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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-12-2010

Respuesta a Juan Pedro Garca del Campo
Comunismo, democracia y derecho

Luis Alegre Zahonero y Carlos Fernndez Liria
Rebelin


Presentamos aqu nuestra respuesta al artculo de Juan Pedro Garca del Campo El derecho, la teora, el capitalismo y los cuentos (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119043), que a su vez era su respuesta a nuestro artculo Comunismo y Derecho (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=117932). Para quien quiera seguir la polmica entera, en este artculo criticbamos el artculo de Carlos Rivera Lugo Comunismo jurdico (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=117096). Quizs convenga sealar que, al mismo tiempo, esta discusin est interconectada con la que han planteado Santiago Alba Rico y John Brown en sus artculos El trabajo social difuso y la piscina de chocolate (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=117096) y Comunistas sin comunismo (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=118784).

Es en general bastante agotador y frustrante mantener dilogos de sordos en los que las respuestas se basan en malentendidos cada vez ms estrambticos. Por lo tanto, haremos un esfuerzo por clarificar los trminos de la discusin para que al menos pueda llegar a plantearse una discusin razonable (o digamos mejor amigable, no vayamos a empezar ya con mal pie). Trataremos de explicar por qu seguimos todava pensando (ya que la enumeracin de nombres de autores que propona Juan Pedro Garca del Campo (JPGC) no ha surtido el efecto mgico esperado) que derecho no es sinnimo de mercado, y mucho menos de capitalismo, y que razn no es sinnimo de Stalin, Comandante o Comit Central. Sin embargo, empezamos ya a sospechar que el malentendido principal, el que lo termina enredando todo, en realidad, podra no estar entre JPGC y nosotros sino entre lo que JPGC defiende realmente y lo que dice que defiende. En efecto, podra ocurrir que JPGC estuviese cometiendo una notable injusticia no contra nosotros, sino contra sus propios principios ticos y polticos al encorsetarlos en una estructura terriblemente amenazadora para las causas que realmente defiende (y muy atractiva para las causas contra las que lucha). En fin, lo que viene a ser que te salga el tiro por la culata. Pero vayamos por partes.

1. La ley del ms dbil

Comencemos con la vieja definicin marxiana de comunismo que propone JPGC como proyecto poltico: una sociedad libre de hombres [y mujeres] libres. Quiz no sea mucho como punto de partida (ya que, en su frmula abstracta, podra ser asumido por cualquier liberal) pero en el artculo de JPGC no hay propuestas mucho ms concretas a las que aferrarse, as que partamos de ah. Ahora bien cmo lograrlo?: actos de soberana de la multitud, con fuerza normativa inmanente, refundacin de lo normativo a partir de la la forma-comunidad y liberacin de la soberana contra el derecho, imposicin de la democracia absoluta como mtodo de afirmacin soberana del poder de la socialidad comn, en permanente estado de poder constituyente contra cualquier forma de seguridad juridica. Es decir, Democracia plena, sin restricciones derivadas de ningn deber ser, sin limitacin a exterioridades normativas ni a principios regulativos, en definitiva, el poder ejercido por una multitud no sometida.

Es posible que toda idea de deber ser tenga algo de metafsica (volveremos sobre eso), pero si hay algo para lo que de verdad hace falta mucha (pero mucha) metafsica es para suponer que a las multitudes no sometidas jams se les puede ocurrir atentar contra la libertad de hombres y mujeres, contra esa libertad que, en principio, defina el proyecto poltico que defendemos. Es imposible pensar que una comunidad, sin limitaciones ni restricciones de ningn tipo, pueda decidir atentar contra la libertad, por ejemplo, de sus minoras? No hay que ser especialmente materialista para admitir que eso puede ocurrir y que incluso ha ocurrido (y sigue ocurriendo). En este sentido, hace falta mucha (pero mucha) metafsica para sacralizar la forma comunidad hasta un punto de imaginarnos que son imposibles cosas que han sido y son reales (como -y es slo un ejemplo- el exterminio de minoras a fuerza de decisin soberana de comunidades). De hecho, resulta especialmente difcil (y peligroso) desarrollar esa peculiar metafsica de la comunidad en los tiempos de racismo y xenofobia que se avecinan. Realmente, echando un vistazo al discurso que la mayora (absoluta) de nuestros conciudadanos tienen sobre la inmigracin, no s a quin le podra tranquilizar que se suprimieran los lmites y restricciones que, contra posibles decisiones de la mayora, introducen los ya de por s raquticos derechos de los inmigrantes. Ms bien al contrario, tiende a parecernos buena idea introducir nuevos lmites y restricciones a las posibles decisiones de los ciudadanos de la peculiar unidad de destino en lo universal que nos ha tocado en suerte.

Ahora bien, si a este respecto defendemos el derecho, si defendemos derechos para todos, si defendemos lmites y restricciones contra el racismo, no es por el placer que nos produce la idea de derecho sino por el respeto que merecen los conciudadanos de origen extranjero a los que tambin se debe (s, se debe) garantizar la libertad en una sociedad libre. En este sentido, cualquier derecho introduce, en efecto, lmites a la democracia, pero no deja de ser curioso, y til para orientarse en el espacio poltico, que se trate de restricciones a las que se aferran los inmigrantes y que, sin embargo, incomodan cada da ms a la derecha y la extrema derecha (en Espaa, concretamente, al Partido Popular). En efecto, cuando en el pasado mes de abril el PP reparta en Badalona folletos con el lema no queremos rumanos, no hacan ms que reclamar la autoridad irrestricta de la voluntad soberana del pueblo. Y no s si los rumanos habran hecho muy buen negocio apuntndose al carro de la multitud no sometida, sin limitacin ni restriccin, en vez de reclamar ms derechos y garantas (ya que es posible que los ciudadanos de Badalona realmente no quieran rumanos; el racismo es lo que tiene).

