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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-02-2011

Sobre la polmica comunismo y derecho
No se puede desmontar la casa del Amo con sus herramientas

Luis Martn-Cabrera
Rebelin


Me incorporo a un debate que ha tenido lugar en estas pginas sobre la relacin entre comunismo y derecho [1] y lo hago hacindome eco de una observacin que Santiago Alba Rico hizo en el contexto de una discusin muy similar que se dio de manera informal entre algunos compaeros y compaeras de Rebelin.org: que entre comunistas se puede estar en radical desacuerdo, se puede defender una posicin a capa y espada sin que necesariamente eso implique aniquilar al otro. Sobra decir que no se trata aqu de introducir teoras comunicativas habermasianas ni de buscar consensos liberales que desarmen la fuerza de los antagonismos; se trata de avanzar por el mismo camino, porque si algo queda claro es que, a pesar del tono de todas y cada una de las intervenciones, todos somos abiertamente anticapitalistas y luchamos por una misma sociedad comunista. Por eso, ms responder o rebatir todo lo que se ha dicho ya sobre la difcil relacin entre derecho y comunismo tratar, en la medida de mis posibilidades, de abrir nuevos caminos y de ayudar a pensar la capacidad que tienen las herramientas conceptuales y tericas bajo examen la ley, el Estado, el derechopara posibilitar una transformacin radical de las sociedades capitalistas en sociedades comunistas.

A pesar de los mltiples desacuerdos que recorren el hilo de las distintas intervenciones, la discusin parte de una posicin comn: que no tiene sentido hablar de ciudadana y de derechos y libertades civiles mientras vivamos en una sociedad capitalista, porque mientras un hombre tenga que vender su fuerza de trabajo a otro como una mercanca, mientras la explotacin y la opresin de unos hombres por otros sea legal, tales derechos sern slo una quimera. El capitalismo opera, entonces, a partir de una impostura: que la libertad es sobre todo la libertad de comprar y vender, la libertad de explotar a otros y, sobre todo, que a partir de este principio se derivan todos los otros derechos y libertades. Esto explica, entre otras cosas, porque, como afirma Wendy Brown, en las sociedades capitalistas tenemos cada vez ms derechos individuales y menos justicia [2]. De este modo, el surgimiento de los derechos de las minoras en el capitalismo tardo choca sistemticamente con las causas estructurales que siguen produciendo racismo, misoginia, homofobia y desprecio por el dbil, es decir, estos derechos, an siendo importantes, son slo una manera de regular la perpetuacin de esas mismas injusticias que dicen combatir, porque bajo un rgimen capitalista la igualdad incluso la igualdad formal frente a la leyes imposible. Por eso, hasta aqu, uno no puede ms que estar de acuerdo con Fernndez Liria y Alegre Zahonero cuando afirman:

No hay nada mejor para defender la postura propia que presentarla indisociablemente unida a ciertas aspiraciones irrenunciables de la humanidad. De este modo, sin apenas oposicin, el liberalismo econmico logr con gran habilidad defender de un modo verosmil la perfecta unidad entre libertad, derecho y capitalismo, como ingredientes imprescindibles de la sociedad moderna [3].

A partir de est constatacin es donde se parten las aguas de la discusin y se generan posiciones a priori irreconciliables. Para Fernndez Liria y Alegre Zahonero la relacin entre capitalismo y derecho se sustenta sobre una relacin en el fondo imposible, forzada y ficticia: No hay ninguna imbricacin ntima escriben-- entre lo que se llama derecho burgus y el capitalismo, todo lo contrario lo que hay en el medio de estas dos cosas es una impostura, una ficcin jurdica como la copa de un pino, una ficcin que los padres del derecho burgus no habran aceptado jams: la ficcin por la que se puede considerar propietario a un sujeto que no tiene ms propiedad que llevar al mercado que su propio pellejo. [4] Para defender esta postura entre otras cosasFernndez Liria y Alegre Zahonero separan el derecho burgus del Derecho con mayscula y el ser del deber ser, es decir, que el derecho burgus sea un instrumento para justificar la explotacin en un rgimen capitalista no significa que el Derecho con mayscula-- sea eso o que deba ser eso, de hecho, slo una impostura justifica que el derecho se haya convertido en una herramienta de opresin y dominacin, porque en su estructura ms esencial el derecho debe ser una gramtica de la libertad.

