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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-01-2011

Decimosexto da del pueblo tunecino
Se acab la libertad

Alma Allende
Rebelin

Fotos de Ainara Makalilo


Maquiavelo deca, con otras palabras, que el prncipe a veces, cuando pierde legitimidad ante su pueblo, tiene que llamar a la continuidad "revolucin". Se cambian los nombres no porque hayan cambiado las cosas sino para que todo siga igual. O parecido, porque los nombres son tambin cosas -como guantes- que no se ajustan a todas las situaciones. En la antigua China, los emperadores que iniciaban una nueva dinasta, tras un golpe palaciego, cambiaban todos los pesos y todas las medidas y comenzaban desde cero el cmputo del tiempo. Ben Al derroc desde dentro a Bourguiba y a ese putsch cortesano lo llam el Gran Cambio, le Grand Changement. Y si es verdad que nunca haba ocurrido antes que un pueblo rabe derrocase a un tirano, una gran contraccin se vive en estos das en Tnez, donde empieza a temerse, tras el asalto ayer a la Qasba, que todos los sacrificios de estos das hayan sido intiles.

- Es como si nunca hubiera habido un 14 de enero -resume desolada Amira.

La polica, en efecto, tras dos semanas de contencin, ha vuelto a aduearse de la situacin. Ayer rompi manos y piernas en la Qasba y durante todo el da han circulado listas sin confirmar de muertos y desaparecidos. Al menos veinte detenidos seguan esta tarde en comisara. Y sobre la plaza de la Qasba quedaron ayer, entre mantas, jaimas y cacerolas, decenas de telfonos mviles desperdigados. De muchos de los dispersados de ayer no se sabe nada. Entre tanto esta maana, 12 horas despus, mientras se repintaban las paredes de lo que fue durante cinco das el ministerio del pueblo, La Press publicaba en portada una fotografa de la concentracin triturada con el titular: en la Qasba la caravana de la libertad sigue las protestas. La revolucin es ya la marca -la chispa de la vida- de un gobierno que teje en la oscuridad y de una prensa que utiliza nuevos nombres para nombrar las mismas cosas.

Los inversores extranjeros se impacientan y EEUU, pendiente de Egipto, quiere sofocar definitivamente el foco tunecino. Las protestas, debilitadas por la claudicacin de la UGTT, se reprimen ahora sin contemplaciones. A los tunecinos, que se haban acostumbrado a campar a sus anchas en la avenida Bourguiba, se les ha recordado durante todo el da que hay una ley marcial, que las manifestaciones estn prohibidas, que es la polica, y no el pueblo, la que ocupa las calles. Bombas lacrimgenas y golpes de porra han escandido una jornada en la que los medios internacionales, volcados sobre Egipto, ni siquiera estaban presentes -o apenas- en la rueda de prensa de Human Rights Watch. Empezbamos a habituarnos a saltar y ahora hay que aprender de nuevo a correr.

Pero en esta jornada de resaca -en la que el mar retrocede llevndose los restos de la fiesta- he conocido a un tipo enorme, descomunal, un tipo cuyo pesimismo musculoso induce paradjicamente al optimismo. Me lo ha presentado el periodista italiano Gabriele del Grande, admirado reportero que se toma en serio su profesin, y hemos pasado algunas horas con l. Se trata de Redha Redhaoui; es un abogado de Gafsa que ha dedicado los dos ltimos aos de su vida a defender, sin atender a riesgos ni a ambiciones, a los encausados por las revueltas mineras de 2008 en Redeyef y los otros pueblos de la regin. Es un hombre grande, cuadrado, de cabellos grises y maneras francas y clidas; gran bebedor, extraordinario narrador de ancdotas jocosas y de una generosidad apabullante. Uno se siente tranquilo a su lado mientras enumera implacablemente los motivos de inquietud.

- Que por qu dio el nuevo ministro del Interior la orden de desalojar la Qasba? No la dio el ministro del Interior. Los nuevos ministerios son de cartn-piedra. No deciden nada. Hay un gobierno paralelo en la sombra.

Ese gobierno paralelo tiene que ver, claro, con la intervencin de los Estados Unidos. No es que la revolucin haya sido manipulada o provocada desde el exterior, dice; ha sido, al contrario, de una pureza tan grande que su propia autonoma la pone en peligro. Pero desde 2009, mientras todos los dems descartaban esa eventualidad, los EEUU se preguntaban si realmente era posible que los movimientos sociales en el mundo rabe derrocasen un gobierno. El imperialismo estadounidense no accion ni gestion las revueltas, pero estaba preparado para ellas. Hasta el punto de que -asegura- el concepto de revolucin de los jazmines, en el que nadie se reconoce, haba sido ya enunciado 8 das antes de la inmolacin de Mohamed Bouazizi el 17 de diciembre.