Con nada de esto pretendemos negar, ciertamente, que pueda haber ejemplos histricos en los que una democracia plena y sin restriccin decida construir una sociedad libre de hombres [y mujeres] libres. Es posible que algo as tuviera lugar en Cuba entre 1959 y 1976. Es posible que en esa ocasin la dignidad sublevada promoviera un mundo construido sobre las exigencias de la libertad en el que se esperaba de cada uno segn sus capacidades y se garantizaba a cada uno segn sus necesidades. El relato de JPGC est lleno de imprecisiones y elementos que habra que aclarar. Por ejemplo, no debe pasarse por alto que corresponde justo a ese periodo el encierro en campos de homosexuales, algo que la revolucin luego ha lamentado y corregido (en el periodo que ya le gusta menos a JP). Sin embargo, para discutir sobre lo que nos interesa, podemos hacer el ejercicio de dar por buena la idealizacin de su relato. As, incluso si todo hubiera sido exactamente como l dice, habra de todos modos que sealar lo siguiente:

1) la existencia de un ejemplo histrico en el que la espontaneidad sin restricciones de una multitud no sometida haya trabajado en la direccin de construir una sociedad libre de hombres [y mujeres] libres es algo que, aunque reconfortante, no garantiza en absoluto que lo contrario sea imposible.

2)  por lo tanto, como la espontaneidad no sometida a ningn tipo de restricciones no garantiza por s sola una orientacin marcada por las exigencias de la libertad, nos encontramos con que el patrn de medida con el que orientarnos en la poltica, es decir, el criterio por el que posicionarnos en un frente y no en otro, el criterio por el que preferir Cuba en 1959 en vez de Alemania en 1933, no puede ser ya por s sola la espontaneidad de las multitudes sino, por el contrario, algo que remite a ciertos derechos y garantas que deben (s, deben) quedar a resguardo de posibles decisiones de la mayora.

Decimos algo muy metafsico con ese deben? Simplemente decimos que no podemos defender (ni nosotros ni JPGC, de eso estamos seguros) ninguna decisin (por muy espontnea que sea) que atente, por ejemplo, contra la libertad y la integridad de las minoras; que si un pueblo soberano decidiese exterminar a sus gitanos, no nos posicionaramos (ni nosotros ni JPGC) del lado de los verdugos Por qu no? Porque el patrn de medida que utilizamos (tanto nosotros como JPGC, pues en caso contrario, como es evidente, no le llamaramos amigo) no coloca como criterio de validez ltimo ni la fuerza, ni la espontaneidad, ni la democracia, ni la multitud, sino ciertos principios (a los que en nuestra peculiar retrica llamamos derechos y garantas) que debe respetar cualquier proyecto poltico que pretenda poder contar con el apoyo de los comunistas. De verdad lamentamos no ser capaces de explicarnos con algo ms de claridad, pero lo que estamos defendiendo aqu es en realidad algo muy sencillo: si resulta que la decisin espontnea vale cuando opta por la libertad y la igualdad de los hombres y las mujeres (como por ejemplo, al parecer, en Cuba en 1959) pero la decisin espontnea no vale cuando opta por el exterminio (como por ejemplo, al parecer, en la Alemania de 1933 y quin sabe si en la Europa de los prximos aos), entonces es que estamos adoptando un criterio de validez que no es ya la decisin espontnea en s misma. Otra cosa es lo que cada uno hagamos con nuestras respectivas retricas.

Ahora bien, localizada la necesidad de cierto lmite al menos en un ejemplo (el de la exclusin de las minoras), se impone que nos preguntemos por la consistencia interna y las condiciones de ese criterio de validez que nos exige, al menos en casos extremos, introducir ciertas restricciones a la soberana espontnea de la multitud.

A qu reglas responde ese criterio de validez?, por qu no nos parece aceptable que una comunidad extermine a sus minoras? Como decimos, hace falta realmente una sobredosis de metafsica para negar que esta sea una decisin soberana posible de una comunidad Por qu nos resultara inaceptable incluso si nosotros mismos no formamos parte ni de esa comunidad ni de esa minora? quiz porque se trata de un conflicto entre formas-comunidad, sagradas precisamente por su carcter comunitario?, quiz porque cualquier minora es ya una comunidad a cuya forma le corresponde ya una dignidad inviolable?, y si se trata de una minora muy pequea?, y si es tan pequea que se reduce a un solo individuo?

Los comunistas no solemos llamar de los nuestros a quienes defienden el exterminio de un solo hombre por el color de su piel; tambin haramos mal en asumir como propias las frecuentes injerencias comunitarias, por ejemplo, en la libertad sexual de los individuos; daramos peligrosos pasos hacia el despotismo si depositsemos en lo comn el poder de decidir sin lmites cmo debemos pensar, qu debemos hacer y cmo debemos buscar la felicidad los individuos. Si el comunismo, en nombre de la soberana colectiva no sometida y el poder sin restricciones de lo comn, no fuese capaz de encontrar ningn lmite en la libertad, la integridad y la dignidad de los individuos, el comunismo sera un proyecto criminal (tan criminal, curiosamente, como dicen sus enemigos que es). Pero igual que nos negamos a regalar los conceptos de razn y derecho al liberalismo burgus, tampoco estamos dispuestos a regalar el comunismo a cualquier decisionismo irracionalista que, por muy revolucionario que se pretenda, no es ms que la estructura del despotismo.

As pues, defendemos, en efecto, la existencia de lmites para impedir que la soberana colectiva y el poder de lo comn pueda regular sin restricciones hasta los ltimos detalles de la vida de los individuos. Puede que haya comunidades que no lo pretendan (y, en ese sentido, no supongan una amenaza para los individuos) pero, por la cuenta que nos trae, ms nos vale contar con algn sistema de garantas que asegure que, aunque lo pretendieran (es decir, aunque pretendieran exterminar a los inmigrantes, lapidar a las adlteras y marginar a los homosexuales), no lo conseguiran.

