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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-03-2011

Sobre las mesas de divergencia
Una respuesta, cariosa, a seis amigos antineoliberales de buena voluntad

Carlos Taibo
Rebelin


El 21 de febrero difund por la Red un texto en el que sealaba mis diferencias con respecto a las llamadas "mesas de convergencia". Hace unos das mi buen amigo Armando Fernndez Steinko me envi una rplica en la que l y otros cinco colegas --Jorge Garca, Carlos Martnez, Rafael Pillado, Juan Torres y Roberto Viciano-- contestaban de manera cordial a mis argumentos. Los dos trabajos pueden encontrarse sin dificultades en la Red. Consltense para ello, y por ejemplo, http://www.carlostaibo.com/articulos/texto/?id=320 y http://www.rebelion.org/noticia.php?id=123487.

En el primero de los dos textos mencionados, el mo, sealaba que entre los convocantes de las mesas de convergencia hay, a mi entender, personas respetables, ingenuos incorregibles y consagrados arribistas. Debo dejar claro desde ya que mis seis interlocutores de estas horas se encuentran, sin ningn margen para la duda, en la primera de esas categoras. Bastar con recordar al respecto que, frente a lo que suele ser habitual en estos pagos, no me acusan de sembrar la divisin sino que, antes bien, se muestran propicios a un debate que nadie ignora es cada vez ms urgente.

Van a permitir esos colegas que confiese, eso s, que el texto que han decidido suscribir me trae a la memoria los hbitos propios de las lecturas de tesis doctorales. Se inician aqullas con clidas felicitaciones al doctorando, que se hacen extensivas a sus familiares presentes en el acto. Prosiguen con la prolija enunciacin de sesudas diferencias que el doctorando a duras penas acierta a entender --qu ocurrir con sus familiares--, para rematar con una exaltacin de la amistad tanto ms necesaria cuanto que se supone que el doctorando, que ha dejado de serlo, habr de invitar a una comida, comnmente copiosa e indigesta.

Humoradas aparte, no me resisto a reproducir lo que uno de los convocantes de las mesas de convergencia --persona poco dada a la confrontacin y que, por ello, prefiere guardar el anonimato-- me dice en un mensaje que me ha llegado hace unas horas: "Querido Carlos. Le unos das atrs tu crtica de las mesas. Aunque lo que dices en ella merece atencin, prefer darle una oportunidad a un proyecto respetable e ilusionante. Debo confesar mi perplejidad ante los argumentos que emplean, en un texto que he conocido hoy mismo, varios de mis colegas convocantes. Creo que lo menos que se puede decir es que tu diagnstico de los problemas de las mesas se quedaba corto. No s si piensas responder a ese escrito. No te enfades con lo que te digo a continuacin: aunque no dudo de tus cualidades intelectuales, la mejor contestacin a ese texto es la que pasa, sin ms, por difundirlo".

1. Sobre deberes y marginalidades. Aunque poca importancia tienen aqu las personas singulares, hago un resumen del retrato que mis seis interpelantes realizan, entre lneas, de la ma: no soy un mal tipo y escribo a menudo hermosos y eruditos textos que probablemente leern con gusto, dentro de unos decenios, a sus bisnietos. De manera lamentable, y sin embargo, de un tiempo a esta parte me he dejado llevar por un incipiente sectarismo y vivo fuera de la realidad, en una marginalidad que me he ganado a pulso de la mano de la vaca radicalidad de mis pensamientos.

Pues vayamos por partes. Lo primero que debo reconocer es que no represento a nadie. En realidad tengo problemas graves para representarme a m mismo. Pese a ello, y por una vez, enunciar mi firme conviccin de que las opiniones que vert en el texto que est en el origen de esta polmica son compartidas por muchas gentes, y entre ellas por numerosos militantes de las organizaciones en las que trabajan, con intachable dignidad, algunos de mis interpelantes. Hay dos frases que nuestros dirigentes polticos suelen pronunciar y que de siempre me han provocado sonrojo. Si la primera es esa que reza que "Espaa es un gran pas", la segunda, la que ahora hace al caso, es la que afirma que "a los ciudadanos hay que hablarles de lo que les preocupa". Pues no es verdad: a los ciudadanos hay que hablarles de lo que les preocupa y, sobre todo, de lo que sorprendentemente no les preocupa. Hay que hablarles de sus derechos sociales, laborales y sindicales, pero hay que hacerlo tambin, y con la misma intensidad, de los derechos de los pueblos del Sur y de los de las generaciones venideras.

