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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-11-2010

Con los talibanes en Afganistn (II)
Cinco das en una prisin de los talibanes

Ghaith Abdul-Aha
Guardian co. uk

Traducido del ingls para Rebelin por Germn Leyens y revisado por Caty R.


Informe especial: El periodista de The Guardian Ghaith Abdul-Ahad, estaba en el norte de Afganistn, empotrado con los talibanes, cuando stos fueron atacados por fuerzas especiales de EE.UU. Describe lo que sucedi.

(Enlace a este vdeo, en ingls)

En el segundo reportaje de una serie en tres partes cuenta cmo, despus del ataque, termin recluido por los combatientes a quienes haba ido a entrevistar.

Primera parte: El taxista londinense que combate con los talibanes

Despus de la batalla contra lasfuerzas especiales de EE.UU., helicpteros artillados y tropas del gobierno afgano, dos talibanes haban muerto y algunos ms estaban heridos.

Estbamos dormidos en una pieza para huspedes perteneciente a un hombre que vivia en el este de Londes, era mullah, y combatiente cuando ocurri el ataque. Pero la oportunidad del combate despert las sospechas de los talibanes y Bilal, uno de los comandantes superiores de ese distrito de la provincia de Baghlan, nos dijo cortsmente que tendramos que responder a algunas preguntas. Nuestros telfonos, maletas y cmaras fueron confiscados.

Nos retuvieron primero en una madraza escuela religiosa, un edificio parecido a un complejo residencial flanqueado por un lado por una mezquita y por el otro por una escuela del gobierno. En el patio haba charcos de sangre seca en el sitio al que llevaron aalgunas de las vctimas de esa maana. Nos condujeron a una habitacin en la cual Amanulah, un profesor con gafas de unos 30 aos, estaba sentado con sus estudiantes, que iban desde los siete aos hasta adolescentes con barbas encrespadas, turbantes y fusiles.

El rostro agraciado de Amanulah pareca empequeecido por su inmenso turbante y sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueo. l y sus estudiantes mayores haban pasado la noche combatiendo con los dems talibanes del jefe de distrito Lal Muhammad. Un maestro de la madraza result herido en el combate. Su hijo perdi un ojo.

Amanulah estaba sentado bajo el emblema de la escuela, una cortina negra bordada con versos cornicos en hilos dorados y blancos y cubierta con los emblemas del combatiente talibn: un rife de asalto Kalashnikov y una brillante bayoneta, lanzagranadas propulsados por cohetes, granadas y cuchillos de diferentes formas y tamaos. Entre las palabras bordadas deca: En nombre de Dios, el ms piadoso, el ms misericordioso.

Aprend ingls durante 12 aos en Pakistn, dijo Amanulah en un ingls correcto pero extremadamente lento. Pero aqu no he utilizado el ingls durante mucho tiempo. Haba llegado a la escuela tres aos antes por su buena reputacin. Ahora hay muy pocas escuelas buenas en Afganistn, dijo. Tuvimos muchas durante el rgimen de los talibanes pero ahora estn cerradas o bajo control del gobierno.

No quera ser talibn, dijo con una voz ms suave. Slo era estudiante. Vine aqu a estudiar. Pero todos mis hermanos en la escuela, los maestros y los estudiantes, ya estaban combatiendo [con los talibanes de Lal Muhammad], me preguntaron si quera unirme a ellos y dije que s.

En el sistema milenario de las madrazas, hombres como Amanulah son al mismo tiempo estudiantes y maestros. Mientras estudia los textos que necesita para llegar a ser mullah ensea a los nios ms jvenes las partes esenciales de la interpretacin particular del Islam de los talibanes.

Uno entra a los seis o siete aos, dependiendo de su familia. Nos ensean los elementos bsicos de la creencia, los rituales religiosos y la gramtica. Despus se estudia lengua persa y poesa, luego comienza la ley islmica bsica y todo el tiempo se estudian y memorizan el Corn y la gramtica rabe.

Aproximadamente a las 8 de la maana los nios abandonaron la habitacin para preparar el desayuno. Dos de ellos tomaron una tetera ennegrecida mientras otros dos salan a buscar donaciones de alimentos.

Colocaron el desayuno en un pao sobre el suelo: t, una rebanada de pan fresco, dos trozos ms pequeos de pan aejo y un trozo de pan caliente con mantequilla. Los estudiantes ms jvenes no tocaron el pan caliente con mantequilla, sino que masticaron cortsmente el pan aejo.