Defender el derecho implica, sin duda, defender ciertos lmites y restricciones, es decir, un sistema de garantas al que Ferrajolli denomina la ley del ms dbil pues, en definitiva, se trata siempre de introducir garantas y proteccin contra quienes tendran poder para imponerse en ausencia de restricciones. No es casualidad que, histricamente, todas las luchas de los oprimidos y los explotados hayan pasado siempre por una formulacin en trminos de derecho: la lucha por la jornada de trabajo fijada por ley y, en general, por el derecho laboral (como explica detenidamente Marx en el captulo del que JPGC cita solo el texto ms y peor citado de todo El capital1), la lucha por el derecho al voto (para la clase obrera o para la mujer), la lucha por el derecho al propio cuerpo, la lucha por el derecho a la diversidad, incluso la lucha por el derecho a tener derechos (tal como reclaman actualmente los inmigrantes organizados)... etc. Y esto, claro est, es perfectamente lgico: quien, en ausencia de restricciones, impondra su poder absoluto (patrones, terratenientes, varones, mayoras sexuales, mayoras raciales o nacionales... etc.) no tiene ninguna necesidad de reclamar limitaciones a su soberana (y esto ha sido as, en efecto, desde el origen con la introduccin de restricciones al poder absoluto del monarca). Defender la ausencia de restricciones es, sin ms, defender la ley del ms fuerte, algo, por cierto, bastante viejo y de lo que ya sabemos qu resultados cabe esperar. Y es sin duda chocante que este sea el gran resultado que logra destilar JPGC tras poner en comn a tantos tericos del derecho, todos los cuales, por cierto, hilan bastante ms fino por separado2.

En todo caso, lo malo que tiene defender como proyecto esa especie de comunismo del ms fuerte no es solo que se trate de un oxmoron (algo que podra justificarse si se trata de una rebelin contra las reglas bsicas de la Razn) sino, sobre todo, los inesperados (quiero pensar que inesperados) compaeros de lucha con los que se puede encontrar.

2. Forma derecho y forma valor.

Ahora bien, nos encontramos con que, en efecto, estamos defendiendo la existencia de un sistema de lmites y restricciones que, de un modo u otro, implica la defensa de libertades y garantas establecidas a escala individual. Ciertamente, lo que la tradicin liberal y republicana ha venido a llamar propiamente Derecho es al sistema de reglas generales encargadas de hacer compatible la libertad de cada uno con la de todos los dems. Es decir, el Derecho toma, en efecto, a los sujetos individuales como el soporte ltimo de los derechos y, en este sentido, se produce un paralelismo al menos sospechoso con la estructura individualista que define al mercado, es decir, a ese espacio constituido por la libertad de cada individuo para intentar obtener el mximo beneficio personal. Son entonces idnticas (dada su estructura igualmente individualista) la forma-derecho y la forma-valor?

Veamos cada una de las dos un poco ms despacio. El punto de partida de la idea de Derecho es, en efecto, el concepto de libertad que, por mantener nuestro fetiche-Kant, lo expresamos en la siguiente frmula: nadie me puede obligar a ser feliz a su modo (tal como l se imagina el bienestar de otros hombres) sino que es lcito a cada uno buscar la felicidad por el camino que mejor le parezca. Ahora bien, este principio de libertad individual encuentra, como es lgico, lmites necesarios en la libertad de todos los dems para pretender un fin semejante. Que nadie me pueda obligar a ser feliz a su modo implica necesariamente que yo tampoco tenga derecho a obligar a nadie por la fuerza a que sea feliz al mo, imponindole cmo debe pensar o con quin se debe acostar. Hay elementos en los que lo comn no tiene ningn derecho a meter las narices ms que, eso s, para garantizar que la libertad de cada uno es compatible con la de todos los dems segn reglas generales. Esto, y no otra cosa, es a lo que Kant llama principio universal del derecho.

Si queremos expresar esto mismo evitando trminos como ley, derecho o garantas para evitar malentendidos, podramos decir que el libre despliegue de las potencias es algo que merece ser preservado y, por lo tanto, cualquier restriccin a este respecto debe, en principio, ser suprimida.

Ahora bien, si un organismo se excede en su potencia y pretende, por ejemplo, exterminar o agredir sexualmente a otro, no nos limitaramos a celebrar (espero) el triunfo del poder de la potencia ms potente (en cuyo caso estaramos, sin ms, defendiendo del modo ms tosco el principio elemental de la barbarie y el poder irrestricto del ms fuerte). Por el contrario, trataremos de defender (espero) que el cuerpo social introduzca una serie de restricciones que impidan que el despliegue de la potencia de unos cuerpos se realice explotando, abusando, o cercenando las posibilidades de otros. En definitiva, es algo de este tipo lo que hace que nos parezca mal la explotacin de los cuerpos a la que nos somete el capital o, en su caso, el esclavismo (porque nos parece mal no?; no vaya a ser que ya se nos haya colado sin darnos ni cuenta una metafsica del deber-ser).

Partiendo de la necesidad de preservar el libre desarrollo de las potencias, nos encontramos con que, inevitablemente, se impone la introduccin de restricciones, no por deleite con ninguna exterioridad normativa sino, precisamente, para preservar el libre desarrollo de todas las potencias. Imaginemos, por ejemplo, una agresin sexual: las nicas opciones seran 1) negar que eso sea siquiera posible (para lo cual hace falta mucha metafsica), 2) celebrar en estos casos el triunfo del poder de la potencia ms potente (lo cual requiere cierta vocacin criminal) o 3) ni negarlo ni celebrarlo y, por lo tanto, combatirlo, es decir, defender algn mecanismo de control social que lo impida de un modo radical y efectivo, introduciendo de este modo ciertas restricciones al libre despliegue de las potencias. La libertad real y efectiva de los organismos para desarrollar sus potencias sera una quimera (en este caso s, un autntico cuento chino) si no hubiera modo de garantizar la compatibilidad de la libertad de cada una con la de todos los dems.

En cualquier caso, nos encontramos con la necesidad de introducir ciertos lmites, restricciones o garantas para asegurar la libertad de cada uno a buscar la propia felicidad por el camino que le parezca ms apropiado.

Es este principio idntico, en su individualismo, al principio de mercado?, coinciden plenamente la forma-derecho y la forma-valor? es correcta la ecuacin libertad individual = mercado? Ciertamente, podra parecer que s, pues la libertad individual (es decir, el derecho a hacer cada uno lo que considere oportuno con su propia persona y con todo lo que tenga derecho a reclamar como propio) parece adaptarse perfectamente a la idea de mercado (espacio en el que cada uno trata de obtener, en su trato con los otros, el mximo beneficio individual). En definitiva, un mercado no sera ms que el espacio al que concurriran hombres libres, jurdicamente iguales y propietarios de las mercancas que intercambian. En este sentido, no parece imposible ver en la forma-mercado la realizacin material de la forma-derecho.