Frente esta posicin Carlos Rivera Lugo y Juan Pedro Garca del Campo defienden que el derecho no es ms que un discurso superestructural del capitalismo, la justificacin jurdica de la forma-valor que impide que surja una forma-comunidad como expresin de la soberana poltica de la multitud. No es casualidad, entonces, que Garca del Campo invite a Fernndez Liria y Alegre Zahonero a releer La crtica al programa de Gotha , porque es ah donde Marx se pregunta, son las relaciones econmicas reguladas por conceptos legales o, por el contrario, son las relaciones legales las que surgen de las relaciones econmicas? [4] Para Garca del Campo lo segundo es cierto y por eso escribe entre otras cosas que la lucha contra el capitalismo no es la lucha por el Derecho. Ms an: la normalidad del capitalismo es el triunfo del Derecho, y este slo es omitido cuando la excepcin pone en peligro todos sus automatismos o Odio el capitalismo porque es pura barbarie: explotacin, imposicin de la miseria y de la impotencia el Derecho es participe y garante (uno entre otros) de la relacin Capital [5].

En respuesta a estas objeciones Alegre Zahonero y Fernndez Liria tienden a presentar una Ley con maysculay un derecho en negritaque se presentan como depurados de todas sus contaminaciones burguesas y, por lo tanto, como herramientas imprescindibles para la construccin del comunismo. De este modo, Fernndez Liria y Alegre Zahonero escriben: Ley no significa otra cosa que separacin de poderes. Sin separacin de poderes las leyes no son leyes, son rdenes de un tirano o Todas las objeciones contra el llamado derecho burgus son tan slo las la consecuencia de la principal de las objeciones que hay que hacerle, la de no ser precisamente aquello que dice ser: derecho [6]. Y a esta defensa le aaden que abandonando el derecho le estamos regalando al enemigo una herramienta de lucha imprescindible, confundiendo la apropiacin burguesa del derecho con la idea pura del derecho.

Confieso que me ha dado mucho que pensar esta ltima idea de que podamos estarle regalando al enemigo comn una herramienta de lucha imprescindible, pues es innegable que el capitalismo acta como una fuerza proteica capaz de apropiarse incluyo de aquello que surge contra su misma esencia; es capaz, entre otras cosas, de empaquetar y domesticar rebelda, de venderla al mejor postor, de someterla a la forma-valor. Pero, si bien el peligro de abandonar herramientas emancipatorias es real y debe ser tenido en cuenta, es necesario tambin ser conscientes del peligro inverso: que tratando de luchar contra el capitalismo utilicemos sus mismas herramientas y reproduzcamos inconscientemente sus mismas derivas y sus mismas ficciones: Se puede desmontar la casa del amo con sus herramientas?

En las pginas que siguen tomar este aforismo de la escritora afroamericana Audre Lorde -- No se puede desmontar la casa del Amo con sus propias herramientas como gua y orientacin de mis reflexiones sobre comunismo y derecho. En el caso que nos ocupa, habra que demostrar que las herramientas del derecho no son las herramientas del Amo capitalista-burgus o bien que siendo sus herramientas existira una idea de estas herramientas el Derecho, la Leyque nos permitira depurarlas de sus usos opresivos (sacarle la parte burguesa al derecho burgus). Para poder examinar hasta que punto el Derecho podra sustraerse a su aplicacin particular como derecho burgus, habra que invocar, adems de a todos los tericos marxistas del derecho que citan Garca del Campo y Rivera Lugo, a otro de los nuestros: el filsofo alemn Walter Benjamin.

