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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-09-2010

Prlogo del libro
Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre publican El orden de El Capital. Por qu seguir leyendo a Marx

Santiago Alba Rico
Rebelion

La editorial Akal acaba de publicar El orden de El capital. Por qu seguir leyendo a Marx de Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero. La obra es una relectura de los tres libros de El Capital que pretende, al mismo tiempo, mostrar por qu necesitamos ahora ms que nunca de la obra de Marx. Se trata de un libro voluminoso (656 pginas), pero de muy fcil lectura, que se propone poder ser entendido por cualquiera. Presentamos aqu el prlogo de Santiago Alba Rico, un texto muy explicativo sobre el largo recorrido que ha conducido a esta publicacin.


Prlogo

Deca Chesterton que el pueblo nunca puede rebelarse si no es conservador, al menos lo bastante como para haber conservado alguna razn para rebelarse.

Esto es ms cierto an si de lo que se trata es de rebelarse contra el capitalismo. Benjamin compar el mundo capitalista con un tren sin frenos que rodaba hacia el abismo. Y en lugar de imaginar la revolucin socialista bajo el potente aspecto de una locomotora (como tantas veces se haba hecho ya), la compar con el freno de emergencia. La objecin ms definitiva que el ser humano puede hacerle a la economa capitalista es que no es capaz de detener, ni siquiera de ralentizar, la marcha. La humanidad ha emprendido un viaje que no tiene estaciones. Incluso los revolucionarios ms insensatos han tenido que rendirse a la evidencia de que es imposible competir en velocidad con el capitalismo. Ya en 1848, Marx constataba cmo la economa capitalista haba logrado que todo lo slido se disolviese en el aire. En el ao 2010 sabemos hasta qu punto es as. En palabras de Carlos Fernndez Liria, el capitalismo ha atacado este planeta por tierra, mar y aire. Ha reventado el subsuelo terrestre con pruebas nucleares, ha abierto un agujero de ozono en la estratosfera y llenado de misiles las galaxias. Ha desquiciado el cdigo gentico de las semillas y ha cubierto de brea los ocanos.

Tras apoderarse del mercado del arte y obligar a la belleza a cotizar en bolsa, el capitalismo ha decidido incluso mover de su sitio los glaciares. Esas montaas de hielo haban sido elegidas por Kant como ejemplificacin de lo sublime. Lo sublime es aquello que viene demasiado grande a nuestra imaginacin, aquello que la imaginacin intenta recorrer en vano, experimentando el fracaso de su esfuerzo. Pero lo que es inmenso para la imaginacin de los hombres, es pequeo para el capitalismo. Como es sabido, dos glaciares de los Andes chilenos estn siendo removidos y desviados para que una compaa estadounidense propiedad de la familia Bush explote unos yacimientos mineros.

En su ofensiva contra todo lo existente, el capitalismo ha deglutido no slo seres humanos y recursos materiales sino tambin ese patrimonio inmaterial sin el cual la reproduccin misma de la humanidad es imposible: el conocimiento. Recientemente -nos dice Fernndez Liria-, el capitalismo ha extendido su ofensiva planetaria y ha decidido conquistar tambin el mundo inteligible, asaltando la Universidad y ponindola al servicio de los intereses del mercado. Nada comparable, de todos modos, a la hazaa de mantener a la mitad de la poblacin mundial viviendo con menos de dos dlares diarios, mientras que las 84 mayores fortunas personales suman una cifra equivalente al producto interior bruto de China y sus 1200 millones de habitantes. Al hilo de la crisis econmica, mientras en el verano de 2009 la patronal espaola exiga a los sindicatos el despido gratis (el libre haca tiempo ya que exista), el presidente del BBVA blindaba su sueldo con una indemnizacin de 93,7 millones de euros. As pues, en su gesta por los confines del surrealismo, el capitalismo no ha permitido al ser humano conservar ni tan siquiera el sentido comn.