- La situacin ahora es muy complicada -dice, recordando la famosa frase de Gramsci. - Nos encontramos varados entre un mundo antiguo que no acaba de morir y un mundo nuevo que no acaba de nacer. En ese hueco se ha despertado de golpe la conciencia de la gente; es una conciencia explosiva que lo quiere todo aqu y ahora, que no est dispuesta a esperar ni a negociar, pero que choca con lmites econmicos, sociales, polticos muy severos. Esta desproporcin entre la libertad pura y sus posibilidades reales de materializacin hace complicado maniobrar frente a un rgimen que se ha alterado apenas. En ese pantano, entre el mundo antiguo que no acaba de morir y el nuevo que no acaba de nacer, est adems la polica, un cuerpo educado para defender la dictadura, muy difcil de controlar y an ms difcil de depurar.

Por otra parte asegura que con la UGTT no se puede contar. Est ocupada en resolver su propia crisis. La direccin est implicada en las entraas corruptas del sistema y ha colaborado en su sostenimiento impidiendo la formacin de otras fuerzas sindicales. Los militantes de izquierdas obligados a operar a su sombra chocan ahora contra lmites infranqueables debilitando al mismo tiempo la unidad del sindicato. Las divisiones son grandes, como lo prueba, por ejemplo, el comunicado que el sector de la enseanza ha repartido en la calle Bourguiba y en el que se apoya la lucha del pueblo contra el gobierno provisional de Ghanoushi.

Mientras habla y bebe cerveza en el Hotel Internacional, Redha Redhaoui comenta la situacin en Egipto, cuyas imgenes ofrece Al-Jazeera en tiempo real. Le divierte mucho la reproduccin paso por paso de los acontecimientos en Tnez y la paradjica concesin de Mubarak, que por primera vez nombra un vicepresidente o, lo que es lo mismo, un sucesor: Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos y el hombre ms prximo a Israel. En ese momento suena su telfono mvil. Le llaman desde Qasserine.

- Maana han convocado una huelga -dice- y me piden que se alerte a los medios extranjeros para cubrirla. Quedan muy pocos y eso que esto, al contrario de lo que se puede pensar, no ha hecho sino empezar.

Salimos a una avenida Bourguiba revuelta y oscurecida, en la que se han manifestado Las mujeres demcratas, grupos de estudiantes y pequeos cogulos gritones disueltos una y otra vez por la polica. En la calle Marsella, un joven cubierto con una capucha, demacrado, delgadsimo, balbuciente se acerca a nosotros; le muestra a Redha un papel con mano temblorosa y le cuenta que es hermano de uno de los mrtires de Qasserine y que no tiene dinero para volver a su ciudad. Redha le pasa la mano por el hombro, le escucha y luego le da discretamente veinte dinares (10 euros), una cantidad descomunal de dinero.

- La primera historia es falsa -dice con picarda- pero la segunda puede ser verdad. As que apliquemos el principio de presuncin de inocencia.

Y luego tenemos que ajustarnos a toda velocidad sobre la boca la mascarilla que nos han dado por la maana en la avenida Bourguiba y salir corriendo. El aire se vuelve de nuevo tenso y picante. Silban las bombas lacrimgenas y una sombra lejana nos pisa los talones.

En la avenida de Paris aflojamos el paso. Como si no pasara nada, Redha nos propone ir a beber y comer algo. Pero en ese momento suena de nuevo su telfono mvil. Tenemos que retroceder porque su amiga Faten, una joven de Gafsa a la que nos present algunas horas antes, est herida. La encontramos cien metros ms all, sostenida por tres o cuatro personas. Apenas si puede caminar y cuando llegamos hasta ella se desploma en el suelo. La kufiya palestina que le cubre el pelo est manchada de sangre.

- La polica ha entrado en el caf y le ha golpeado con la porra en la cabeza -nos dice unos de sus acompaantes.

Redha la levanta, para un taxi y, despidindose de nosotros precipitadamente, se la lleva al hospital Charles Nicole.

La atmsfera del Passage es pastosa y srdida. No hay ni manifestaciones ni protestas. Slo algunas personas desperdigadas inmviles en las aceras. Pero hete aqu que de pronto llegan tres furgones policiales, se abren las puertas y desembarca un racimo de uniformados negros. Los contemplamos casi como una curiosidad turstica, sin comprender de qu se trata. Luego todo el mundo sale corriendo y nosotros tambin. Vuelven a detonar las bombas lacrimgenas; corremos, corremos, corremos con el corazn en la boca, con la impresin de que estn por todas partes, zigzagueando entre callejuelas y arrastrando con nosotros a todos los que paseaban tranquilamente por ellas.

Cuando llegamos a casa, llamamos por telfono a Redha. Sigue en el hospital, pero afortunadamente Faten est bien.

Tnez no.

La conciencia de la gentes es muy superior a la estrechez del contexto. La estrechez es, en efecto, muy estrecha.


Nuestro irritante amigo verde


Jvenes en la avenida Bourguiba


Las Mujeres demcratas piden laicismo y el fin de la represin


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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