Portada :: Amrica Latina y Caribe
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-01-2011

2011: Ao del centenario del peruano Jos Mara Arguedas
Ahora, Jos Mara est ms vivo que nunca

Hugo Blanco
Rebelin


La conmemoracin del centenario del nacimiento de Jos Mara Arguedas se ha convertido en bandera de lucha de quienes reivindicamos nuestra cultura con todo su rico contenido: Entre muchas otras cosas, de compenetracin con Pachamama, cuyos hijos somos y debemos vivir en su seno cuidndola. De organizacin comunal colectiva, democrtica y solidaria, donde mandan todos. Del buen vivir, que entiende que la felicidad no consiste en la acumulacin de dinero para cumplir las rdenes de la sociedad de consumo, sino en vivir satisfactoriamente. De respeto a la diversidad. Del amor a nuestros antepasado y descendientes.

El neoliberalismo depredador, naturalmente est en contra de todo eso: Arremete contra la naturaleza pretendiendo arrasar la selva a travs de convertir al bosque en madera, extrayendo hidrocarburos que envenenan el agua matando animales y vegetales y en muchas otras formas. Ataca en la sierra con la minera y las hidroelctricas robando y envenenando el agua de la agricultura. Ataca el suelo cultivable con la agroindustria, su monocultivo y uso de agroqumicos.

La lucha en las ideas no es ms que el reflejo de la lucha en la prctica: Por una parte la poblacin fundamentalmente indgena, vctima de la depredacin, y por la otra las grandes empresas multinacionales depredadoras, con sus sirvientes Alan Garca, Vargas Llosa y otros.

Por eso no nos extraa que el gobierno se haya negado a declarar al 2011 Ao del centenario del nacimiento de Jos Mara Arguedas.

Tampoco nos extraa que mltiples voces de abajo s lo hagan: El Consejo Regional de Ayacucho lo hizo. En Abancay el municipio organiz la celebracin. Hay actividades en Apurmac , Junn , Huancavelica , Ayacucho , Puno , Cajamarca , Cusco. En Lima fue exitoso el popular pasacalle organizado por diversos colectivos culturales, artsticos, polticos y continan diversos actos pblicos.

Son gestos desafiantes contra los enemigos de la naturaleza y del pueblo.

 Parte inseparable de la conmemoracin del centenario de Arguedas tiene que ser el apoyo a las luchas que hoy estn dando los indgenas que tanto am l, por defender sus principios indgenas: Cocachacra, Combapata, Espinar, Puno, Ayabaca, Huancabamba, Conococha, etc.

Refirindose a su novela Los Ros Profundos, cuatro das antes de morir Arguedas dijo:

En la novela imagin esta invasin con un presentimiento: los hombres que estudian los tiempos que vendrn, los que entienden de luchas sociales y de la poltica, los que comprendan lo que significa esta sublevacin de la toma de la ciudad que he imaginado. Cmo, con cunto ms hirviente sangre se alzaran estos hombres si no persiguieran nicamente la muerte de la madre de la peste, del tifus, sino la de los gamonales, el da que alcancen a vencer el miedo, el horror que les tienen!

Hoy ya vencieron a los gamonales y se levantan valientemente contra los ataques del neoliberalismo.

Nuestro deber como arguedianos es apoyar con toda nuestra fuerza las luchas que levantan los principios indgenas que tanto respetaba el tayta:

Contra el ataque del neoliberalismo egosta, la defensa de la organizacin comunal solidaria, en que todos mandan democrticamente.

Contra el ataque a la naturaleza, la defensa de Pachamama.

Contra el criterio capitalista de que lo ms importante en la vida es ganar mucho dinero, el principio del Buen Vivir, de que la felicidad consiste en vivir satisfactoriamente.

Contra el dominio de la cultura colonial, el respeto a diversidad cultural.

Contra el olvido del pasado y el inhumano egosmo hacia las generaciones futuras, el respeto a nuestros antepasados y la garanta de la supervivencia de la especie.

Apoyemos ese movimiento rebelde que desafa a sus actuales opresores!

En Cocachacra no manda la Southern ni su sirviente Alan Garca, manda colectiva y democrticamente el pueblo de Cocachacra!

 El recuerdo de Arguedas es inseparable de nuestro vigoroso apoyo a las luchas por la defensa de los principios indgenas que tanto amaba l.

