Portada :: Cultura :: Manuel Sacristn: 25 aos de su fallecimiento
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-02-2011

Seminario de la FIM sobre Ecologa y Marxismo en el Ateneo de Madrid
El ecocomunismo de Manuel Sacristn

Salvador Lpez Arnal
Rebelin


Nota del autor. El pasado 17 de febrero, a las 19 h., la Fundacin de Investigaciones Marxistas (FIM) inaugur en el Ateneo de Madrid el Seminario Ecologa y Marxismo. Homenaje a Manuel Sacristn, con una conferencia de Francisco Fernndez Buey y una anunciada intervencin del que firma este escrito. No es el nico acto programado. La seccin de Economa y Sociedad de la FIM, en el marco de sus objetivos de construccin de un discurso coherente y de la articulacin de alternativas y herramientas para hacer frente a los discursos liberales, continuar el seminario el prximo 9 de abril con otra sesin que cuenta con la participacin de Jorge Riechmann, scar Carpintero, la activista Yayo Herrero y el gelogo y veterano ecologista Julio Garca Camarero.

Lamentablemente yo no pude asistir finalmente al acto. Daniel Lacalle tuvo la gentileza de presentar y comentar el siguiente texto que, con toda seguridad, mejorara notablemente en su exposicin.

En conversacin con Marc Saint-Upry [1], Joan Martnez Alier ha recordado que a su regreso a Barcelona en 1975 observ que entre los economistas universitarios haba un sector muy hostil a la ecologa. Para los economistas neoclsicos, algunos de ellos muy competentes en la materia, la ecologa era algo que simplemente no exista. Sobre los marxistas, aade el autor de Los huacchilleros del Per, en medio del gran desierto que fue la Universidad espaola durante el franquismo estaba Manuel Sacristn, un hombre extraordinario. Aos antes, durante su estancia en Per con Verena Stolcke, JMA conoci en 1971-1972 al antroplogo usamericano de Amherst Brooke Thomas, un estudioso de las caloras que circulan entre los diferentes pisos ecolgicos. Martnez Alier, que haba realizado cursos en economa de la alimentacin, se interes por el tema. As accedi a la economa ecolgica, de este modo pudo convertirse en uno de los pocos economistas, con sus propias palabras, capaces de contar caloras y protenas, porque hay muchos economistas que se dedican a lo metafsico y no hablan de ese tipo de cosas.

Durante esos aos, Manuel Sacristn no imparta clases de Metodologa de las Ciencias Sociales ni de Fundamentos de Filosofa en la Facultad de Econmicas de la Universidad de Barcelona. Haba sido expulsado de la Universidad en 1965. La razn, no ocultada por el entonces rector fascista de la UB, el competente farmaclogo Francisco Garca Valdecasas, es conocida: su militancia en el PSUC-PCE, su compromiso en primera lnea de combate con la resistencia antifranquista y comunista. Durante la larga dcada que estuvo expulsado, el traductor de El Capital se gan la vida, y ayud a su familia, con traducciones y colaboraciones editoriales. Es imposible concebir el gran prestigio y la enorme productividad de Ediciones Grijalbo durante ese perodo (y tambin de la Editorial Ariel, por supuesto) sin citar su nombre y sus numerosas y diversas (e incluso increbles) aportaciones. Treinta mil pginas traducidas no exagero, Albert Domingo Curto las ha contado- del griego clsico, ingls, francs, italiano, cataln y alemn lo dicen todo.

En 1972, mientras iba saliendo de una fuerte depresin clnica en la que seguramente los recientes avatares histricos del movimiento comunista internacional no fueron ajenos, Sacristn propuso, precisamente a Ediciones Grijalbo, la publicacin de tres nuevas colecciones. Naturaleza y sociedad, Hiptesis y CIC, Cuadernos de Iniciacin Cientfica (o cuadernos de iniciacin comunista si se prefiere), eran sus nombres. Slo la segunda lleg a realizarse. Fue una coleccin inolvidable con la que nos formamos muchos jvenes de aquellos aos. Ciencia, matemticas, filosofa, historia, marxismo, poltica, biografa, clsicos, de todo haba en aquella via documentada y enrojecida.