Sin embargo, a cualquiera que no tuviese ya la cabeza destruida por el liberalismo econmico debera saltarle de inmediato algo a la vista: decir que la forma derecho es idntica a la forma mercado implica dar por bueno el prejuicio (empricamente falso y normativamente disparatado) de que los hombres y mujeres, en el uso de su libertad, lo nico que pueden hacer es ir al mercado parta intentar obtener el mximo beneficio individual. Como bien sabe Marx (Cf. final de la seccin II del Libro I de El capital), los definidores del concepto de mercado no son solo libertad, igualdad y propiedad, sino tambin Bentham, es decir, que cada uno se ocupe solo de s mismo, que no haya ms elemento de cohesin y mediacin que el egosmo, la ventaja personal y el inters privado.

Ahora bien, una cosa es decir que esta lgica del inters privado no es por principio incompatible con la forma-derecho y otra bien distinta es afirmar que la forma derecho solo puede conducir al mercado. En efecto, la forma-mercado es compatible con la forma-derecho, pero no es en absoluto su nico resultado posible. De hecho, lo que nos encontramos empricamente es ms bien lo contrario: cuando se deja libertad a los humanos para perseguir la felicidad por el camino que mejor les parezca, la suelen buscar comiendo y bebiendo con amigos, haciendo el amor con sus parejas o jugando con sus hijos. Todo esto puede parecer muy trivial, pero se trata de una cuestin de la mxima importancia: el egosmo universal, el individuo como tomo aislado y maximizador de su propio inters, no es algo que vaya de suyo con la libertad individual. Es verdad que la libertad individual (por ser libertad) no excluye ese posible contenido pero (precisamente por ser libertad) tampoco lo impone. Es simplemente falso que el principio de libertad individual (contenido esencial de la forma-derecho) implique automticamente el principio de egosmo universal (contenido esencial de la forma-valor y del mercado).

Tal como demuestra Polanyi (y, por supuesto, Marx), el mercado como mecanismo de mediacin social es algo que no logr de ningn modo imponerse a fuerza de libertad individual sino que requiri una intervencin violenta para disolver las relaciones no contractuales entre individuos y destruir toda posibilidad de organizacin espontnea.

El principio del derecho debe sin duda establecer garantas a escala individual, pero eso no significa que imponga como nica relacin social posible la disolucin de todos los vnculos y la atomizacin de los individuos. Que cada uno (s, como derecho individual) pueda buscar la felicidad por el camino que mejor le parezca no significa que tenga que buscarla en el autismo de la maximizacin del propio inters. Sin duda hace falta tener algo muy mal calibrado para pensar que permitir que cada uno decida cmo quiere ser feliz implica automticamente poner a todos a aprovecharse de sus hijos, engaar a sus vecinos o regatear con sus amigos.

La forma-mercado no es, en principio, incompatible con la forma-derecho, pero pretender que ambas son la misma es un disparate que pasa por dar enteramente la razn a los integristas ms fanticos de la teora de la racionalidad prctica. En efecto, solo algunos extremistas de la teora de la eleccin racional tratan de justificar, en clave de beneficio individual y maximizacin privada de la utilidad, cosas como, por ejemplo, por qu los padres cuidan de sus hijos, suponiendo que responde al beneficio esperado de obtener cuidados al llegar a ancianos (con lo cual se van enredando en los profundos problemas de por qu los padres cuidan tambin de los hijos con enfermedades terminales, etc...). Este tipo de disparates solo es posible si se defiende, ciertamente, que la libertad individual (y la forma-derecho) y el mercado (y la forma-valor) son, sin ms, estructuras idnticas.

Defendemos esto los comunistas? Evidentemente, no. De hecho, nos resulta difcil entender cmo se podra ser comunista si no es sobre la firme conviccin de que la libertad individual, que no es incompatible con el egosmo, tampoco es incompatible con la amistad, el amor, la familia y la cooperacin. As pues, la libertad individual (y su correspondiente forma-derecho) lejos de implicar automticamente la forma-valor, es perfectamente compatible con cualquier forma-comunidad. Bueno, con cualquiera, no: solo ser compatible con esa forma-comunidad que no trate de suprimir las libertades individuales e imponer, en nombre de lo comn, un modo comn de ser feliz (tal como la multitud no sometida se imagine el bienestar de los hombres y mujeres). Los comunistas, sin duda, tenemos la tarea de recuperar e instaurar nuevas formas de comunidad, pero debemos asegurarnos de que se trate de comunidades libres de hombres y mujeres libres y, por lo tanto, compatibles con la forma-derecho.

En definitiva, hara falta darle la razn en todo a los tericos ms fanticos del libre mercado para poder decir que el comunismo es incompatible con la forma-derecho. En todo caso, si el comunismo que propone JPGC s es incompatible, entonces ese no es nuestro comunismo. Definir el comunismo como la democracia ms absoluta afirmada con soberana plena puede quedar muy resultn, pero nos deja ante el problema (porque a JPGC tambin le parecer un problema no?) de tener que llamar comunismo a cualquier decisin por criminal que sea que se afirme con soberana plena, sin restricciones ni mediaciones, sin lmites de ningn tipo. El principal problema de esa definicin no es ya la cantidad de comunistas que quedaramos descolgados sino, sobre todo, la cantidad de fascistas que se sumaran felices a ese carro. As, lo mnimo que hay que decir es que como definicin no es muy buena.

3. Forma valor y forma capitalismo

Mucho ms desatinado an es confundir la forma-valor con la forma-capitalismo. Puede que JPGC no encuentre por nuestra parte ningn argumento ni en el artculo al que responde ni en ningn otro de los que han publicado... recientemente o no. Ante esto, no s si podemos hacer ya mucho ms: acabamos de publicar un libro3 de 700 pginas del que cabe decir que este es casi el nico tema y, desde luego, los argumentos sern mejores o peores (pues son lo mejor de lo que hemos sido capaces, pero eso tampoco es decir mucho), argumentos en cualquier caso muy discutibles, pero es descorazonador que la respuesta sea negar que se hayan publicado y, a cambio, nombrar a un montn de autores clsicos como si, en una especie de conjuro, bastase decir su nombre (sin necesidad de esgrimir sus argumentos) para quitarnos ya la razn.

