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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-10-2010

Interrogantes tras la huelga general

Albert Recio
mientrastanto.e


I

La convocatoria de huelga general ha sido un xito. Especialmente si se compara con los presagios de das anteriores, con los sondeos que auguraban que una nfima minora de la poblacin ira al paro. El mrito es de los sindicalistas y de los activistas sociales que han realizado un esfuerzo de convocatoria y movilizacin a la altura de las circunstancias. Y han conseguido, cuanto menos, activar a sectores importantes de la clase trabajadora a pesar del desnimo, la ausencia de perspectivas, la precarizacin y el desempleo masivo. Una vez ms se ha puesto de manifiesto que los grandes sindicatos, UGT y CCOO tienen capacidad de llegar a muchas partes y de promover procesos sociales de gran envergadura. Mrito tambin de los sindicatos menores, crticos habituales de los grandes, pero que han comprendido que el envite era crucial y han aportado tambin su parte de esfuerzo al xito de la jornada. Y mrito sin duda de los millones de personas que antepusieron su dignidad y sus principios al temor a las represalias, a la prdida de ingresos y a los argumentos de la reaccin a favor de la pasividad.

El que el paro no fuera total forma parte de la normalidad. En todo el mundo las huelgas generales suelen ser como sta: paros y manifestaciones importantes sin colapso total. Especialmente en un pas donde se aplican servicios mnimos. Y resulta errneo comparar cualquier movilizacin de este tipo con la del 14-D de 1988 cuando el paro fue espectacular. Pero all confluyeron tantos elementos favorables que difcilmente se repetirn: desde el fundido en negro de TVE a las 12 de la noche hasta el apoyo evidente de la derecha a la huelga, pasando por el pnico generado desde el propio Gobierno que, posiblemente, sirvi para que muchos establecimientos cerraran de motu propio por temor a los piquetes. Despus, todo el mundo aprendi lecciones y el resto de huelgas generales han sido parecidas: movilizaciones fuertes pero no colapsos totales. Lo que permite a los medios de comunicacin realizar valoraciones en funcin de su posicionamiento previo, en la mayora de casos minimizando su impacto. Sin embargo, los nmeros indican que la actual ha sido una movilizacin parecida a la del 2002 frente a Aznar, a pesar de desarrollarse en una coyuntura ms difcil. Y sirve al menos para demostrar dos cuestiones bsicas: que, a pesar de la impotencia, una parte importante de la poblacin es consciente de la estafa colectiva que est padeciendo; y que los sindicatos tienen ms apoyo social efectivo del que resulta de algunas encuestas.

II

El perfil de la movilizacin muestra, una vez ms, la complejidad de la poblacin asalariada. La incidencia de la huelga fue desigual. Los ncleos industriales fueron una vez ms el centro de la movilizacin, aunque tambin se sumaron nuevos asalariados de los servicios. Donde el paro fue sin duda menor fue entre los sectores de asalariados profesionales, muchos en el sector pblico. Un segmento de poblacin que, pese a haber experimentado la agresin de un importante recorte salarial, sigue manteniendo comportamientos insolidarios de clase media, atrapado en su individualista visin de la carrera profesional. Y, en algunos casos, claramente alineado con la derecha, como se ha constatado en el pasado con algunas huelgas profesionales (mdicos, jueces...) o como se constata ahora viendo la proclama anti-huelga del CSIF en la que el boicot al paro se justificaba con un argumento corporativista: que los funcionarios ya haban hecho su huelga y no deban perder ms dinero con otra (se supone de la casta inferior). La ampliacin de la movilizacin a estos sectores va a seguir siendo difcil y exige pensar en un trabajo cultural especfico.