 Ahora Jos Mara est ms vivo que nunca, es nuestra bandera de lucha, nuestro unanchay, el smbolo de quienes luchamos por la vida contra los heraldos negros que nos manda la muerte en palabras de Vallejo.

 

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DOCUMENTO HISTORICO: Correspondencia entre Jos Mara Arguedas y Hugo Blanco (1969)

As fue

Desde que conoc los escritos de Jos Mara Arguedas, me un afectivamente a l.

Su compaera Sibila visitaba a Antonio Meza, un campesino, combatiente armado del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), del centro del pas, preso en Lima. Cuando le trasladaron en 1969 a la isla prisin El Frontn, donde yo me encontraba, continu visitndole. En El Frontn haba compaeros que no tenan visitas, por lo tanto habamos decidido socializarlas; as nos conocimos con Sibila.

Jos Mara pensaba que yo era un importante dirigente de izquierda, con toda la suficiencia que conlleva la palabra importante. Sibila le dijo que no era as, que yo era una persona comn y corriente. J. M. decidi obsequiarme su novela Todas las sangres y como dedicatoria le puso algunas palabras en castellano. Sibila me dijo que pensaba poner algo en quechua, pero se contuvo.

Ese fue el motivo que me llev a escribirle en quechua, l se emocion y me respondi, tambin en quechua. Por intermedio de Sibila me pidi permiso para traducir ambas cartas y publicarlas, le respond que, aunque al escribirlas no pens en eso sino en volcar lo que haba en mi pecho, no tena ningn inconveniente en hacerlo pblico. As mismo me pidi permiso para visitarme; yo consider, como le digo en la segunda carta, que una fugaz visita en El Frontn no sera satisfactoria para el gran cario que le tena, Sibila se lo dijo. Comprendern cunto me pesa esa respuesta ma; recibi mi segunda carta y dijo: La leer el lunes, se mat el viernes. Sibila me pidi que tradujera esa segunda carta.

Como vern, las palabras tayta y tayty yo las traduzco por padre y padre mo, l se niega a traducirlas porque considera que al hacerlo no reflejan el profundo sentido que tienen en nuestro idioma; misti es el no-indio, incluyendo al mestizo que se cree blanco; maqtas somos los llamados indios con pluralizacin castellana; wakchas son los pobres con la misma pluralizacin; hallpando viene del verbo quechua hallpay que significa coquear, que no es precisamente masticar, ac tiene el gerundio castellano.

En la segunda carta aludo a una que mand A los revolucionarios poetas, a los poetas revolucionarios, que entregu a la compaera Rosa Alarco y ella la envi a una revista en el Per y tambin la public el peridico Marcha del Uruguay, cuyo jefe de redaccin era Eduardo Galeano. Naturalmente que estoy de acuerdo con que si un poeta quiere cantar a la rosa, lo haga. Pero lo que me extraaba era que los poetas revolucionarios cantaran a la revolucin en abstracto, o a los grandes dirigentes revolucionarios mundiales y no se fijaran en la lucha cotidiana de mi pueblo, que da a da forjaba bellos poemas que no encontraban poeta; por eso peda con desesperacin que Vallejo resucitara, pues l cantaba a gente annima como Pedro Rojas o Ramn Collar, cantaba a Mlaga sin padre ni madre, al padre polvo de los escombros de Durango.

Los heraldos verdes, mencionados en el cuento, son una parfrasis de los heraldos negros que nos manda la muerte de Csar Vallejo.

HG

De Hugo Blanco a Jos Mara Arguedas

El Frontn, 14 de noviembre de 1969

Tayty Jos Mara:

Casi me has hecho llorar, este da, al saber lo que me cont tu esposa. Me dijo: Esto te enva (Todas las sangres); escribi mucho en quechua y despus, puede tener vergenza de m diciendo, se arrepinti y no puso sino esas escuetas palabras en castellano.