Benjamin es autor de un inquietante texto Para una crtica de la violenciaque examina en profundidad la relacin entre derecho y violencia. De entrada y este es uno de los escollos ms importantes que deberan superar Fernndez Liria y Alegre Zahonero para depurar al derecho de sus desviaciones burguesasBenjamin defiende que no hay derecho sin violencia; puede haber violencia extrajurdica, pero el derecho est indisociablemente unido y legitimado desde y a travs de la violencia. De acuerdo con Benjamin Toda violencia es, como medio, poder que funda o conserva el derecho. Si no aspira a ninguno de estos dos atributos , renuncia por si misma a toda validez [7]. El derecho ha tendido a transformar la contaminacin entre derecho y violencia en una cuestin moral que reduce el uso de la violencia a una cuestin de medios y fines legtimos. En este sentido, Benjamin localiza en el corazn de la relacin entre derecho natural y derecho positivo una contradiccin que tiene por objeto preservar el monopolio de la violencia en las manos de las clases dominantes y victoriosas. En sus propias palabras:

El derecho natural puede juzgar todo derecho existente slo mediante la crtica de sus fines, de igual modo el derecho positivo puede juzgar todo derecho en transformacin slo mediante la crtica de sus medios. Si la justicia es el criterio de los fines, la legalidad es el criterio de los medios. Pero si se prescinde de esta oposicin, las dos escuelas se encuentran en el comn dogma fundamental: los fines justos pueden ser alcanzados por medios legtimos, los medios legtimos pueden ser empleados al servicio de fines justos .

Este dogma que comparten derecho natural y derecho positivo se relaciona, a su vez con las dos funciones de la violencia que identifica Benjamin: la violencia fundacional y la violencia conservadora. La primera, que se colige del derecho natural, tiene por finalidad fundar la ley, es creadora de derecho, mientras que la segunda, que se relaciona con el derecho positivo, se encarga de defender el ordenamiento jurdico y es en esencia conservadora del derecho. Por ejemplo, casi todos los estados modernos se fundan por medio de una violencia fundacional (i.e. una victoria militar) que tiene como funcin legitimar la presencia de la ley, una violencia que crea el derecho mediante la postulacin de un fin justo, mientras que la violencia de la polica tendra por objeto preservar esa la ley fundada por la primera violencia, sera el medio legtimo del derecho positivo para preservar el ordenamiento jurdico, aunque Benjamin va mucho ms all y afirma que en la polica moderna se confunden y se mezclan las dos violencias, porque sta es un poder que funda pues la funcin especfica de este ltimo no es la de promulgar leyes, sino decretos emitidos con fuerza de leyy es un poder que conserva el derecho, dado que se pone a disposicin de aquellos fines. A partir de aqu lo que el texto de Benjamin muestra es que la violencia fundacional y la violencia conservadora, el derecho natural y el derecho positivo, estn regidos por una ley de la repeticin, una violencia evoca a la otra, un derecho se funda sobre el otro:

"La funcin de la violencia en la creacin jurdica es, en efecto, doble en el sentido de que la creacin jurdica, si bien persigue lo que es instaurado como derecho, como fin, con la violencia como medio, sin embargo -en el acto de fundar como derecho el fin perseguido- no depone en modo alguno la violencia, sino que slo ahora hace de ella en sentido estricto, es decir inmediatamente, violencia creadora de derecho, en cuanto instaura como derecho, con el nombre de poder, no ya un fin inmune e independiente de la violencia, sino ntima y necesariamente ligado a sta".