Lo digo porque mi impresin, ya no tanto derivada del frugal texto de convocatoria de las mesas de convergencia, sino anclada en la observacin de lo que ocurre entre nosotros desde mucho tiempo atrs, es que esos discursos que dicen estar a pie de suelo al final lo que hacen es, no sin paradoja, provocar el hundimiento del suelo que pareciera sustentarlos. Llevados del deseo de forjar amplias mayoras --"cientos de miles, e incluso millones de ciudadanos" estn convocados a ello por mis interlocutores--, lo que forjan son estriles consensos que se levantan, pese a las buenas intenciones, sobre los cimientos de la miseria en la que vivimos. Qu no decir, en fin, de un hbito que se ha instalado cmodamente en muchas gentes de la izquierda oficial --no hablo ahora, dejmoslo claro, de mis seis colegas-- y que invita a denostar a los que viven en la marginalidad y en la radicalidad, en abierto olvido de que quienes echan mano en estas horas de semejante diatriba la han padecido durante decenios, enunciada una y otra vez por los dirigentes de un partido que ni es socialista ni es obrero, aunque sea orgullosamente espaol.

2. Sobre el antineoliberalismo. Siento ser responsable, siquiera parcial, de esa fastidiosa discusin terminolgica sobre antineoliberalismos y anticapitalismos. No s si a estas alturas tiene sentido recordar lo obvio: mientras los anticapitalistas somos inevitablemente antineoliberales, entre estos ltimos se encuentran muchos que aceptan sin rebozo la lgica de fondo del capitalismo. Y digo que no s si tiene sentido porque mis interlocutores, que llamativamente porfan en describirse, sin ms, como antineoliberales, han echado mano de una sesuda teorizacin que a buen seguro atraer --permtaseme la irona por una vez-- a muchos de esos millones de personas que esperan convocar. Cito literalmente: "Al hacer alusin a una realidad emprica, el trmino neoliberalismo da nombre a algo transformable en la realidad mientras que el trmino 'capitalismo-en-general' alude a un concepto que slo existe en el ambiente amable de los ciclpeos debates tericos y de las kilomtricas escaramuzas nominalistas".

Para comprender lo anterior, y como sin duda lo har cualquier ciudadano comn, he acudido presuroso a recuperar mis siempre superficiales lecturas de Kant y de Husserl. No culpemos a estos dos, con todo, de mi conclusin: el capitalismo no es una realidad emprica --dicen mis interlocutores-- o, lo que es lo mismo, no existe. Como quiera que todo es neoliberalismo, cuando acabemos con ste y reconstruyamos la regulacin perdida habremos acabado con el capitalismo. Caramba! En provecho de un argumento como el citado, que obviamente no nace de ningn ciclpeo debate terico, ni siquiera puede invocarse la idea de que con l atraeremos a ms gentes. Y es que ese pueblo llano al que parecen remitirse siempre mis interlocutores entiende perfectamente qu significa contestar el capitalismo, aun cuando dudo comprenda lo que significa oponerse al neoliberalismo. Es verdad, eso s, que lo del antineoliberalismo tiene una ventaja: no le da miedo a nadie, toda vez que nadie sabe muy bien lo que significa. Certifico, en cualquier caso, que la convocatoria de las mesas no era tan abierta como se nos vendi: al parecer ya estaba decantado que, al calor del programa mnimo que se postulaba, el capitalismo carece de realidad emprica.

3. Sobre los Estados del bienestar. Admito, aun as, que, bromas aparte, la discusin anterior mucho tiene de nominalista y por ello la dejo, sin ms, en el olvido en busca de aquello que, ahora de verdad, explica nuestras diferencias. Aparquemos, pues, sesudas disputas sobre teoras, palabras y ciclpeos esfuerzos para sopesar la que al cabo es la propuesta monocorde de mis interlocutores: la que habla de la necesidad imperiosa de defender los Estados del bienestar.

