| Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens y revisado por Caty R. |
Informe especial: El periodista de The Guardian Ghaith Abdul-Ahad, estaba en el norte de Afganistán, empotrado con los talibanes, cuando éstos fueron atacados por fuerzas especiales de EE.UU. Describe lo que sucedió.
(Enlace a este vídeo, en inglés)
En el segundo reportaje de una serie en tres partes cuenta cómo, después del ataque, terminó recluido por los combatientes a quienes había ido a entrevistar.
Primera parte: El taxista londinense que combate con los talibanes
Después de la batalla contra las fuerzas especiales de EE.UU., helicópteros artillados y tropas del gobierno afgano, dos talibanes habían muerto y algunos más estaban heridos.
Estábamos dormidos en una pieza para huéspedes perteneciente a un hombre que viviía en el este de Londes, era mullah, y combatiente cuando ocurrió el ataque. Pero la oportunidad del combate despertó las sospechas de los talibanes y Bilal, uno de los comandantes superiores de ese distrito de la provincia de Baghlan, nos dijo cortésmente que tendríamos que responder a algunas preguntas. Nuestros teléfonos, maletas y cámaras fueron confiscados.
Nos retuvieron primero en una madraza –escuela religiosa–, un edificio parecido a un complejo residencial flanqueado por un lado por una mezquita y por el otro por una escuela del gobierno. En el patio había charcos de sangre seca en el sitio al que llevaron a algunas de las víctimas de esa mañana. Nos condujeron a una habitación en la cual Amanulah, un profesor con gafas de unos 30 años, estaba sentado con sus estudiantes, que iban desde los siete años hasta adolescentes con barbas encrespadas, turbantes y fusiles.
El rostro agraciado de Amanulah parecía empequeñecido por su inmenso turbante y sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueño. Él y sus estudiantes mayores habían pasado la noche combatiendo con los demás talibanes del jefe de distrito Lal Muhammad. Un maestro de la madraza resultó herido en el combate. Su hijo perdió un ojo.
Amanulah estaba sentado bajo el emblema de la escuela, una cortina negra bordada con versos coránicos en hilos dorados y blancos y cubierta con los emblemas del combatiente talibán: un rife de asalto Kalashnikov y una brillante bayoneta, lanzagranadas propulsados por cohetes, granadas y cuchillos de diferentes formas y tamaños. Entre las palabras bordadas decía: “En nombre de Dios, el más piadoso, el más misericordioso”.
“Aprendí inglés durante 12 años en Pakistán”, dijo Amanulah en un inglés correcto pero extremadamente lento. “Pero aquí no he utilizado el inglés durante mucho tiempo”. Había llegado a la escuela tres años antes por su buena reputación. “Ahora hay muy pocas escuelas buenas en Afganistán”, dijo. “Tuvimos muchas durante el régimen de los talibanes pero ahora están cerradas o bajo control del gobierno”.
“No quería ser talibán”, dijo con una voz más suave. “Sólo era estudiante. Vine aquí a estudiar. Pero todos mis hermanos en la escuela, los maestros y los estudiantes, ya estaban combatiendo [con los talibanes de Lal Muhammad], me preguntaron si quería unirme a ellos y dije que sí.”
En el sistema milenario de las madrazas, hombres como Amanulah son al mismo tiempo estudiantes y maestros. Mientras estudia los textos que necesita para llegar a ser mullah enseña a los niños más jóvenes las partes esenciales de la interpretación particular del Islam de los talibanes.
“Uno entra a los seis o siete años, dependiendo de su familia. Nos enseñan los elementos básicos de la creencia, los rituales religiosos y la gramática. Después se estudia lengua persa y poesía, luego comienza la ley islámica básica y todo el tiempo se estudian y memorizan el Corán y la gramática árabe.”
Aproximadamente a las 8 de la mañana los niños abandonaron la habitación para preparar el desayuno. Dos de ellos tomaron una tetera ennegrecida mientras otros dos salían a buscar donaciones de alimentos.
Colocaron el desayuno en un paño sobre el suelo: té, una rebanada de pan fresco, dos trozos más pequeños de pan añejo y un trozo de pan caliente con mantequilla. Los estudiantes más jóvenes no tocaron el pan caliente con mantequilla, sino que masticaron cortésmente el pan añejo.