Este panorama no deja mucho lugar a dudas. Pero no siempre se vio tan claro. Los revolucionarios comunistas y anarquistas cayeron a menudo en el error de intentar competir en velocidad y eficiencia con el capitalismo. En realidad, pensaban con acierto que el capitalismo era una traba para el desarrollo humano que el propio capitalismo haba contribuido a posibilitar. Lo que no se entendi tan claramente es que el capitalismo no impona esa traba con un freno, sino con un acelerador. Por eso, el capitalismo deja atrs, al mismo tiempo, aquello que hay que conservar a cualquier precio y aquello que es irrenunciable potenciar.

El capitalismo frena acelerando. Por el camino, como ya sealara el Manifiesto Comunista, ha dado al traste con todo lo que supuestamente haba de sagrado e inamovible en la vida humana, desde la vida familiar al tejido cultural o religioso. El capitalismo, sin duda, ha daado en su misma raz la consistencia antropolgica ms elemental. Pero esto no supone necesariamente una calamidad, porque en esa consistencia tambin van incluidas como Marx saba muy bien- las servidumbres humanas ms abyectas, como el patriarcado o la tirana religiosa. Ms all de esa servidumbre, tenemos una oportunidad para aprender a vivir -como nos aconsejaba Aristteles y siempre gusta de recordar el propio Carlos Fernndez Liria- no como los mortales que somos sino en tanto que seres racionales capaces de inmortalizarse en las obras de la libertad.

Ahora bien, es esta posibilidad del desarrollo humano la que el capitalismo impide absolutamente. Las obras de la razn deca Husserl- no pertenecen al tiempo, sino a la eternidad. En todo caso, no se acomodan fcilmente a los requerimientos temporales y mucho menos al ritmo vertiginoso de la aceleracin capitalista. Y sin embargo, son irrenunciables. Los hombres, deca Kant, por mucho que amen la vida, aman ms aquello que hace a la vida digna de ser vivida. Entre todo aquello que merece ser conservado y por lo que merece la pena rebelarse, no hay nada ms irrenunciable que la dignidad. Y con ella, aquello que la hace posible, la libertad; y aquello que ella exige a este mundo, la justicia.

Es fcil reconocer aqu el anhelo que impuls a tantos y tantos revolucionarios en los dos ltimos siglos. Ahora bien, el corpus doctrinal del marxismo tena enormes dificultades para anclar ah su concepcin del hombre nuevo que se propona forjar polticamente. Pues una vida poltica a la altura de las exigencias de la razn no era, en definitiva, ms que aquello que las grandes revoluciones burguesas haban llamado ciudadana. No era, despus de todo, sino el modelo de ser humano que la Ilustracin haba considerado irrenunciable. Bien poca cosa para una teora dialctica de la historia que exiga avanzar mucho ms all del mundo burgus y que pretenda ser ms veloz incluso que el capitalismo hasta acabar adelantndolo en los cauces del devenir histrico. De este modo, lo que el capitalismo frustraba y mutilaba, el marxismo se empeaba en dejarlo bien atrs, como antiguallas destinadas a ser sepultadas por la corriente imparable de la historia. La paradoja fue que el patriarcado o la religin sufriendo sin duda grandes modificaciones- demostraron tener una inslita capacidad de adaptacin al curso siempre cambiante del capital mientras que lo que sucumba era precisamente el pensamiento de la Ilustracin, la nica columna vertebral posible de todo proyecto poltico republicano. En su lugar, el marxismo se empe en descubrir la plvora, inventando un hombre ms nuevo que el ciudadano y un derecho ms legtimo que el Derecho. Como trgicos resultados podemos citar, por ejemplo, el culto a la personalidad de Stalin o la revolucin cultural maosta.

Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero llevan aos alertando de este desastre terico y procurando sentar las bases para una reconciliacin del marxismo con la tradicin republicana de la Ilustracin. Sus ltimas publicaciones no han dejado de insistir en que si hay algo que el capitalismo convierte en imposible es precisamente el proyecto poltico de la Ilustracin, lo que solemos expresar bajo la idea de una democracia en estado de derecho o bajo el imperio de la Ley. Y que si algn motivo nos da el capitalismo para rebelarnos contra l es precisamente el de haber frustrado este proyecto poltico y el de hacerlo cada da ms impracticable. De entre todo aquello que merece ser conservado, nada lo merece tanto como la dignidad. Y el hombre no encuentra la dignidad de su existencia ms que viviendo polticamente en libertad. Por eso, entre todos los futuros posibles por los que merece la pena luchar, nada es ms irrenunciable que la idea de una repblica en la que los legislados sean a la vez legisladores, es decir, una sociedad de hombres libres e iguales, una comunidad de ciudadanos.

