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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-02-2011

Fulgencio Batista, el Mubarak cubano

John Brown
Rebelin


1. Hay dos maneras de no entender o de no querer entender lo que est ocurriendo hoy en el mundo rabe. La primera consiste en afirmar que lo que piden los pueblos insurrectos es "democracia", el tipo de democracia que conocemos en Europa o en Estados Unidos y que el Imperio ha exportado por las armas a Iraq y Afganistn. Esta postura intenta cerrar cuanto antes y con las menores consecuencias posibles el momento revolucionario. De lo que se trata es de que ese poder constituyente, manifestacin de un sujeto histrico intermitente y evanescente como es todo sujeto revolucionario, desaparezca del escenario para dejar paso al orden normal de las cosas. En los expresivos trminos de Jacques Rancire, se trata de que la poltica, la siempre traumtica salida a escena de los excluidos, de los no representados y no contados, deje paso a la gestin de lo representable, que l denomina con histrica precisin "polica".

Nosotros vivimos en ese fantasma que se autodenomina Occidente en un reino apoltico de la gestin, en un Estado de polica que denominamos "democracia", pero que describe mucho mejor Alain Badiou con su trmino "capital-parlamentarismo". Cuando la multitud sale a la calle y crea en Tnez y en Egipto un espacio pblico poltico que antes no exista y cuando la dinmica misma de ese espacio pblico transformada en poder constituyente expulsa a los tiranos neocoloniales que gestionaban policialmente sus pases, ciertamente hay un impulso democrtico. Ahora bien, ese impulso democrtico es poltico, manifiesta una voluntad de incluir a los excluidos, de representar lo hasta el momento irrepresentable.

Una revolucin es siempre un acto imposible que deviene real. El orden policial es el clculo y gestin de los posibles, de tal modo que nuestras "democracias" slo son capaces de repetir incansablemente la misma cantilena capitalista mediante la exclusin efectiva de las mayoras sociales de los centros de decisin. El sistema de democracia representativa de partidos es as un formidable mecanismo que permite tener a la chusma -que es la mayor parte de la poblacin- a raya, pues en el capitalismo democrtico, slo se representan, slo tienen voz, los sectores sociales que no ponen en peligro el sistema de explotacin. Que no se desconsuele la "disidencia" cubana, resulta tan difcil en la democrtica Europa cuestionar de manera efectiva el orden capitalista como hacer propaganda a favor del capitalismo en Cuba. Son cosas de la lucha de clases que, en cada caso, define el orden de lo posible. La poltica, cuya expresin ms visible es la revolucin, rompe con un orden de posibles imposibilitantes afirmando incondicionalmente que lo que ayer era inconcebible pasa a ser una realidad efectiva. Lo posible no es la condicin "realista" de la novedad y del "progreso", sino la repeticin de lo mismo. Slo la exigencia propiamente poltica de lo imposible crea la verdadera novedad.

Los procesos abiertos en el mundo rabe pueden as evolucionar en dos direcciones: o bien se encaminan a consolidar la representacin de los nuevos sectores sociales que han emergido en las revoluciones en curso, o bien se cierran mediante una rpida normalizacin "democrtica". La primera opcin conduce inevitablemente a una toma de distancia de los pases rabes en revolucin con respecto al orden capitalista mundial, que puede tomar la forma abierta de una revolucin socialista o, como mnimo, la de una contestacin radical del oden neoliberal. En la Amrica Latina actual tenemos ejemplos de ambos tipos de procesos y de sus combinaciones. Efectivamente, las dictaduras neocoloniales del mundo rabe perpetan un sistema de dominacin y de dependencia impuesto por el orden capitalista mundial. La famosa "imposibilidad" de la democracia en el mundo rabe no es sino la incompatibilidad de cualquier forma de democracia con la necesaria supeditacin de los pueblos a un orden neocolonial. Las dictaduras tunecina y egipcia, pero tambin el resto de los regmenes rabes, son instrumentos de la dominacin neocolonial europea yestadounidense. Son los antiguos regmenes coloniales gestionados por "personal indgena". De ah que la ruptura con las tiranas suponga necesariamente, si quiere consolidarse como tal, una ruptura con el lugar neocolonial que corresponde a estos pases en la organizacin capitalista del planeta. Esto lo comprendieron muy rpidamente los revolucionarios cubanos que derribaron la tirana de Batista y tuvieron que radicalizar sus objetivos democrticos y nacionalistas iniciales comenzando un largo proceso de salida del capitalismo.

