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(el Pueblo quiere la paz)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-01-2011

No se puede conseguir la paz ignorando y humillando a los pueblos
Cuando la verdad est en la calle

Alfonso Sastre
Gara


La manifestacin en pro de los derechos de los presos vascos (8 de enero de 2011) era la manifestacin de una ancha multitud de ciudadanos, estuviramos o no en la masa que desfilaba. (Antonio lvarez-Sols)

Desde hace algn tiempo yo estoy dndole vueltas a la cuestin de las diferencias que hay entre la realidad y la verdad, nociones que muchas veces, sobre todo en el habla popular, aparecen confundidas, como si fueran sinnimas, desapareciendo entonces la diferencia entre ellas, ignorndose en suma que en muchas ocasiones la realidad oculta o decididamente se usa para oponerse a la verdad: es cuando la realidad es mentira, por muy realidad que sea, pues es usada para fingir una verdad que precisamente se trata de ocultar. Lo cual claro est que no puede ponernos al lado de quienes menosprecian la realidad y nos invitan a situarnos al margen de ella y proponen que la poesa se produzca en un territorio fantstico, en el cual estaramos -digmoslo as- ms cerca de Dios, de la sabidura y de la eternidad.

Muchos poetas han postulado habitar en lo que se llam las torres de marfil. La realidad sera sucia y vulgar y el ser humano debe parecerse, dentro de lo posible, a los ngeles, como modo de elevarse sobre la basura que es la vida e instalarse en el cielo de la belleza. Poetas tan diferentes como Edgar Allan Poe y Oscar Wilde (arte por el arte) fueron partidarios de esta instalacin en las alturas o, al menos, en los mrgenes de la vida vulgar. Recurdese que para Poe una condicin para escribir incluso un buen libro de viajes era no ir a los pases visitados en l.

Y qu papel desempea la calle a que me refiero en el ttulo de este artculo en todo esto? La verdad es que lo que ocurre en la calle -la realidad de la calle- es que en ella se encuentran y se confrontan los datos con los que hay que contar para pensar sobre la verdad de las cosas, de los hechos y de las situaciones de nuestra vida y de nuestra historia, y que hay que tratar lo que ocurre en ella con la mxima atencin y el mximo cuidado si de lo que tratamos es de acceder a la verdad que la realidad -como he dicho- tantas veces y de tantos modos nos oculta, manipulada y enmascarada por los medios de comunicacin vinculados secreta o explcitamente al poder, para los que no hay ms realidad ni ms verdad que las que ellos deciden, de manera que lo que ellos no cuentan no alcanza ni siquiera el nivel de la mera existencia (lo que no aparece en ellos no existe); y, claro, mucho menos conduce a revelar alguna verdad sobre lo que sucede en el fondo de una sociedad. (As es que hasta hechos tan multitudinarios y espontneamente populares como la manifestacin citada del 8 de enero en Bilbo en defensa de los presos polticos vascos -una gran realidad cargada de verdad!- pueden ser prcticamente ignorados o desvalorados dedicndoles una lneas o unos segundos en momentos o espacios irrelevantes y acompaados de pequeos comentarios malvolos).

La calle es un lugar en el que la vida se manifiesta de diferentes modos en nuestras ciudades, y ello puede llegar a ser tan importante como para que un poltico franquista exclamara enfticamente que la calle era suya y que en ella se respiraba la alegra de la paz. l se refera a la ocupacin de la calle por su polica. Esa ocupacin era una realidad evidente y la felicidad producida por esa ocupacin era una infame mentira.

Miremos la calle de las grandes ciudades sin prejuicios ni ideas previas y veremos que ella es sobre todo un escaparate de la mentira. Ella presenta, iluminada, la mentira de una felicidad inexistente, y es preciso acudir, ya a los barrios bajos, ya a las alturas infernales de sus cerritos o de sus favelas, para respirar la realidad que no miente, la realidad que dice la verdad. Es entonces cuando las sucias verdades (en la expresin de Michael Parenti) muestran su faz atroz ms all de todos los maquillajes. (Un departamento muy importante de los estudios de TV es, precisamente, el del maquillaje de las personas reales que van a ser presentadas. La gente es guapa y hasta si llora debe llorar bien y no de cualquier manera, poniendo la cara fea de la tristeza y no digamos de la desesperacin, o sea, de la desolacin de una realidad que entonces s sera verdadera.

