos curiosos, como cuando, refirindose a la guerra de las Comunidades de Castilla, Marx habla de Carlos I y aclara a su pblico norteamericano: o Carlos V, como lo llaman los alemanes (New York Daily Tribune [NYDT], 9-9-1854). Cuando se mete en la piel hispnica, Marx puede ponerse tan pattico como un orador de 12 de octubre; as comenta, por ejemplo, la derrota de los comuneros:

Y el atractivo de lo espaol no se limita a ese perodo brillante en el que muri la libertad espaola; tambin la comprensin de todo lo que Espaa ha hecho y sufrido desde la usurpacin napolenica [...] es uno de los captulos ms emocionantes e instructivos de toda la historia moderna. Precisamente cuando habla de la guerra de la Independencia espaola se expresa Marx del modo ms emocional, con acentos que recuerdan bastante los versos de Heine sobre Riego y Quiroga. La guerra de la Independencia es un gran movimiento nacional con heroicos episodios, una memorable exhibicin de vitalidad de un pueblo al que se supona moribundo. Y es muy notable que la accin de los ejrcitos napolenicos no sea fundamentalmente para Marx un modo de consumarse el ascenso de la burguesa, sino el asalto napolenico a la nacin (NDYT, 25-9-1854). De un lado -escribe Marx con una conviccin ms bien sorprendente- estaban los afrancesados, y del otro la nacin.

Desde luego que no faltan entre los tpicos espaoles de Marx los que reflejan la extraeza del centroeuropeo frente a lo que l entiende como exuberancia meridional un tanto ridcula: Dnde es ms poderosa la imaginacin que en el sur de Europa?, se pregunta Marx (NYDT, 19-8-1854), y explica con ella desde el prestigio de los caudillos guerrilleros hasta la hinchazn de las proclamas militares (NYDT, 4-8-1854). Pero en su propia fantasa predominan imgenes proyectadas por una nostalgia de ese sur, no tanto la nostalgia goethiana de las tierras en que florece el limonero cuanto otra poltica y moral, la sentida por el labrador hidalgo que -peculiaridad espaola-, pese a ser miserable y explotado, no tuvo el sentimiento de humillacin oprobiosa que le amargaba en el resto de la Europa feudal (artculo del 21-II-1854, no publicado por el NYDT).

CERVANTES ENTRE HOMERO Y SHAKESPEARE

Los gustos literarios de Marx eran, como es sabido, slidos hasta rozar lo convencional. Igual que a mis hermanas -recordaba su hija Eleanor-, me ley todo Homero, los Nibelungos, Gudrun, Don Quijote y Las mil y una noches. Shakespeare era la Biblia de nuestra casa. Y Lafargue cuenta en sus Recuerdos personales sobre Marx que los novelistas preferidos de ste eran Cervantes y Balzac. El principal crtico literario de la primera generacin marxista, Franz Mehring, ha dejado una observacin que permite ver en esos gustos literarios tan cannicos una motivacin profunda y muy concorde con la personalidad intelectual de Marx. Mehring, en efecto, observ que todos los autores de cabecera de Marx -Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes y Balzac- han sido espritus que han registrado de manera tan objetiva la imagen de una poca entera que todo residuo subjetivo se disuelve ms o menos, y a veces tan totalmente, que los autores desaparecen detrs de sus creaciones, en una oscuridad mtica. Todos ellos, adems, documentan prolija y profundamente estadios y procesos sociales. Don Quijote, en particular, es para Marx, como recuerda su yerno Lafargue, la epopeya de la caballera moribunda, cuyas virtudes se convertiran en el naciente mundo burgus en objeto de burla y de ridculo, pero que el Manifiesto comunista evocaba como patriarcales e idlicas.