Pero esta reivindicacin de la Ilustracin desde el marxismo, hunda sus races, mientras tanto, en un trabajo interminable sobre la obra de Marx que solo ahora puede salir a la luz. Este libro estaba supuestamente terminado en el verano de 1999, cuando CFL me anunci que haba firmado un contrato con Akal para su inmediata publicacin. Ello era el resultado de un proyecto que se haba convertido en una obsesin desde los tiempos en los que juntos habamos publicado Dejar de Pensar y Volver a pensar, empendonos en reivindicar el marxismo justo cuando, en el corazn de los aos ochenta, todo pareca venirse abajo para esta tradicin. Tenamos que explicar en definitiva que haba tantas razones para seguir leyendo a Marx como razones haba para seguir combatiendo el capitalismo. Es difcil discutir hasta qu punto los tiempos nos han dado, desdichadamente, la razn.

Sin embargo, el volumen sobre El capital que CFL haba preparado en 1999 y para el que me haba pedido que escribiera precisamente el presente prlogo-, iba a tener que esperar an otros diez aos de gestacin. CFL suele contar que, justo cuando lo tena listo para la edicin, un alumno suyo llamado Luis Alegre Zahonero descubri un pequeo hilo suelto en su argumentacin y, tirando de l, el libro entero se deshizo en mil retales que haba que volver a componer. El problema era, adems, que para componerlo, haba que emprender una discusin precisamente en el terreno en el que Marx no par toda su vida de moverse: el mundo de la economa. Ni a CFL, ni a LAZ ni a m nos resultaba fcil emprender esa tarea sin ayuda. Pero precisamente en ese ao 1999, en el marco de las primeras movilizaciones estudiantiles contra la mercantilizacin de la Universidad, Luis Alegre comenz a trabajar estrechamente con Economa Alternativa (grupo estudiantil muy activo que se haba formado con profesores como Xabier Arrizabalo, Diego Guerrero o Enrique Palazuelos). De este grupo, por cierto, han surgido economistas extraordinarios (como Bibiana Medialdea, Nacho lvarez o Ricardo Molero) cuyo enfoque les hace objeto de un fuego cruzado: por un lado, de la economa ortodoxa y, por otro, de los defensores del concepto ms dogmtico de valor que les acusan de no estar haciendo economa marxista. No sin buenas razones, LAZ repite con frecuencia que este libro es en gran medida una defensa del derecho a considerar estrictamente marxista el enfoque de una investigacin como la que se recoge en Ajuste y salario (Madrid: Fondo de Cultura Econmica, 2009). En cualquier caso, tras una interminable correspondencia entre CFL y LAZ, decidieron reemprender juntos la redaccin del libro.

El problema haba surgido en torno al concepto de precio de produccin, pero afectaba a la interpretacin del orden interno de todo El Capital. El lector lo comprobar ms adelante, al avanzar en el libro que tiene entre sus manos. Hay un momento muy inquietante en el Libro III, en el que Marx nos dice que si las mercancas se vendieran a sus valores, quedara abolido todo el sistema de la produccin capitalista, de manera que puede interpretarse que la teora del valor resulta incompatible con lo que ocurre en la realidad. Lo de menos es que Marx vaya a demostrar, quizs, que esto solo ocurre en apariencia, porque, en el fondo, la teora del valor sigue cumplindose de todos modos. Lo inquietante es que Marx diga a continuacin que si del hecho demostrado de que las mercancas no se venden a sus valores hubiera que concluir que la teora del valor es falsa, resulta que la conclusin no sera que la teora del valor es falsa, sino que el capitalismo es incomprensible.