No soy, pese a lo que sugieren mis colegas, un fundamentalista, y me permito adelantar que poco, ms bien nada, tienen que ver nuestras diferencias con la manida cuestin de la colisin entre reformismo y rupturismo. Y digo que no soy un fundamentalista aunque, vaya por dnde, la defensa de los Estados del bienestar --curioso trmino ste, por cierto, que embellece gratis la realidad correspondiente-- no ha sido nunca la nia de mis ojos. Creo que los Estados del bienestar son inseparables de un sistema que me repugna --el capitalismo--, que llamativamente, y no por casualidad, slo han adquirido carta de naturaleza en los pases del Norte y que se asientan en una forma poltica que por razones que ahora no vienen al caso no es la ma. Si alguien me seala, sin embargo, a tono con lo que defienden mis amigos antineoliberales, que no es momento para andarse con remilgos en relacin con cosas muy serias, aceptar de buen grado que tiene razn. Y me permitir recordar que el ambiente amable del mundo sindical que considero es el mo, el de la CGT y la CNT, no se caracteriza precisamente por renunciar a la defensa de los derechos sociales y laborales (no puedo decir lo mismo, eso s, de lo que han hecho desde tiempo atrs, y en el ambiente infernal de los pasillos de los ministerios, las direcciones de CCOO y UGT).

Cul es, entonces, el problema? No s que me da que el nico trecho de mi comentario sobre las mesas de convergencia que ha hecho vacilar un momento a mis interlocutores es el relativo a la inexcusable incorporacin, a cualquier proyecto serio de contestacin y transformacin, de la crisis ecolgica (por lo que s, alguno de mis seis amigos ha sentido un poco de vergenza ante la reivindicacin del "desarrollo sostenible" que se haca en la carta de convocatoria de las mesas). Si la crisis ecolgica no es objeto de incorporacin cabal a un programa de mnimos que haga de la defensa de los Estados del bienestar su ncleo mayor, nos encontraremos ante una genuina estafa en lo que hace a los derechos de las generaciones venideras y en lo que se refiere a la necesidad urgente de poner en marcha los frenos de emergencia que eviten el abismo. De esto tambin hay que hablarle a la ciudadana, y no slo de salarios, empleos y pensiones. Y hay que hacerlo por una razn fcil de enunciar: ni es posible volver al capitalismo anterior a la desregulacin neoliberal ni hay ningn motivo para legitimar ese capitalismo como si hubiese sido una realidad saludable. Lo dejar claro: nunca he simpatizado con las rituales invocaciones a las bondades de la Constitucin de 1978 que son tan comunes en el discurso de la izquierda biempensante, cabalmente plasmadas en esa defensa de "las conquistas sociales, democrticas y culturales de los ltimos treinta aos" que postula la carta de convocatoria de las mesas de convergencia.

Al final --lo confesar abiertamente-- esto es lo nico que me preocupa: qu bueno sera que los compaeros de las mesas de convergencia pusiesen manos a la tarea de aunar su irreprochable resistencia frente a las agresiones sociales y laborales con una contestacin activa y cotidiana, desde ya, de los mitos del crecimiento y del consumo. No dudara en respaldar un programa de mnimos de esa naturaleza en el que apareciesen recogidas tambin, y claro, muchas de las demandas que llegan de un discurso antipatriarcal casi siempre marginado y muchas de las que se derivan de la insorteable consideracin de los derechos de los pueblos del Sur.

Que no se pongan muy contentos mis interlocutores cuando, en este momento, me lanzan la mano para confesar que nada tienen que oponer a lo que acabo de pedir. Porque, si ese programa de mnimos cobra cuerpo, no habrn de contar, para llevarlo adelante, con los sindicatos mayoritarios, hace mucho tiempo emplazados en otro escenario. Para sus dirigentes las palabras alienacin y explotacin --que tanto tienen que ver con la vida cotidiana de los trabajadores-- han desaparecido, la perspectiva de dejar atrs el capitalismo no existe siquiera como ideal y la exigencia de cierre de las centrales nucleares y de la industria de armamentos suena a msica celestial. Cuando afirmo, de manera machacona, que esos sindicatos son pilares fundamentales del sistema que padecemos s --creo-- de qu hablo.