Don Quijote es un personaje que se presta obviamente a la comprensin de Marx. ste alude frecuentemente al hidalgo, y en varios registros, recogiendo su excentricidad anacrnica, recordando accidentes de su carcter y de su vida, y tambin aplicndole la clave completa de la concepcin marxiana de la historia de Europa: como se desprende de su crtica del Franz von Sickingen de Lassalle, Marx entiende que la excentricidad pattica de Don Quijote se debe a que para que una lucha como la suya, dirigida contra los poderes injustos de su poca, tuviera alguna buena perspectiva, necesitaba apelar [...] a las ciudades y a los campesinos, es decir, precisamente a las clases cuyo desarrollo significa la negacin de la caballera (Carta a Lasalle del 19-4-1859).

Mas la relacin de Marx con Don Quijote -y con Cervantes- se establece tambin en algn plano menos terico y ms inmediato, imaginativo y propio de la simple sabidura de la vida. Marx cita frecuentemente al Quijote y a Don Quijote en contextos as, nada tericos, por ejemplo, comparando la guerrilla antinapolenica con el caballero (NDYT, 30-10-1854), o contando (de memoria, para comentar la relacin de la reina Cristina con Muoz) la historia de la rica viuda que se volvi a casar con un simple mozo (NYDT, 30-9-1854). La ltima alusin de Marx a Don Quijote tiene otro tono: Marx se encuentra en Argel, ya enfermo de muerte, y escribe a Engels, el 1 de marzo de 1882, que vive insomne, inapetente, con mucha tos, algo perplejo, no sin sufrir de vez en cuando accesos de una profunda melancola, como el gran Don Quijote. La alusin lo es sin duda al caballero cuerdo y moribundo para el que ya en los nidos de antao no haba pjaros hogao; y se puede aadir a los varios indicios de la final frustracin de Marx.

HISTORIA Y SISTEMA

Como otros estudios particulares de Marx -el de las guerras civiles en Francia, por ejemplo, o el de la comuna aldeana rusa-, los artculos sobre Espaa muestran a un autor que maneja muy libremente su propio sistema terico, y practica una ancha flexibilidad metodolgica. Antes lo he observado a propsito de su descripcin de la invasin napolenica, completamente al margen de su modelo terico, como asalto a la nacin espaola. Marx se enfrenta con sus datos espaoles en una actitud muy emprica, por un lado, y muy atenta, por otro, a las circunstancias peculiares del pas, mientras que los esquemas interpretativos derivados de sus sistema son slo un trasfondo de presencia nada imperiosa. A veces maneja vaguedades tpicas, ms o menos pueriles, acerca de la peculiaridad espaola -como cuando afirma que el guerrillero espaol ha tenido siempre algo de bandido desde los tiempos de Viriato (NYDT, 9-9-1854). En los artculos de Marx sobre Espaa es frecuente la afirmacin de nexos explicativos que no son parte esencial de su modelo terico, lo cual tiene su importancia para determinar cmo entenda Marx la funcin explicativa de su teora, as como el alcance de sta. Como en el caso aludido de la importancia que atribuye a la accin de validos y camarillas en la provocacin involuntaria de insurrecciones, Marx se acerca siempre a los problemas que se propone desde planos que, con el lxico marxiano ms consagrado, habra que llamar sobreestructurales: el poltico, el militar, el de la psicologa nacional; de modo que las consideraciones de orden bsico -sobre relaciones de produccin, fuerzas productivas, clases sociales- aparecen (cuando lo hacen) slo en ltima instancia, como marco general que contiene las condiciones de posibilidad de lo ya explicado sobreestructuralmente.

As ofrece Marx explicaciones por causas poltico-militares que seguramente dejarn escpticos a muchos marxistas; por ejemplo, la explicacin de la peculiaridad de las Cortes espaolas por ciertas consecuencias de la supuesta Reconquista:

Esa explicacin concibe la Reconquista como la entendan los historiadores espaoles ms tradicionalistas y conservadores, como una obstinada lucha de casi ochocientos aos, segn escribe Marx en el artculo recin citado; pero lo ms interesante del uso por Marx de conceptos as es su implicacin metodolgica: una gran libertad de la explicacin histrica respecto del modelo terico, el principio metodolgico de proceder en la investigacin segn un orden inverso del orden de fundamentacin real afirmado por la teora.