En otro plano distinto, esta huelga trajo tambin una novedad poltica, la de sectores radicales que trataron de generar su movilizacin alternativa ante lo que ellos consideran responsabilidad de los sindicatos en la situacin actual. Su importancia numrica no es grande, aunque sus acciones acaban teniendo bastante eco meditico. Seguramente su incidencia local es variable, pero en ciudades como Barcelona la influencia de este argumentario ha calado en una parte no desdeable del activismo social. Cualquiera que tuviera acceso a los debates que circulan por la red poda advertir la amplitud relativa de un espacio en el que cualquier estructura institucionalizada es vista como parte del sistema, donde los sindicatos ocupan el mismo espacio que los financieros y los polticos, donde est ausente toda reflexin seria sobre los mecanismos de dominacin y consenso social y donde continuamente se confunde la opinin personal con la de pomposos movimientos sociales. Ciertamente, se trata de un nuevo tipo de movimiento social cuya caracterstica ms preocupante es su incapacidad de entender que cualquier cambio social relevante exige comunicacin, creacin de empata, dilogo, complejidad, mediaciones... Muchas de las nuevas actitudes son reflejo de la propia impotencia, frustracin y desorientacin que genera el momento, a lo que hay que aadir tambin los propios errores y sectarismos que emanan las organizaciones tradicionales. Pero, ms all de lo llamativo de sus insensatas intervenciones, lo realmente crucial es analizar cmo conseguir que esta base de activismo social deje de ser un espacio autorreferencial que esteriliza esfuerzos, genera tensiones innecesarias en las grandes luchas sociales y bloquea ms que activa procesos sociales.

III

La huelga ha sido un xito en tanto respuesta social a las polticas del Gobierno. Difcilmente lo va a ser en lo que respecta a conquistas tangibles. El Gobierno no va a retirar la reforma laboral. Y nada apunta a que vaya a hacer muchas concesiones en el caso de la reforma de las pensiones. Las razones de este enroque son diversas y fcilmente reconocibles. Empezando por el recobrado poder (si es que alguna vez lo perdieron) del sector financiero y sus adlteres, las organizaciones internacionales que no estn dispuestas a soltar la presa (FMI, OCDE, UE) y no van a permitir ningn relajamiento en las polticas sociales. Por otro lado, el frente interno representado por los poderes econmicos del pas y en el que tambin se cuentan los asesores econmicos de ms prestigio (empezando por el todopoderoso Gabinete de estudios del Banco de Espaa). Y tambin, porque Rodrguez Zapatero ha optado por dotarse de una imagen de firmeza y seguridad, incluso de una cierta aureola de poltico que sacrifica su prestigio e ideales en aras a su responsabilidad, como va para tratar de escapar a lo que puede ser su jubilacin anticipada .

En el marco actual hay poco margen para la negociacin. Lo mismo ocurri tras la huelga de 1994 que fue incapaz de alterar el signo de la poltica laboral y social.

El dilema para los sindicatos es cmo seguir. Continuar la escalada de movilizaciones es una posibilidad. De hecho, es lo que piden los sectores ms radicales. Pero el ejemplo de Grecia o Francia tampoco genera demasiado optimismo por cuanto la sucesin de meritorias luchas es insuficiente para alterar las polticas. ste es el drama de los prximos tiempos. Y es el drama que hace aos atenaza al movimiento sindical. El desplazamiento de los partidos socialdemcratas hacia el espacio neoliberal deja sin referente en el campo poltico a las luchas sociales. Permite incluso que su discurso sea presentado como un mero reflejo de intereses particulares (el de las burocracias sindicales, los de los trabajadores con empleo estable....). Y est claro que la movilizacin debe, de un modo u otro, continuar.

