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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-02-2011

Democracia torturada

Henry A. Giroux
Truthout

El siguiente ensayo es un resumen del prefacio del libro de Henry Giroux Hearts of Darkness: Torturing Children in the War on Terror [Corazones tenebrosos: Torturando a los nios en la guerra contra el terror] -Paradigm Publishers 2010-. Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez.


Desde que empez el siglo XXI, estamos viviendo un perodo histrico en el cual Estados Unidos ha ido renunciando a sus ms tenues proclamas democrticas. Las estructuras a travs de las cuales la democracia reconoce a otros seres humanos como merecedores de respeto, dignidad y derechos humanos se han sacrificado en aras de un modo de hacer poltica y cultura que devino sencillamente en una extensin de la guerra, tanto dentro como fuera del pas. Sin embargo a nivel interno, y muy mal concebido, el Estado punitivo ha ido sustituyendo cada vez ms al Estado del bienestar, a la vez que una cantidad de individuos y grupos cada vez ms numerosos son ahora considerados poblaciones desechables, no merecedoras de esas redes de seguridad y protecciones bsicas que proporcionan las condiciones para vivir con un sentido de seguridad y dignidad. En funcin de esas valoraciones, los apoyos sociales bsicos se vieron reemplazados por una construccin acelerada de prisiones, por la expansin de un sistema de justicia penal en la vida diaria y por una erosin cada vez mayor de las libertades civiles fundamentales. Las responsabilidades compartidas dieron paso a los temores compartidos, y la nica distincin que pareca resonar en el mbito de la cultura era entre amigos y patriotas, por un lado, y disidentes y enemigos, por otro. La violencia de Estado no slo se convirti en algo aceptable, sino que se normaliz, a la vez que el gobierno se dedicaba a espiar a sus ciudadanos, a suspender el derecho al habeas corpus, a sancionar la brutalidad policial contra quienes cuestionaban el poder del Estado, a confiar en el privilegio de imponer secretos de Estado para ocultar sus crmenes y, asimismo, fue reduciendo cada vez ms las esferas pblicas diseadas para proteger a los nios en los centros y almacenes encargados de modelarles despus de salir de las prisiones. El miedo alter el paisaje de los derechos y valores democrticos, a la vez que insensibilizaba a una poblacin que estaba ms que dispuesta a mirar hacia otro lado mientras se deshumanizaba, encarcelaba osencillamente desechaba a grandes segmentos de poblacin. Podemos contemplar cada da las trgicas consecuencias de todo eso a la vez que los medios de comunicacin van informando de un sinfn de historias trgicas de gentes decentes que pierden sus hogares; de ms y ms jvenes encarcelados; y de las cifras cada vez mayores de seres que se ven obligados a vivir en sus coches, en la calle o en ciudades de tiendas de campaa. El New York Times ofrece una historia en primera pgina sobre los jvenes que tienen que abandonar sus familias asoladas por la recesin para vivir en la calle, sobreviviendo a menudo a costa de vender sus propios cuerpos. Y en los medios dominantes va surgiendo alguna que otra noticia sobre los indecibles horrores infligidos a nios torturados en nuestras cmaras de la muerte de Iraq, Cuba y Afganistn. Pero el pueblo estadounidense apenas pestaea.