Un caso muy elocuente de lo que vengo diciendo es el de la actividad ocultadora de la realidad en Barcelona, cuyos muncipes tratan de hacer de esa ciudad un escaparate para turistas y gentes de negocios. No es que la pobreza est prohibida, claro, sino que lo que est prohibido es que la pobreza sea visible.

Volviendo aqu a la realidad de nuestra Historia, podemos preguntarnos ahora cul es la verdad que qued clamorosamente proclamada en la calle durante la grandiosa manifestacin del pasado 8 de enero en Bilbo. Qu verdad -la verdad que trata de ocultarse por los medios de comunicacin pblicos- se manifest entonces? Sencillamente, la verdad de que no es la existencia de ETA, cuyo ltimo comunicado he tenido ocasin de celebrar en estas mismas pginas, lo que pone hoy una barrera a la paz, sino la tozudez, la torpeza y el cerrilismo de los nacionalistas espaoles, al no aceptar la verdad de la existencia que se trata justamente -injustamente- de ocultar: la verdad de un importante conflicto poltico de alcance social-popular, y la consiguiente gran fuerza espiritual de un espritu vasco que mueve o es movido por una gran pasin independentista.

Asiste toda la razn a Antonio lvarez-Sols cuando en su pequeo artculo que he citado en la cabecera de ste, concluye que en casos como el nuestro la crcel ya no es slo un mbito en el que se recluye a los penados, sino tambin las voces, las opiniones y las posibilidades morales y fsicas de toda la ciudadana. En este caso, de la ciudadana vasca.

En otro lcido artculo, el gran periodista mantiene -y nosotros participamos de su conviccin- que vivimos un momento en el que seran necesarios grandes estadistas; pero la verdad -la sucia verdad- es que, hoy por hoy, la poltica se mueve en niveles casi reptilianos. As ocurren las cosas, enredadas por la realidad de los grandes intereses, pero tambin de grandes mitos, como es, en este rea nuestra, el del patriotismo gran-espaol, una de nuestras grandes calamidades.

As es que cuando la verdad de los pueblos es ignorada por los parlamentos y por los grandes medios, esa verdad sale a la calle; y cuando, as mismo, esa voz de la calle es ignorada, la verdad aparece en forma de clera y deviene en violencia popular, como se est manifestando ya en varias ciudades de Europa y en Tnez.

Tampoco se puede conseguir la paz humillando a los pueblos. Un gran ejemplo de ello es la Segunda Guerra Mundial, cuyo origen fue justamente la humillacin que se hizo al pueblo alemn en 1918 al obligarle a firmar el Tratado de Versalles ponindolo prcticamente de rodillas. En ese momento naci el huevo de la serpiente del nazismo.

Aquella humillacin explica que gran parte del pueblo alemn se pusiera a las rdenes de aquel pintor de paredes y lo apoyara fervorosamente en su catastrfica y perversa aventura. La relacin entre el tratado de Versalles y la Segunda Guerra Mundial no es una mera ocurrencia ma, sino que qued manifiesta en el hecho de que Hitler oblig a que la capitulacin de Francia en 1940 fuera firmada en el mismo vagn en el que los alemanes se vieron obligados a firmar aquel tratado de 1918. (Tambin hubiera podido nacer de aquella humillacin -pero desgraciadamente no fue as- la revolucin socialista alemana que postulaban tan grandes personalidades como Rosa Luxemburgo).

El Gobierno del PSOE tiene hoy una gran ocasin para cubrirse con la gloria de la paz, que es muy mala compaera de las mordazas y las humillaciones.

Alfonso Sastre es dramaturgo

Fuente: http://www.gara.net/paperezkoa/20110122/244474/es/Cuando-verdad-esta-calle



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