El proyecto, que no lleg a concretarse, de Naturaleza y sociedad constaba de 200 volmenes distribuidos del modo siguiente: 20 volmenes de Ciencias Formales, 60 de Ciencias de la Naturaleza, 80 de Ciencias de la Sociedad, 30 de Crtica e Interpretacin (10 de filosofa y 20 de historia) y 10 de Sociofsica. En el apartado III de proposiciones varias sealaba Sacristn la novedad de este trmino: El concepto de sociofsica es propio del director de la coleccin. No se ha utilizado nunca. Significa los temas en que la intervencin de la sociedad (principalmente de la sociedad industrial capitalista) interfiere con la naturaleza (urbanismo, contaminacin, etc). Sacristn quera dedicar diez ensayos a este mbito, igual cantidad que al apartado de filosofa. Pens esta coleccin como de divulgacin alta para un pblico que poda estar representado por bachilleres del ltimo curso, el antiguo 6 de Bachillerato, y estudiantes de primeros cursos de Facultades o Escuelas universitarias. Eran otros tiempos, no se extraen por este vrtice.

El anterior fue, probablemente, uno de los primeros escritos en los que Sacristn hizo referencia explcita a temticas ecolgicas. Si, como l hiciera con la obra de Marx, buscamos atisbos ecolgicos en sus textos ms esenciales, podemos citar tambin este paso de uno de sus grandes artculos, La universidad y la divisin del trabajo, basado en conferencias de finales de los sesenta y principios de los setenta: [] Pero la causa ms bsica est en la energa productiva liberada por la gran industria incluso en medio de las catstrofes (sin olvidar ya hoy la degradacin del medio natural) que produce su organizacin en forma capitalista. No est en soledad de a uno.

Desde entonces, la profundizacin de Sacristn en este mbito [2] es constante, contra corriente, documentada, crtica (son las marcas conocidas de la casa), y ciertamente singular en el marxismo no slo espaol sino europeo de aquellos aos setenta. Su tesis esencial, la posicin que mantendra Sacristn hasta el final de su corta vida, puede ser expuesta en los siguientes trminos: el socialismo no entregado, es decir, el socialismo que aspira y lucha por el surgimiento de una nueva sociedad donde podamos vivir sin el permiso de los descreadores de la Tierra, la aspiracin bsica de ciudadanos y ciudadanas ejemplares como Marcelino Camacho, Tomasa Cuevas, Miguel Nez o Gregorio Lpez Raimundo, el socialismo, deca, ira al desastre si no asimilaba la motivacin ecolgico-revolucionaria. El capitalismo tenda inexorablemente a la acumulacin insaciable y a la concentracin sin lmite, y no poda dar luz, aunque as lo deseara, a una organizacin de la vida social que fuera justa, respetuosa y admisible.

Sacristn insista ya entonces, a quien quisiera orle, que exista razonamiento ecologista de calidad cientfica, que no todo, ni mucho menos, era ecologismo ingenuo que contrapone produccin a necesidad o que quiere que se recicle todo sin pensar a costa de cuntos megavatios. Exista ecologismo bien razonado desde haca aos, con buena categorizacin econmico-social, y hasta, en algunos casos, con aceptacin excesiva de los datos de partida que promova la propia cultura del despilfarro y del consumismo insaciable. Al autor de Pacifismo, ecologismo y poltica alternativa le gustaba citar este paso de Ciencia y supervivencia de Barry Commoner, muy del gusto tambin de su discpulo Jorge Riechmann, otro brechtiano imprescindible. Como bilogo, sealaba Commoner, he llegado a esta conclusin: hemos alcanzado un punto crtico en la ocupacin humana de este planeta. El medio ambiente es un sistema complejo, delicadamente equilibrado, y este conjunto ntegro recibe el impacto de todas las agresiones infligidas separadamente por los agentes contaminadores. Jams, en la historia de la Tierra, se ha sometido su tenue superficie sustentadora de vida a unos agentes tan activos, variados y asombrosos. Creo que los efectos acumulativos de esos contaminadores, sus acciones interdependientes y su amplificacin, pueden ser fatales para la compleja trama de la biosfera. Y como el hombre es, en definitiva, una parte dependiente de ese sistema, pienso que la contaminacin persistente del orbe -si no se impone una supervisin rigurosa- destruir la adaptabilidad de este planeta para la vida humana. El texto, djenme que lo recuerde con la boca abierta fruto de mi mxima admiracin, es de 1966.