Una vez ordenados los restos del desayuno, Amanullah recogió sus libros y se fue a estudiar con uno de sus maestros. Uno de los pequeños comenzó a barrer el patio mientras el resto se iba a otra habitación de la madraza.
La segunda pieza era como una sala de clases de las que he visto en todo el mundo en desarrollo. Sus paredes estaban llenas de manchas de pintura y fragmentos de yeso, el piso cubierto de trozos desgarrados de alfombra. Había un colchón sucio, un escritorio muy bajo y una biblioteca pulcramente repleta de copias del Corán cubiertas de telas verdes bordadas.
Los estudiantes entraban y salían del aula recogiendo libros para besarlos, leerlos, y luego hablar y bromear. Un niño de ocho años se acuclilló ante el escritorio para leer un libro sobre ayunos y oraciones. Luego tomó un Kalashnikov que estaba apoyado contra la pared y lo colocó sobre el escritorio. Comenzó a tocarlo, tratando de montar el percutor y levantarlo, pero el fusil era demasiado pesado, de modo que lo dejó sobre el escritorio, cerró un ojo y murmuró tatatatata contra un enemigo imaginario sobre la pared. Pregunté a algunos de los estudiantes por qué estaban en la madraza. Respondieron que estaban librando la guerra santa.
Con los ojos vendados
Pasamos la mayor parte del día en esa pieza. De vez en cuando nos interrogaban y nos decían que nos liberarían una vez que la Komyssyon militar –el consejo de los talibanes– hubiera terminado su investigación.
Bilal llegó al final de la tarde y nos dijo que nuestra liberación era inminente, pero dos horas después nos dijeron que el área no era segura por la actividad de drones. Esa noche nos llevaron a la prisión.
Nos dieron ropa limpia y permitieron que conserváramos un libro, un paquete de cigarrillos y un rosario, luego nos vendaron los ojos, nos esposaron y nos colocaron en un coche que subió por un camino sinuoso. Una hora después el coche se detuvo y todavía con los ojos cubiertos y las manos atadas tuvimos que trepar por una ladera empinada. Después unos dedos gruesos me sacaron la venda de los ojos y una vista majestuosa de un paso ancho entre dos montañas oscuras que parecían gigantescos pilares se desplegó a la luz de la luna.
“¡Camina!” murmuró una de las sombras detrás de nosotros. Oí el clic metálico del seguro que se soltaba y el sonido de una bala que entraba en la cámara. Esperé el tiro, pero no pasó nada.
Dirigidos por dos hombres con gruesas chaquetas militares subimos la escarpada senda de la montaña durante nueve horas, con las manos atadas a la espalda. Poco antes del alba llegamos a un establo en la cima de una montaña. Allí nos mantuvieron presos durante los días siguientes.
La palabra prisión implica usualmente un edificio de muros gruesos con puertas, candados y guardias. Pero en el concepto prisión de los talibanes la puerta no existe. El carcelero era la puerta, la celda, el verdugo y a veces, si tenías suerte, tu amigo.
El carcelero de Dhani Ghorri era un hombre pequeño, de piernas arqueadas, con una barba que le cubría el pecho y ojos malévolos. Los comandantes talibanes de diferentes grupos y facciones en el área le entregaban sus cautivos y los mantenía, los interrogaba y los ejecutaba si le daban la orden.
Divididos
A dondequiera que fuese la cárcel iba con él. Podía ser una caverna o una pieza en la casa de un campesino. En nuestro caso era un establo en algún sitio entre Baghlan y Kunduz. Medía dos metros por cuatro, sin ventanas y con un techo muy bajo. El interior estaba oscuro casi todo el tiempo. El piso de tierra estaba cubierto de excrementos de cabras y ovejas.
Los prisioneros y los guardias vivían en la misma pieza, divididos por una línea invisible. Los dos grupos dormían sobre colchones endebles cubiertos por una capa casi negra de mugre brillante.
Durante la primera noche nos vendaron los ojos con pañuelos afganos cuadriculados que olían a grasa y servían de toallas y de alfombras de oración. Después de esa noche sólo nos vendaron los ojos cuando nos llevaban al establo adyacente a lavarnos y a hacer nuestras necesidades. El piso estaba cubierto de excrementos de cabras y seres humanos.
Nuestros pies estaban sujetos por una gruesa cadena de hierro fundido y candados.