ORIENTALISMO ESPAOL

Marx se interesa mucho por registrar peculiaridades espaolas; a menudo parece que se divierta al hacerlo: los contrabandistas, observa, son la nica fuerza que nunca se ha desorganizado en Espaa (NYDT, 1-9-1854); la cesanta de funcionarios colocados por el gobierno que deja el poder es quiz la nica cosa que se hace deprisa en Espaa. Todos los partidos se muestran igualmente giles en esta cuestin (NYDT, 4-9-1854). Pero tambin ha intentado, ms seriamente, reunir cierto nmero de esos rasgos peculiares bajo una categora que los situara en su sistema: la categora de orientalismo. En el artculo del 9 de septiembre de 1854 del New York Daily Tribune, Marx afirma que la semejanza de la monarqua absoluta espaola con las monarquas absolutas del resto de Europa es slo superficial, y que en realidad la monarqua es una forma asitica de gobierno: Como Turqua, Espaa sigue siendo un conglomerado de repblicas mal regidas con un soberano nominal al frente. Esa naturaleza de despotismo oriental de la monarqua espaola explica, segn Marx, la persistencia de la diversidad espaola en derechos y costumbres, monedas, estandartes o colores militares e incluso en sistemas fiscales. Pues el despotismo oriental no ataca al autogobierno municipal sino cuando ste se opone directamente a sus intereses, y permite muy gustosamente a estas instituciones continuar su vida mientras dispensen a sus delicados hombros de la fatiga de cualquier carga y le ahorren la molestia de la administracin regular.

De todos modos, la acentuacin de lo que l entiende como peculiaridades espaolas -incluido el orientalismo- no lleva a Marx a pensar en categoras metafsicas referentes al espritu nacional, ni tampoco a separar completamente los procesos espaoles de los europeos. Por el contrario, ms de una vez Marx cree ver en los hechos de Espaa realizaciones representativas de rasgos generales de la historia europea moderna. As, por ejemplo, tras escribir que en el golpe de Estado de ODonnell de 1856 Espartero abandon las Cortes, las Cortes abandonaron a los dirigentes burgueses, los dirigentes a la clase media y sta al pueblo, Marx generaliza de este modo:

Tambin la guerra espaola por la Independencia da pie a Marx para una de esas generalizaciones que sitan la historia de Espaa como historia de Europa. Marx expone que el movimiento independentista iniciado en 1808 parece a grandes rasgos dirigido contra la revolucin, y no a favor de ella, pero que los principios que expres e intent imponer eran revolucionarios, y comenta:

INDEPENDENCIA Y REVOLUCIN ESPAOLAS

Poca duda puede caber de que lo que ha motivado a Marx a estudiar y escribir sobre Espaa es la agitacin de la Vicalvarada: la participacin popular en el pronunciamiento es la primera seal del despertar de los pueblos europeos desde la conmocin de 1848, que para Marx, naturalmente, fue ms la derrota del pueblo trabajador que la consolidacin de los estados nacionales burgueses. Los artculos escritos para la New York Daily Tribune, aunque todos fruto, al mismo tiempo, de la necesidad de ganar algo de dinero en circunstancias de mucha miseria y del inters por las perspectivas revolucionarias de Espaa, se pueden dividir en dos grupos: meras crnicas de los acontecimientos a medida que se van produciendo (la Vicalvarada en 1854, al alzamiento de ODonnell en 1856) y pequeos ensayos histricos y analticos. stos son claramente el resultado de los estudios y las reflexiones de Marx con la intencin de comprender los destinos de la Espaa revolucionaria.