Aunque el lector no est an familiarizado con estas nociones y carezca del instrumental terico para comprender lo que estamos diciendo, es fcil que se haga cargo de que esta forma de argumentar tiene algo de extravagante. Lo mismo ocurre en otro pasaje inquietante: justo en el momento en que acaba de demostrar que la tasa de ganancia tiende a igualarse para todos los sectores con independencia de lo intensivos que sean en mano de obra y todo hace pensar que la fuente del plusvalor ya no es el trabajo y que, por consiguiente, la teora del valor deja de cumplirse, lo que concluye Marx es que, si esto fuera as (y lo inquietante es que acaba de demostrar que es as), desaparecera todo fundamento racional para la economa poltica.

Es decir: de lo que Marx est ms firmemente convencido es de que sin teora del valor no hay posibilidad de entender nada. Si los hechos demuestran que la teora del valor es falsa, no es que la teora sea falsa, sino que la realidad es incomprensible.

Como es sabido, hoy todo el mundo en economa est convencido de que la teora del valor es falsa (o por lo menos intil). Es fcil demostrar que es as, se dice a menudo. Lo verdaderamente desasosegante ante esta situacin es imaginar a Marx diciendo ms o menos lo siguiente: de acuerdo, pero que conste que, si acabarais por demostrar que la teora del valor es falsa, lo que estarais demostrando ms bien es que vuestra ciencia no es ms que una estafa.

Por qu, entonces, Marx est tan seguro de que no se puede renunciar a la teora del valor incluso cuando acaba de demostrar l mismo que la teora del valor no se cumple? Ser que en el fondo s se cumple? Ser que es posible encontrar la ley de transformacin de valores en precios? Este fue el camino que sigui la tradicin marxista con el famoso problema de la transformacin. En resumen, las mercancas se venden a un precio que es proporcional al capital invertido. Sin embargo, la teora del valor exige que los precios sean proporcionales a la cantidad de trabajo que ha intervenido en su fabricacin. A partir de aqu la tradicin marxista an no ha cesado de intentar encontrar un procedimiento capaz de transformar los valores en precios, en una dialctica que normalmente juega con lo que ocurre en apariencia y lo que ocurre en el fondo. En este gnero de argucias tericas esencia/apariencia, fondo/superficie, forma/contenido, etc.- se han escondido a menudo autnticos trucos de prestidigitacin que permitan al marxismo decir lo mismo y lo contrario al mismo tiempo con tan solo sacarse de la manga dos (o tres) niveles de anlisis. Ataviados de lgica dialctica, estos recursos se convirtieron en una continua estafa cientfica.

Este libro reserva una buena sorpresa al respecto. Lo que sus autores vienen a demostrar es que el problema que estaba en juego en esa tozudez marxiana por ligar la economa a la teora del valor no tena que ver con el asunto de que sta se cumpliera o no se cumpliera en la determinacin de los precios. Tena que ver, ms bien, con la delimitacin del objeto de estudio de la Economa y, en concreto, con la forma en la que hay que pensar la articulacin entre Mercado y Capital, por una parte, y entre Derecho, Ciudadana y Capital, por otra. Por decirlo rpidamente: que la cosa tena que ver, ms bien, con el problema de cmo se articulaban Ilustracin y Capitalismo en esa realidad a la que llamamos sociedad moderna.

Es decir, puede ser perfectamente falso que el valor-trabajo sea el determinante ltimo de los precios, sin que, por eso, la teora del valor tenga que ser rechazada. Pues podra ocurrir muy bien que la determinacin de los precios no fuera ni mucho menos aquello para lo que la teora del valor resulta imprescindible. Podra ocurrir muy bien que lo que se jugara en ella fuera ms bien la posibilidad de constituir un objeto cientfico propio para la economa poltica, de tal modo que sin ella la Economa misma se convirtiera en una estafa. Una cosa es que te falten las soluciones y otra que te falten las preguntas. Y podra ocurrir que la Economa no pudiera sino plantear mal todas las preguntas sin una previa aclaracin sobre la relacin entre Mercado, Capital y Ciudadana, es decir, sin una comprensin clara de la articulacin de esa sociedad, la sociedad moderna, cuya ley econmica fundamental trata Marx de esclarecer.