Cuando me dijo eso, yo me dol mucho; casi llor:

Cmo es posible, tayty, que entre nosotros podamos avergonzarnos de cuanto nos podemos decir en nuestra lengua tan dulce? Cuando nos pedimos ayuda, nunca lo hacemos con palabras escuetas en nuestra lengua. Acaso alguna vez escuchamos decir: maana has de ayudarme a sembrar, porque yo te ayud ayer? Ahj! Qu asco! Qu podr ser eso! nicamente los gamonales suelen hablarnos de esa forma. Acaso entre nosotros, entre nuestra gente, nos hablamos de ese modo? Muy tiernamente nos decimos: Seor mo, vengo a pedirte que me valgas; no seas de otro modo; maana hemos de sembrar en la quebrada de abajo; aydame pues caballerito, paloma ma, corazn. Con estas palabras solemos empezar a pedir que nos ayuden. Y tambin cuando nos encontramos en los caminos de las punas, aun sin conocernos, nos saludamos el uno al otro; nos invitamos un trago, nos alcanzamos algn poco de coca; nos preguntamos hacia dnde vamos; y solemos charlar un rato.

Y siendo as, crees que puede haberme dolido cualquier cosa que hubieras escrito en nuestra dulce lengua para m? Acaso mi corazn no se enternece al leer cmo has traducido al castellano nuestra lengua para que todos la conozcan y alcancen a saber aunque no sea sino una parte de lo tanto que esa lengua puede expresar? Acaso cuando yo tambin traduzco algo de lo que hablamos en nuestra lengua, no me acuerdo de ti?

Escribe como l, diciendo, van a hablar de m los mistis (repito, nicamente para m mismo, cuando intento traducir del quechua); eso lo han de repetir bien; han de decir la verdad; yo no puedo hablar de otro modo; digo exactamente lo que brota de mi corazn y de mi boca diciendo esto, yo pienso.

Yo no puedo decir qu es lo que penetra en m cuando te leo, por eso, lo que t escribes no lo leo como las cosas comunes, ni tampoco tan constantemente, mi corazn podra romperse.

Mis punas empiezan a llegar a m con todo su silencio, con su dolor que no llora, apretndose al pecho, apretndolo. O bien cuando me recuerdas las pequeas quebradas, empiezo a ver a los picaflores, escucho como si los pequeos manantiales cantaran. Cuntas veces he pensado en ti cuando me he sentido con estos recuerdos! Cunta alegra habras tenido al vernos bajar de todas las punas y entrar al Cusco, sin agacharnos, sin humillarnos, y gritando calle por calle: Que mueran todos los gamonales! Que vivan los hombres que trabajan!. Al or nuestro grito los blanquitos, como si hubieran visto fantasmas, se metan en sus huecos, igual que pericotes. Desde la puerta misma de la Catedral, con un altoparlante, les hicimos or todo cuanto hay, la verdad misma, lo que jams oyeron en castellano; se lo dijimos en quechua. Se lo hicieron or los propios maqtas, esos que no saben leer, que no saben escribir, pero s saben luchar y saben trabajar. Y casi hicieron estallar la Plaza de Armas esos maqtas emponchados. Pero ha de volver el da, tayty, y no solamente como aqul que te cuento, sino ms grande. Das ms grandes llegarn; t has de verlos. Muy claramente estn anunciados. Aqu noms concluyo, tayty, porque si no, no he de terminar de escribir nunca. He de resentirme si no envas eso que escribiste para m.

Hasta que nos encontremos, tayta. No te olvides, pues, de m.

Hugo Blanco

De Jos Mara Arguedas a Hugo Blanco

(La noche de aquel mircoles, cuarenta y ocho horas antes del disparo fatal )

Hermano Hugo, querido, corazn de piedra y de paloma:

Quiz habrs ledo mi novela Los Ros Profundos. Recuerda, hermano, el ms fuerte, recuerda. En ese libro no hablo nicamente de cmo llor lgrimas ardientes; con ms lgrimas y con ms arrebato hablo de los pongos, de los colonos de hacienda, de su escondida e inmensa fuerza, de la rabia que en la semilla de su corazn arde, fuego que no se apaga. Esos piojosos, diariamente flagelados, obligados a lamer tierra con sus lenguas, hombres despreciados por las mismas comunidades, esos, en la novela, invaden la ciudad de Abancay sin temer a la metralla y a las balas, vencindolas. As obligaban al gran predicador de la ciudad, al cura que los miraba como si fueran pulgas; venciendo balas, los siervos obligan al cura a que diga misa, a que cante en la Iglesia: le imponen a la fuerza. En la novela imagin esta invasin con un presentimiento: los hombres que estudian los tiempos que vendrn, los que entienden de luchas sociales y de la poltica, los que comprendan lo que significa esta sublevacin de la toma de la ciudad que he imaginado. Cmo, con cunto ms hirviente sangre se alzaran estos hombres si no persiguieran nicamente la muerte de la madre de la peste, del tifus, sino la de los gamonales, el da que alcancen a vencer el miedo, el horror que les tienen! Quin ha de conseguir que venzan ese terror en siglos formado y alimentado, quin? En algn lugar del mundo est ese hombre que los ilumine y los salve? Existe o no existe?, carajo, mierda!, diciendo, como t, lloraba fuego, esperando, a solas. Los crticos de literatura, los muy ilustrados, no pudieron descubrir al principio la intencin final de la novela, la que puse en su meollo, en el medio mismo de su corriente. Felizmente uno, uno slo, lo descubri y lo proclam, muy claramente.