Comíamos tres veces al día: té verde y pan negro para desayuno y cena. El almuerzo era el conocido shorba afgano, pan empapado en caldo de carne.
Mucha gente había pasado por esa celda en los últimos meses, dijo el carcelero. Hubo un conductor de camión cuyo crimen era transportar bienes para la OTAN desde la frontera norte de Afganistán a Kabul. Su camión fue quemado junto con varios más cuando los talibanes tendieron una emboscada al convoy en la carretera. “Lo liberamos a los 10 días, pero pagó una multa considerable”. Luego hubo un oficial del Ejército Nacional Afgano al que también liberaron después de que los miembros de su tribu prometieron que no volvería al ejército.
Pero no dejaban salir a todos los prisioneros. “No golpeamos a los prisioneros a menos que nos ordenen que los interroguemos”, dijo solemnemente. “Entonces los golpeamos para lograr que nos digan la verdad”.
“Antes del conductor del camión tuvimos un espía que se quedó aquí durante dos meses. Lo golpeamos todos los días hasta que confesó y finalmente lo ejecutamos. Lo colgué yo mismo.”
La horca se ha convertido en el método de ejecución preferido por los talibanes después de que Mullah Omar, el líder espiritual de los talibanes, emitió órdenes prohibiendo la decapitación, que había generado una cobertura negativa en los medios.
El carcelero llegaba a veces a la celda con regalos. Un día llevó una pequeña bolsa de plástico con dulces, otro día un cepillo de dientes viejo e incluso un trozo de jabón.
Aparte del carcelero conté siete guardias en total, desde frágiles adolescentes a grandes combatientes de pelo en pecho. Vivían en condiciones que no eran mucho mejores que las de los prisioneros. No les permitían salir ni llevar teléfonos móviles y tenían que pasar la noche en la celda con los presos, a menudo con sus pies atados a los de sus prisioneros. Recibían la misma comida exigua.
En su mayoría eran combatientes talibanes del más bajo rango, todos pobres y analfabetos. El único privilegio que tenían era su autoridad sobre los cautivos. A veces gozaban de ese ínfimo poder alejando a los prisioneros de la luz, vendándoles innecesariamente los ojos o simplemente siendo duros.
El propio carcelero tenía experiencia en prisiones. Dos años antes había estado detenido en Pakistán mientras visitaba a algunos comandantes talibanes. “Me golpearon sólo el primer día y después, durante tres meses, me mantuvieron encadenado y con los ojos vendados en una celda oscura”, dijo. “Mi hermano sigue allí”.
Estuvimos en esa cárcel-establo durante cinco días hasta que nuestras credenciales fueron verificadas por dirigentes talibanes en Quetta y por los comandantes locales.
Llegó la instrucción de que nos liberaran y caminamos el largo sendero descendiendo la montaña.
Lal Muhammad y el resto de su consejo de comando estaban reunidos en la madraza en Dhani Ghorri. Se disculparon y nos devolvieron nuestro equipo.
Cuando estábamos a punto de partir Lal Muhammad sacó un grueso fajo de dólares y trató de darnos cien a cada uno. “Esto, por sus problemas”, dijo.
Lo rechazamos, y comenzamos el largo viaje de vuelta a Kabul.
La ley y el orden talibanes
En la provincia norteña de Baghlan, como en gran parte del resto de Afganistán, la autoridad del gobierno se detiene a unos pocos metros de la carretera.
Los talibanes que controlan el área siguen un método muy practicado: atacan puntos de control de la policía e instituciones gubernamentales, expulsan a los funcionarios desmoralizados y corruptos del gobierno; colocan artefactos explosivos improvisados y envían atacantes suicidas contra objetivos en la carretera principal y los centros de distrito; secuestran y queman camiones con suministros para las fuerzas del gobierno y de la OTAN, cobran impuestos y establecen una administración basada en la sharía.
“En estas áreas la seguridad es de los talibanes”, dijo un anciano del distrito Dhani Ghorri al Guardian, “En los tribunales de los talibanes no hay sobornos ni corrupción. Incluso la gente del gobierno acude a los talibanes para resolver sus problemas. Problemas que en los tribunales del gobierno tardan años en resolverse sólo necesitan unos días en los tribunales talibanes.”
“Hay corrupción en el gobierno, no resuelven los problemas según la sharía de Dios, y la gente sólo quiere sharía”.
Fuente: http://www.guardian.co.uk/