Sus estudios le convencen pronto de que Espaa es un pas mal conocido, acaso el peor conocido y juzgado de Europa, salvo Turqua (NYDT, 21-7-1854). Los numerosos pronunciamientos locales y rebeliones militares han acostumbrado a Europa a considerar a Espaa como un pas colocado en la situacin de la Roma imperial de la poca de los pretorianos. Pero ese juicio es un error superficial por el cual, observa Marx, Napolen se llev una amarga sorpresa. La explicacin de esta falacia reside en la sencilla razn de que los historiadores, en vez de descubrir los recursos y las fuerzas de esos pases en su organizacin provincial y local, se han limitado a tomar sus materiales de los almanaques de la corte. Si los historiadores hubieran atendido a las entraas de la historia, y no slo a las efemrides cortesanas, habran podido identificar el verdadero enigma de la historia de Espaa, el singular fenmeno consistente en que tras casi tres siglos de una dinasta habsburguesa seguida de otra borbnica -cada una de las cuales se basta y se sobra para aplastar a un pueblo-, sobrevivan ms o menos las libertades municipales de Espaa, y que precisamente en el pas en que, de entre todos los estados feudales, surgi la monarqua absoluta en su forma menos mitigada, no haya conseguido, sin embargo, echar races la centralizacin (NYDT, 9-9-1854).

La explicacin que Marx apunta del singular fenmeno espaol consiste esencialmente en aducir una serie de circunstancias polticas o econmicas que arruinaron el comercio, la industria, la navegacin y la agricultura en Espaa, impidiendo que la monarqua absoluta espaola realizara la funcin estructuradora cumplida en Europa, la de terminar, s, con los privilegios de la nobleza y el poder de las ciudades, pero a cambio de imponer la ley general de las clases medias y el comn dominio de la sociedad civil. Pero, como queda dicho, precisamente ese fracaso de la monarqua espaola, o, propiamente, una de sus consecuencias, el mantenimiento de la descentralizacin y la dispersin medieval del poder, es la mejor explicacin de la sorprendente eficacia de la resistencia espaola a los ejrcitos napolenicos. Y como la historia de la revolucin espaola arranca, segn Marx, de la guerra de la Independencia, la explicacin de sta es para l un primer paso en la comprensin de aqulla.

LA ESPAA REVOLUCIONARIA

La primera y grande ocasin de la revolucin moderna en Espaa estuvo, segn Marx, al alcance de la Junta Suprema Central Gobernadora del Reino: Slo bajo el gobierno de la Junta Central fue posible fundir con las necesidades y exigencias de la defensa nacional la transformacin de la sociedad espaola y la emancipacin del espritu nacional (NYDT, 27-10-1854). La inoperancia revolucionaria de la Junta Central, paralizada, segn Marx, por su formalismo y por la imposibilidad de dirimir la pugna entre sus dos alas (que Marx identifica con los idearios de Floridablanca y Jovellanos, respectivamente) sell al mismo tiempo su fracaso militar: La Junta Central fracas en la defensa de su pas porque fracas en su misin revolucionaria (NYDT, 30-10-1854). (Dicho sea de paso, una tesis anloga fue la de la extrema izquierda marxista y libertaria durante la guerra civil espaola de 1936-1939, frente a la concepcin predominantemente militar del gobierno republicano). En cambio, las Cortes de Cdiz no dispusieron ya de posibilidades revolucionarias; encerradas en un ltimo rincn del territorio, las Cortes eran slo la Espaa ideal, mientras la Espaa real se encontraba en las convulsiones de la guerra o estaba ya sometida por el invasor. En el momento de las Cortes, Espaa estaba dividida en dos partes. En la Isla del Len, ideas sin accin; en el resto de Espaa, accin sin ideas. En conclusin, las Cortes [...] fracasaron no por ser revolucionarias, como dicen autores franceses e ingleses, sino porque sus predecesores [o sea, la Junta Central] fueron reaccionarios y perdieron la verdadera oportunidad para la accin revolucionaria (NYDT, 27-10-1854).