Y despus hermano? No fuiste t, t mismo quien encabez a esos pulguientos indios de hacienda, de los pisoteados el ms pisoteado hombre de nuestro pueblo; de los asnos y los perros el ms azotado, el escupido con el ms sucio escupitajo? Convirtiendo a sos en el ms valeroso de los valientes, no los fortaleciste, no acercaste su alma? Alzndoles el alma, el alma de piedra y de paloma que tenan, que estaba aguardando en lo ms puro de la semilla del corazn de esos hombres, no tomaste el Cusco como me dices en tu carta, y desde la misma puerta de la Catedral, clamando y apostrofando en quechua, no espantaste a los gamonales, no hiciste que se escondieran en sus huecos como si fueran pericotes muy enfermos en las tripas? Hiciste correr a esos hijos y protegidos del antiguo Cristo, del Cristo de plomo. Hermano, querido hermano, como yo, de rostro algo blanco, del ms intenso corazn indio, lgrima, canto, baile, odio.

Yo hermano, slo s bien llorar lgrimas de fuego; pero con ese fuego he purificado algo la cabeza y el corazn de Lima, la gran ciudad que negaba, que no conoca bien a su padre y a su madre; le abr un poco los ojos, los propios ojos de los hombres de nuestro pueblo, les limpi un poco para que nos vean mejor. Y en los pueblos que llaman extranjeros creo que levant nuestra imagen verdadera, su valer, su muy valer verdadero, creo que lo levant alto y con luz suficiente para que nos estimen, para que sepan y puedan esperar nuestra compaa y fuerza; para que se apiaden de nosotros como del ms hurfano de los hurfanos; para que no sientan vergenza de nosotros, nadie.

Esas cosas, hermano, a quien esperaron los ms escarnecidos de nuestras gentes, esas cosas hemos hecho; t lo uno y yo lo otro, hermano Hugo, hombre de hierro que llora sin lgrimas; t, tan semejante, tan igual a un comunero, lgrima y acero. Yo vi tu retrato en una librera del barrio latino de Pars; me ergu de alegra, vindote junto a Camilo Cienfuegos y al Che Guevara. Oye, voy a confesarte algo en nombre de nuestra amistad personal recin empezada: oye, hermano, slo al leer tu carta sent, supe que tu corazn era tierno, es flor, tanto como el de un comunero de Puquio, mis ms semejantes. Ayer recib tu carta: pas la noche entera, andando primero, luego inquietndome con la fuerza de la alegra y de la revelacin.

Yo no estoy bien, no estoy bien; mis fuerzas anochecen. Pero si ahora muero, morir ms tranquilo. Ese hermoso da que vendr y del que hablas, aqul en que nuestros pueblos volvern a nacer, viene, lo siento, siento en la nia de mis ojos su aurora, en esa luz cayendo gota por gota tu dolor ardiente, gota por gota sin acabarse jams. Temo que ese amanecer cueste sangre, tanta sangre. T sabes y por eso apostrofas, clamas desde la crcel, aconsejas, creces. Como en el corazn de los runas que me cuidaron cuando era nio, que me criaron, hay odio y fuego en ti contra los gamonales de toda laya; y para los que sufren, para los que no tienen casa ni tierra, los wakchas, tienes pecho de calandria; y como el agua de algunos manantiales muy puros, amor que fortalece hasta regocijar los cielos. Y toda tu sangre ha sabido llorar, hermano. Quien no sabe llorar, y ms en nuestros tiempos, no sabe del amor, no lo conoce. Tu sangre ya est en la ma, como la sangre de don Victo Pusa, de don Felipe Maywa, don Victo y don Felipe me hablan da y noche, sin cesar lloran dentro de mi alma, me reconvienen en su lengua, con su sabidura grande, con su llanto que alcanza distancias que no podemos calcular, que llega ms lejos que la luz del sol. Ellos, oye Hugo, me criaron, amndome mucho, porque vindome que era hijo de misti, vean que me trataban con menosprecio, como a indio. En nombre de ellos, recordndolos en mi propia carne, escrib lo que he escrito, aprend todo lo que he aprendido y hecho, venciendo barreras que a veces parecan invencibles. Conoc el mundo. Y t tambin, creo que en nombre de runas semejantes a ellos dos, sabes ser hermano del que sabe ser hermano, semejante a tu semejante, el que sabe amar.