Hay una manera de escapar a est repeticin de la violencia que funda y preserva la ley? S, de acuerdo con Benjamin la huelga general revolucionaria que el pensador alemn equipara con la violencia divina del judasmo, una violencia sin sangre, que tiene como objeto, no depurar al derecho, sino destruirlo para que surja otra cosa. Supongo que a Fernndez Liria y a Alegre Zahonero esto le parecern simplemente polticas irracionales, pero creo que por debajo del uso conceptual de la teologa que hace Benjamin hay una verdad para la lucha: que lo que teme el Estado burgus en la huelga general revolucionaria no es slo que otros puedan tener acceso al monopolio de la violencia sino que est destruya el edificio mismo del Derecho (s con mayscula), por lo tanto, dice Benjamin, la violencia que el derecho actual trata de prohibir a las personas aisladas en todos campos de la praxis, surge de verdad amenazante y suscita, incluso en su derrota, la simpata de la multitud contra el derecho.

Podemos ahora responder a la pregunta se puede depurar al derecho de su violencia fundacional y conservadora sin destruir el derecho? No y en esto estoy de acuerdo con Rivera Lugo y con Garca del Campo, el derecho como concepto es incapaz de dar cuenta del derecho de la multitud porque es el instrumento mismo de la violencia que se ejerce sobre sta; si no hay derecho sin violencia fundacional o conservadora, es evidente quines son el objeto de est violencia repetida y legal: las clases dominadas.

En este punto, es cuando Alegre Zahonero y Fernndez Liria acusan a Garca del Campo, a Rivera Lugo y supongo que ahora tambin a m, de utilizar un concepto la capacidad soberana de la multitud para decidir su destino y su forma de organizacin poltica, su opcin por la forma-comunidad en lugar de la forma-valor etc.que podra ser, en el mejor de los casos, una forma de fascismo inconsciente.

En primer lugar, Alegre Zahonero y Fernndez Liria afirman que el proletariado es muy consciente del valor que el derecho tiene y que por eso ha siempre situado sus luchas en el terreno de lo legal (i.e. la reivindicacin de un salario mnimo o de una jornada laboral ms corta). Sin embargo, esto no es verdad o es slo una verdad a medias, muchas veces lo contrario es cierto, que los movimientos populares de izquierdas han tendido a desconfiar del derecho para solucionar sus luchas. No hay ms que escuchar a Hebe Bonafini, Presidenta de las Madres de Plaza de Mayo y sin duda una de las figuras ms emblemticas del campo popular argentino afirmar: las Madres no tenamos abogado, porque nunca cremos en lo jurdico, porque siempre nos dimos cuenta que los pueblos no pueden solucionar su lucha jurdicamente. En contextos adems post-dictatoriales, es decir, de terrorismo de Estado, la condena judicial, la ley no equivale a la justicia y de ah la existencia de juicios populares en la plaza, escraches y otras tcticas de guerrilla urbana que sirven justamente para desenmascarar la complicidad entre derecho y violencia y la incapacidad de la ley para hacer justicia. Lo que parece ms exacto, en mi opinin, es pensar que las clases dominadas han utilizado el derecho de manera estratgica para defender sus luchas y casi siempre conscientes de que era un instrumento limitado.

Ms importante es la objecin de las consecuencias que podra tener dejar toda decisin poltica en manos de la multitud. Qu pasara --se preguntan Fernndez Liria y Alegre Zahonerosi esa multitud soberana decidiera eliminar a todos los homosexuales o a todas las minoras raciales? Como comunistas es intolerable querer la eliminacin de las minoras raciales o sexuales y, por lo tanto, por ms que sea desagradable es imprescindible reconocer que tiene que haber leyes que limiten semejantes atrocidades. Es imposible no reconocer, ms que principios marxistas, los ecos rousonianos de la ilustracin en esta formulacin: la voluntad general que busca el bien comn no equivale a la voluntad de todos que no es ms que la suma de todas las voluntades particulares. Por lo tanto, segn Fernndez Liria y Alegre Zahonero tiene que haber un criterio de decisin afuera de la decisin misma y de los sujetos (i.e. la multitud) que toman la decisin que garantice ciertos derechos y garantas que deben (s, deben) quedar a resguardo d eposibles decisiones de la mayora. En sus propias palabras:

Simplemente decimos que no podemos defender () ninguna decisin (por muy espontnea que sea) que atente, por ejemplo, contra la libertad y la integridad de las minoras; que si un pueblo soberano decidiese exterminar a sus gitanos, no nos posicionaramos () del lado de los verdugos Por qu no? Porque el patrn de medida que utilizamos () no coloca como criterio de validez ltimo ni la fuerza, ni la espontaneidad, ni la democracia, ni la multitud, sino ciertos principios (a los que en nuestra peculiar retrica llamamos derechos y garantas) que debe respetar cualquier proyecto poltico que pretenda poder contar con el apoyo de los comunistas [8].

Manuel Navarrete hacindose eco de esta preocupacin escribe: No s si exagero cuando digo que si mi barrio, que es un barrio de clase trabajadora, tuviera su micropoder y legislara a su antojo, colgara a todos los inmigrantes de las farolas [9] . Sobre esto, la primera cosa que hay que decir es que no basta con que haya leyes, aunque eso de momento sea imprescindible, que garanticen el derecho de las minoras o prohiban el racismo o la xenofobia. En Espaa muchos miembros de las clases trabajadoras son abiertamente racistas porque esa es la propaganda que les han impuesto las clases dominantes (i.e. Alicia Camacho en Barcelona, los medios de masas con su retrica de la invasin, etc.) para evitar que haya alianzas interraciales de clase. Por otro lado las leyes por s mismas son incapaces de combatir el racismo o la homofobia. No s puede imponer (aunque sea deseable) el final del racismo por decreto ley. De eso algo saben los cubanos, una sociedad con niveles de integracin racial sin parangn en el continente, que sin embargo ha visto como cubrir las necesidades bsicas y garantizar los derechos de toda la poblacin no garantiza automticamente la eliminacin del racismo, porque la cultura es obstinada y el pasado colonial y esclavista se sigue colando por las rendijas del presente si no se expone y se combate con todas las potencias de una sociedad que se pretende justa e igualitaria. Por eso, en Espaa adems de leyes, lo que se necesita es interrogar mucho ms firmemente nuestro pasado colonial, examinar, discutir y educarnos sobre nuestras ideas raciales, de dnde han venido, cmo circulan, cmo han cambiado y se han adaptado a las necesidades de la clase dominante etc. De momento a la ciudadana slo se le ha invitado a celebrar el Quinto Centenario del descubrimiento de Amrica, el encuentro entre dos mundos y a subirse en las replicas de la Pinta, La Nia y la Santamara. Si el pasado colonial es el fundamento del racismo contemporneo y lo nico que hacemos como sociedad es negar ese pasado, glorificarlo o banalizarlo es fcil ver por qu las leyes por s solas no haran ms que lo que hacen, regular el racismo, no eliminarlo.

Pero Fernndez Liria y Alegre Zahonero dirn, con razn, que el racismo es el ejemplo concreto no el principio o la idea regulativa como ellos la denominan-- que debe servir como base de las normas de conducta social en una sociedad comunista. Frente a la idea regulativa del Derecho como garanta de la voluntad general, Garca del Campo, sistemticamente insiste en que esas garantas y esos criterios, en una lgica comunista, son inseparables de las clases oprimidas y explotadas que lucharon y luchan por ellos. Por eso, para Garca del Campo no es que Platn descubriera el concepto emancipador de derecho en s mismo, sino que ste est indisociablemente unido a la irrupcin del demos en el gora . Es la importancia que va adquiriendo el demos escribe Garca del Campo, la que hace que se transformen las costumbres y las leyes. Por su presencia poltica se construyen precisamente las primeras instituciones de la democracia y, en consecuencia, deja de ser posible un ejercicio del poder sustentado slo en los principios de la tradicin y en la legalidad del linaje [10}.