Desde luego este no es el camino habitual por el que ha transitado la resolucin del problema. Pero, en realidad, tampoco es el camino habitual por el que ha transitado la tradicin marxista en general, pues, como ya hemos sealado, el dilogo con la Ilustracin siempre qued supeditado a la acusacin vertida sobre el derecho burgus (y despus, tambin, sobre la ciencia burguesa, la moral burguesa, la filosofa burguesa, etc.). Hablando con CFL, a menudo lo hemos comentado: sera, desde luego, una extraa casualidad que nosotros hubiramos acertado a ver claro respecto de un problema en el que han zozobrado mentes muy lcidas, tanto en economa como en filosofa. Sera, desde luego, altamente improbable semejante agudeza o penetracin. Ahora bien, esta arrogante pretensin queda notablemente amortiguada si se atiende a algunas circunstancias importantes.

El problema de la transformacin entre valores y precios o lo que es lo mismo, el problema de la compatibilidad entre el Libro I y el III de El Capital o, en definitiva, el problema de la consistencia interna de esta obra- ha torturado a los mejores estudiosos y empantanado centenares de libros de los mejores economistas. Pero, quizs, lo que hay que explicar es, precisamente, el motivo de tanto reiterado naufragio. Tanta zozobra podra perfectamente explicarse si la discusin se hubiera planteado en unas circunstancias en las que era imposible atisbar la situacin; no, desde luego, porque faltara inteligencia o los tiempos no estuvieran maduros para ello, sino, porque sencillamente haba algn armatoste o algn trasto viejo taponando la salida. Por decirlo rpidamente: el corpus terico del marxismo impeda entender sin prejuicios, por ejemplo, la obra de Kant. En general, impeda un dilogo con el pensamiento de la Ilustracin como el que, sin embargo, han emprendido en Catalua algunos autores ligados a la revista Sin Permiso, como Joan Tafalla, Antoni Domnech o Joaqun Miras, o en Francia, Florence Gauthier.

CFL me deca que la suerte ha consistido en estar colocado en el sitio adecuado y en el momento adecuado: al leer el Libro III de El Capital, uno se da cuenta de que est situado en un sitio mejor para entenderlo que incluso aqul en el que estaba colocado Marx para comprenderse a s mismo. Hemos tenido un instrumento terico que la tradicin marxista no tena, porque era imposible en su poca. Que tampoco tenan los economistas, porque es imposible en su mbito, y que tampoco tena Marx. Cul? Bueno, hemos tenido una buena interpretacin de Kant a nuestra disposicin. Lo mismo que de Scrates, Platn o Galileo. En general, hemos tenido a nuestra disposicin una interpretacin de la historia de la filosofa con la que la tradicin marxista nunca pudo contar. En eso ha tenido mucho que ver la obra de Felipe Martnez Marzoa o los cursos de Mara Jos Callejo. Es posible que algo se deba a la lectura heideggeriana de la historia de la filosofa. Pero no porque Heidegger sea muy importante aqu sino porque lo que esa lectura tena de bueno es que era, al menos, una lectura. Y es que la tradicin marxista jams haba ledo bien a Platn, Kant o Husserl, porque ni siquiera haba llegado a leerlo mal! En cualquier caso, no haba entendido gran cosa. Por otra parte, la tradicin marxista, con su desprecio por el pensamiento burgus, haba tirado a la basura todo el pensamiento de la Ilustracin, que se remontaba a Scrates o a Platn.

