Del prólogo al libro Albert Einstein: ciencia y conciencia, col. Retratos del Viejo Topo, Barcelona, marzo de 2005
Se cumplen ahora cien años de la publicación, en Annalen der Physik,
de los artículos en que Einstein dejó formulada la teoría de la
relatividad especial. Y se cumplen también cincuenta años de la muerte
del físico que fue unas cuantas cosas más. En los cincuenta años que
transcurrieron desde la publicación, en 1905, de aquellos artículos
pioneros que cambiaron el curso de la física hasta la muerte de
Einstein, en 1955, éste se había convertido en una leyenda en vida. Y,
en los siguientes cincuenta años transcurridos desde que nos dejó hasta
la fecha en que escribo, esta leyenda no ha dejado de crecer.
Muy pocos personajes del siglo XX, incluidos aquellos políticos o
humanistas que en vida fueron adorados por el gran público, habrán
tenido el honor de ser honrados hasta tal punto por sus contemporáneos.
Cuando Einstein abandonó Alemania, huyendo del nazismo, para instalarse
en los Estados Unidos de Norteamérica era ya una leyenda. Su nombre
aparecía en los principales medios de comunicación de todo el mundo con
una frecuencia rara tratándose de un científico. Se dice que, pensando
en él y en otros como él, un jerarca nazi declaró en la reunión de
Wannsee, que “la conciencia es un invento de los judíos”. La cultura
norteamericana contribuyó aún más a hacer de Einstein una leyenda fuera
de los departamentos universitarios y de los laboratorios dedicados a
investigar las leyes de la naturaleza.
En los últimos años de su
vida, desde el término de la segunda guerra mundial, Einstein recibía
más cartas y consultas que la mayoría de los personajes mediáticos de
la época (incluidos políticos y humanistas). Le escribían físicos y
estudiantes de secundaria; matemáticos y pedagogos; pacifistas y
reinas; cónsules y filósofos; objetores de conciencia y abridores de
ojos. Y lo que es más llamativo: le escribían y consultaban muchas
personas de la calle que nunca le trataron personalmente ni le conocían
apenas de nada. Algunas de esas personas le levantaron monumentos en
sus pueblos y otras le preguntaban o le pedían consejo sobre los
asuntos más variopintos: qué pensaba sobre la estado de la educación en
la época; cómo se ve el mundo desde las alturas de la teoría de la
relatividad; qué hay que hacer para convertirse en un buen matemático;
qué relación hay entre ciencia y religión; cómo construir una cultura
de la paz; por dónde empezar para lograr el establecimiento de un
gobierno mundial en un mundo dividido; qué piensa un físico de la
música; qué quería decir cuando decía que Dios no juega a los dados; o
cómo veía un científico el socialismo (el “realmente existente” y el
otro, aquel que algún día tendría que existir).
Lo notable es
que Einstein, que solía contestar con paciencia y dedicación la mayoría
de las cartas que recibía y la mayoría de las preguntas que se le
hacían (incluso aquéllas que cualquier otro hubiera considerado
intempestivas), siempre pensó que era un misterio indescifrable la
causa por la que se le honraba tanto, se le consultaba tanto y se le
solicitaba tanto. Cuando afirmaba que eso, en su caso, era un misterio
no lo decía por posar o por coquetería intelectual. Lo creía realmente
así. Esta creencia tiene que ver con la modestia, con la humildad del
científico. Y eso es aún más notable que el que contestara cartas
intempestivas de remitentes a veces desconocidos. Le parecía una
paradoja el que un individuo como él, que se consideraba un raro, un
extraño, un viajero solitario, un constructor de ecuaciones cuyo
significado sólo entendía una minoría de los científicos
contemporáneos, pudiera estar convirtiéndose en eso que ahora llamamos
un personaje mediático.
Que, al acabar la centuria y hacer
repaso de los grandes hombres que en el mundo han sido, la revista Time
diera a Einstein el título póstumo de mente del siglo XX, entre tantos
grandes nominados, se debe sin duda a su contribución, como físico, a
la formulación de la teoría especial y general de la relatividad;
teoría que, efectivamente, como se ha dicho tantas veces, cambió
nuestra concepción del universo. Pero se puede pensar que este título,
sobre cuya justicia parecen coincidir por una vez Agamenón y su
porquero, no se ha debido sólo a que Einstein haya sido un científico
genial sino también a lo que él mismo aludía, modestamente, con la
palabra misterio y que ahora sabemos que no era tal.
Se puede
pensar, pues, que este nuevo reconocimiento, al acabar el siglo XX, se
debe a que Einstein fue un científico clásico de los que ya no quedan
(o apenas quedan), es decir, un científico-filósofo que sabe pensar en
los problemas sustantivos de su ciencia, en las cuestiones de método y
en las derivaciones más generales de las teorías que inventa, y a que
ha sido, a la vez, un pensador que sabe que la ciencia es también una
pieza cultural y que, sabiéndolo, anticipa (sobre todo en sus últimos
años, justamente cuando se siente solo o en minoría) lo que podríamos
llamar la primera autocrítica de la ciencia en un mundo en el que ésta,
la ciencia misma, está mostrando ya su lado malo, su peor cara: la de
la infatuación.
Además de físico grande, Einstein ha sido
también un científico particularmente sensible ante los problemas
socio-políticos de su época y un librepensador humanista. No escribió
de forma sistemática sobre los asuntos que suelen ocupar a los
filósofos licenciados, pero al contestar a preguntas y solicitudes de
tantas personas distintas (entre ellas no pocos filósofos) legó a la
humanidad pensante y sufriente un corpus de ideas y opiniones cuyo
interés y pregnancia ha puesto de manifiesto el paso del tiempo. Este
otro aspecto de la vida y de la obra de Einstein, el de librepensador,
no siempre se ha subrayado como conviene. Pero al cabo del tiempo,
cuando se hace el esfuerzo de reconstruir con calma lo que fueron sus
ideas y opiniones sobre la guerra y la paz, sobre la condición humana,
sobre la ciencia en su historia, sobre la responsabilidad del
científico en la época de las armas de destrucción masiva, sobre la
educación, sobre la religión, sobre el judaísmo y sobre el socialismo,
se entiende mejor aquella atracción que el hombre Einstein producía y
que él consideró siempre un misterio.