La administracin Bush se dedic a erosionar an ms una cultura inspirada en valores democrticos, sustituyndola por una cultura de la guerra y una cultura de la ilegalidad dedicada a experimentar con un sistema de detenciones extrajudiciales utilizado para crear cmaras de tortura en Bagram, Kandahar y la Baha de Guantnamo. Desde 2001, el lenguaje y la sombra fantasmal de la guerra lo envolvieron todo, no slo liquidando la distincin entre guerra y paz sino poniendo en juego una pedagoga pblica por la cual cada aspecto de la cultura quedaba ensombrecido a base de ideales, valores y conocimientos militarizados. Desde los videojuegos a las pelculas de Hollywood, apoyados o producidos por el Departamento de Estado, hasta la continua militarizacin de la educacin pblica y superior, se subordin la nocin de bien comn a la metafsica militar, a los valores blicos y a los dictados del Estado de seguridad nacional. La guerra gan un nuevo estatus bajo la administracin Bush, pasando de ser una opcin de ltimo recurso a un instrumento fundamental de la diplomacia en la guerra contra el terror. La fe dogmtica en la guerra se complement con un persistente intento de legitimar tal poltica a travs de otro tipo de guerra basado en una lucha pedaggica para crear sujetos, ciudadanos e instituciones que apoyen esas polticas draconianas. La guerra dej de ser el ltimo recurso de un Estado para defender su territorio y se convirti en una nueva forma de pedagoga pblica una especie de maquinaria de guerra cultural- diseada para conformar y dirigir la sociedad. La guerra devino el fundamento de una poltica que utilizaba lenguaje, conceptos militares y relaciones policiales para abordar los problemas ms all de los terrenos familiares de la batalla. En algunos casos, los medios dominantes se dedicaban a hermosear tanto la guerra que pareca que se trataba del anuncio de una industria turstica. El resultado de todo ello es que el significado de la guerra se ampli retrica, visual y materialmente, para as poder nombrar, legitimar y emprender batallas contra los problemas sociales que implican las drogas, la pobreza y el recin descubierto enemigo de la nacin, el inmigrante mexicano.

Al normalizarsecomo funcin central del poder y la poltica, la guerra se convirti en un elemento regular y normativo de la sociedad estadounidense legitimado por un Estado de excepcin y emergencia que lleg a hacerse permanente. Como la produccin de violencia continu ms all de las amenazas y enemigos tradicionalmente definidos, el Estado puso ahora su mira en el terrorismo, cambiando sus registros de poder al emprender la guerra a partir de un concepto, ampliando sus persecuciones, tcticas y estrategias contra ningn Estado, ejrcito, soldados o lugares especficos en concreto. El enemigo estaba omnipresente, lo que lo haca an ms difcil de erradicar y, por tanto, muy til para la expansin de las tcticas de vigilancia, la cultura del miedo y el recurso a la violencia. La guerra se haba convertido ya en un rasgo permanente y comn de la poltica interna y externa estadounidense, una batalla que no tena un final definitivo y que exiga un uso constante de la violencia. La guerra devino en algo ms que una estrategia militar: ahora era una pedagoga y una forma de poltica cultural diseada para legitimar ciertos modos de gobierno, crear identidades de apoyo a los valores militaristas y proporcionar la cultura formativa que apoyara la organizacin y produccin de esa violencia como rasgo central de la poltica interna y externa.

Es difcil imaginar cmo puede evitarse que una democracia se corrompa si la guerra se convierte en el fundamento de la poltica, cuando no en la cultura misma. Los principios organizadores de una sociedad no pueden sobrevivir mucho tiempo, al menos en una entidad democrtica, cuando continuamente se echa mano de la guerra y de la violencia de Estado. Estados Unidos se ha hundido en un perodo en el que la sociedad se ha ido organizando cada vez ms mediante la creacin de violencia, tanto simblica como material. En los medios de comunicacin, especialmente en el circuito de debates de la radio, surgi una cultura de la crueldad imbuida de un srdido nacionalismo combinado con un hipermilitarismo y masculinidad que menospreciaba no slo la razn sino tambin a todos aquellos que encajaban en el estereotipo del otro, que pareca incluir a todo aquel que no fuera blanco y cristiano. El dilogo, la razn y la reflexin fueron desapareciendo lentamente de la esfera pblica mientras cada encuentro se enmarcaba dentro de crculos de seguridad y se pona en escena como si de un combate a muerte se tratara. A medida que el centro moral y cvico del pas desapareca bajo el gobierno Bush, el lenguaje del mercado proporcionaba el nico referente para comprender las obligaciones de la ciudadana y la responsabilidad global, ignoradas por una maquinaria blica cada vez mayor y una cultura que produca empleos y mercancas y promova la economa de guerra.