4. Sobre la socialdemocracia. Como quiera que en cierto sentido est solventada de la mano de lo que acabo de decir, podra obviar la discusin que, sobre la socialdemocracia, proponen mis interpeladores. Pero no me resisto a reproducir la frase que a ese edificante proyecto dedican en su rplica. Dice as: "No se trata de denostar a la socialdemocracia en extincin, sino todo lo contrario. Se trata de resucitar sus semillas aprovechables de la misma forma que hay que resucitar todas las semillas sembradas por los proyectos emancipatorios a lo largo de la historia, y tambin de desechar las inservibles. El sectarismo formara parte de este segundo lote".

Aunque, habida cuenta del escenario al que hemos llegado, admitir de corazn que hoy Bernstein y Kautsky son venturosos y radicales socialistas, se me hace muy cuesta arriba describir como un proyecto emancipatorio la socialdemocracia que hemos conocido los que no somos tan jvenes. Igual la relectura de Kant y de Husserl que he acometido estos das me permite concluir que a la hora de juzgar lo que histricamente ha sido la socialdemocracia debe pesar mucho ms su deseo de anclar derechos sociales y laborales que su aceptacin histrica de la inexorabilidad del capitalismo, su callada sumisin a las reglas de la seudodemocracia liberal, su respaldo permanente a filantrpicas alianzas militares, su responsabilidad en el expolio de los recursos humanos y materiales de los pases del Sur o, en suma, su activa colaboracin en agresiones sin cuento contra el medio natural. Celebro, aun as, que mis interlocutores consideren que la socialdemocracia es un proyecto en extincin. Es un argumento tranquilizador para quienes, sectarios empedernidos, piensan que ms de uno se aprestaba, desde el antineoliberalismo, a tomar el relevo.

Parece que no est de ms que agregue aqu una observacin sobre algo que dicen en su rplica mis seis amigos. Hablan en determinado momento de cmo en el capitalismo --que ahora s se percibe como una realidad: hay que revisar esta parte de su texto-- "se van creando las condiciones para una sociedad ms justa y sostenible". Esquivar la disputa relativa a lo que es una ambigedad que arrastra inequvocamente la frase --la de si las condiciones deben emerger dentro y al servicio del capitalismo o los hechos pueden discurrir de otra manera-- para subrayar lo que a mi entender es evidente: quienes estn creando esas condiciones son los activistas de los movimientos sociales crticos y del sindicalismo alternativo, y no los cuadros de las formaciones de la izquierda poltica ni menos an los integrantes de unas burocracias sindicales que luego de treinta aos han sido incapaces de forjar otra cosa que una modesta agencia de viajes y alguna iniciativa de promocin inmobiliaria. Las palabras autogestin y autonoma no sobran en ningn programa de mnimos.

5. Sobre "los sindicatos". Dicen mis interpeladores que me equivoco cuando sostengo que en la convocatoria de las mesas de convergencia se exonera a los sindicatos mayoritarios --"los sindicatos", en el lenguaje antineoliberal, toda vez que a los ojos de mis colegas no parece haber otros-- de su lamentable papel de las ltimas semanas. Llevan razn: en realidad en tal convocatoria nada se dice de esos sindicatos, algo que a ms de uno provocar, eso s, cierta zozobra. El hecho de que con toda probabilidad el proyecto de las mesas estuviese ultimado antes de que CCOO y UGT respaldasen un acuerdo impresentable sobre pensiones obliga a descargar a los promotores de esas mesas de cualquier responsabilidad en lo que hace a un eventual propsito de ocultar las consecuencias estratgicas del acuerdo en cuestin. Siendo eso razonable, a algunos nos sigue pareciendo que algo, con todo, no encaja: quienes hasta finales de enero fueron de la mano de los sindicatos mayoritarios y respaldaron al efecto un programa de mnimos --pero que muy mnimos-- presuntamente adaptado a la necesidad de garantizar el apoyo de CCOO y UGT, parecen seguir en sus trece con el mismo programa, y eso que ahora los dos sindicatos mencionados han buscado el techo que mejor cobija.