Sacristn recordaba que se sola afirmar que la tradicin marxista no haba conocido los problemas apuntados por la ecologa poltica o, acaso, que los haba conocido muy insuficientemente. Sin embargo, en su opinin, muchos aos antes de los anlisis de John Bellamy Foster, en la obra de los clsicos, particularmente en la de Marx y, en menor medida, en la de Engels, existan elementos interesantes al respecto. Esos atisbos haban sido tenidos en cuenta de manera muy diversa durante los aos de existencia y evolucin de la tradicin marxista. No se poda hablar de pensamiento ecologista de Marx, propiamente, seal en 1983, pero exista en su obra unas pocas ideas que hoy se llamaran de poltica ecolgica. Escasas, pero de inters. Algunas bien conocidas, las que se refieren a las condiciones de vida de las clases trabajadoras; otras, mucho menos, las que se referan a lo que Marx llamaba la depredacin del trabajador y el terreno en la economa capitalista.

Ms interesante que un estudio detallado de esas ideas era preguntarse por qu en la tradicin no haban tenido prcticamente ningn cultivo, muy poco, con excepcin de algunos autores como Kautsky y Podolinsky. La causa, en su opinin, era la presencia en el pensamiento de Marx de un esquema filosfico, que sin ser toda su filosofa era un muy importante en ella, que tiene cierta tendencia no slo al fatalismo sino adems a concebir el dinamismo histrico como algo necesitado, fundamentalmente, del mal. Como haba dicho Marx en alguna ocasin, la historia avanzaba por el lado malo, por su peor lado. Eso haba ocasionado que en la tradicin se aceptara alegremente, casi como obvio, el constante empeoramiento, la constante depredacin tanto de la fuerza de trabajo como de la misma naturaleza. En su conferencia de 1983 sobre la Tradicin marxista y los nuevos problemas, Sacristn volvi nuevamente sobre las relaciones entre la tradicin y el movimiento ecologista. Seal que se haba hecho usual ver en los clsicos del marxismo a unos autores ignorantes de esta problemtica. Se sola pensar que Marx era un autor que no haba sabido nada de estas cuestiones y que, de hecho, lo que haba apuntado era ms bien contraproducente. Sin embargo, esta opinin, que pareca ser la creencia de gente muy inteligente y culta como Joan Martnez Alier, hombre muy competente, aada Sacristn, pero que pareca estar convencido de esa tesis que, en su opinin, era un error, un inmenso error.

Tesis afines pueden rastrearse en la que fue su ltima conferencia, an indita, Introduccin a los nuevos movimientos sociales, una intervencin de julio de 1985 en Gijn, un mes antes de su fallecimiento. Hay aqu tambin diversos consideraciones de inters sobre el ecologismo, considerado como uno de los nuevos movimientos alternativos. El ecologismo no era una ciencia, no era la ecologa. El ecologismo era una poltica, una forma de concebir las relaciones entre el hombre y su entorno vivo o inerte, entre nuestra especie y las dems especies y el mundo. Los movimientos ecologistas, admita entonces Sacristn, tendan desgraciadamente con frecuencia a la pseudociencia, a consideraciones presentadas como ciencia pero carentes de base e incluso de argumentacin. Cuando eclogos crticos con el movimiento como Margalef o Laurent Samuel sealaban que el ecologismo practicaba la pseudociencia esgriman buenas razones para defender su crtica. Algunos grupos ecologistas la practicaron, la practican ahora incluso. Esas tendencias anticientficas eran fruto de una reaccin mal orientada, pero explicable sostena Sacristn, debida a los desastres de la tecnociencia oficial. Si era verdad que dar consejos ridculos acerca del cncer o de la diabetes era un crimen, porque puede daar a unos cuantos miles de personas, fabricar armamento nuclear, aviones de combate, es muchsimo ms grave, porque puede daar a muchsima ms gente. Esta mala reaccin que puede servir para explicar la presencia de pseudociencia en ambientes ecologistas no era, desde luego, una justificacin; si los movimientos ecologistas queran sobrevivir, tener influencia y eficacia poltica tenan que superar esa irracionalidad anticientfica inicial.

La principal conversin que los condicionamientos ecolgicos proponan al pensamiento revolucionario, seal el traductor de Adorno y Marcuse en unas jornadas de Ecologa y Poltica celebradas en Murcia en 1979, consista en abandonar la espeta del Juicio Final, el utopismo, la escatologa, deshacerse del milenarismo de la tradicin, creer ingenuamente que la revolucin social era la plenitud de los tiempos, un evento a partir del cual quedaran anuladas todas las tensones entre las personas y entre stas y la Naturaleza, obrando entonces sin obstculo las buenas y objetivas leyes del Ser, deformadas hasta entonces por las pecaminosas sociedades de clase, por la injusta sociedad capitalista.