La guerra en el exterior entr en una nueva fase con la publicacin de las fotos de los detenidos que estaban siendo torturados en la prisin de Abu Ghraib. La guerra, como violencia organizada, qued as despojada de cualquier propsito noble que pudiera tener y del ilusorio objetivo de promover la democracia, revelando la violencia de Estado como su aspecto ms degradante y deshumanizador. El poder del Estado se haba convertido en un instrumento de tortura, desgarrando la carne de los seres humanos, violando a las mujeres y, lo ms abominable que cabe imaginar, torturando a los nios. La democracia se haba convertido en algo que defenda lo inimaginable e infliga las ms horribles mutilaciones tanto a los adultos como a los nios a los que consideraba enemigos de la democracia. Pero las mutilaciones se infligan tambin contra el cuerpo poltico; polticos como el Vicepresidente Cheney defendan la tortura mientras los medios abordaban la cuestin de la tortura no como una violacin de los principios democrticos o de los derechos humanos sino como una estrategia que podra o no producir determinada informacin. Los argumentos utilitarios utilizados para defender la economa de mercado, que slo tenan en cuenta los anlisis coste-beneficio y la prioridad de valores de cambio, ahora haban alcanzado su punto lgico final, igual que se utilizaban parecidos argumentos para defender la tortura, incluso aunque hubiera nios implicados. La pretensin de democracia qued aniquilada mientras una y otra vez se revelaba que Estados Unidos se haba convertido en un Estado-tortura, asemejndose a las ms infames dictaduras, como las de Argentina y Chile durante la dcada de los aos setenta. El gobierno estadounidense, bajo la administracin Bush, finalmente haba arribado a un punto donde la metafsica de la guerra, la violencia organizada y el terrorismo de Estado impedan a los dirigentes en Washington reconocer hasta qu punto estaban emulando los propios actos de terrorismo contra los que afirmaban estar luchando. El crculo se ha completado ya al transformarse el Estado blico en un Estado-tortura. Todo estaba permitido, tanto en casa como fuera, mientras que el sistema jurdico, junto con el sistema de mercado, legitimaban un modo punitivo y despiadado de darwinismo econmico que consideraba la moralidad, cuando no la misma democracia, como una debilidad a despreciar o ignorar. Los mercados no slo se apoderaron de la poltica, tambin eliminaron las consideraciones ticas para cualquier comprensin de cmo trabajaban los mercados o qu efectos producan en un orden social ms amplio. La autorregulacin acab con las consideraciones morales, convirtindose en la fuerza fundamental para manejar el mercado, mientras intereses individuales estrechamente definidos fijaban los parmetros de lo que era posible. Lo pblico se derrumb en lo privado, y la responsabilidad social se redujo a los mismos deseos arbitrarios asociales y hermticos. No sorprende, por tanto, que lo inhumano y degradante entrara en el discurso pblico y conformara el debate sobre la guerra, la violencia de Estado y los abusos de los derechos humanos; tambin sirvi para legitimar esas prcticas. Los Estados Unidos entraron imperturbables en un vaco moral que posibilit la justificacin tanto de la tortura como de la violencia de Estado, movilizando con xito una cultura de la guerra y una pedagoga pblica de la cultura en sentido amplio que convenci, como indicaba una encuesta del Pew Research Center, al 54% del pueblo estadounidense de que la torturaen ocasiones est justificada para obtener informacin importante de terroristas sospechosos (1). La mayora del pueblo estadounidense acept obedientemente la normalizacin de la tortura mientras las aspiraciones y anhelos democrticos resultaban irreparablemente daados.

Hearts of Darkness: Torturing Children in the War on Terror examina cmo Estados Unidos, bajo el gobierno Bush, se embarc en una Guerra contra el Terror que no slo defendi la tortura como poltica oficial sino que tambin foment las condiciones para la aparicin de una cultura de la crueldad que alter profundamente el paisaje moral y poltico del pas. Al considerarse la tortura como algo normal bajo Bush, se corrompieron los ideales y la cultura poltica estadounidenses y la administracin se pas al lado tenebroso al sancionar lo ms atroz e inimaginable: la tortura a los nios. Aunque la aparicin del Estado-tortura se ha visto sometida a intensas controversias, los intelectuales, acadmicos, artistas, escritores, padres y polticos no han dicho apenas nada sobre cmo la violencia de Estado bajo la administracin Bush puso en marcha una pedagoga pblica y cultura poltica que legitimaba la tortura sistemtica a los nios y que lo haca con la complicidad de los medios dominantes que, o bien negaban tales prcticas, o sencillamente las ignoraban. Nos centramos deliberadamente aqu en los nios porque los jvenes proporcionan un poderoso referente en cuanto a las consecuencias a largo plazo de las polticas sociales, cuando no del mismo futuro, y tambin porque ofrecen un importante indicador para medir los valores morales y democrticos de una nacin. Los nios son los latidos del corazn y la brjula moral de la poltica porque hablan de lo mejor de sus posibilidades y promesas, y sin embargo, desde la dcada de 1980, se han convertido en el punto de fuga del debate moral, considerados bien irrelevantes, debido a su edad, o descartados, porque en gran medida se les contempla como una especie de materia prima, o ignorados, porque se les considera una amenaza para la sociedad adulta. En alguna parte he escrito que dependiendo de cmo una sociedad eduque a sus hijos se conecta con el futuro colectivo que la gente anhela. Actualmente, por la forma de educar a los jvenes bajo la administracin Bush, stos se han convertido en algo sin valor porque la juventud no slo est devaluada y considerada como no merecedora de una vida y futuro decentes (una razn por la que se les niega una adecuada atencin sanitaria), tambin se les redujo al estatus de lo inhumano y depravado y se les someti a actos crueles de tortura en lugares que eran tan ilegales como brbaros. En este caso, la juventud se convirti en la negacin de la poltica y del mismo futuro.

