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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-09-2010

Prohibir la guerra, permitir los bombardeos

Santiago Alba Rico
La Calle del medio


Hace pocos das se cumpli un nuevo aniversario -el nmero 65- de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Lo que pocos saben o pocos quieren recordar es que el 8 de agosto de 1945, dos das despus del lanzamiento de la primera bomba atmica y pocas horas antes del lanzamiento de la segunda, las potencias ya victoriosas de la segunda guerra mundial firmaron los acuerdos que establecan un tribunal internacional encargado de juzgar los crmenes cometidos durante la contienda. Lo que pocos saben o pocos quieren recordar es que el famoso tribunal de Nuremberg, acto fundacional del derecho internacional moderno, prohibi la guerra -crimen supremo que concentra en s todos los otros crmenes- al mismo tiempo que legalizaba los bombardeos. En sus conclusiones, en efecto, la sentencia de Nuremberg declar inocentes a aliados y alemanes por igual, puesto que los bombardeos areos de ciudades y fbricas se han convertido en prctica habitual y reconocida por todas las naciones. El modelo Auschwitz, el de los perdedores, se converta as en el colofn de la barbarie humana y en una estremecedora advertencia para las futuras generaciones; mientras que el modelo Hiroshima, el de los vencedores, pas a convertirse en practica rutinaria y derecho consuetudinario.

Desde entonces est prohibida la guerra y estn permitidos los bombardeos. Antes de 1914, el escritor francs Marcel Proust hablaba de los aviones como de los ojos de la Humanidad. Se volaba para ver, no para bombardear. Pero hay ciertos ngulos de visin, ciertos rangos de la mirada, que imponen inmediatamente, como una tentacin irresistible, el deseo de destruir lo que se capta visualmente. La prohibicin de mirar ciertos objetos, la prohibicin de mirar desde ciertos objetos (el ojo de la cerradura o la mirilla del avin) es hoy una cuestin de supervivencia no slo moral sino material. El modelo Auschwitz -con sus terribles campos de exterminio horizontal- es despus de todo humanamente familiar y quizs por eso nos resulta tan fcil escandalizarnos frente a l y rechazarlo. Si, por el contrario, aceptamos con mansedumbre y naturalidad el modelo Hiroshima -el exterminio vertical desde el aire- no es slo porque forme parte de la justicia de los vencedores: es que tiene algo de inimaginable, de irrepresentable, de extraterrestre; est tan fuera de toda medida antropolgica que suspende cualquier forma de reaccin.

El bombardeo areo, en efecto, rene dos caractersticas incomprensibles para un ser humano. La primera tiene que ver con el hecho de que ni siquiera deshumaniza a sus vctimas antes de matarlas o para justificar su muerte: sus vctimas no son enemigos o animales inferiores u obstculos sino simples residuos. Los cadveres y las ruinas no han tenido una existencia individual (ni siquiera bajo la forma de un nmero tatuado en la mueca) antes de ser fabricados desde el B-52. No han sido ni juzgados ni condenados; tampoco despreciados. Son desde el principio slo restos.

La segunda caracterstica del bombardeo es que, si produce restos, no permite establecer ningn vnculo entre ellos y la fuente lejana, celeste e inalcanzable, que los ha causado. Las vctimas slo pueden alzar el puo en medio de los escombros, como ante la ira de Dios; por su parte los verdugos, encerrados en sus cpsulas de cristal, o cmodamente sentados delante del ordenador, no pueden experimentar ningn sentimiento -tampoco odio- por esas existencias que se inclinan y desaparecen bajo un gesto de su dedo. No pueden mirarlas sin que desaparezcan y se las mira precisamente para eso, pero esta desaparicin no entraa ninguna emocin ni ninguna tragedia; la acompaa, si acaso, el placer de no dejar ningn cabo suelto, la satisfaccin de tachar todos los puntos que van compareciendo ante nuestros ojos.

Pues bien, curiosamente el modelo del bombardeo areo es el que mejor explica la consistencia moral y los efectos materiales del consumo capitalista.

El capitalismo, lo hemos escrito otras veces, no se define por su capacidad para producir riqueza sino para destruirla. Si se recuerda que el 90% de las mercancas que se producen hoy en el mundo dentro de seis meses estarn en la basura se comprende enseguida que el capitalismo no fabrica mesas, coches, ordenadores y lavadoras sino residuos, igual que las bombas, y que el ser humano que se empea -durante seis meses- en usarlos como si fueran mesas, coches, ordenadores y lavadoras es l mismo residual frente al objetivo econmico de sustituirlas lo antes posible por otras. Para el capitalismo, como para el B-52, las cosas y los hombres son desde el principio restos y su verdadero producto -ni televisores ni frigorficos- es la basura.

Todos los das, por ejemplo, llegan de Europa miles de aparatos electrnicos desechados a un barrio de Accra (Ghana) conocido como Sodoma. All, miles de menores que no han usado en su vida un ordenador, queman y destripan las carcasas en busca de piezas de metal, absorbiendo durante horas de trabajo infernal ms de 60 sustancias txicas. Lo mismo ocurre en Karachi (Pakistn), donde 20.000 jvenes, algunos menores de diez aos, muchos de ellos refugiados afganos, reciclan la basura electrnica procedente de Occidente, Dubai o Singapur, manipulando plomo, cadmio o antimonio, materiales que destruyen al mismo tiempo la salud de los nios, la tierra y el ro Lyari. El 70% de la basura electrnica del mundo acaba en muladares de Asia, en los que las condiciones de trabajo y la contaminacin ambiental convierten la vida misma de la gente en abyectamente residual.

Pero el consumo capitalista se caracteriza tambin por su dificultad para establecer vnculos mentales entre una mirada, un gesto del dedo, un trabajo bien hecho o un placer banal y un paisaje de ruinas, a miles de kilmetros del supermercado, en el que estn muriendo nios a los que no odiamos; nios que, al contrario, cuando nos los muestran por la televisin, nos enternecen y nos aturden de compasin. Como el piloto del bombardero, vemos el mundo en las vitrinas de las tiendas y en las pantallas del ordenador y somos antropolgicamente incapaces de imaginar ah ningn efecto negativo o destructivo. Los muertos, las ruinas, los hambrientos, son slo los restos o residuos de nuestros placeres ms inocentes.

Desde nuestros placeres no podemos imaginarnos a Mohamed Khan, de ocho aos de edad, quemando un ordenador en Karachi como tampoco desde el sufrimiento de Mohamed Khan puede imaginarse el uso que hacemos los occidentales del ordenador. Por ejemplo? Ms de 24 millones de pginas de Internet son de contenido pornogrfico (el 12%) y cada segundo 28.258 internautas estn viendo pornografa. Cuarenta millones de estadounidenses visitan regularmente estas pginas web, con un volumen de negocio de 2.350 millones de euros al ao (ms de 4.000 en todo el mundo). El 25% de las bsquedas en la red y el 35% de las descargas son de carcter pornogrfico y todos los das se registran 116.000 bsquedas con el rtulo pornografa infantil. El 20% de los hombres reconoce ver pornografa mientras est en el trabajo y la edad media en la que un nio estadounidense comienza a frecuentar pginas de contenido sexual es de 11 aos.

Mucho ms pornogrfica que la pornografa misma es la relacin inimaginable entre los que miran el ordenador en Utah o Madrid y los que los queman en Ghana y Karachi.

Desde 1945, s, est prohibida la guerra y estn permitidos los bombardeos..



Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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