No, no se trataba de eso. Haba que girar 180 grados la concepcin entonces usual sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, que l llamo desde entonces fuerzas productivo-destructivas, y su choque con unas relaciones de produccin que encorsetaban su despliegue. El socialismo no consista en el despliegue sin obstculos de un tren de alta velocidad sino en el uso plausible y sin colapso de los frenos de emergencia.

Singularmente, la poltica de la ciencia deba cambiar. No se trataba de agitar a diestra y siniestra, das impares y fiestas de guardar, ms ciencia, ms ms madera, ms ciencia, ms madera, sino de agitar y argir una nueva y sosegada poltica de la ciencia que tuviese el equilibrio homeosttico de la especie como principio esencial. El primer principio orientador de una poltica de la ciencia para esa otra sociedad, para esa comunidad o federacin de comunidades, debera ser una rectificacin de los modos dialcticos clsicos de pensar, hegelianos, slo por negacin, para pensar de un modo que incluyera una dialecticidad distinta con elementos de positividad, una dialecticidad que tuviera como primera virtud prctica la de Aristteles, el principio del mesotes, de la cordura, dimanante del hecho de que las contraposiciones en las que ya entonces se estaba no las vea como resolubles al modo hegeliano sino al modo como se apunta en el libro primero de El Capital, mediante la creacin del marco en el cual podan dirimirse sin catstrofe.

Una poltica socialista respecto de las fuerzas productivo-destructivas contemporneas tena que ser bastante compleja y proceder con lo que l llamaba moderacin dialctica, empujando y frenando selectivamente, con los valores socialistas presentes en todo momento, de modo que pudiera calcular con precisin los eventuales costes socialistas de cada desarrollo. Esa poltica tena que estar alejada de lneas simplistas aparentemente radicales, como la simpleza progresista del desarrollo sin freno y la simpleza romntica del puro y simple bloqueo. La primera lnea no ofreca ninguna seguridad socialista y s, en cambio, muy alta probabilidad de suicidio; la segunda, era para empezar, impracticable.

La ciencia en el sentido contemporneo era un conocimiento socializado con proyeccin tcnica ms o menos inmediata. De esta ltima circunstancia se derivaba su peligrosidad intrnseca como conocimiento sumamente eficaz: la excelencia de la fsica como conocimiento era la base del armamento nuclear y qumico. La reaccin romntica a esta circunstancia consistente en intentar deshacer el camino andado y, en la prctica poltica, bloquear la investigacin le pareca a Sacristn no slo inviable sino adems indeseable. Desde el punto de vista poltico-moral, la ciencia era ambigua, por as decirlo, si no quera usar la palabra neutral lamentablemente satanizada en los ambientes de izquierda. Los productos cientficos eran ambiguos y conllevaban por s mismos un riesgo probablemente proporcional a su calidad epistemolgica.

Sus propuestas concretas para una poltica de la ciencia de orientacin socialista sealaban cinco nudos bsicos. Un ejemplo de sus propuestas: hacer una poltica de la ciencia que admitiera la preeminencia de la educacin sobre la investigacin durante un cierto largo perodo, principio orientado a evitar las malas reacciones por ineducacin de la humanidad a las consecuencias inevitables de reduccin del consumo. Un corolario de este primer principio: la acentuacin de la funcin educativa de la enseanza superior. Esta medida, su primer corolario, redundaban inmediatamente en un descenso del consumo a travs de una disminucin de la productividad, por lo menos, sealaba, en una primera fase, porque esto significa menos produccin de profesionales y ms produccin de hombres cultos, que deca Ortega.