Pero hay algo ms en juego que la visibilidad de esos crmenes: hay tambin el imperativo moral y poltico de plantear serias cuestiones sobre los desafos que la administracin Obama debe abordar a la luz de este vergonzoso perodo de la historia estadounidense, especialmente si quiere revertir esas polticas y seguir proclamando su intencin de restaurar cualquier vestigio de democracia estadounidense. Desde luego, cuando un pas legaliza la tortura y extiende los mecanismos disciplinarios del dolor, la humillacin y el sufrimiento a los nios, sugiere que ha habido demasiadas personas mirando hacia otro lado mientras todo eso suceda y al hacerlo as permitieron que se dieran las condiciones para que surgiera el incalificable acto de justificar la tortura a los nios como una cuestin de poltica de Estado. Ya es hora de que los estadounidenses se enfrenten a esos crmenes y se comprometan en un dilogo nacional sobre las condiciones polticas, econmicas, educativas y sociales que permitieron que emergiera en la historia de EEUU un perodo tan tenebroso, a la vez que exijan responsabilidades a los culpables de tales actos. La Administracin Obama est siendo duramente criticada por asumir muchas de las polticas de Bush, pero lo que resulta ms preocupante de todo es su disposicin a hacer de la guerra, el secretismo y la suspensin de las libertades civiles fundamentales los rasgos centrales de sus propias polticas. Obama, en su deseo de mirar hacia delante y adoptar una idea despolitizada y moralmente vaca de poltica postpartidista, recicla una forma peligrosa de amnesia histrica y social, mientras pasa por alto la patologa cvica y poltica que hered. Por suerte, este libro nos recordar que, como mucho, la memoria es perturbadora y algunas veces hasta peligrosa en su exigencia de que los individuos se conviertan en testigos polticos y morales; que se arriesguen; y que asuman la historia no como una mera crtica sino tambin como una advertencia sobre cun frgil es la democracia y lo que suele suceder cuando se permite que desaparezcan los principios, ideales y elementos de la cultura que la sustentan, superados por fuerzas que adoptan la muerte en lugar de la vida, el miedo en lugar de la esperanza, el aislamiento en lugar de la solidaridad. Robert Hass, el poeta estadounidense, ha sugerido que la tarea de la educacin, su tarea poltica, es refrescar el pensamiento de que la idea de la justicia est todo el tiempo extinguindose en nosotros (2). La justicia est desapareciendo, una vez ms, bajo la administracin Obama, pero no es slo tarea del gobierno evitar que desparezca: es tambin la tarea de todos los estadounidenses como padres, ciudadanos, individuos y educadores- y no slo como una cuestin de obligacin social o responsabilidad moral sino como un acto de poltica, de capacidad y de posibilidad.

