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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-01-2011

Los sonidos del silencio

Carlos Tena
Rebelin


rase una vez un pas en el que los habitantes pagaban con su vida, la luz, las velas, el carbn, el gas y el aceite que vendan los gobernantes. Al parecer eran bienes muy costosos, pero mientras iluminbamos nuestras noches, aunque pudiramos perder das, semanas o meses (a veces aos) en las mazmorras del estado, pintbamos, esculpamos, escribamos y componamos miles de obras para repartir alegremente. El intercambio de conocimiento no estaba penalizado.

Tanta fue la lluvia de cuadros, esculturas, libros y canciones, que fue hacindose la luz y el gris dej paso al blanco. En ese tiempo se hizo verdad aquello de que, por un da, la libertad sali a la calle, y el poder fue de la imaginacin. Despus de tres dcadas, toda aquella explosin de ensueo contra la mediocridad ha sido anulada por el inefable poder de la mala msica, la psima cultura, la usura, el cine para mentecatos (Balada triste de trompeta), la estafa, el humor para gansos, el PPSOE y las pandemias originadas por virus de origen desconocido, aunque localizadas en Wall Street.

Ese estallido de color y matices impregn toda una poca, un tiempo de esperanza en el que el rojo se mova a ritmo de glam rock, el azul copulaba con el amarillo para dar a luz a los textos de Fernando Mrquez o Germn Coppini, el violeta y el turquesa quedaban atrapados en las descargas del pop ms infantil, el bermelln y el azul cobalto eran bautizados en una pila cuaresmal con los buenos oficios del anticlericalismo. Otros construan parasos, Eduardo Haro Ibars era el poeta necesario y la mirada de Alberto Garca Alix atrapaba los segundos llenos de mil tonalidades. Colores de una vitalidad extrema, de una luz venida desde los confines del oscurantismo, para estallar en un comienzo de libertad balbuciente, que fue tomando cuerpo de ola hasta devenir en sirena complaciente, dispuesta al orgasmo colectivo en un mar de imaginacin desbordada. Nada ms hermoso que el creador que no espera recompensa.

Aquella fraccin tan breve de energa (si utilizamos el smil de Stephen Hawkins) qued en el universo como una Va Lctea que recorrer hasta el Nirvana. Un agujero de gamas inditas que atrapaba al cosmonauta sin cpsula, donde encontrabas miles de seres de otros mundos, de otros orbes, a los que no intimidaba la mirada obscena del huidizo conspirador; personajes angelicales y demonacos (al fin y al cabo, ngeles rebeldes) de cuyas manos y gargantas nacan himnos generacionales en los que era patente la ausencia de consignas. Y si alguien rijoso o malintencionado quisiera romper el entusiasmo, el comn denominador era la proclamacin de la alegra de un esbozo de libertad, que en 1984 castr la democracia de Felipe Gonzlez y Juan Carlos de Borbn, sonrientes ante la tortura y la iniquidad. Nada ms repugnante que la sangre derramada intilmente.

En aquel entonces, el calor desrtico no importaba. Los oasis aparecan en cualquier esquina de las ciudades-espejismo, las fuentes eran cataratas y el agua no estaba contaminada. Los viajeros de la caravana cruzaban las dunas lentamente, ingiriendo bebidas espirituosas que mezclaban con hierbas medicinales tradas de lejanos pramos urbanos. Y en esos verdes lugares donde el amor estaba asegurado, no haca falta la lluvia, la furtiva lgrima del verso social, para sentirse liberado de unas argollas clavadas en un paredn. Sultanes del ritmo, hures de Birmania, quijotes yeys, solapados agentes federales y toda suerte de grupos teatrales venan a compartir lquidos. Nada ms potico que la humedad.

Y, de pronto, desapareci todo el paisaje. Una goma de borrar inmensa y agresiva, cay del cielo como impulsada por la mano asesina de la mediocridad. Los oasis fueron tragados por la arena de la violencia; los viajeros huyeron despavoridos y se disfrazaron de vendedores de sexo-quincalla, los artistas abandonaron las plumas, los pinceles, los cinceles y los teclados, para mezclarse entre las huestes invasoras. Nada ms pattico que un pueblo sin luces, ideas, ilusiones y utopas.

Ms de un cuarto de siglo despus de la llegada triunfal del Arco Iris, todo ha adquirido un sospechoso aire de aceptacin de la miseria. La caravana viajera no aparece matizada con mil esmaltes nunca vistos; los carros y carruajes, carrozas y camellos, estn controlados por un sistema GSP que maneja El Gran Eunuco Mental. Hay en este ambiente como una extraa sensacin de mutis. Un siniestro espasmo de venganza sobre la libertad.

Y para colmo, ese zumbido, ese intenso y desagradable pitido que slo puede escucharse cuando las voces se han apagado. Nada ms sospechoso que el silencio.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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