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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-10-2010

Los sindicatos entre la espada y la pared

Pedro Montes
Rebelin


Lamento utilizar un ttulo tan falto de originalidad, pero no encuentro otro mejor para expresar mi opinin sobre la situacin de los sindicatos mayoritarios tras la huelga general, para los cuales se han reducido acusadamente los mrgenes de sus opciones y la libertad para elegirlas.

Durante muchos aos CCOO y UGT han desempeado el papel de interlocutores institucionales de la clase obrera, con dos rasgos principales en ese desempeo. Por un lado, han cedido continuamente derechos y aprobado retrocesos en sus condiciones de vida sin oponer ninguna resistencia, o resistencia digna de mencin. Por otro, han aceptado ideolgicamente las concepciones del neoliberalismo y la creacin de la Unin Europea bajo sus dogmticos criterios. Han colaborado, pues, con el pensamiento dominante sin crtica alguna, como si fuera imposible otra sociedad

Como era inevitable, esta trayectoria prolongada ha producido un desprestigio generalizado de los sindicatos en el cuerpo social y un descrdito considerable entre los trabajadores. Instalados, por as decirlo, en el poder, pensaban que haban encontrado un punto de equilibrio estable: la burocracia, al precio de desfigurar el papel histrico y la naturaleza reformista y reivindicativa de los sindicatos, ganaba una presencia compensatoria en la vida social y poltica del pas. Era un lugar comn afirmar que los sindicatos se haban convertido en instituciones que defendan y consolidaban el sistema.

As andaban las cosas. En una conversacin privada con un relevante dirigente sindical, al que le expuse que en mi opinin estaban muy perdidos porque no haban entendido la gravedad de la crisis econmica, sus causas y la ofensiva que desatara contra los trabajadores, me contest que esa preocupacin ni siquiera rozaba a los sindicatos, que estos no se moveran de su posicin y que desde luego nunca respaldaran aventuras izquierdistas, por motivadas que estuvieran para algunas fuerzas polticas. Era el tiempo en que en IU haba abierto un proceso para girar a la izquierda, desligarse del PSOE y democratizar la organizacin, que culmin con la llamada refundacin (un tema importante que no trato).

Transcurrido el tiempo y estallada la crisis, los sindicatos mayoritarios no movieron ficha y siguieron actuando de la misma forma, slo que cada vez las agresiones y amenazas sobre los trabajadores cobraban ms fuerza, y por lo mismo sus mrgenes se iban estrechando. Hasta que, como es sabido, el gobierno del PSOE, en mayo de este ao, se quit la mscara y emprendi una poltica de una dureza inslita y extrema. Con ello, los sindicatos mayoritarios vieron cmo se levantaba una espada que entraaba peligros nefastos para la clase obrera y tambin, no dir sobre todo, para los propios sindicatos.

No tuvieron otra opcin ante la corrosiva reforma laboral que levantarse de la mesa de negociacin, a la que parecan firmemente atornillados, y convocar la huelga general. Era una decisin inevitable pero tambin bastante arriesgada, de ah postergarla varios meses, por la desconfianza que suscitaban entre los trabajadores y la desmovilizacin social existente. La huelga en la funcin pblica estaba reciente. Con generosidad e inteligencia, el resto de los sindicatos y los movimientos sociales, por encima de esa desconfianza y superando reticencias bien fundadas, dieron su apoyo a la huelga general al entender que la convocatoria era, en suma, un llamamiento a la protesta social y una oportunidad para impulsar la reactivacin de los trabajadores y los sectores sociales ms desfavorecidos. Con ese apoyo, poco menos que se garantiz el xito de la huelga, un xito que de otra forma no se hubiera producido.

Sin duda, la huelga general ha sido una gran huelga, en el sentido de que ha sido la mejor huelga que poda lograrse en las condiciones en que se daba: desmovilizacin social, profunda desorientacin ideolgica de la izquierda, debilidad manifiesta de sta, desprestigio de los sindicatos, ofensiva terrorfica de la derecha, coaccin empresarial, paro masivo, precariedad extrema, etc.

La espada est levantada. Zapatero, como un iluminado dispuesto a suicidarse por la causa, se ha propuesto llevar a cabo la reforma de las pensiones antes de que acabe el ao y dice estar dispuesto a hacer todo lo que sea necesario, le cueste lo que cueste, para superar la crisis econmica neoliberal con ms neoliberalismo, en un contexto de presin sin tregua de las instituciones internacionales y los mercados financieros. No cabe engaarse respecto a la continuidad de las agresiones que se intentarn contra los trabajadores.