En todo caso, para intentar hacer un resumen rpido de la cuestin, hay que decir que para obtener la forma-capitalismo a partir de los principios bsicos del liberalismo (libertad, igual y propiedad) no slo hace falta, como bien saba Marx, aadir a Bentham y el egosmo universal (elementos que, como decimos, no van de suyo con la libertad individual y la correspondiente forma-derecho). Para obtener la forma-capitalismo a partir de los principios bsicos del liberalismo hace falta, adems, suprimir la propiedad y, con ella, la libertad y la igualdad.

En efecto, toda la crtica de Marx a la economa poltica (que es el subttulo de El capital) consiste en negar el cuento que la sociedad moderna se cuenta a s misma (y que JPGC da por bueno pese a su lucha sin cuartel contra los cuentos): la pretensin de que el capitalismo no es nada ms que la realizacin del proyecto del derecho y que, por tanto, encuentra todo su fundamento en los firmes principios de la libertad, la igualdad y la propiedad. El argumento, bsicamente, vendra a ser el siguiente: el mercado no es ms que un espacio en el que sujetos libres y jurdicamente iguales intercambian entre s las mercancas de las que son propietarios. Por lo tanto, la mxima libertad (que cada uno pueda hacer lo que considere oportuno con su persona y con todo lo que tenga derecho a reclamar como propio) sera idntica al mercado (que cada uno intente, en su trato con los otros, obtener el mximo beneficio individual posible) y ste sera idntico al capitalismo (una sociedad basada en la produccin de beneficios). As pues, segn este argumento liberal, bastara tirar del hilo de la libertad y del derecho para tener ya el capitalismo.

Lo que demuestra Marx es, precisamente, que esos principios no son ni remotamente el verdadero fundamento del modo capitalista de produccin. Por el contrario, ese fundamento hay que buscarlo en la aniquilacin de la propiedad, en la expropiacin generalizada de la poblacin de sus condiciones de existencia. No basta con que haya hombres y mujeres libres para que pueda ya funcionar el capitalismo. Hace falta que haya proletarios. Y lo que define a estos es, precisamente, la ausencia de propiedad y de cualquier modo de independencia civil. En efecto, en los dos ltimos captulos del libro I, Marx nos recuerda la matanza que hizo falta para expulsar a la poblacin campesina de sus tierras (tras lo que se convirtieron en las masas de desharrapados que terminaron alimentando las fbricas de Manchester como nico medio de subsistencia) para explicar que la expropiacin de la masa del pueblo despojado de la tierra constituye el fundamento del modo capitalista de produccin. No es a fuerza de ley y derecho, no es a golpe de libertad, igualdad e independencia como se logra poner el capitalismo a funcionar. Esa versin no es ms que el cuento que los idelogos del capitalismo (y JPGC) se cuentan a s mismos y nos cuentan a nosotros.

Ahora bien, una vez consumada la expropiacin, una vez la poblacin depende a vida o muerte de la obtencin de un salario (es decir, depende a vida o muerte de lograr que algn capitalista te ofrezca trabajar para l), una vez, adems, se introduce con un carcter estructuralmente necesario la existencia de cierta masa de desempleados (masa necesaria que Marx denomina ejrcito industrial de reserva y a la que la economa convencional moderna se refiere como tasa natural de desempleo), una vez, en definitiva, se dispara con todos sus resortes la lgica del capital, entonces ocurre que la explotacin de clase es capaz de reproducirse manteniendo plenamente la apariencia de su compatibilidad con el derecho.

En efecto, una vez consumada la expropiacin, basta la plena libertad individual para lograr que la mayora de la poblacin decida trabajar para otros a cambio de un salario. Adems, una vez asentada estructuralmente una determinada tasa de desempleo (por debajo de la cual, ya nos advierten economistas convencionales, amenaza el apocalipsis y el colapso del sistema), basta la plena libertad individual para que siempre haya gente dispuesta a trabajar ms y ms barato que quienes tienen empleo (para, as, tener al menos algn tipo de ingreso con el que subsistir). En definitiva, una vez se dan estas condiciones, basta la plena libertad individual para que el resultado sea la explotacin sin lmites y la barbarie.

En este sentido, no tenemos nada que objetar a las dos o tres pginas que JPGC dedica a explicar el mecanismo de explotacin en que consiste el capital. Lo nico que nos resulta un poco desconcertante es que pretenda, en algn sentido, estarlo explicando, supuestamente, contra lo que nosotros defendemos!!

El problema est en que esa apariencia de compatibilidad del capitalismo con los principios del derecho slo se puede sostener sobre la base de la ficcin jurdica  que pasa por llamar propietarios y, por lo tanto libres e independientes, a los hombres y mujeres que no tienen en propiedad nada ms que la posibilidad de vender a otro las propias fuerza para que las use a su antojo (como si fuesen suyas). As, solo sobre la base de esta ficcin jurdica que toda la tradicin republicana y socialista ha tratado de impugnar, se puede sostener la apariencia de compatibilidad entre los principios del derecho y la explotacin capitalista. Esta apariencia constituye el ncleo mismo de la cobertura ideolgica con la que se protege el capital. Sin embargo, por algn motivo, JPGC se empea en que es tarea de los comunistas reforzarla. El negocio, realmente, no puede ser ms ruinoso4.

4. Derecho positivo y derecho racional

Hace falta estar muy loco o ser muy necio para regalarle al enemigo el concepto de derecho. Y, desde luego, los hombres y mujeres que luchan rara vez lo hacen.

Los principios de libertad, igualdad e independencia y la exigencia de su concrecin en reglas tienen necesariamente una fuerza tal que incluso los criminales ms audaces tratan de dar a sus crmenes esa cobertura. As, EEUU arrasa pases enteros en nombre de la libertad y la democracia. Ante esto, no obstante, hay dos estrategias posibles: o bien dar por bueno (a fuer de materialismo) el cuento que nos cuenta la potencia ms potente o bien denunciarlo como una estafa; o bien dar la batalla ideolgica con los despojos que nos deja el enemigo o bien intentar apropiarnos de esos conceptos centrales que son (y no pueden dejar de ser) aspiraciones universales de la humanidad.