Hasta cundo y hasta dnde he de escribirte? Ya no podrs olvidarme, aunque la muerte me agarre, oye, hombre peruano, fuerte como nuestras montaas donde la nieve no se derrite, a quien la crcel fortalece como a piedra y como a paloma. He aqu que te he escrito, feliz, en medio de la gran sombra de mis mortales dolencias. A nosotros no nos alcanza la tristeza de los mistis, de los egostas; nos llega la tristeza fuerte del pueblo, del mundo, de quienes conocen y sienten el amanecer. As la muerte y la tristeza no son ni morir ni sufrir. No es verdad hermano?

Recibe mi corazn.

Jos Mara

De Hugo Blanco a Jos Mara Arguedas

El Frontn, 25 de noviembre de 1969

Padre mo! Padre mo Jos Mara:

Cada vez que me hablan de ti hacen llorar mi corazn, con una u otra cosa. La vez pasada, porque creste que criticara tu actitud y ahora, porque estando enfermo quieres venir. Padre mo! Cunto est queriendo encontrarse contigo mi corazn! Cunto desean mirar mis ojos a mi gran padre! Encontrarme contigo, padre mo, qu sera!

Desde mucho antes saba que ramos un solo corazn, no solamente leyendo Los ros profundos; sino que, leyendo cualquier cosa que escribes, mirando cualquier cosa que haces, se trasluce tu ser indio. Iba a esperar yo a escuchar lo que dijeran los crticos?

Que hablen lo que quieran esos mistis; mi corazn , est mirando al tuyo en lo que escribes, all apareces como en agua clara. Por eso, padre, encontrarme contigo qu sera! Ni en todo el ao terminaramos de relatarnos. Y eso no se puede en la visita. No dura ni dos horas. No alcanza para conversar nada. Mucha gente trajina, como en los mercados de nuestros pueblos. Y contigo, padre mo, no podramos hablar slo diez minutos. Nuestro corazn reventara. Habiendo tanto que relatarnos, habiendo tanto que conversar! Contigo tenemos que hablar calmadamente, como hombres serios; sentndonos tranquilos, el corazn plcido, hallpando nuestra coquita, fumando de un solo cigarrillo, perdiendo la vista en los cerros lejanos. Ac no sera as, padre. As como no puedo leer comnmente tus escritos, por esa misma razn no podra encontrarme contigo comnmente. A pesar de eso, te har llamar un da, padre; cuando haya algo de calma; por lo menos para contemplar tu venerado rostro, por lo menos para apretar tu corazn al mo. Mientras llegue ese da, as te escribir cada vez, volcando mi corazn al tuyo. Como si en la era del trigo, dentro del aliento del rastrojo, mirando las estrellas, nos estuviramos relatando lo que hemos vivido, lo que pensamos; as igual va a ser padre, no te apenes, no llores. Cun lejos estemos, somos el mismo corazn.

Conozco bien tu corazn, padre, an antes de que me escribieras. Como te digo, al igual que en agua cristalina se ve tu corazn a travs de tus escritos. No s qu vern los mistis en ellos; y para que les digan: se es un buen crtico hablan una u otra cosa. Es imposible que ellos vean tu corazn aunque se los ests mostrando. El misti es misti, padre. En cuanto a ser buenas personas, algunas son realmente buenas personas, no les estoy insultando. Pero tu corazn, slo tus congneres indios lo vemos bien. Los mistis, aun siendo buenas personas, para eso, son ciegos que miran. Ellos no sollozan temblorosos como nosotros al leer tus escritos. Imposible, padre, el misti es misti.