Por lo dems, Sacristn fue muy crtico respecto a algunas aproximaciones al tema entonces bastante influyentes. As, comentando el libro de Hans Magnus Enzensberger, Para una crtica de la ecologa poltica (Barcelona, Anagrama en 1974), un ensayo escrito, en su opinin, con grandes bandazos que acaso estn determinados por la tradicin de mezclar la crtica ideolgica con la consideracin de la cosa misma, acaso por precipitacin en la composicin, y acaso por pudores de revolucionario verbal, anotando un paso del ensayo -La izquierda ha considerado ante todo su deber enfrentar el problema desde una perspectiva crtico-ideolgica. Su actuacin es fundamentalmente clarificadora, tratando de poner de manifiesto las innumerables mixtificaciones que comporta el pensamiento ecolgico y promoviendo su soluci (p.22), comentaba Sacristn: Sin que eso sea falso, la falta de sentido autocrtico lo estropea: la izquierda ha empezado por ignorar todo eso y seguir averiguando el sexo de los ngeles grupusculares durante aos, mientras los obreros y el pueblo de Erandio chocaban con la polica por la contaminacin de su atmsfera.

Ni que decir tiene que Sacristn, que nunca fue, desde su compromiso poltico marxista-comunista, ni incluso antes, un filsofo al uso, no se conform con la reflexin terica ni con la mera agitacin propagandstica. Organiz, luch y combati en organizaciones tan esenciales como el CANC, el Comit Antinuclear de Catalunya, junto a Paco Fernndez Buey, Vctor Ros, Toni Domnech o Joan Pallis; intervino en el interior de Comisiones Obreras y era frecuente verle en manifestaciones obreras y ciudadanas en Barcelona repartiendo papeles y documentos, adems de impartir numerosas y concurridas conferencias sobre la temtica, sobre el ecologismo, sobre el antimilitarismo, contra la energa nuclear y, djenme que no olvide este paisaje, contra la estafa alfica que signific nuestra permanencia en la OTAN, una falsaria y estudiada generacin de consenso ciudadano que permiti nuestra permanencia en una alianza militar criminal como el tratado del Atlntico Norte, dirigido durante aos, djenme que recuerde su nombre, por el socialista Javier Solana.

En el marco de nuestra edicin espaola de Lukcs, escriba Sacristn en la edicin de las Aportaciones a la historia de la esttica, este volumen debe dar testimonio de esta excepcional y llamativa caracterstica del pensador hngaro. Con independencia de lo que cada lector marxista o no- estuviera dispuesto a recibir de la obra de Lukcs, aada, nadie puede negarle esa peculiar capacidad de fundir la viva y gil irrequietud del pensamiento, la constante receptividad para con novedades y profundidades recin vistas, con una persistencia de verdadero clsico en cuanto a una media docena de criterios histrico-filosficos y estticos bsicos, a los cuales es fiel nuestro autor a travs de las vicisitudes de una agitada vida de pensador, escritor y poltico.

Algo similar puede decirse de su vida y de su hacer. Sacristn no fue, propiamente, sin ms matices, un pensador ecologista ni siquiera un ecosocialista hoy al uso, o un dirigente poltico sensible, preocupado por un desarrollo sostenible de la economa. No, Sacristn, fue un ecocomunista, alguien que no idealiz, desde luego, la arista ecologista a los pases del socialismo (ir)real, como s hara o jugara a hacer- el que fuera su amigo y compaero en este mbito, Wolfgang Harich, de cuyos anlisis Sacristn bebi crticamente, alguien, Sacristn, para quien el socialismo no consista en hacer lo mismo que el capitalismo aunque mejor, ms eficazmente, y con un poquito ms de humanidad, sino, esencialmente, construir algo nuevo, una nueva cultura, una nueva forma de relacionarnos con la Naturaleza y entre nosotros a travs de nuevos procedimientos democrticos participativos, evitando que la Tierra se convirtiera en un estercolero. En el editorial del nmero 1 de mientras tanto, l mismo seal la urgencia de la tarea que habra que proponerse para que tras esta noche oscura de la crisis de una civilizacin despuntara una humanidad ms justa en una Tierra habitable, en vez de un inmenso rebao de atontados ruidosos en un estercolero qumico, farmacutico y radiactivo.

A muchos de nosotros, ese programa nos siguen pareciendo una aspiracin necesaria, urgente, razonable y sin duda justa. Gracias.

Notas:

[1] Vase sin permiso, n 7, 2010.

[2] Los textos de Sacristn que he usado en esta comunicacin provienen fundamentalmente de los escritos recogidos en Pacifismo, ecologismo y poltica alternativa (Barcelona, Icaria-Pblico, 2010), de conferencias incluidas en M. Sacristn, Seis conferencias (Barcelona, El Viejo Topo, 2005) y de otros textos inditos, transcritos por mi, o que estn ubicados entre la documentacin depositada en Reserva de la Biblioteca Central de la UB, fondo Sacristn.


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