Portada :: Espaa :: 29-S Huelga General en Espaa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-11-2010

Pese a las movilizaciones en Europa y el relativo xito de la huelga general del 29-S, no se vislumbran cambios en las polticas econmicas ni del Gobierno espaol ni de la UE
La pieza que falta: polticas tras el 29-S

Raimundo Viejo Vias
Diagonal


El xito de la movilizacin del pasado 29-S se arriesga a empantanarse en la arena poltica. A diferencia de Francia, donde una serie de huelgas sostiene la creciente ola de movilizaciones contra los ataques de Sarkozy, aqu parece que la huelga haya consumido toda la combatividad de CC OO y UGT.

Tras el 29-S, el silencio. El otoo caliente que nos prometan parece que no pasar de octubre y ya se nos ha echado encima un crudo invierno de recetas neoliberales. Y mientras que en Francia van a por la octava, aqu parece que tendremos que ver cmo el PSOE completa su giro neoliberal prcticamente sin oposicin, retardando la jubilacin a los 67 aos y ampliando el clculo de las pensiones de 15 a 20 bajada efectiva de un 5,54% en las pensiones resultantes.

Sin embargo, aqu como all, una misma poltica provoca rechazo: otra vuelta de tuerca neoliberal a la que la izquierda gestionaria, desde el PSOE a las grandes centrales sindicales pasando por la izquierda subalterna (IU-ICV, ERC, BNG, etc.), no sabe o, peor an, no quiere dar respuesta ni batalla. Ciertamente, en Francia esta izquierda claudicante y claudicada puede sumarse a las luchas con la misma facilidad con que la izquierda que nos gobierna se incorpor en su da contra la LOU, el Prestige o la Guerra. La pregunta, no obstante, no es quin nos causa el mal, sino cmo nos defendemos de esta izquierda que acepta el papel de alternante en el turnismo neoliberal.

Antes de nada urge comprender la naturaleza de la crisis, la manera en que afecta al trabajo al tiempo que afirma el mando del capital. Desde que a principios de los 80 el neoliberalismo emprendiese la estrategia de readaptacin del mando al desafo de la ola de movilizaciones de los 60 y 70, hemos asistido a una lenta agona de una modalidad de trabajo; un trabajo que haba sido constitucionalizado tras la segunda postguerra mundial por medio del wellfarismo y la accin social concertada la negociacin colectiva que implicaba en el mando a las grandes agencias del trabajo: las centrales sindicales.

Modelo productivo

En el caso de las dictaduras del Mediterrneo slo en la segunda mitad de los 70 se produjo esta incorporacin al capitalismo europeo occidental. El crecimiento de las ltimas dcadas, sin embargo, no modific sustantivamente el modelo productivo. Turismo y construccin, sabido es, han sostenido el crecimiento en un pas que liquid industrias enteras o las vendi a los socios europeos en la firme conviccin de que el proceso de unificacin econmica europea revertira en beneficio propio.

Los tiempos del europesmo pasaron y el repliegue sobre los Estados nacionales se dej notar, si bien no en la variante de un europesmo de clase, sino ms bien de reacciones resistencialistas y defensivas a la manera del no francs al Tratado de Constitucin Europea. Sintomticamente, ha sido la extrema derecha y no la extrema izquierda quien ha acabado capitalizando la crisis del proyecto europeo. No defendemos con esto el TCE, claro est.

Pero a juzgar por lo sucedido sobre todo desde la crisis tampoco parece que la estrategia centrada en la defensa de la estructura interna del trabajo tardofordista y sus modelos organizativos hayan servido para cambiar las tornas. De acuerdo con distintas corrientes tericas escuela de la regulacin, neoschumpeterianos, postoperaistas, etc., el trnsito al postfordismo comporta diferentes procesos que afectan a la composicin social del trabajo desterritorializacin, inmaterializacin, etc.. En el postfordismo, las instituciones del fordismo partido obrero, sindicatos, etc. se han quedado desfasadas. A ello contribuye tanto el xito histrico del movimiento obrero como la ausencia de reflexin terica crtica. Y es que el xito dificulta la autocrtica.

No es extrao escuchar en nuestros das apologas de la socialdemocracia como si sta no hubiera sido liquidada por el social-liberalismo. En vano los herederos del eurocomunismo se emocionan con Die Linke y la posibilidad de ocupar el espacio socialdemcrata en un notorio desconocimiento de la poltica alemana, por cierto. Tampoco sorprende escuchar a anarquistas, trotskistas e independentistas, ideologemas como la necesidad de repetir el modelo insurreccionalista, la organizacin leninista o los movimientos de liberacin nacional, como si su xito otrora fuera una garanta de futuro. La Historia se repite como farsa.

Autonoma, no autoexclusin

Pero si la izquierda tradicional no da para grandes esperanzas, por parte de una cierta autonoma la cosa no est mucho mejor: la confusin de autonoma con negacin, como si ambas fuesen una misma cosa, es muy frecuente entre activistas de todo tipo. Nos encontramos as que, aunque no falta quien entiende el desafo postfordista, acaba finalmente enrocado en posiciones pseudoautnomas, esto es, en posiciones determinadas, en rigor, por la propia heteronoma del capital desde el margen que la sociedad de la opulencia deja al antagonismo a fin de determinar su propia vulnerabilidad, sus necesidades de readaptacin y riesgos efectivos en la implementacin del neoliberalismo.

Llegado este punto la cosa se pone realmente complicada, porque la izquierda no parece que est por refundarse en serio y el interfaz representativo del movimiento es la pieza que falta contra el neoliberalismo. Subvertir los viejos lugares ideolgicos de la izquierda es una tarea primera, la desobediencia a sus repertorios para visibilizar las otras realidades del trabajo a la manera, por ejemplo, del Moviment del 25, una prioridad. Pero tampoco lo es menos pensar las maneras de influir sobre los partidos y sindicatos. El ejemplo del Tea Party y su presin sobre el Partido Republicano, con todas las salvedades debidas, muestra hasta qu punto la extrema derecha lleva ventaja.

As las cosas, ms nos valdra aprestarnos a organizar las herramientas que impidan las derivas neoliberales de las izquierdas y no a consumirnos en los partidos imposibles y derivas electoralistas. La ley lectoral no est ah para nada. Si no se dispone de capacidad para cambiarla hay que adaptarse. El municipalismo puede ser una herramienta en pequeos ayuntamientos, pero a escalas mayores radicalizar la democracia pasa por imponerse a las opciones presentes en las instituciones. El movimiento debe alcanzar su madurez. Esta se expresa hoy en entender los efectos de la maquinaria legislativa e influir sobre quien la hace funcionar.

Raimundo Viejo Vias. Profesor de la Universidad Pompeu Fabra, investigador del Instituto de Gobierno y Polticas Publicas de la Universidad Autnoma de Barcelona IGOP/UAB

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/La-pieza-que-falta-politicas-tras.html



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter