Los gobiernos “progresistas” latinoamericanos desvían su línea ideológica ante la crisis en Libia
La sublevación en contra de Gadafi, aliado político y económico del
bloque de izquierda, desorienta a ciertos gobiernos “revolucionarios”. Se ha producido un increíble e inquietante paralelismo. Mientras que
numerosas cancillerías europeas dan muestras de gran preocupación ante
la posibilidad de que la presión popular destituya al coronel Gadafi —que hasta hace poco era un «amigo íntimo» (de Silvio Berlusconi) o por
lo menos, un socio económico indispensable (el 90% del petróleo libio
iba rumbo a Europa)— en los gobiernos “progresistas” de la izquierda
latinoamericana existe otra clase de aprehensión: la de presenciar la
caída de…
un compañero revolucionario.
En realidad, la reacción europea no es demasiado sorprendente. La
Europa capitalista prefiere seguir contando con un socio fiable, aunque
éste haya ocupado durante mucho tiempo el primer lugar en la lista de
los terroristas más intratables del planeta y aunque hoy en día dé
órdenes de disparar sobre su propio pueblo. Tal es el cinismo de la
realpolitik.
Debilidad ideológica
El caso de América latina es más enigmático. Que algunos lloren la
caída del “guía espiritual de la revolución”, en Venezuela y en
Bolivia, pasando por Cuba, Ecuador y Nicaragua, a pesar de la matanza
del pueblo libio, de la cual el “guía” se declara culpable, denota una
lamentable interpretación del curso de la historia y una ceguera a la
que la izquierda ha estado demasiado acostumbrada en el siglo pasado. Desgraciadamente, detrás de la fachada discursiva del «socialismo del
siglo XXI» se perfila otra realidad: la falta de una verdadera
orientación ideológica, de Caracas a La Paz. ¿Cómo es posible que el
dictador sanguinario libio sea considerado como un “hermano
revolucionario”? ¿Acaso se pueden justificar todas sus malversaciones
por su rivalidad con el imperialismo estadounidense? ¿Cómo han podido
equivocarse hasta tal punto de revolución? Para el argentino Pablo
Stefanoni, director de la edición boliviana de
Le Monde Diplomatique, y coautor, con el politólogo francés Hervé do Alto, de
Seremos millones, Evo Morales y la izquierda en el poder en Bolivia,
la respuesta es simple: «Fue tomado por sorpresa el nuevo socialismo
nacionalista latinoamericano, que quedó apabullado por los
acontecimientos, sin recursos políticos ni ideológicos para decodificar
las claves de lo que sucede en el mundo árabe».
En América latina, en Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia o Nicaragua,
Gadafi todavía sigue siendo considerado como un “combatiente
revolucionario”, a pesar de su histórico viraje y su idilio con
Occidente, con Washington y con Roma incluyendo a Londres y a París.
Hugo Chávez no ocultó el hecho: hace unas semanas, para entender la
revolución que se está gestando en los países árabes, se habría puesto
en contacto directo con… ¡Trípoli! En cuanto al ministro boliviano de
Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, éste —como muchos otros
dirigentes latinoamericanos— reconoció su fascinación por el
Libro verde del líder libio.
«Apoyar a los pueblos »
De manera más directa, el presidente nicaragüense Daniel Ortega declaró
abiertamente su apoyo al régimen sanguinario, considerándolo como
víctima de «una “arremetida mediática feroz” por su petróleo». Esta
información fue ampliamente difundida por
Telesur, la cadena de información continental con sede en Caracas. El periódico cubano
Granma
tituló «Denuncia Gadafi complot foráneo contra Libia…». Sin embargo, no
se hizo alusión alguna a la sangrienta represión. En Bolivia, Evo
Morales se mostró más prudente y exhortó al coronel Gadafi y al pueblo
libio «a realizar todos los esfuerzos necesarios para que a través de
medios pacíficos se pueda resolver la crisis política desatada».
Afortunadamente, los gobiernos no tienen el monopolio del socialismo latinoamericano. En Venezuela, el grupo
Marea socialista
(corriente del Partido socialista de Hugo Chávez) anticipó la victoria
del pueblo libio y denunció «el horror de que son capaces los
dictadores, sumisos o no al imperialismo». Los militantes venezolanos
consideran que los acontecimientos indican que se trata de un
levantamiento popular y que «lo que ocurre es parte […] del terremoto
democrático que recorre el mundo árabe […] que lucha por conquistar
libertad y democracia».
Lucha con la que «han abierto las puertas a la revolución internacional
contra el capitalismo y sus regímenes de opresión y miseria».
Según Pablo Stefanoni «la izquierda debe apoyar a los pueblos, sus
luchas democráticas y sus aspiraciones libertarias, y no atrincherarse
con dictadores patéticos y corruptos en base a consideraciones
meramente geopolíticas». Hervé do Alto abunda en el mismo sentido: «Hoy
en día, el peligro que corre la izquierda latinoamericana es el de
calcar su realidad —su lucha diaria contra el imperialismo— sobre la
de los otros continentes. Por ejemplo, en la inestabilidad política en
Libia se puede entrever la posibilidad de un desmembramiento similar al
que la oposición de Santa Cruz en Bolivia proyecta como amenaza. Ahora
bien, confundir la lucha antiimperialista con la lucha a muerte de las
elites asociadas a las dictaduras significaría una regresión aún mayor».
Y fundamentalmente —afirma do Alto— «mientras la izquierda
menosprecie el respeto de los derechos humanos, mientras considere que
la
realpolitik lo justifica todo y mientras confunda al antiimperialismo con los intereses burocráticos, no habrá nada que esperar de ella».
¿Y por qué mientras que la Europa capitalista se puede permitir
mantener relaciones con socios dudosos, los países de América latina
deberían obviarlas y renunciar a ellas, a esa
realpolitik?
«Hay una diferencia fundamental —responde Hervé do Alto— entre un
gobierno autoritario y una dictadura que lleva a cabo masacres masivas
contra su propio pueblo, que es lo que ocurre en Libia con el régimen
de Gadafi. Desarrollar una “diplomacia de los pueblos”, como es el caso
de Bolivia, y no tener en cuenta este criterio discriminante, nos lleva
a un callejón sin salida.»
«Luego —añade el politólogo— una cosa es mantener relaciones
comerciales con regímenes autoritarios y otra muy diferente consiste en
establecer con ellos vínculos de solidaridad política, confundiendo su
antiimperialismo (que por otra parte, en realidad suele ser sólo
oposición a los EE. UU.) con su carácter progresista.»
Socio sí, “compañero” no
Por supuesto que Bolivia tiene todo el derecho de comerciar con la
República islámica de Irán. «Sin embargo —aclara Hervé do Alto— nadie
obliga a Evo Morales a levantar el brazo de Ahmadinejad llamándolo
“compañero”. No hay que olvidar que este régimen ejerce una represión
sobre los movimientos sociales que los gobiernos de derecha en Bolivia
han estado muy lejos de igualar.»
Alinearse con Ahmadinejad o Gadafi so pretexto de que se trata de
socios estratégicos equivale a renunciar al proclamado «nuevo orden
mundial» progresista, socialista. Y también equivale a renunciar a toda
acción que apunte hacia una transformación social, sobre todo en el
ámbito de las relaciones internacionales.
Sin embargo, si bien las luchas que se están desarrollando están lejos
de ser pro occidentales, en el fondo, tampoco son socialistas. Por
consiguiente, ¿qué posición debería adoptar la izquierda latina? «El
propio Marx —responde do Alto— quien no se perdía una oportunidad
para criticar la democracia burguesa, consideraba esa “democracia
formal” como un primer paso absolutamente necesario.» En otras
palabras, por ahora, la corriente democrática le abre nuevamente (¡por
fin!) la puerta a los movimientos socialistas árabes, cuarenta años
después de su derrota.
La conclusión nos viene de la pluma del escritor y militante uruguayo
Raúl Zibechi: «Todos debemos mirar el horror de frente. [...] Pensemos
[los de la izquierda] qué nos llevó en su momento a no querer ver, a no
escuchar ni entender los dolores de la gente de abajo sacrificada en el
altar de la revolución. No sirve escudarse en el “no sabía”».
El hecho de denunciar de manera absolutamente justificada las amenazas
de intervención en Libia mediante la OTAN o los EE. UU., así como otros
intentos de injerencia occidental, no debería de eclipsar este
auténtico debate.
(*) Corresponsal en La Paz (Bolivia) de
Le Courrier de Ginebra (Suiza).
Fuente http://www.lecourrier.ch/index.php?name=NewsPaper&file=article&sid=448392