Una vez ordenados los restos del desayuno, Amanullah recogi sus libros y se fue a estudiar con uno de sus maestros. Uno de los pequeos comenz a barrer el patio mientras el resto se iba a otra habitacin de la madraza.

La segunda pieza era como una sala de clases de las que he visto en todo elmundo en desarrollo. Sus paredes estaban llenas de manchas de pintura y fragmentos de yeso, el piso cubierto de trozos desgarrados de alfombra. Haba un colchn sucio, un escritorio muy bajo y una biblioteca pulcramente repleta de copias del Corn cubiertas de telas verdes bordadas.

Los estudiantes entraban y salan del aula recogiendo libros para besarlos, leerlos, y luego hablar y bromear. Un nio de ocho aos se acuclill ante el escritorio para leer un libro sobre ayunos y oraciones. Luego tom un Kalashnikov que estaba apoyado contra la pared y lo coloc sobre el escritorio. Comenz a tocarlo, tratando de montar el percutor y levantarlo, pero el fusil era demasiado pesado, de modo que lo dej sobre el escritorio, cerr un ojo y murmur tatatatata contra un enemigo imaginario sobre la pared. Pregunt a algunos de los estudiantes por qu estaban en la madraza. Respondieron que estaban librando la guerra santa.

Con los ojos vendados

Pasamos la mayor parte del da en esa pieza. De vez en cuando nos interrogaban y nos decan que nos liberaran una vez que la Komyssyon militar el consejo de los talibanes hubiera terminado su investigacin.

Bilal lleg al final de la tarde y nos dijo que nuestra liberacin era inminente, pero dos horas despus nos dijeron que el rea no era segura por la actividad de drones. Esa noche nos llevaron a la prisin.

Nos dieron ropa limpia y permitieron que conservramos un libro, un paquete de cigarrillos y un rosario, luego nos vendaron los ojos, nos esposaron y nos colocaron en un coche que subi por un camino sinuoso. Una hora despus el coche se detuvo y todava con los ojos cubiertos y las manos atadas tuvimos que trepar por una ladera empinada. Despus unos dedos gruesos me sacaron la venda de los ojos y una vista majestuosa de un paso ancho entre dos montaas oscuras que parecan gigantescos pilares se despleg a la luz de la luna.

Camina! murmur una de las sombras detrs de nosotros. O el clic metlico del seguro que se soltaba y el sonido de una bala que entraba en la cmara. Esper el tiro, pero no pas nada.

Dirigidos por dos hombres con gruesas chaquetas militares subimos la escarpada senda de la montaa durante nueve horas, con las manos atadas a la espalda. Poco antes del alba llegamos a un establo en la cima de una montaa. All nos mantuvieron presos durante los das siguientes.

La palabra prisin implica usualmente un edificio de muros gruesos con puertas, candados y guardias. Pero en el conceptoprisin de los talibanes la puerta no existe. El carcelero era la puerta, la celda, el verdugo y a veces, si tenas suerte, tu amigo.

El carcelero de Dhani Ghorri era un hombre pequeo, de piernas arqueadas, con una barba que le cubra el pecho y ojos malvolos. Los comandantes talibanes de diferentes grupos y facciones en el rea le entregaban sus cautivos y los mantena, los interrogaba y los ejecutaba si le daban la orden.

Divididos

A dondequiera que fuese la crcel iba con l. Poda ser una caverna o una pieza en la casa de un campesino. En nuestro caso era un establo en algn sitio entre Baghlan y Kunduz. Meda dos metros por cuatro, sin ventanas y con un techo muy bajo. El interior estaba oscuro casi todo el tiempo. El piso de tierra estaba cubierto de excrementos de cabras y ovejas.

Los prisioneros y los guardias vivan en la misma pieza, divididos por una lnea invisible. Los dos grupos dorman sobre colchones endebles cubiertos por una capa casi negra de mugre brillante.

Durante la primera noche nos vendaron los ojos con pauelos afganos cuadriculados que olan a grasa y servan de toallas y de alfombras de oracin. Despus de esa noche slo nos vendaron los ojos cuando nos llevaban al establo adyacente a lavarnos y a hacer nuestras necesidades. El piso estaba cubierto de excrementos de cabras y seres humanos.

Nuestros pies estaban sujetos por una gruesa cadena de hierro fundido y candados.