Pero a los sindicatos mayoritarios se les ha levantado una pared: la pared del propio xito de la huelga general y la confianza que se les ha otorgado por parte de la izquierda para defender a partir de ahora los derechos de los trabajadores y el resto de capas sociales gravemente perjudicadas por la crisis. No quiero imaginar el desastre que se originara si los sindicatos frustraran las esperanzas que han suscitado y la confianza que se les ha depositado y de nuevo se plegaran mansamente, sin lucha, a las imposiciones del gobierno. La izquierda desaparecera del mapa por mucho tiempo y la ofensiva de los poderes econmicos contra los trabajadores se convertira en un paseo militar con efectos destructivos desoladores. Dejemos de pensar en esa alternativa. La otra no puede ser ms que la de prepararse para una lucha sin cuartel, dura y prolongada.

Muchas cosas han de cambiar con respecto al pasado para qu CCOO y UGT recuperen la identidad perdida de sus organizaciones y alcancen a comportarse como exigen las circunstancias dramticas en que est sumida la sociedad espaola. Hace falta, en primer lugar, un ejercicio de modestia y generosidad. Modestia para entender que ellos solos no pueden resistir la ofensiva que se avecina. Generosidad para integrar a otros sindicatos y a los movimientos sociales en las luchas que habrn de generarse, y esto tanto a nivel de las cpulas como en los niveles de base, incluidas las empresas donde la competencia sindical, siendo inexorable, no tiene por qu ir acompaada de menosprecio y prepotencia.

Es hora de entender que en gran medida el desgarramiento sufrido por el mundo sindical se deriva, junto a la poltica seguida, de prcticas sectarias y actuaciones inadmisibles. No preciso dar ejemplos, pero est en la mente de muchos los abusos cometidos. Los sindicatos mayoritarios deben participar, con su fuerza reconocida, pero sin imposiciones, en las plataformas sociales que se han levantado y seguirn montndose. Como decimos, sin prepotencia, sin desprecios innecesarios. Hay ejemplos localizados en el proceso de preparacin de la huelga general que debieran constituir el modelo de relaciones que han de regir con carcter general a partir de ahora.

En segundo lugar, los sindicatos han de hacer un ejercicio de anlisis y reflexin sobre la crisis que afrontamos. Es intil ahora tratar de levantar reivindicaciones que en lo fundamental pretendan recuperar el terreno perdido. Y no porque esto no sea justo, y no porque no haya que reclamar cambios que restituyan derechos y mejora de las condiciones de vida de los trabajadores (en el terreno fiscal, en la proteccin al paro, en el mantenimiento de las pensiones.) sino porque los cambios ocurridos y el contexto de crisis hacen imposible desandar lo recorrido, al menos por el mismo camino. La destruccin, por ejemplo, de puestos de trabajo no es una evolucin reversible por voluntad y lucha. La degradacin de los servicios sociales reclama un cambio de poltica tan pronunciado y duradero que no est al alcance de las luchas momentneas que ahora puedan hacerse. Porque, y este es un problema bsico que han de incorporar los estrategas sindicales, la economa espaola est sumida en una crisis tan profunda y en ciertos aspectos tan irresoluble que concatenar reivindicaciones sin plantearse las posibilidades del sistema para satisfacerlas es adentrarse en un callejn sin salida. Se suele decir que son ms fciles a veces los cambios radicales que los cambios graduales, algo que puede aplicarse al momento actual. No hay que juzgar con benevolencia a Zapatero, pero hay que entender que est atrapado en una situacin inmanejable.

Y esto nos lleva a un tercer aspecto de los cambios que han de realizar los sindicatos. Hasta ahora se sentan cmodos en el orden establecido, o en todo caso pensaban que este orden era en el fondo inamovible. Pues bien, la salida de la crisis, todo el conflicto social que est generando tiene al final un componente esencialmente poltico. Sin comprender esto es imposible trazar una estrategia til para afrontar los tiempos que vienen. Sin un proyecto poltico global que combata el neoliberalismo y el marco impuesto por la Europa de Maastricht es imposible resolver esta crisis. Sin entender que el sistema est en bancarrota y que toda solucin requiere como condicin indispensable construir otro modelo econmico y social en el que el Estado recupere los resortes, instrumentos y objetivos que en otros tiempos tuvo para conducir la poltica econmica y social es instalarse en la utopa reformista, es darse calamones contra la pared que cierra las salidas.

Una construccin de Europa con criterios distintos de los que emanan de Maastricht podra ser una solucin. Una Europa donde un poder supranacional cubriese las cesiones de soberana que han ido haciendo los gobiernos a favor de los mercados, una Europa encaminada firmemente hacia la unidad econmica social y poltica sera indiscutiblemente el mejor de los objetivos por los que luchar. Pero, en mi opinin, en la medida en que tal objetivo atae a nada menos que 27 pases en la actualidad, recorridos por divisiones y discrepancias de todo tipo, es irrealista planterselo.

En mi experiencia, oyendo a los lderes sindicales en sus intervenciones ligadas a la huelga general, han empezado a revisar sus posiciones en un sentido correcto: el neoliberalismo ha declarado una guerra y hay que defenderse. Pero estn pendientes de dar un paso esencial y sacar la conclusin pertinente por dura que resulte: que este sistema no nos sirve, que nos lleva a la catstrofe. Y si de sistema hablamos, la poltica ocupa un lugar central, ineludible, que los sindicatos debieran pensar en atender, ellos, y por su gran influencia, el conjunto de las fuerzas de la izquierda luchadora. La necesidad de convergencia de las fuerzas antisistema es una exigencia inexorable para cubrir los mnimos que nos reclama una situacin tan grave y dramtica como la que nos queda por vivir.

Hay, por lo dems, algunos aspectos relacionados con la preparacin y el desarrollo de la huelga general que me gustara comentar porque siendo de una naturaleza diferente son importantes para la lucha del futuro. Que el movimiento obrero y los sindicatos en particular estaban desentrenados para acometer el maratn de la huelga general es algo evidente. Repentinamente se ha debido pasar de la pasividad a una actividad frentica, lo que si en lo personal es difcil en lo social es imposible. Muchos aos de no hacer ni siquiera una modesta tabla de gimnasia han adormecido los msculos, oxidado las articulaciones y debilitado la fuerza de la pegada. Para el futuro, ese abandono fsico hay que desterrarlo, y aunque slo sea para mantener en cierta forma, que no es el caso ahora, el movimiento obrero no debe pararse.

Pero esa falta de actividad sindical tambin se ha traducido en una prdida de convicciones y energa en los miembros activos de los sindicatos. Se trata en este caso de algo sutil, como de la psicologa o el estado de nimo que predomina en estos activos. Los piquetes, por as decirlo, han sido en general blandos, hay miedo, hay poca rebelda latente en los que participan en ellos, se pliegan dcilmente muchas veces a las pretensiones de la polica y, en fin, no actan con la contundencia debida en un intento como la pasada huelga general de hacerle ver a la sociedad que los trabajadores estn hartos de tantos abusos e infamias como se cometen con ellos. La noche de la huelga, por ejemplo, los taxistas de Madrid se pavoneaban delante de piquetes de cientos de personas de que ellos ejercan su derecho al trabajo.

Por lo dems, una huelga general o cualquier actividad movilizadora de los sindicatos requieren, como si de una operacin militar se tratara, de cierta planificacin y solvencia a la hora de ejecutarse. La espontaneidad prima sobre la previsin y los muchos cabos sueltos estropean los resultados visibles de una huelga general. Por ejemplo, no es concebible que el Metro de Madrid operase el da 29 con plena normalidad, sin que se produjera intento alguno de perturbar su funcionamiento. El sindicato de conductores no convoc la huelga pero ello no deba ser obstculo para que los sindicatos convocantes hiciesen su trabajo. Por otro lado, dada la dispersin sindical existente, los sindicatos mayoritarios deben ganarse el respeto y la solidaridad de todos mostrndose generosos y solidarios en la huelgas sectoriales o de empresa que no estn dominadas por ellos. Es tiempo de unidad, convergencia y sentido de clase.

Se abre un perodo muy duro para los sindicatos, los trabajadores y el conjunto de la izquierda, a pesar del xito de la huelga general. Hay que revisar actitudes, mtodos de trabajo en las movilizaciones ahora que todo est reciente y las carencias manifiestas, y profundizar en el anlisis de la crisis, las posibles salidas y las exigencias polticas que la excepcionalidad de estos tiempos impone. Nada debiera ser descartado, incluida la unidad orgnica de los sindicatos y la articulacin poltica de toda la izquierda dispuesta a combatir el desorden existente e insuflar vida a la idea del socialismo.

Pedro Montes es miembro de la Coordinadora Federal de Socialismo 21

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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