Hay que decir tambin que todos nosotros hemos tenido, al mismo tiempo, la suerte de estar colocados ante un hecho histrico que serva muy eficazmente como un vastsimo laboratorio- para confirmar la validez de esta lectura de Marx. Hemos sido contemporneos de una revolucin latinoamericana que, por primera vez, camina hacia el socialismo por va democrtica (lo que ya haba ocurrido varias veces) y que por primera vez no han logrado abortar mediante invasiones, bloqueos o golpes de estado (lo que an no haba ocurrido nunca). As pues, una excepcin, tan interesante como suelen ser, para la historia de la ciencia, las excepciones. En su libro Comprender Venezuela, pensar la Democracia, CFL y LAZ defendieron y no hablaban en broma- que la revolucin bolivariana era el acontecimiento ms interesante de la historia de la Ilustracin desde que Robespierre fue guillotinado en 1793. El libro entusiasm a nuestra inolvidable querida amiga Eva Forest, que lo public en Hiru y luch para que se conociera en Venezuela, hasta que, finalmente, la obra recibi el premio nacional de ensayo Socialismo de siglo XXI y una mencin honorfica en el Premio Libertador.

Ahora es muy difcil hacer pronsticos sobre el camino que seguir la revolucin bolivariana en Latinoamrica. En todo caso, el golpe de Estado contra el presidente Chvez en abril de 2002 fue, en efecto, una excepcin a lo que CFL y LAZ han calificado como la ley de hierro del siglo XX: la instancia poltica jams logr enfrentarse con xito a la instancia econmica conservando al mismo tiempo el Estado de Derecho. Y ello no fue por un desvaro revolucionario, sino todo lo contrario: porque -como dijo Kissinger- entre salvar la democracia o salvar la economa, se eligi siempre salvar la economa (la economa de los ms poderosos, por supuesto); y se hizo mediante golpes de Estado, torturas, desapariciones y represin, a sangre y fuego.

Lo que la revolucin bolivariana en Latinoamrica ha estado a punto de demostrar (nadie puede saber si seguir por el mismo camino o si ms bien sucumbir al pragmatismo y la socialdemocracia) ha sido que el socialismo no slo puede llegar a ser compatible con la democracia, sino que lo es infinitamente ms que el capitalismo. Este es el verdadero motivo por el que todos los medios de comunicacin se volcaron enseguida en una campaa de desprestigio contra Chvez y la Venezuela bolivariana. Lo que poda hacerse visible ah era un ejemplo demasiado peligroso: un socialismo en estado de derecho.

CFL y LAZ han mostrado suficientemente cmo, durante todo el siglo XX, se abortaron sangrientamente todos y cada uno de los intentos de hacer compatible el socialismo con la democracia. Cada vez que las izquierdas ganaron las elecciones y pretendieron seguir siendo de izquierdas, un golpe de estado dio al traste con el orden constitucional (Espaa, 1936; Guatemala, 1954; Indonesia, 1965; Chile, 1973; Hait, 1991; y un largo etctera). Es lo que yo llam la pedagoga del milln de muertos: cada cuarenta aos ms o menos se mata a casi todo el mundo y luego se deja votar a los supervivientes. Esto es lo que normalmente se conoce como Democracia.

As pues, al comunismo no le qued nunca otra va que la revolucin armada. Pero no porque fuera incompatible con la democracia o el parlamentarismo, sino porque, por la fuerza de las armas, se impidi cualquier intento de que lo fuera. A este respecto, por supuesto, la revolucin bolivariana es solo a medias una excepcin. En primer lugar porque el socialismo le queda muy lejos todava, pero, en segundo lugar, porque no es cierto que no haya sido una va armada. Lo que ocurre es que, una correlacin de fuerzas absolutamente excepcional en el interior del ejrcito, ha permitido sostener armadamente la democracia bolivariana. De lo contrario, Venezuela habra sido ya invadida, o sin ms, habra triunfado el golpe de estado de 2002. Pero en esto, Venezuela no ha marcado la norma, sino ms bien la excepcin. No se puede tomar el ejemplo bolivariano para enmendar la plana a los movimientos revolucionarios del siglo XX. Otra cosa es que, bajo el paraguas de Venezuela (y por supuesto, de Cuba), haya sido viable una victoria electoral de Correa en Ecuador o de Evo en Bolivia (no as, en Honduras).

Ahora bien, por qu, durante todo el siglo XX, no se permiti ni una sola vez la existencia de una democracia en la que hubieran ganado las izquierdas? Por qu, ahora que ha resultado inevitable aguantar una excepcin, la reaccin de la prensa y los gobiernos occidentales ha sido tan furibunda y rabiosa? Por qu tanto miedo? Por supuesto, porque lo que no se poda permitir es que se hiciera visible que el socialismo era compatible con el Estado de Derecho. Pero, tambin, quizs, porque un socialismo en Estado de Derecho, sera, por primera vez, un verdadero Estado de Derecho. Es decir, porque retomara el proyecto poltico de la Ilustracin ah donde qued interrumpido con el ajusticiamiento de Robespierre y el golpe de Estado de Thermidor. Y porque, de este modo, podra hacerse patente todo aquello de lo que la Humanidad es capaz en Estado de Derecho.

Para plantear as las cosas haba que deshacer no pocos malentendidos sobre el proyecto poltico de la Ilustracin y todo aquello que la tradicin marxista haba insensatamente despreciado como derecho burgus, cosa que CFL y LAZ (en colaboracin esta vez con Pedro Fernndez Liria y Miguel Brieva) hicieron fundamentalmente en Educacin para la Ciudadana. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (Akal, 2008). Con todo, quedaba por hacer, por supuesto, lo principal: demostrar que esta postura poltica poda ser considerada marxista, es decir, que era compatible con una lectura posible de Marx.

Nuestras tesis quiero llamarlas nuestras con toda conviccin- han sido comprendidas e incomprendidas, como es lgico. Por parte de la derecha, como no poda dejar de ocurrir, recibidas con escndalo, con sorna, y a veces con histeria, pues al fin y al cabo se estaba reivindicando desde la extrema izquierda el nervio fundamental de su equipamiento conceptual: los conceptos fundamentales de la tradicin liberal. El escndalo que levant Educacin para la Ciudadana (Cfr. el prlogo a la segunda edicin) es, en realidad, una buena prueba de que la burguesa se senta enormemente cmoda y satisfecha considerndose la legtima propietaria del concepto de Ciudadana o de Estado de Derecho. Estos conceptos le resultan imprescindibles para construir lo que CFL y LAZ han llamado la ilusin de la ciudadana o el espejismo trascendental de la mirada poltica contempornea. Exigir que nos sean restituidos es la mejor forma de poner las cartas sobre la mesa y desvelar el totalitarismo econmico que organiza la sociedad capitalista.

Por parte de la izquierda ha habido ya algunos intentos de discutirlas y desautorizarlas1. Fundamentalmente, se ha negado que sean tesis posibles dentro del marxismo e incluso dentro del materialismo. El presente libro contiene una lectura exhaustiva de El Capital de Marx. No hay mejor ocasin para poner a prueba la pertinencia de estas crticas.

Santiago Alba Rico, Hortichuelas Bajas, 15 de agosto de 2009.

NOTA

1. Cfr., por ejemplo, Montserrat Huguet, Galcern "El sexo de los ngeles y el estado de derecho; sobre los libros de Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre, Comprender Venezuela , pensar la democracia (Hondarribia, Hiru, 2006) y Educacin para la ciudadana. Democracia, capitalismo y estado de derecho (Marid, Akal, 2007) en Youkali Revista crtica de las artes y el pensamiento N 5, pp. 143-150 (http://www.rebelion.org/mostrar.php?id=Galcer%E1n&submit=Buscar&inicio=0&tipo=5). Snchez Estop, Juan Domingo, De la Ilustracin a la Excepcin. Una discusin con las tesis del libro: Comprender Venezuela, pensar la democracia. Logos. Anales del Seminario de Metafsica, Vol. 40, 2007, ISSN: 1575-6866, pgs. 345-360. John Brown, Comunismo o polica. Reflexiones al hilo de dos artculos del nmero 100 de VIENTO SUR (Capitalismo y ciudadana: la anomala de las clases sociales, de Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero y Democracia burguesa: nota sobre la gnesis del oxmoron y la necedad del regalo, de Antoni Domnech) http://www.rebelion.org/mostrar.php?id=John+Brown&submit=Buscar&inicio=0&tipo=5.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lJV



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