El libro est dividido en seis captulos. El primer captulo analiza la aparicin de una serie de condiciones econmicas, sociales y polticas que se intensificaron especialmente bajo la administracin de George W. Bush, conformando el escenario para la transformacin del Estado del bienestar en un Estado blico y torturador. Cmo los valores democrticos se han ido subordinando cada vez ms a los valores del mercado, y cmo la cultura del miedo ha sustituido a la cultura de la compasin, eliminndose las restricciones anteriormente impuestas en el juego del mercado y las fuerzas financieras. Los asuntos pblicos se derrumbaron frente a los intereses privados, y la gente se volvi ms vulnerable ante esas fuerzas polticas y econmicas que fomentaban la incertidumbre, la inestabilidad y la inseguridad. A la vez que las instituciones y el bien comn pasaban a considerarse cada vez con mayor desdn, la cultura se hizo ms ensimismada, mezquina, competitiva y despiadada en su poca disposicin para mostrar compasin hacia el otro, especialmente hacia aquellos que eran ms vulnerables ante la incertidumbre de los tiempos, como son los jvenes, los ancianos, los inmigrantes, las minoras pobres y los musulmanes. A medida que la cultura del miedo y la competitividad pareca escaparse de todo control, el Estado punitivo sustituy al Estado social y la poltica se redujo en gran medida a proteger los beneficios de los ricos y ampliar los aparatos represivos que se utilizaban para contener y castigar a los pobres. A medida que los problemas sociales se criminalizaban cada vez ms, el Estado punitivo devino en la nica fuerza de legitimacin para un Estado debilitado por las fuerzas de una globalizacin destructiva y las fuerzas de capital y finanzas de libre flotacin. A medida que las leyes del mercado, un excesivo individualismo y una incontrolable nocin de egosmo se convertan en los principios ms importantes a la hora de moldear la sociedad, los valores, las identidades y las relaciones se subordinaron a los intereses de una formacin econmica que haba conseguido liberarse de cualquier restriccin. Las condiciones que ahora se desarrollaban en los asuntos relativos a la justicia y los derechos humanos se sacrificaron ante las fuerzas de la conveniencia poltica y econmica.

El segundo captulo del libro analiza cmo la tortura se convirti en poltica de Estado a travs de una serie de legalidades ilegales urdidas por diversos miembros de la administracin Bush, y cmo los medios, en colusin con el gobierno, se negaron a reconocer que la tortura no era algo que apareci sencillamente tras el 11-S, sino algo que el gobierno de EEUU lleva dcadas practicando.

En el tercer captulo se analiza cmo el debate alrededor de la tortura pareca haberse liberado a s mismo de los abusos contra los derechos humanos perpetrados histricamente por EEUU y tambin cmo la administracin Bush promovi activamente nuevas formas de tortura en violacin de todos los tratados internacionales importantes que consideran la tortura un acto ilegal y criminal.

El captulo cuarto detalla la negativa del gobierno a reconocer estar practicando la tortura legitimada por el Estado y los atroces actos de violencia y malos tratos perpetrados contra numerosos detenidos en varios lugares y prisiones bajo control estadounidense.

El captulo quinto proporciona amplias pruebas de cmo todas esas condiciones, junto con las numerosas violaciones de los derechos humanos, dieron lugar finalmente a lo inconcebible: la tortura a los nios. Este captulo es tan detallado como impactante, invocando tanto los testimonios de terceras partes como los testimonios de los nios que fueron torturados.

El captulo final del libro plantea una serie de cuestiones sobre si Obama est dispuesto a desafiar el horrible legado de la administracin Bush, redefiniendo la democracia estadounidense, o si acabar endosando la cultura de crueldad y sufrimiento que es el legado de los aos de Bush y Cheney.

Notas:

[1] Heather Maher: "Majority of Americans Think Torture Sometimes Justified",, CommonDreams.org (4 diciembre 2009).

[2] Hass citado por Sarah Pollock: "Robert Hass" Mother Jones (Marzo-abrill 1992), pg. 22.

Henry A. Giroux ostenta en la actualidad la ctedra de la Red Global de TV en el Departamento de Ingls y Estudios Culturales de la Universidad McMaster. Ha sido profesor en la Universidad de Boston, en la Universidad Miami de Ohio y en la Universidad Penn State.Entre sus libros ms recientes figuran: Youth in a Suspect Society (Palgrave, 2009); Politics After Hope: Obama and the Crisis of Youth, Race, and Democracy (Paradigm, 2010); Hearts of Darkness: Torturing Children in the War on Terror (Paradigm, 2010). Giroux es tambin miembro de la junta de responsables de Truthout.Su pagina web es www.henryagiroux.com.

Fuente: http://www.truth-out.org/torturing-democracy67570

rCR



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