Padre mo, algo tena que decirte; quiz cuando habl de los poetas habrs dicho: Inclusive a nosotros se est refiriendo este cholo!. No, padre, de ninguna manera. Acaso en tu novela Los Ros Profundos no relatas de forma encantadora lo de nuestra madre chichera? Acaso leyendo esas cosas no llegu a llorar en silencio en mi rincn de la crcel de Arequipa? Y as iba a decir de ti: No habla de la lucha del hombre comn? Y no slo eso, padre. A ti, ya estando en la crcel de Arequipa, te conoc bien. Y al conocerte dije: Ya est carajo, ahora el mismo indio est hablando! As te mir. Pero desde antes, desde mi infancia respet a los seores mistis cuando escriban a favor del indio. Por eso, aunque son mistis, mucho respeto a esos seores: Clorinda Matto, Ciro Alegra, Jorge Icaza, Enrique Lpez Albjar. Esos seores pusieron la semilla en mi corazn cuando slo era un muchacho, ellos tambin ayudaron para que mi sangre hirviera, me hicieron ver lo que no vea. Adems, por eso respeto a mi hermano, l me hizo conocer lo que escribieron esos seores, l mismo escribi un poco en su juventud.

Por esa experiencia ma, te digo padre: lo que escribes no es slo para mostrar a los no-indios de todas las naciones que nosotros somos gentes; no es slo eso, padre. Ablanda el corazn de nuestro propio pueblo, lo despierta. Claro que t todava no ves a dnde llega la semilla que derramas. Quin sabe en qu jvenes corazones se est regando hermosamente esta semilla. As como Ciro Alegra, Icaza, no supieron que en mi corazn yo regaba su semilla. Ellos, siendo mistis, sembraron bien para que madure as en lucha. Y as no iba a madurar en forma preciosa lo que como indio siembras?

Para que veas que tengo la raz del propio hombre, la raz brotada de nuestra propia tierra, te envo este relato que hago de mi padre Lorenzo. Eso no es cuento, padre; ah estoy relatando lo realmente sucedido, tambin los nombres son verdaderos.

Desde hace tiempo quera relatar acerca de ese gran hombre, para que todos vieran la fuerza de nuestra raz india. Slo tiempo me faltaba para hacer eso. Pero ahora, al enterarme que ests enfermo, dije: De una vez lo har, para enviarlo a mi padre Jos Mara; para que por lo menos con eso se alegre en su enfermedad, para que se alegre con nuestra triste alegra. Diciendo esto, padre, lo hice rpido, y ahora te lo estoy enviando con todo mi corazn.

Hasta otro da padre, sangre de mi sangre, pena de mi pena, alegra de mi alegra. Si slo fuese por m, jams acabara esta carta, cuando tantas cosas tengo que decirte.

Hasta otro da padre,

Hugo Blanco

Anexo a la Carta

El maestro  

(Este texto fue enviado a Jos Mara Arguedas adjunto a la carta precedente, cuatro das antes del balazo que acab con su vida. Lo que se conoce es que la carta fue recibida y no leda, o leda a medias).

A las hojas de una mostaza silvestre sancochadas, llamamos yuyu haucha. Nos gusta mucho, a pesar de que evoca la muerte en su causa ms extendida y silenciada: el hambre.

Cuando viene el hambre, devora habas, maz, papas, chuo (papa helada y deshidratada); no deja nada al indio ms que esas hojas, ya sin manteca, sin cebolla, sin ajos, hasta sin sal. Despus de esas y esas hojas, viene la muerte, son sus heraldos verdes. Viene la muerte con diferentes seudnimos en castellano y en quechua: tuberculosis, anemia perniciosa, neumona, pujiu (manantial), wayra (viento), layqa (brujera). Se le llama por sus seudnimos porque su verdadero nombre es mala palabra: hambre.

Pero el yuyu haucha no tiene la culpa de esto, por eso nos gusta tanto. No digo que sea rico, yo no entiendo de esas cosas; ya me equivoqu con el chuo, yo deca que era muy rico y la gente entendida afirma que es inspido. Por eso yo slo digo que nos gusta mucho aunque nos recuerde las hambrunas. Esas hambrunas en las que a veces los gringos (tan buenitos ellos!) nos mandan de limosna maz con gorgojo y leche en polvo; que llegan a la parroquia, a la alcalda o a la gobernacin, y de all pasan a servir de alimento a los chanchos de los hacendados.

