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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-10-2010

Reflexin en torno a un desfile

Alberto Piris
Repblica de las ideas


Contemplando la exhibicin de fuerza militar que tuvo lugar el pasado martes en el espectacular escenario del madrileo paseo de La Castellana, era inevitable entornar los ojos y dejarse arrastrar por una reflexin sobre el poder. No se trataba, claro est, de rememorar aquel poder militar de las legiones victoriosas que regresaban de luchar en tierras brbaras y que, desfilando a travs de Roma, no vacilaban en imponer por la fuerza un nuevo emperador, cuando esto placa a sus centuriones.

Mucho han evolucionado los ejrcitos desde entonces, pero la Historia est repleta de intervenciones de la fuerza militar, que ha sido un factor hegemnico y preponderante incluso despus de que la mayora de los Estados modernos aceptara el reparto de poderes que sistematiz Montesquieu, reflejando en sus constituciones democrticas la sumisin de la fuerza militar a los legtimos poderes del Estado.

Era inevitable relacionar lo que nuestros ojos observaban aquella maana con otros momentos de la Historia ms reciente. Como el aplastante poder de aquellos cazabombarderos de la Fuerza Area chilena que con su fuego contribuyeron a deponer al presidente democrticamente elegido por el pueblo, cuando desde el aire que seoreaban sin enemigo a la vista atacaron el Palacio presidencial santiaguino en septiembre de 1973. Naturalmente, son muchas ms imgenes las que suscita la imponente presencia de los carros de combate, esos monstruos acorazados, ruidosos y letales, que en numerosas ocasiones han exhibido sus poderosas armas frente a los ciudadanos inermes, como ocurri en Praga (1968), en Valencia (1981), en Tiannamen (1989) y en otras lugares.

No son imprescindibles los tanques, como intent mostrar el golpista Tejero, para cambiar el rumbo poltico de un pas. A veces, basta con la Infantera a pie. En octubre de 1981, durante un desfile militar y mientras los aviones trazaban en el aire los colores de la bandera egipcia, desde un vehculo militar que estaba desfilando en su honor descendieron los soldados que asesinaron a tiros al presidente de Egipto, Anuar el Sadat.

Esas penosas imgenes se disipan con una sensacin de alivio y esperanza en esta Espaa de 2010, cuyas Fuerzas Armadas han encontrado su lugar apropiado en el entramado de un Estado democrtico y de derecho, y han abandonado la vieja y enraizada tendencia, que muchos conocimos y vivimos desde dentro, de erigirse en columna vertebral de la Nacin, en vez de ser, como corresponde a la legitimidad poltica, el brazo armado del Estado. Tras un largo y difcil proceso, no exento de conflictos, los ejrcitos espaoles han dejado de ser temidos, no generan desconfianza en el pueblo que los sostiene y han asumido, con plena naturalidad, una amplia gama de misiones inimaginables aos atrs.

Sin embargo, all mismo, junto a las tropas de la parada, se observaban elementos de otros dos poderes que, no incluidos en la triloga tradicional, estn llegando a ser ms temibles que lo que fueron los ejrcitos de nuestro pas en el pasado. Dos poderes que de hecho configuran el mundo de hoy y que con frecuencia obligan a plegarse a sus deseos a quienes ostentan el poder ejecutivo, el legislativo o el judicial, como observamos que ocurre en Espaa y en muchos otros pases.

Unos grandes edificios que jalonaban la carrera del desfile, coronados por las siglas de establecimientos bancarios y financieros, nos recordaban dnde reside parte de otro poder que influye decisivamente sobre los tres poderes habituales. No era el poder financiero de las entidades all representadas, al fin y al cabo, aclitos de otro poder superior, cuyas decisiones se toman en Nueva York, Tokio, Londres o Frankfurt, y cada vez ms en Singapur y otros centros financieros del Este asitico. Es el mismo poder que ha desencadenado la actual crisis econmica (la que ha obligado a reducir el nmero de tropas participantes en el acto motivo de estas reflexiones), un poder que apenas admite intromisiones sobre sus mtodos y designios, y del que depende la suerte de millones de ciudadanos en todo el mundo, que poco o nada podemos influir en l. Los que comprobamos que las libertades democrticas no nos dan para mucho ms que para votar a nuestros dirigentes polticos, situados a un nivel que, visto desde Wall Street o desde la City londinense, es meramente insignificante, cuando no subordinado.

El otro poder al que me refiero era ms visible: los medios de comunicacin y la profusin de periodistas, cmaras e informadores. Montesquieu no lo previ, y en El espritu de las leyes no pudo imaginar que la televisin llegara a decidir quin haya de gobernar un pas; que una presentadora de un vulgar programa popular pudiera aspirar a una candidatura poltica o que las encuestas se erigieran en textos sagrados sobre los que basar trascendentales decisiones polticas. Ni que el perfecto maquillaje de un candidato o el sudor de otro contribuyeran a decidir el sentido del voto de un ciudadano tericamente libre, pero degenerado en simple consumidor de informacin. O que un alto cargo poltico temiera ms al director de un peridico que a un golpista militar.

As pues, querido lector, opine usted mismo: dnde estn los ocultos poderes que desde lejos rigen nuestras vidas? Evidentemente, no entre los caones y los sables que el cielo de Madrid ilumin ese da.

Fuente: http://www.republica.es/2010/10/14/reflexion-en-torno-a-un-desfile/



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