Sin tratar de enmendarle la plana a nadie creo que las dos posiciones pueden y deben ser reconciliadas. Tiene que haber criterios afuera de los sujetos que toman decisiones ticas, pero al mismo tiempo estos criterios estn indisociablemente unidos a los sujetos que toman estas decisiones. Las leyes o los criterios son el producto de las luchas e interacciones humanas, las leyes tienen que ser pronunciadas y escritas por alguien, aunque ese alguien evidentemente se rija por algn criterio o normatividad externa. En ingls hay una expresin que explica bien este entramado conceptual: there is no deed without a doer (algo as como no hay hecho sin hacedor). Por lo tanto, lo esencial no es poner el nfasis en el criterio o en el sujeto, en el hecho o en el hacedor, sino en la interaccin entre ambos, el criterio tico universal comunista a cada uno segn sus necesidades de cada uno segn sus capacidades o cualquier otrodebe ser continuamente actualizado y conectado con la decisin particular y con los sujetos que toman la decisin.

Como todo esto puede parecer muy abstracto, veamos un ejemplo reciente. Durante la reciente crisis del gasolinazo en Bolivia, el gobierno de Evo Morales decidi subir el precio de los carburantes entre un 73% y un 83%. Hay que partir de la base de que Evo Morales y Garca Linera no son gobernantes tpicos de una repblica burguesa, sino de un estado nacional-popular, cercano adems a los ideales del comunismo. Por lo tanto, hay que inferir que tomaron la decisin racionalmente y teniendo en cuenta el bien comn. De hecho la medida estaba motivada por el fuerte contrabando de combustibles que tiene lugar en las fronteras de Brasil, Chile y Paraguay, que priva a las arcas del Estado, es decir al pueblo, de una fuente importante de ingresos que podran destinarse a otras cosas. Pero resulta que el pueblo los sindicatos y los movimientos socialesno estaban de acuerdo con la medida ni con el impacto inmediato que iba a tener en los bolsillos de los ms desfavorecidos y, por lo tanto, iniciaron una movilizacin en contra del decreto. Sin entrar en los particulares del asunto, lo que est claro es que aqu hay dos razones en conflicto, la del gobierno y la del pueblo. Lo justo, lo revolucionario, lo comunista, no es acudir a un tercer criterio de racionalidad al margen de esta dialctica, sino poner los criterios encima de la mesa y discutirlos. Y eso fue lo que pas en Bolivia, el gobierno escuch los criterios y di marcha atrs. En palabras del vicepresidente Garca Linera la anulacin del decreto, es una leccin de cmo se resuelve la tensin con el pueblo. Jams es una derrota escuchar al pueblo". Isabel Rauber, explica de manera todava ms elocuente y grfica la necesidad de combinar los criterios y las decisiones con el pueblo:

La tarea titnica de los gobernantes revolucionarios no consiste en sustituir al pueblo, ni en sacar de sus cabezas buenas leyes, mucho menos para demostrar que son ms inteligentes que todos, que tienen razn y que, por ello, saben gobernar. Impulsar revoluciones desde los gobiernos pasa por hacer de stos una herramienta poltica revolucionaria: desarrollar la conciencia poltica, abrir la gestin a la participacin de los movimientos indgenas, de los movimientos sociales y sindicales, de los sectores populares, construyendo mecanismos colectivos y estableciendo roles y responsabilidades diferenciados, para gobernar el pas en conjunto [11].

Se puede, entonces, estar de acuerdo con Fernndez Liria y Alegre Zahonero en que para ser comunista hace falta tener algn criterio que explique las decisiones ticas y con Garca del Campo en que ese criterio no puede estar desligado de la multitud, de la irrupcin del Demos en la esfera pblica. Ms difcil para m es compartir que ese criterio deba ser codificado legalmente, y sometido a un Estado de Derecho cuyo centro debe permanecer vaco para ser justo. El lugar de las leyes --escriben Alegre Zahonero y Fernndez Liria-- tiene que estar vaco. Esto es lo que significa el dicho jacobino (o platnico) que gobiernen las leyes, no los hombres, para lograr este vaco o para garantizarlo, se invent la separacin de poderes (y no se ha inventado nada mejor) [12].