2. La segunda manera de no querer entender lo que est pasando consiste en considerar que todo es resultado de una vasta conspiracin imperial. Algunos sectores de la izquierda lo afirman, considerando que unos pueblos que no son dirigidos por organizaciones de izquierda tienen que estar manipulados por el imperialismo. Los que sostienen esta hiptesis afirman adems que, mediante estas revoluciones orquestadas que se pareceran a las revoluciones "de colores" de Europa del Este y de la antigua URSS, Europa y los EEUU obtendran una remodelacin poltica del norte de frica y del Oriente Medio favorables a sus intereses. Extraa idea, pues cabe preguntarse cmo se puede defender mejor los intereses del capital a nivel mundial y los del orden neocolonial en su propia regin de lo que lo hicieran personajes como Mubarak o Ben Al, cuyas alabanzas como dirigentes moderados y buenos gestores econmicos fueron cantadas por todos los dirigentes occidentales y por el FMI hasta el momento mismo en que sus pueblos los derribaron. La situacin abierta por los procesos en curso es demasiado peligrosa para el orden capitalista mundial para que esa hiptesis de la conspiracin pueda tomarse en serio. Ciertamente, en un proceso abierto nada est decidido y puede darse una relativa vuelta atrs, pues todo depende de la correlacin de fuerzas, pero ello no quiere decir que deba descartarse una evolucin de estos procesos hacia una definitiva ruptura con el orden neocolonial. Recurdese que cuando triunfaron los revolucionarios cubanos en 1959 se planteaban exactamente las mismas disyuntivas, hasta que estos comprendieron que una democracia en Cuba significaba necesariamente una ruptura con el capitalismo dependiente y, en ltimo trmino, con el capitalismo sin ms.

Resultan sumamente alarmantes algunas reacciones latinoamericanas ante los acontecimientos del norte de frica. En primer lugar, la tibieza con la que los medios de los gobiernos de izquierda acogieron los procesos revolucionarios de Tnez y de Egipto. Puede comprenderse que pases que los Estados Unidos han puesto en el Eje del Mal teman un zarpazo del Imperio y que vean la oleada revolucionaria del mundo rabe como un proceso de "normalizacin democrtica" de la regin que podra extenderse a los procesos polticos latinoamericanos en ruptura con el neoliberalismo y el capitalismo. Sin embargo, la hiptesis de una serie de "revoluciones de colores" manipuladas desde Washington no se sostiene. Ver con recelo desde La Habana, Caracas o Managua los procesos revolucionarios en curso, peor an, defender, como ha hecho Daniel Ortega, a un personaje impresentable como Muamar El Gadafi, sanguinario "kap" rabe de los campos de exterminio europeos para emigrantes clandestinos en suelo libio y notorio compaero de orgas y negocios de Silvio Berlusconi, es hacer un gigantesco favor al Imperio en la difcil situacin que hoy atraviesa.

Desconfiar de las revoluciones rabes, apoyar, aun sea tibia y ambiguamente, a las tiranas neocoloniales que oprimen a sus pueblos es prestar el flanco a una brutal ofensiva imperial. Lo que hoy ocurre en el mundo rabe no es la continuacin de la "democratizacin" de Iraq o de Afganistn "por otros medios", sino una serie de genuinos procesos revolucionarios con todas sus posibilidades y riesgos. En Cuba derribaron a Mubarak hace algo ms de 50 aos, en Venezuela expulsaron a Ben Al hace ya ms de un decenio. Hace falta la torva imaginacin de la colaboradora de PRISA en Cuba Yoan Snchez para sugerir que los dirigentes de su pas se aferran a "las posesiones materiales que alcanzaron con el poder: las piscinas, los yates, las botellas de whisky, las abultadas cuentas bancarias y las mansiones por todo el territorio nacional." Yo personalmente no tengo noticia de esas posesiones materiales ni conozco a nadie que las haya visto. De lo que se trata es de crear una imagen de Cuba comparable a las de las tiranas norteafricanas en las que unos dirigentes corruptos se han enriquecido sin lmite a costa de la poblacin. El problema de Yoan es que cualesquiera que sean los errores que sin duda han cometido la direccin revolucionaria y el gobierno de Cuba, y de los que como ciudadana tiene derecho a quejarse, esa casta oligrquica neocolonial que ella imagina no existe hoy en Cuba. Esto explica tambin el fracaso de los repetidos llamamientos de la "oposicin" cubana a organizar manifestaciones contra el gobierno, esplndidamente ilustrado por el blog de Enrique Ubieta. Que los blogueros y los grandes grupos de prensa del anticomunismo no se equivoquen de perodo histrico: en Cuba Mubarak fue derrocado un ya lejano 1 de enero de 1959.


Publicado por John Brown para Iohannes Maurus el 2/24/2011 10:24:00 AM

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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