Marx simpatiza con los legisladores de Cdiz, sobre los cuales escribe con una epicidad no precisamente refinada desde el punto de vista literario, pero tambin con muy buena comprensin de la sntesis de tradicin y revolucin que intentaron aquellas Cortes. Marx percibe la raz castiza de los de Cdiz: Desde el remoto rincn de la Isla Gaditana, [las Cortes] se lanzaron a la empresa de fundar una Espaa nueva, tal como hicieron sus padres en las montaas de Covadonga y Sobrarbe (NYDT, 24-11-1854).

La Constitucin de 1812 surgi del cerebro de la vieja Espaa monacal y absolutista, y precisamente en la poca en que pareca totalmente absorta en su guerra santa contra la Revolucin, pero esa constitucin precisamente ser estigmatizada por las testas coronadas reunidas en Verona como la invencin ms incendiaria del espritu jacobino (NYDT, 24-11-1854): as plantea Marx lo que llama el curioso fenmeno de la Constitucin de 1812. (Como se ve, Espaa es para Marx el pas de los curiosos fenmenos).

El modo como Marx aclara este ltimo curioso fenmeno es muy notable en un autor de los aos cincuenta del siglo pasado: La verdad es -escribe- que la Constitucin de 1812 es una reproduccin de los antiguos fueros, pero ledos a la luz de la Revolucin francesa y adaptados a las necesidades de la sociedad moderna. Al final de su anlisis de la Constitucin, escribe un juicio elogioso y competente:

Lo de las concesiones a los prejuicios populares se refiere principal y explcitamente al artculo 12 de la Constitucin (La religin de la nacin espaola es y ser perpetuamente la catlica, apostlica y romana, nica verdadera. La nacin la protege por leyes sabias y justas, y prohibe el ejercicio de cualquier otra). El tenor de ese artculo chocaba con la antirreligiosidad del ultrafeuerbachiano Marx y, sobre todo, resultaba incoherente con su idea de la poltica religiosa propia de un estado genuinamente burgus, tal como l la conceba desde sus ensayos sobre la cuestin juda.

Marx reconstruye una tradicin revolucionaria espaola continua desde la guerra de la Independencia, contrapuesta a la imagen de una Espaa pretoriana, desconcertante escenario de insurrecciones inconexas e imprevisibles. Comienza esa historia con la intentona de Mina, la compone con Porlier, Richard, Lacy, Vidal, Sol, hasta llegar a Riego: La conspiracin de la Isla del Len fue, pues, el ltimo eslabn de la cadena formada por las ensangrentadas cabezas de tantos valientes desde 1808 hasta 1814 (NDYT, 2-12-1854). La revolucin de 1820, que tanta importancia tuvo en la recomposicin moral de la izquierda europea anterior a 1848, anima todava un lenguaje conmovido en el Marx de 1854; pero, de todos modos, predomina en los escritos de ste sobre ella la voluntad de explicar su derrota. Y esa explicacin le parece fcil: los liberales espaoles de 1820 intentan una revolucin burguesa, ms exactamente urbana, en la que el campesinado es espectador pasivo de una lucha de partidos que apenas se le hace comprensible. Por eso, en las pocas provincias en que intervienen, los labradores lo hacen a favor de la contrarrevolucin: El partido revolucionario no supo cmo se tenan que articular los intereses de los campesinos con los del movimiento urbano (artculo del 21-II-1854, no publicado por la NYDT).