Ciertamente, se trata solo de conceptos, de exigencias, de ideas regulativas (como la idea de derecho), pero hace falta una sobredosis de materialismo para negar a las ideas cualquier funcin prctica. En definitiva, para oponerse a cualquier injusticia no basta con tener mucha potencia. Hace falta tambin tener algn criterio que nos permita distinguir las injusticias. Para potencias muy potentes pero enloquecidas, ya tenemos bastante con el capitalismo.

En efecto, para posicionarnos a favor de Cuba en 1959 y en contra de Alemania en 1933 nos hace falta un tercer elemento, pero ese elemento no puede ser una tercera cosa (por ejemplo, Pars en 1871) sino una razn por la que considerar intolerables ciertas cosas y necesarias otras. O bien se apuesta claramente por un decisionismo irracionalista en el que no haya ms criterio que la voluntad caprichosa o arbitraria de la potencia ms potente. O bien se asume la necesidad de dar razn de por qu defendemos lo que defendemos (por ejemplo, por qu rechazamos la masacre del pueblo palestino incluso si personalmente no nos va nada en ello).

No somos tan ingenuos de pensar que el resultado se terminar decidiendo por una va distinta de la fuerza. Pero tampoco somos tan criminales, insensatos e irresponsables como para no preguntarnos a qu potencia (y por qu razones) decidimos sumar nuestras fuerzas.

Ahora bien, en esto de las razones no defendemos, tal como nos acusa JPGC de un modo desconcertante, ningn tipo de instancia privilegiada y Absoluta. No cabe localizar en ningn sitio, ciertamente, portavoces prominentes de la Razn: ni el Comit Central del Partido, ni Stalin, ni el FMI, ni el Rey filsofo5 (nos parece simplemente un delirio o ms bien una injuria que JPGC nos reproche algo as). En efecto, nadie puede pretender una comunin tan inmediata y Absoluta con la Razn como para arrogarse la posibilidad de imponernos a todos cmo debemos pensar o qu debemos hacer. Nadie (ni comandante ni rey ni partido) puede pretender una conexin tan privilegiada y absoluta con la Razn que le autorizase a imponernos determinados contenidos morales, polticos, tericos, estticos, etc., con carcter vinculante y validez general.

Ahora bien, esta ausencia radical de Absolutos y contenidos vinculantes no implica la ausencia de un proyecto poltico definido. Muy al contrario, esta ausencia radical de contenidos vinculantes implica con carcter absoluto la necesidad de un proyecto poltico concreto, a saber, la exigencia del derecho: precisamente porque nadie tiene derecho a imponerme cmo debo pensar, qu debo hacer o qu me debe gustar, se impone la necesidad de un ordenamiento jurdico que comience por garantizar a todos, en principio,  la libertad para perseguir los fines que cada uno considere ms oportunos, es decir, que cada uno haga, piense y disfrute, en principio, con lo que quiera.

Sin ningn tipo de lmites? Evidentemente no. Hay ciertos lmites que van automticamente implicados en este planteamiento: si esa libertad ha de ser garantizada a todos, es necesario imponer como lmite a cada uno la exigencia de compatibilidad de sus acciones con la libertad de los dems segn leyes universales. Es decir, es la idea misma de libertad la que, dada la ausencia radical de portavoces privilegiados de la Razn, exige la compatibilidad de la libertad de cada uno con la de todos los dems segn leyes universales6.

A partir de este principio elemental, es posible ir derivando todo un sistema de determinaciones que corresponden (analticamente) a esta cristalizacin de las exigencias de la libertad.

Por ejemplo, corresponde a la idea misma de libertad el que nadie tenga hipotecada su propia existencia a la voluntad caprichosa de otro particular. En este sentido, hay ciertas condiciones materiales del ejercicio de la libertad (relativas al sustento del propio cuerpo como soporte material de todos los derechos) en ausencia de las cuales se introduce la subordinacin desptica de unos individuos a otros. Por lo tanto, la independencia civil resulta inseparable de la exigencia de libertad. Ni la dependencia formal de las mujeres hacia sus maridos (regulada en el cdigo civil franquista) ni la dependencia material de los obreros hacia sus patrones (que obliga a entregar como tributo vidas enteras de trabajo) resultan, pues, compatibles con la idea de derecho (y, por cierto, aunque nos ruborice un poco tener que aclarar estas cosas, debemos decir que este atentado a la libertad y la dignidad de los individuos resulta intolerable no porque haga sufrir mucho a la idea de derecho sino que, al revs, se registra como contrario a la idea de derecho precisamente porque atenta contra la libertad y la dignidad de las personas).

Del mismo modo, resulta indisociable de la idea misma de ley la validez general para todos y, por lo tanto, el principio de igualdad: que nadie pueda reclamar para s la posibilidad preferente y privilegiada de atentar contra la libertad de los dems haciendo consigo mismo excepciones sobre la regla comn.

Ahora bien, dentro de los lmites que marca la exigencia de libertad, igualdad e integridad de todos, cada estado, cada pueblo o cada comunidad que exprese la voluntad de organizar un cuerpo poltico debe poder dotarse de las leyes comunes que considere ms apropiadas para regular su propia convivencia. Es decir, la capacidad de establecer las reglas comunes debe establecerse segn mecanismos democrticos. Y, de nuevo, surge aqu el problema de no poder (por principio) contar con ningn portavoz privilegiado de la razn (ni Partido, ni Stalin, ni FMI, ni Rey filsofo) capaz de garantizar, por su mera autoridad, las leyes ms convenientes para todos. No contamos como depsito de la razn ms que con nuestra propia capacidad de dar argumentos siempre mezclados (como no puede ser de otro modo) con pasiones, intereses privados, limitaciones tericas, etc. En estas condiciones, la nica opcin es buscar algn truco para exigir a las razones privadas que traten de hacerse valer como razn pblica, es decir, que si aspiran a ser admitidas como razones de validez general para todos, tengan antes que haberse puesto a prueba (y haber triunfado) en un espacio de argumentacin y contraargumentacin comn. Para eso, es necesario construir un espacio de discusin en el que las razones privadas se vean forzadas a intentar hacerse valer como razn pblica (pues, en caso contrario, les resultar imposible el asentimiento general). Esta es, sencillamente, la idea regulativa en la que se basa cualquier asamblea legislativa, los consejos de obreros, los soviets mientras duraron, los Consejos municipales de la Comuna... y el principio por el que pretenden orientarse nuestros parlamentos fingiendo que no estn secuestrados por la banca, los medios, y los mercados.