Para afrontar la actual situacin se requiere, a mi entender, la suma de diversos aspectos. El primero, el desarrollo de un proyecto social alternativo al neoliberal en el que puedan insertarse con una cierta coherencia las demandas sociales. Es una tarea difcil y que exige un importante esfuerzo de reflexin, elaboracin y propuesta. Slo posible si se consiguen aunar energas e iniciativas sociales diferentes que cristalicen un mnimo referente, lo que requiere desarrollar procesos que vayan en esta direccin. En segundo lugar, la posibilidad de que alguna fuerza poltica recoja este impulso y permita cuanto menos quebrar la total hegemona neoliberal en la esfera poltica. Algo que va ms all incluso del espacio nacional o estatal. No es tampoco un proceso sencillo en ningn pas, pero resulta ms necesario que nunca. En Espaa ello es an ms difcil por la incapacidad de una parte del movimiento sindical, hasta el momento, de distanciarse del PSOE, y por la existencia de los problemas de configuracin nacional que complican los encajes. Y en tercer lugar, el despliegue en la sociedad de una actividad cultural, prepoltica, orientada a deslegitimar la propaganda neoliberal, a romper el fraccionamiento social, a desarrollar la participacin y la reflexin. Demasiadas tareas para sindicatos que padecen tambin de acomodamiento y burocratizacin. Pero sin generar dinmicas en estos tres campos tenemos polticas neoliberales y desastres sociales para mucho tiempo.

De hecho , el actual techo de movilizacin ya se experiment en 1994. Entonces, la respuesta sindical fue un repliegue respecto a sus posiciones anteriores (la Propuesta Sindical Prioritaria, de corte socialdemcrata avanzado, y la actitud movilizadora que tuvo lugar en el perodo 1988-1992) y el predominio de unas polticas de concertacin social de bajo perfil. El crecimiento econmico posterior a 1995 y las tmidas polticas reformistas del primer gobierno Zapatero permitieron que se dieran modestsimos avances sociales o que, cuanto menos, el desastre social tuviera niveles tolerables (en gran medida porque los mayores costes del mismo fueron sostenidos por el nuevo ejrcito de reserva de los recin llegados, ellos mismos ms dispuestos a tolerar unos costes sociales aceptados como peaje de entrada). Puede que despus de la Huelga y la constatacin de la imposibilidad inmediata de revertir la situacin la tentacin del regreso a la normalidad vuelva a presentarse. Pero no parece que la coyuntura vaya a ser igual de permisiva que en el pasado. Ante la prolongacin y endurecimiento del contexto actual es hora de tomar en serio la necesidad de un cambio de estrategia.

IV

La convocatoria de Huelga General ha dado entrada a una nueva lnea poltica por parte de la derecha. En sus medios de comunicacin (mayoritarios) la crtica a la convocatoria ha estado directamente orientada a la criminalizacin de la accin sindical, a reclamar polticas dirigidas directamente a quebrar las estructuras sindicales. Nunca la derecha ha sido favorable a los sindicatos, sus intereses de clase se manifiestan ms claramente que en la izquierda, pero ahora el tono y las propuestas se han elevado a unos extremos que retrotraen a los tiempos de Margaret Thatcher o a los EEUU pre y post fase keynesiana. Haciendo un resumen de lo que estos das han largado los numerosos contertulianos y editorialistas de derechas, el lema podra ser el de sindicalista bueno, sindicalista muerto y la plasmacin poltica de ste, medidas orientadas a eliminar a los sindicatos del mundo laboral. Como las propugnadas por esa aspirante al puesto Thatcher del Manzanares por el que trabaja con denuedo Esperanza Aguirre.