En el pronunciamiento que ocasiona las primeras crnicas de Marx sobre Espaa -el de ODonnell y Dulce de 1854- es muy visible una caracterstica importante de la historia revolucionaria espaola, a saber, la decisiva presencia del ejrcito en la poltica. Marx considera que esa peculiaridad espaola se explica por dos causas: en primer lugar, el Estado, en el sentido moderno de la palabra, es casi inexistente en la vida civil del pueblo espaol, esencialmente local y provinciana, y slo est presente en el ejrcito; en segundo lugar, la guerra de la Independencia ha creado condiciones en las cuales el ejrcito result el lugar natural en el que se concentr la vitalidad de la nacin. As pudo ocurrir -escribe Marx- que las nicas manifestaciones nacionales (las de 1812 y 1822) procedan del ejrcito; con ello, los sectores movilizables de la nacin se han acostumbrado a ver en el ejrcito el instrumento natural de todo movimiento nacional (NYDT, 4-8-1854).

Marx conoce tambin otras causas de la importancia poltica del ejrcito espaol. Cuenta entre ellas la institucin de las capitanas generales, a cuyos titulares compara con los pachs turcos, el origen militar de todas las conspiraciones liberales de 1815-1818, y, sobre todo y ms profundamente, la escasa fuerza civil de clases y grupos sociales sumidos en luchas decisivas:

Ya al principio de sus estudios sobre Espaa haba notado Marx la superabundancia de plazas y honores militares, por lo cual apenas uno de cada tres generales puede ser empleado en el servicio activo (NYDT, 30-9-1854). Pronto entiende que sa es una consecuencia de la situacin pretoriana del ejrcito espaol.

Otra consecuencia, mucho ms importante, es el creciente predominio de la orientacin contrarrevolucionaria, conservadora o reaccionaria, en los pronunciamientos del ejrcito, la separacin entre ste y la causa de la nacin (NYDT, 4-8-1854). Marx piensa que entre 1830 y 1854 (perodo de la vida espaola que considera particularmente difcil) el ejrcito, aunque cada vez ms poderoso polticamente, aplica de un modo mezquino su poder en zanjar rivalidades dinsticas y tutelar militarmente a la corte. Por ltimo, le parece a Marx que en la insurreccin de ODonnell de 1856 se consuma la separacin completa entre pueblo y ejrcito:

Algunas de las ltimas reflexiones de Marx sobre el golpe de 1856 pueden sonar, para un lector espaol de cien aos despus, como un turbador llamamiento a recordar el lema polvoriento y pasado de moda Historia magistra vitae; sean ejemplo de ello estas lneas del 18 de agosto de 1854:

Notas:

[*] Sacristn se refiere a su prlogo a K. Marx-F. Engels, Revolucin en Espaa (1959), editado por Ediciones Ariel, Barcelona. El escrito est ahora recogido en M. Sacristn, Sobre Marx y marxismo, Barcelona, Icaria, 1983, pp. 9-23 (nota editor).

[1] Los escritos de Marx sobre Espaa son once corresponsalas relativamente breves sobre la sublevacin de ODonnell y Dulce de junio de 1854; nueve artculos de fondo o pequeos ensayos sobre historia espaola, de los que el peridico para el que los escriba (como las corresponsalas), la New York Daily Tribune, no public ms que ocho; dos corresponsalas ms con ocasin del golpe de Estado de ODonnell de 1856; y el artculo Bolvar de la New American Cyclopaedia, que es de 1858. Tambin Engels escribi para la New York Daily Tribune artculos de asunto espaol: tres artculos de 1860 sobre la toma de Tetun por ODonnell, titulados The Moorrish War. Adems de eso escribi sobre el ejrcito espaol para el Putnams Magazine (1855) y los artculos Badajoz y Bidasoa para la New American Cyclopaedia (1858). Pero el texto ms importante e influyente de Engels sobre Espaa es el conjunto de cuatro artculos titulado Los bakuninistas en accin (Die Bakuninisten an der Arbeit), que se public en 1873 en el rgano de la socialdemocracia alemana Der Volksstaat. En el presente artculo se atiende slo a los escritos de Marx sobre Espaa.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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