Ahora bien, esta capacidad de legislar democrticamente no puede estar exenta de reglas y garantas. Por ejemplo, quienes quedaran en minora deben tener la misma obligacin que todos los dems (independientemente de su potencia) de respetar las normas aprobadas en comn pero, en cualquier caso, se debe garantizar (incluso contra posibles decisiones de la mayora) su derecho a seguir razonando en pblico, argumentando y defendiendo ante todos que, en realidad, la propuesta planteada por ellos era ms conveniente para regular la vida comn del conjunto. Una asamblea que aniquilase a sus voces discrepantes resultara intolerable por mucho que esta fuera la decisin soberana de una multitud no sometida. Ahora bien, para poder afirmar esto, como es evidente, es necesario encontrar un criterio validez distinto del de la afirmacin soberana de una multitud no sometida.

Al mismo tiempo, como algo tambin indisociable de la idea de norma comn, hay que defender la existencia de algn poder pblico capaz de hacerla cumplir, es decir, un poder capaz de garantizar su validez general para todos. Si las normas comunes las cumple solo el que quiere o, peor an, si hay alguna fuerza que acumula ms poder del que tiene el cuerpo poltico para hacerlas cumplir (y esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando los bancos tienen ms poder que los gobiernos), entonces ya no cabe hablar de normas comunes ni de soberana ni de libertad.

Ahora bien, es evidente que todos los principios que estamos aqu enumerando tienen algo de metafsico: en la realidad la libertad es permanente cercenada por las fuerzas de orden pblico, la independencia civil es una quimera en condiciones capitalistas de produccin, la presunta igualdad jurdica convierte las leyes en una ratonera para los pobres pero no causan casi molestias a los ricos que las violan, los parlamentos estn secuestrados por los grandes poderes econmicos que les restringen cada vez ms cualquier margen de maniobra, el poder pblico siempre se ha mostrado impotente cuando ha tenido que medirse con los dueos del poder real...

Todos los principios que hemos sealado aqu como contenido necesario de la idea de derecho son mentira respecto al mundo actual. Se trata entonces de vanas quimeras y conceptos que no tienen nada que ver con la realidad? son entonces un puro cuento? Todo lo contrario: se trata precisamente de los conceptos que necesitamos para impedir que la realidad nos cuente cuentos. En efecto, son Francia, Inglaterra y Espaa (con la inestimable colaboracin de JPGC) quienes tratan de contarnos el cuento de que ellos son la realizacin definitiva del Estado de derecho, el triunfo final de la libertad, la igualdad, la independencia, el parlamentarismo, la libertad de expresin. Es imposible saber que se trata de una simple impostura?. Qu necesitamos para poder detectar esa estafa? Evidentemente, necesitamos poder confrontar la realidad (que se pretende en Estado de derecho) con el derecho (segn su idea) para ver hasta qu punto coinciden o no. Renunciar a la idea de derecho, en vez de hacerte ms materialista y realista, te convierte en consumidor inerme de los cuentos del capitalismo (de los que JPGC es realmente un gran entusiasta). De nuevo sentimos no lograr explicarnos con mayor claridad ante algo que, en realidad, es extremadamente sencillo: si un comerciante te intenta vender una burra como si fuera un pura sangre, conviene tener cierta idea de caballos para impedir que te estafe. La va ms eficaz para convertirte en el hazmerrer de la comunidad es renunciar, en nombre del materialismo, a comparar las cosas con el concepto de lo que pretenden ser.7

En este sentido, en efecto, es verdad que las determinaciones del concepto de derecho no se cumplen en el mundo real, pero no por eso se trata de un concepto intil: lo necesitamos precisamente para interpelar a la realidad y combatirla en vez de rerle las gracias y comprarle los cuentos (como, por ejemplo, el de que todo Derecho es Derecho burgus). Nuestros ordenamientos jurdicos pretenden ser un estado de libertades y garantas pero sabemos que es mentira: falta libertad, falta igualdad, falta independencia, falta libertad de expresin, falta deliberacin ciudadana con capacidad legislativa, falta poder pblico... Todo esto, en efecto, brilla por su ausencia en todos sitios, pero si brilla, aunque solo sea en la denuncia de su falta, es porque mantenemos al menos la posibilidad de comparar una realidad con el concepto de lo que pretende ser y descubrir entonces la estafa.

En definitiva, esos conceptos e ideas regulativas que a JPGC le parecen un cuento chino son, por el contrario, la nica garanta que tenemos contra los cuentos chinos que el capitalismo trata de contarnos a diario, sobre todo ese de que solo hay Derecho en el mundo burgus y todo Derecho es Derecho burgus, que es, por cierto, el cuento favorito tanto del capitalismo como de JPGC.