Yo no pido que nos repartan esa limosna, yo exijo que nos devuelvan lo nuestro para que no haya hambrunas. Fue mi primo hermano, Zenn Galdos, quien pidi que se repartiera; le cost caro; por exigir eso, el seor Araujo, alcalde de Huanoquite, lo mat de un balazo. El seor Araujo no est preso, es de buena familia.

Un domingo de mil novecientos cuarentaytantos, saboreando mi racin de yuyu haucha, conversaba con la campesina que lo venda, sentada en el barro del mercado de San Jernimo, Cusco. Conversbamos el tema del da: los temblores. Ella me explic su origen: eran enviados como castigo porque los indios del ayllu se levantaron contra los padres dominicos de la hacienda Pata-pata. As lo manifest el seor cura durante la misa de esa maana: El demonio no ha muerto, est en el hospital del Cusco. El seor cura no dijo que la muerte del demonio era la condicin para que cesen los temblores, la campesina lo entendi as por su cuenta.

Morir? Seguro, est muy mal dicen, por su culpa todo esto

Ella no quera temblores ni quera ir al infierno, por eso sus palabras condenaban al demonio.

Pero su cara, su voz, el barro en que estaba sentada, el yuyu haucha, su corazn: todo eso era de tierra, de tierra como el demonio que estaba en el hospital, de tierra que gritaba silenciosamente su desesperado anhelo de que el demonio se salvara.

Y se salv noms Lorenzo Chamorro Se salv a medias porque qued invlido. El mdico le dijo: Slo un indio como t puede estar vivo con seis agujeros en las tripas; lo que te freg es que la bala te afect la columna vertebral.

Y as lo conoc tiempo despus, ya en su rincn: lagaas, mugre, muletas, poncho grande, voz vibrante, ojos fuego.

Lo mir y supe que era verdad que produca temblores: mi sangre temblaba, mis siglos temblaban cuando me acerque a abrazarlo.

Tayta, cuntame.

Y me dijo cosas que ya saba: que la hacienda Pata-pata de los dominicos continuaba arrebatando tierras a la comunidad, que la comunidad tena ttulos de propiedad, que la justicia no llegaba nunca, que los campesinos organizaron sindicato, que l era el secretario general, que quisieron sobornarlo, que no cedi; que lo amenazaron, que no cedi; que cuando estaban trabajando las tierras en litigio vinieron el prior del Convento de Santo Domingo y sus matones; que, como los matones no lo conocan, el prior lo seal con la misma mano que consagra al Santsimo, que entonces recibi los balazos de uno de los matones.

Todos mis compaeros corrieron a atenderme; yo les deca: No!, djenme! Agrrenlo a l!, Agrrenlo! y ah noms me desmay!

No hubo crcel para los heridores del indio, ni indemnizacin para el indio herido; se sobreentiende; estamos en el Per.

Los campesinos teman ir a visitarle en su rincn de invlido, era peligroso comprometedor Pero las campesinas iban slo a visitar a su mujer hasta que el seor cura se enter y tuvo que explicar desde el plpito:

Hijos mos, el Seor ha perdonado a este pueblo pero ustedes abusan de su bondad, vuestras mujeres siguen visitando la casa del demonio. Va a caer lluvia de fuego sobre San Jernimo!

Las campesinas evitaron la lluvia de fuego, dejaron de ir donde la mujer de Chamorro.

Mi hijo mayor lloraba mucho tocando su guitarra, de pena se ha muerto.

Yo segu visitndolo, en busca de la lluvia de fuego, la senta, escuchando relatos desconocidos.

Conoces el cerro Pcol?

Si, tayta, desde el Cusco se ve; tambin desde el camino a Paruro; desde bien lejos se ve ese cerro.

Eso tambin queran quitarnos. Mandaron guardias a caballo. Nosotros estbamos preparados.

Los guardias no se dieron cuenta de que el camino se contorsionaba para dificultarles el ascenso; no vean que los patakiskas (cactus) abran sus brazos erizados de espinas amenazndolos; no notaron el odio de las piedras, de los guijarros; no comprendieron que si la gran herida roja del cerro tomaba color humano, era por la clera, la santa clera de ver guardias donde slo deba haber hombres.