La verdad es que cuando trat de imaginarme el lugar de la ley como un espacio vaco no veo jacobinos ni revoluciones, lo nico que se me viene a la mente es el campesino del cuento de Kafka, Ante la ley tratando de entrar en el cuarto de la ley buscando justicia y muriendo a los pies del guardin de la ley sin haber visto nunca nada. Esta bien tratar de poner las leyes por encima de los hombres para evitar la tirana, pero cmo sabemos que en lugar de evitar la tirana estamos preservando el lugar que usa la razn de Estado para justificar el ejercicio lcito de su violencia? Quin nos garantiza, como de hecho ha ocurrido frecuentemente, que ese lugar vaco de la ley no se llene con los privilegios de una clase, una raza o una preferencia sexual?

Para evitar la tirana lo mejor es que la ley sea otra, que el criterio sea otro, uno surgido de la lucha de clases y no simplemente deducido de un derecho burgus purificado de su violencia consustancial. Para evitar la tirana hace falta que ese criterio, que ya no tendr el nombre de la ley, est radicalmente abierto, ms que vaco. El campesino del cuento de Kafka y con l todas y todos los comunistas tiene derecho a romper la puerta de la ley y llenarla con sus todos sus deseos y proyectos polticos y, aunque sea cansado, aunque queramos instituciones que se sostengan solas, esos criterios con los que se va llenando el proyecto comunista tendrn que ser peridicamente sometidos a crtica, a debate y a la interaccin con la soberana popular tal y como sucede en el caso de Bolivia antes mencionado. Como explica Isabel Rauber, cuando el criterio esta abierto no se caen las instituciones del pueblo, slo cambia el tiempo de las decisiones polticas: apostando por la consulta y participacin de los de abajo , ciertamente el camino puede ser ms largo y los ritmos ms lentos, pero a la larga ser ms efectivo, profundo y radical. Esta sabidura no sali de las universidades, se forj en la experiencia de lucha de los pueblos [13].

Abrir el criterio de decisin implica tambin que nuestros conceptos de democracia, comunismo, justicia y otros no pueden ser slo definidos desde Europa y con las nicas herramientas de la filosofa griega y del pensamiento de la Ilustracin. Es imposible no darle la razn a Rivera Lugo cuando dice que al leer las crticas de Alegre Zahonero y Fernndez Liria sinti que, otra vez, desde Europa nos llega esta nueva pretensin universal de la verdad, esta porfiada mana de algunos de aquellos lares de insistir en imponerles sus reglas de la razn a los brbaros de este otro lado del planeta. Es como si estuvisemos condenados a repetir, tal y como lo pregonaba Hegel, la historia de Europa o la de Estados Unidos, da lo mismo- como si fuese la nica historia dable, una especie de estacin ltima de la evolucin de lo jurdico: el liberalismo burgus [14].

Y aqu no vale decir que el descubrimiento de la verdad, la razn y el derecho son independientes del origen de quines hacen esos descubrimientos, hay una geopoltica del conocimiento en esta discusin que es insoslayable. Europa o Estados Unidos-- no pueden seguir descubriendo verdades universales para luego imponrselas al sur global. Hay que estar muy ciego para no darse cuenta de todas las implicaciones que ha tenido el Zapatismo o los movimientos indgenas ms recientes en Bolivia y Per. Tachar a estos movimientos de irracionalistas es, sin duda, muy Europeo, pero, como digo, ha llegado la hora de reconocer que algo o mucho tienen que decir si han sido capaces de resistir por ms de 500 aos al expolio, la explotacin y la violencia de los imperios capitalistas del Norte. Durante seis siglos escribe Stefano Varesse-- los pueblos indgenas se han resistido a desaparecer y se han adaptado a todos los cambios impuestos a la fuerza, de atrocidad en atrocidad, de abuso en abuso, de injusticia en injusticia y concluye haciendo este razonable llamado:

El dilogo inviable con el capitalismo de la distopa hay que sustituirlo por una conversacin honesta y profunda con el otro paradigma de civilizacin ―el paradigma indgena― y repensar el futuro comn, el socialismo, la justicia social, la tica ambiental, la democracia cultural y la misma belleza de la vida (el buen vivir) juntos, en solidaridad y en aprendizaje compartido con los pueblos indgenas de las Amricas. [15]

No tengo ya tiempo en esta larga intervencin de abordar la cuestin de esa otra herramienta que est tambin bajo discusin: El Estado y su relacin con la emergencia de nuevos paradigmas biopolticos, lo dej para una segunda parte. Concluyo aqu pues con las palabras de Audre Lorde, una mujer negra, descendiente de esclavos, pobre y lesbiana. Compaeros y compaeras comunistas, adems de exponer y defender nuestras ideas, creo que tenemos tambin que escuchar qu piensan los otros comunistas, que piensan los explotados, los oprimidos que luchan en otras partes y que tambin tienen herramientas, verdades y proyectos polticos.

Aquellas de nosotras que estamos afuera del crculo de la definicin que esta sociedad hace de una mujer aceptable; aquellas de nosotras que nos hemos forjado en las encrucijadas de la diferencia; aquellas de nosotras que somos pobres, lesbianas, negras, y mayores, sabemos que la supervivencia no es una destreza acadmica . Sobrevivir es aprender a pararse solas, sin popularidad y muchas veces siendo vilipendiadas, aprender cmo hacer causa comn con todos esos otros que estn afuera de la estructura para definir y buscar un mundo en el que podamos florecer, en el que podamos aprender cmo tomar nuestras diferencias y transformarlas en nuestra fuerza, porque las herramientas del Amo nunca podrn desmontar la casa del Amo . A lo sumo, nos pueden permitir ganarle jugando su propio juego, pero nunca nos permitirn alcanzar un cambio genuino. [16]

 

NOTAS

[1] Algunos de los artculos que forman parte de la polmica son: Juan pedro Garca del Campo El derecho, la teora, el capitalismo y los cuentos (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119043) y Derecho y democracia (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=120578), Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero Comunismo y Derecho (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=117932) y Comunismo, democracia y derecho (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119482). Carlos Rivera Lugo Comunismo jurdico (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=117096) y La Miseria del derecho (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=121941) Manuel M. Navarrete. Dogma y derecho (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=120532) 

[2] Wendy Brown. The Most We Can Hope For: Human Rights and the Politics of Fatalism. South Atlantic Quarterly 103.2/3 (2004): 451-463

[3] Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero. El orden del capital . Madrid: Akal, 2010, p.19.

[4] Kart Marx. Critique of the Gotha Program in Later Political Writigs . Cambridge: Camnbridge UP, 1996. Traduccin ma.

[5] Juan Pedro Garca del Campo. El Derecho, la teora, el capitalismo y los cuentos

[6] Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero. Comunismo y derecho

[7] Walter Benjamin. Para una crtica de la violencia. www.philosophia.cl/biblioteca/Benjamin/violencia.pdf todas las citas de Benjamin vienen de esta traduccin.

[8] Fernndez Liria y alegre Zahonero. Comunismo, democracia, derecho

[9] Manuel M. Navarrete. Dogma y derecho

[10] Ibid. Comunismo, democracia y derecho

[11] Isabel Rauber. Los pies, la cabeza y el corazn de Evo Morales http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119661

[12] Ibid. Comunismo y derecho

[13] Rauber Ibid.

[14] Carlos Rivera Lugo. Miseria del derecho

[15] Stephano Varesse. Celebracin de las utopias indias de la Amrica. http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5960

[16] Audre Lorde. The Masters Tool Will Never Dismantle the Masters House in This Bridge Called my Back. Writtings by Radical Women of Color. Mi traduccin.

 

 

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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