Por lo dems, siempre hace falta cierta dosis de metafsica para saber de qu lado de cada batalla estamos. Para poder elegir entre una cosa y otra necesitamos algo ms que las dos cosas. Necesitamos tambin un criterio de seleccin. Y, como decamos, ese criterio no es una tercera cosa sino alguna razn por la que preferir una en vez de otra. As, si tenemos que elegir entre sumar nuestras fuerzas al ejrcito israel o a la resistencia palestina, necesitaremos un tercer elemento que no ser ya una cosa (por muy potente que sea) sino una idea (por muy impotente que sea) que nos permita distinguir lo imperativo de lo intolerable y nos sirva de criterio para sumar nuestras fuerzas a un lado o al otro. Y el caso es que JPGC, como no poda ser de otro modo, pone tambin encima de la mesa un criterio de validez igual de trascendente y metafsico que cualquier otro: la Democracia ms absoluta afirmada con soberana plena ejercida por una multitud no sometida. Ciertamente, no pretender que esa democracia plena encuentra hoy alguna realidad ms real que el proyecto poltico de la ciudadana. Como criterio, es tan regulativo, metafsico y basado en un deber ser como cualquier otro. A partir de l, hay que tomar partido siempre a favor de todo acto de soberana plena de la multitud no sometida y en contra de cualquier lmite, regulacin o sistema de garantas que trate de restringir esa soberana. Pues bien, este criterio no es menos metafsico y ms materialista sino, simplemente, ms irresponsable y criminal incluso desde el punto de vista de las cosas que realmente trata de defender JPGC. El problema de ese criterio, en el caso de JPGC, es sobre todo que se trata de un psimo criterio para decidir de qu lado est en cada caso. Y esto es algo que, como es lgico, tiene su prueba del 9: apoyara JPGC un acto de plena soberana de la multitud que decidiera aniquilar a los homosexuales?, celebrara como acto de liberacin que una multitud no sometida expulsase a todos los inmigrantes? Si la respuesta es no, entonces el criterio que dice defender no es el que realmente aplica (pues una respuesta negativa supone algn otro criterio de validez, distinto del de la mera soberana colectiva, que permita validar algunos actos de soberana como aceptables y rechazar otros como intolerables). Si la respuesta es s, entonces JPGC tendr que explicarnos cmo hacemos a partir de ahora para distinguir, no ya las burras de los caballos, sino a los fascistas de los comunistas.

NOTAS

1Por otra parte, en Carlos   Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero, El orden de 'El capital', pp. 403-415, hacemos un comentario bastante extenso del captulo en cuestin, La jornada laboral.

2JPGC nos reprocha de continuo que no discutimos con este o aqul autor, que en realidad no discutimos con nadie, que no nos hacemos cargo de escuela alguna, que hablamos desde la Luna, es decir, que somos, en definitiva, unos lunticos prepotentes muy ignorantes. La verdad es que citamos poco o muy poco y lo hacemos a conciencia, hastiados de la pedantera y el academicismo. A fuerza de citas de autores y escuelas, se acaba por hablar mucho ms de los autores y de las escuelas que de las cosas mismas de las que hay que hablar. Cuando se pone una cita en lugar del argumento mismo que se pretende ilustrar con ella, o bien es porque se intenta colar un argumento de autoridad, o bien porque, en realidad, se est intentando distraer un momento la atencin del lector para poder as darle gato por liebre. No siempre es as, por supuesto, pero uno llega a pensar que cada vez que te ponen una cita es porque te estn escamoteando un argumento. En el artculo de Carlos Garca Lugo que dio lugar a esta discusin, haba tantas citas que era imposible saber lo que deca. JPGC enumera un sin fin de autores, pero no se ve que los utilice para nada. Por nuestra parte, creemos que el mejor homenaje que se puede hacer a un pensador es utilizarlo. Los filsofos estn al servicio de las cosas. Pero el academicismo, a fuerza de hablar de los filsofos, se olvida de las cosas. Y la pedantera, a fuerza de citar a los filsofos, acaba por no hablar si no del propio curriculum.

3http://www.rebelion.org/noticia.php?id=113472

4Resulta de lo ms chocante que en el extenso artculo de JPGC -en el que, tras criticarnos de todo, se nos critica no hacernos cargo de nada- se pasa enteramente por alto la ms mnima mencin a lo que era la pieza fundamental de nuestra argumentacin: la ficcin jurdica sobre la que se levanta el llamado derecho burgus, es decir, el derecho bajo condiciones capitalistas de produccin. No hay al respecto el menor comentario. El motivo de ello es muy claro: JPGC no puede localizar ah ficcin alguna, pues est empeado en que el universo del derecho, el universo del valor y el capitalismo mismo son la misma cosa. Pero lo que no puede decir es que nosotros no nos hemos tomado el trabajo de argumentar lo contrario. Lo que hemos intentado mostrar en El orden de El capital es que es imposible una lectura de la obra de Marx con esos parmetros. El derecho y el mercado no son la misma cosa. Pero es que el mercado y el capitalismo, tampoco. No se puede deducir el capitalismo de la forma valor (eso es precisamente lo que pretende el liberalismo). Cuando JPGC afirma que el capitalismo se atiene a ley que, se ajusta a Derecho y aade, y no a cualquier Derecho sino a la ley ms racional de todas: la del intercambio de equivalentes, se olvida de explicitar una cosa fundamental: que ese intercambio de equivalentes no se produce entre autnticos ciudadanos -al menos segn los parmetros del pensamiento de la Ilustracin-, pues el proletariado carece del requisito fundamental de la ciudadana: la independencia civil (el no tener que depender de otro para subsistir).

5Respecto al asunto de nuestra defensa de Scrates y Platn habra mucho que decir, sobre todo porque habra que comenzar desmontando prejuicios muy enquistados ya desde los primeros manuales que se utilizan en bachillerato. La cuestin resulta un poco larga para discutirla ahora. En todo caso, aprovechamos para anunciar la prxima publicacin en la editorial Akal de una serie completa de libros de texto de Filosofa que hemos elaborado, precisamente, con la intencin de contrarrestar ese barullo de tpicos empaquetado en los manuales habituales.

6 Esto es, como ya hemos dicho (retomando una vez ms nuestro fetiche-Kant), lo nico que establece el principio universal del derecho. En efecto, tal como seala Kant, un ordenamiento jurdico constituir propiamente un sistema de derecho en la medida en que las normas busquen establecer el conjunto de condiciones bajo las cuales el arbitrio de uno puede conciliarse con el arbitrio del otro segn una ley universal de la libertadKant, Die Metaphysik der Sitten, p. 230

7Por otra parte, no se entiende muy bien por qu para JPGC es metafsico, idealista o luntico pretender que bajo condiciones capitalistas el derecho no es realmente el derecho, y, en cambio, le parece de lo ms materialista y realista repetir una y otra vez que bajo condiciones capitalistas la democracia no es realmente democrtica.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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