Comamos tres veces al da: t verde y pan negro para desayuno y cena. El almuerzo era el conocido shorba afgano, pan empapado en caldo de carne.

Mucha gente haba pasado por esa celda en los ltimos meses, dijo el carcelero. Hubo un conductor de camin cuyo crimen era transportar bienes para la OTAN desde la frontera norte de Afganistn a Kabul. Su camin fue quemado junto con varios ms cuando los talibanes tendieron una emboscada al convoy en la carretera. Lo liberamos a los 10 das, pero pag una multa considerable. Luego hubo un oficial del Ejrcito Nacional Afgano al que tambin liberaron despus de que los miembros de su tribu prometieron que no volvera al ejrcito.

Pero no dejaban salir a todos los prisioneros. No golpeamos a los prisioneros a menos que nos ordenen que los interroguemos, dijo solemnemente. Entonces los golpeamos para lograr que nos digan la verdad.

Antes del conductor del camin tuvimos un espa que se qued aqu durante dos meses. Lo golpeamos todos los das hasta que confes y finalmente lo ejecutamos. Lo colgu yo mismo.

La horca se ha convertido en el mtodo de ejecucin preferido por los talibanes despus de que Mullah Omar, el lder espiritual de los talibanes, emiti rdenes prohibiendo la decapitacin, que haba generado una cobertura negativa en los medios.

El carcelero llegaba a veces a la celda con regalos. Un da llev una pequea bolsa de plstico con dulces, otro da un cepillo de dientes viejo e incluso un trozo de jabn.

Aparte del carcelero cont siete guardias en total, desde frgiles adolescentes a grandes combatientes de pelo en pecho. Vivan en condiciones que no eran mucho mejores que las de los prisioneros. No les permitan salir ni llevar telfonos mviles y tenan que pasar la noche en la celda con los presos, a menudo con sus pies atados a los de sus prisioneros. Reciban la misma comida exigua.

En su mayora eran combatientes talibanes del ms bajo rango, todos pobres y analfabetos. El nico privilegio que tenan era su autoridad sobre los cautivos. A veces gozaban de ese nfimo poder alejando a los prisioneros de la luz, vendndoles innecesariamente los ojos o simplemente siendo duros.

El propio carcelero tena experiencia en prisiones. Dos aos antes haba estado detenido en Pakistn mientras visitaba a algunos comandantes talibanes. Me golpearon slo el primer da y despus, durante tres meses, me mantuvieron encadenado y con los ojos vendados en una celda oscura, dijo. Mi hermano sigue all.

Estuvimos en esa crcel-establo durante cinco das hasta que nuestras credenciales fueron verificadas por dirigentes talibanes en Quetta y por los comandantes locales.

Lleg la instruccin de que nos liberaran y caminamos el largo sendero descendiendo la montaa.

Lal Muhammad y el resto de su consejo de comando estaban reunidos en la madraza en Dhani Ghorri. Se disculparon y nos devolvieron nuestro equipo.

Cuando estbamos a punto de partir Lal Muhammad sac un grueso fajo de dlares y trat de darnos cien a cada uno. Esto, por sus problemas, dijo.

Lo rechazamos, y comenzamos el largo viaje de vuelta a Kabul.

La ley y el orden talibanes

En la provincia nortea de Baghlan, como en gran parte del resto de Afganistn, la autoridad del gobierno se detiene a unos pocos metros de la carretera.

Los talibanes que controlan el rea siguen un mtodo muy practicado: atacan puntos de control de la polica e instituciones gubernamentales, expulsan a los funcionarios desmoralizados y corruptos del gobierno; colocan artefactos explosivos improvisados y envan atacantes suicidas contra objetivos en la carretera principal y los centros de distrito; secuestran y queman camiones con suministros para las fuerzas del gobierno y de la OTAN, cobran impuestos y establecen una administracin basada en la shara.

En estas reas la seguridad es de los talibanes, dijo un anciano del distrito Dhani Ghorri al Guardian, En los tribunales de los talibanes no hay sobornos ni corrupcin. Incluso la gente del gobierno acude a los talibanes para resolver sus problemas. Problemas que en los tribunales del gobierno tardan aos en resolverse slo necesitan unos das en los tribunales talibanes.

Hay corrupcin en el gobierno, no resuelven los problemas segn la shara de Dios, y la gente slo quiere shara.

Fuente: http://www.guardian.co.uk/world/2010/nov/25/taliban-afghanistan-prison-special-report



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