Detrs de esta ofensiva puede haber simple maniobra poltica de corto alcance encontrar un discurso propio en un conflicto en el que el protagonismo corresponda a Gobierno y sindicatos o un nuevo y peligroso giro a la derecha, cuya plasmacin se concretara tras una victoria electoral del Partido Popular. La idea de liquidar a los sindicatos ha estado presente en toda la historia del capitalismo y se ha traducido en prcticas diversas en los planos legal (prohibiciones, normas de control, etc.), represivo y socio-organizativo. Un estudio atento a los cambios en la organizacin del trabajo permite reconocer el objetivo antisindical como uno de los factores que juegan en las dinmicas de cambio organizativo. Una huella que es visible en el desarrollo del taylorismo y el fordismo a principios del siglo pasado y que es asimismo palpable en los cambios en la organizacin empresarial a partir de la dcada de los setenta. La fragmentacin de la estructura empresarial, las polticas de subcontratacin en cadena y muchas de las medidas de flexibilidad tienen como uno de sus objetivos aumentar el control sobre la fuerza de trabajo, lo que incluye minimizar el papel y alcance de la accin colectiva. Las polticas antisindicales son patentes en diversos modelos de capitalismo hegemnico, como el norteamericano previo al New Deal, el japons o el chino. Sin descontar todos los regmenes dictatoriales en los que el antisindicalismo ha constituido un rasgo esencial. El antisindicalismo forma parte de la matriz ideolgica de la derecha espaola desde el inicio de la industrializacin. Ahora que las reformas ya han abierto paso a la individualizacin de las relaciones laborales (va despido basura y posibilidades de descuelgue generalizado de los convenios sectoriales) la tentacin de acabar la faena con una remocin de las bases institucionales de la actividad sindical no constituye en absoluto una amenaza menospreciable. Y si fuera as estaramos asistiendo a la primera ofensiva de una batalla que podra continuar un posible Gobierno del PP. O que, cuando menos, le servira para paralizar la accin de los sindicatos con la amenaza de nuevas derogaciones de derechos si se portan mal. Algo de ello ya ocurri en el primer mandato de Aznar, cuando UGT y CCOO prefirieron optar por una poltica de moderacin por temor a la aplicacin de reformas laborales ms drsticas.

Por tanto, no hay que despreciar la posibilidad de que estemos asistiendo a la apertura de una nueva ofensiva antisindical contra toda forma de accin colectiva autnoma de la poblacin asalariada. Y para evitarlo tambin es necesario desarrollar una poltica de amplio alcance que genere una resistencia social de suficiente envergadura. Los sindicatos, especialmente los grandes, deben ser conscientes que si bien mantienen una importante presencia social tienen un bajo nivel de aprecio y estima en amplios sectores de asalariados. Que en la situacin de desconcierto actual las propuestas populistas, profundamente antidemocrticas y antiobreras pueden pescar en ro revuelto. Y que sin una mayor sensibilizacin y acercamiento a las bases sociales el peligro puede traducirse en desastre.

Que una amenaza exista no garantiza que se adopte la respuesta adecuada. De hecho la misma puede traducirse en una continuidad de las polticas sindicales actuales. Y seguir confiando en el papel del PSOE como mal menor. Para Zapatero las bravuconadas antisindicales de la derecha le pueden resultar una baza a jugar. Los guios que l mismo y sus ministros han realizado ante la huelga indican algo al respecto. Pero alguien que slo ofrece sumisin al sistema financiero, que ataca con tanta insensatez el sistema de negociacin colectiva, no debera poder presentarse nunca ms como garante de derechos sociales en los que cree poco. El momento es de giro estratgico, de trabajo duro y de resistencia inteligente. Quien no lo entienda puede ser la prxima vctima de un proceso que de momento ya ha dejado a millones de personas en la inseguridad del desempleo, la precariedad laboral, el endeudamiento y los problemas de vivienda.

V

La Huelga General ha evitado lo peor, el fracaso de la movilizacin. Y con ello ha mostrado que an queda capacidad de resistencia social. Pero los tiempos siguen siendo duros y exigen de todos honestidad intelectual, coraje y trabajo para afrontar en serio la amenaza de un mundo con muchas desigualdades, pocos derechos sociales, escasa democracia y desastre ambiental a la vuelta de la esquina. La lucha debe seguir: en los centros de trabajo, en la calle, pero tambin en la produccin de proyectos, de referencias culturales, en la generacin de solidaridad y empata entre los que seguimos pensando que un puado de potentados no tienen derecho a dominarnos.

Fuente: mientrastanto.e Nmero 83 Octubre de 2010. 



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