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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-01-2011

La traicin del 27-E y el final de la Transicin

Angeles Maestro
Rebelin


Para intentar tapar las vergenzas de un pacto que formar parte destacada del elenco de traiciones en la historia del movimiento obrero, CC.OO y UGT han intentado camuflarlo como un nuevo Pacto de la Moncloa. El objetivo es intentar difuminar la responsabilidad directa de ambos sindicatos en la traicin consumada el 27 de enero disimulada entre polticos, gobernantes, expertos y hasta algn intelectual orgnico, si fuera menester.

He escrito bien sindicatos, refirindome a CC.OO. y UGT, y no cpulas o burocracias sindicales, como se dice a veces para mostrar la diferencia entre los dirigentes y las bases. Ya no. Despus del 27 de enero y tras la firma del Pacto infame que dinamita conquistas sociales como la edad de jubilacin a los 65 aos, mantiene a ancianos trabajando y niega un puesto de trabajo digno a las nuevas generaciones, alarga el periodo de cmputo de la pensin a 25 aos, exige unos imposibles 38 aos y medio de cotizacin para acceder a la pensin completa y deja sin nada a la inmensa mayora de los jvenes, mujeres e inmigrantes, protagonistas absolutos del empleo a tiempo parcial y la precariedad que sin embargo cotizarn a fondo perdido a la seguridad Social - , hay que hablar de organizaciones sindicales en su conjunto. No slo Toxo y Mndez son responsables de la canallada perpetrada contra el conjunto de la clase obrera.

Ningn trabajador o trabajadora puede mantener el carnet de CC.OO. o de UGT en el bolsillo y mirar a la cara a los compaeros sin que se le caiga de vergenza. Con qu derecho han firmado en nuestro nombre? A quin representan? El Pacto Social es una ignominia, un atropello y un acto inaceptable de violencia social de guante blanco contra el conjunto de los trabajadores y trabajadoras.

Pero no es slo una enorme traicin. El objetivo esencial, ms importante que la enorme tajada de la reforma de las pensiones que han servido en bandeja a la patronal, es truncar, aniquilar al movimiento obrero; y aunque Toxo y Mndez estn haciendo todo lo posible por favorecerlo, afortunadamente no est en sus manos garantizarlo. Precisamente porque no es una reedicin de los Pactos de la Moncloa como los sindicatos hubieran querido.

Es el final de una larga etapa que s se inicia con la Transicin y que adems de mantener intacto el aparato de Estado de la Dictadura con el rey a la cabeza, empieza propinando dos golpes decisivos a la izquierda y al movimiento obrero: la Ley de Amnista de 1977, seguida de unos Pactos que entre muchas florituras sin trascendencia introducen el despido gratis y sin causa del contrato de empleo juvenil y la eliminacin de la readmisin en el despido improcedente.

No es la envergadura del ataque a conquistas sociales la que determina las decisivas diferencias entre 1977 y 2011, si no la radical diferencia entre la categora de los actores y el escenario en que se desarrolla el drama. La agitacin del espantajo de la dictadura y el seuelo de una democracia preada de derechos sociales y polticos, en funcin de los que vala la pena apretarse el cinturn en lo inmediato, eran crebles porque los enarbolaban precisamente los mximos dirigentes de la izquierda y del movimiento obrero, algunos de ellos, recin salidos de la crcel. Precisamente de su autoridad y credibilidad derivaba su poder real y su enorme responsabilidad por la destruccin de la izquierda que de la Transicin deriv.

Adems entonces se perciba la fuerza real de la clase obrera organizada, capaz de imponer a Suarez en 1976 y desde la clandestinidad, la ley de Relaciones Laborales ms avanzada que conoci el movimiento obrero antes y despus de esa fecha, y vencedora de grandes huelgas con la conquista de cada vez mayores derechos sociales. An no era perceptible que se trataba del principio del fin, que se iniciaba una gran operacin del capital dirigida a la desvertebracin y derribo del movimiento obrero, que slo poda culminarse con xito si la parte fundamental del guin era interpretada por sus propios dirigentes.

La situacin ahora es cualitativamente diferente. Ya no hay espantajos de vuelta a la dictadura que agitar ni mirlos blancos de democracia que sustenten esperanzas de tiempos mejores. Hasta los ms ignorantes saben que mientras el abismo del paro, la precariedad y las pensiones de miseria se traga a millones de personas, la patronal de las grandes empresas y, sobre todo, la banca se siguen forrando gracias al gobierno del PSOE, a quien relevar el PP en el momento oportuno.

Pero lo ms importante es que los jefes sindicales que firman ahora el Pacto Social, no slo no son hroes del movimiento obrero, sino que son percibidos mayoritariamente como esbirros del gobierno y del capital, en la cota de prestigio ms baja que se recuerda. Y la izquierda institucional, PCE e IU que hubiera podido convertirse en referente popular simplemente manteniendo sus propuestas de huelga y movilizacin, han preferido una vez ms, y ellos sabrn a cambio de qu no enfrentarse al PSOE y a los sindicatos. Las declaraciones de sus principales dirigentes el mismo 27E hablan por s solas: no hay motivos para la huelga general mientras los sindicatos negocian (Llamazares en Onda Vasca) y que "los sindicatos estn para sacar lo que pueden en las negociaciones, por lo que IU no se enfrentar a ellos y mantendr una fraternidad de clases (sic) (Cayo Lara en los desayunos de RTVE).

Lo que fue la estructura dirigente de la izquierda poltica y sindical en la Transicin se hunde, pero como ni en la fsica ni en la dinmica social existe el vaco, lo nuevo que ya hace tiempo viene apuntando va tomando forma y fortalecindose. El 27 de enero ha sido un buen ejemplo.

En Hego Euskal Herria y tambin en Galiza, la mayora sindical ha convocado con xito huelgas generales y manifestaciones masivas teniendo en contra a CC.OO. y UGT; en Catalunya han intentado la huelga y ha habido importantes movilizaciones; en Murcia llevan mes y medio en pie de guerra con manifestaciones cada vez mayores, y en el resto del Estado las manifestaciones contra las reformas y en solidaridad con las huelgas generales en las nacionalidades, han sido ms concurridas y ms combativas que en ocasiones anteriores.

En nada se parecen pues, ni los actores, ni el escenario, al de 1977.

La preocupacin de las clases dominantes es que las posibilidades de que los ataques, mucho ms duros y sin lmite previsible, sean aceptados mayoritariamente son mucho menores que hace 34 aos. La caldera de la indignacin popular va aumentando la presin, no hay vlvula de seguridad y el colchn de legitimacin se deshace a ojos vista. Es el final de una etapa y ser el entierro del modelo sindical y poltico de la Transicin.

Lo nuevo, si bien debe reanudar necesariamente el hilo rojo de la lucha obrera y popular que la Transicin pretendi deshacer, no ser la mera continuacin de lo anterior. No slo porque las organizaciones sern diferentes. El nuevo movimiento obrero, dirigido por la clase obrera de hoy: jvenes precarios, mujeres, inmigrantes y lo mejor de los veteranos luchadores y luchadoras que no consiguieron doblegar, tiene ante si con mucha ms claridad que en otras pocas dos lneas de fuerza fundamentales sobre las que constituirse: la emancipacin de clase y el internacionalismo, es decir derecho de los pueblos a liberarse del yugo del imperialismo, incluido el espaol. En ese marco, la bsqueda incansable de la unidad, o al menos la coincidencia, en la lucha frente al enemigo comn es la tarea que ya ha comenzado para el sindicalismo de clase en el Estado espaol y que necesita ser profundizada.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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