De pronto algunas piedras se movieron, no eran piedras, eran indios honderos como los de antes, como los indios de siempre, con las hondas de siempre. Las hondas de las huestes de Thupaq Amaru, las hondas que lanzan el grito de rebelin. Warakas!.

Pero esta vez los proyectiles no eran las piedras indias Dinamita!

Se atasc el cerebro de los guardias; antes de que se dieran cuenta de lo que suceda, los caballos estaban en dos patas y ellos en cuatro; corriendo ladera abajo en medio de explosiones, sin hacer caso a los brazos feroces de patakiska que fcilmente se desprenden del cuerpo de la planta y difcilmente del cuerpo de la gente o de las bestias.

No regresaron ms. As hay que pelear, aprende, con waraka y con dinamita; con las maas de los indios y con las maas de los mistis; hay que conocer bien lo de nosotros y lo de ellos.

S tayta hay que conocer bien lo de nosotros y lo de ellos para pelear mejor.

Y las lecciones continuaban:

Toca mi cabeza en esta parte. Qu hay?

Hueco tayta, no hay hueso, hueco noms hay.

Te voy a contar de ese hueco. Eso fue en Oropeza. Los indios estbamos en pleito con el hacendado. l se consigui compadres, nosotros nos cuidbamos. Pero una vez tuvimos fiesta y nos estbamos emborrachando; en eso llegaron los compadres del hacendado queriendo matarnos a palos.

Los antiguos contendientes, los de siempre, los de siglos, los de toda la tierra: de un lado, los compadres del hacendado, mezcla de bestias y mquinas, como todo aquel que combate para el amo, sea mercenario, mariner yanqui, ranger o amarillo. Es la anti-humanidad que hiere al hombre. Mquina bestializada que no piensa. Encierra a un hermano adentro, claro est; pero, mientras no surge el hermano, es todava eso: mquina y bestia, fabricada para herir al hombre.

Del otro lado los indios, representantes del hombre en general, humanizados por encima de la borrachera porque ahora slo la rebelin convierte al hombre en hombre. Los indios luchando por el hombre, por la tierra; por la tierra de ellos y de todos los hombres.

De repente noms llegaron. A m me agarr uno de ellos y me rompi la cabeza de un palazo; yo me ca muerto, pero me levant para meterle el cuchillo y de vuelta me ca muerto. Despus no s cunto tiempo habr pasado, comenc a escuchar de lejos el doble de las campanas. Cmo ser? deca yo en mi adentro de m estarn doblando o del perro del gamonal? Despus ya me mov un poco, me despert bien y me di cuenta de que estaba vivo. Recin me puse tranquilo, del compadre del gamonal haba sido, diciendo. As, aunque te rompan la cabeza, cuando tienes que seguir peleando, resucitas.

S, tayta.

Con juicios nunca ganamos los indios, tiene que ser as, peleando. Los jueces, los guardias, todas las autoridades, estn a favor de los ricos; para el indio no hay justicia. Tiene que ser as, peleando.

S, tayta, as peleando.

Me relat muchas cosas ms, me cont que sus huesos no se haban roto al saltar del tren en marcha cuando lo llevaban preso.

Cuentas a tus profesores lo que te hablo?

A algunos noms, tayta.

Qu te dicen?

Unos me dicen as es, te quieren tayta; otros me dicen son ideas forneas.

Qu es eso?

No s, tayta.

Y las lecciones de ideas forneas seguan.

Lluvia de fuego.

Impotente, acorralado, volcaba en m toda su candela. Pero a veces, estallaba:

Carajo! Ya no puedo pelear! Estas malditas piernas ya no pueden ir a los cerros. Mis manos ya no sirven. No valgo para nada. Ya no puedo pelear, carajo!

S, tayta! Vas a seguir peleando! T no ests viejo, tayta; tus pies, tus manos noms estn viejos. Con mis pies vas a ir donde nuestros hermanos, tayta; con mis manos vas a pelear, tayta; como cambiarte de poncho noms es. Mis manos, mis pies, te vas a poner para seguir peleando. Como cambiarte de poncho noms es , tayta!

El Frontn, noviembre de 1969

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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