Ocurre, sin embargo, que soy un lector empedernido. Poco inteligente, s, pero empedernido. Y en mis manos cay el da 18 de febrero un artculo que vio la luz en el diario Pblico. En l tres de los convocantes de las mesas --que, por cierto, se cuentan entre mis interlocutores de estas horas-- afirmaban lo que sigue: "A los sindicatos se les ha asignado injustamente la tarea titnica de enfrentarse al conglomerado de intereses financieros que ha conseguido imponer estas polticas. Puede considerarse que han cometido un error suscribiendo un acuerdo sobre pensiones que supone un paso atrs, un recorte de derechos y el reconocimiento de una derrota. Pero no se puede ignorar que han tenido que actuar sin apenas cobertura poltica y con un apoyo social insuficiente". Auguro que la mayora de los promotores de las mesas de convergencia se sentirn molestos ante estas apreciaciones. Mientras, por un lado, los firmantes de ese artculo no tienen plenamente claro que deba repudiarse el acuerdo aceptado por los sindicatos mayoritarios --"puede considerarse que"--, en el mejor de los casos, y por el otro, estiman que remite a una suerte de error, esto es, a un disculpable y pasajero desliz. Como si los antecedentes de las cpulas de CCOO y UGT no invitasen a concluir que lo que fue un desliz pasajero fue ese frvolo coqueteo de unos meses con la contestacin, siquiera slo fuera antineoliberal, del orden existente. Esto aparte, no puedo mostrar sino perplejidad ante un argumento mil veces emitido en las ltimas semanas: el que, para rebajar la responsabilidad de los sindicatos mayoritarios, esgrime sus carencias --as, su liviana capacidad de movilizacin-- como si nada tuvieran que ver con el abandono por sus dirigentes, desde mucho tiempo atrs, de cualquier proyecto de lucha y de resistencia. A los ojos de algunos, y al parecer, la miseria que esos sindicatos han contribuido a forjar se convierte en paradjico elemento de exculpacin de sus dirigentes.

Lo que no se puede negar a mis interlocutores es consecuencia en el argumento y, por aadidura, voluntad de revelar lo que no sabamos. Al tiempo que nos recuerdan que "los sindicatos" son parte sustancial de la izquierda --la menos sectaria, sin duda--, por el otro pasamos a saber que en origen CCOO y UGT apoyaron la convocatoria de las mesas. Es lgico que desde quienes promueven stas se hagan votos, sin ms, por su retorno a ellas, como si nada hubiera pasado, ni a finales de enero ni en los ltimos veinte aos. Basta con que Fernndez Toxo y Mndez reconozcan su error, aun cuando dejen sobre el terreno todas las secuelas que se derivan de haberlo cometido. Suerte ha tenido Marcelino Camacho al poder liberarse de la contemplacin de todo esto. Aunque ya vio bastante en vida.

6. Sobre el programa mnimo. Supongo que a la luz de lo anterior queda suficientemente explicado por qu mis interlocutores no han respondido al cuarto punto de mi texto: el que recordaba que entre los convocantes de las mesas se hallaban personas que, de manera orgullosa o de forma vergonzante, haban dado su visto bueno al pensionazo. Me dirn que no estn las cosas para andar pidiendo credenciales a quienes desean sumarse a una iniciativa. Aceptado. Quiero, sin embargo, preguntarme qu tipo de programa de mnimos es este que hace que algunos de los defensores del pensionazo se sientan cmodos en las mesas de convergencia, y que espera el regreso de quienes le dieron alas a un acuerdo antisocial y antiecolgico, mientras muchos de quienes hemos rechazado el mentado pensionazo quedamos en una situacin delicada y preferimos ver los toros desde la barrera.

Lo digo de manera muy simple: los promotores de las mesas tienen algn problema, y ese problema nace de que el programa de mnimos que alientan --que, como suele ocurrir, es su programa de mximos: no piden otra cosa que eso-- no slo resulta, por lo que veo, innegociable. Es, tambin, literalmente inasumible.

7. Una invitacin. Acabo. En el lugar en el que estamos no creo que nadie, hablando en propiedad, se equivoque. Los amigos que me interpelan defienden, y estn en su derecho, un proyecto distinto del que yo tengo en la cabeza. No puedo sino desearles lo mejor y aguardar que abran espacios --s que no son en modo alguno ajenos a ello-- a otras perspectivas que hoy por hoy les quedan lejos. Aunque esto sea irrelevante --ya he dicho que no me represento siquiera a m mismo--, si as lo hacen no dudar en reconsiderar muchas de las opiniones que he vertido en este texto.

Estoy seguro, por lo dems, de que encontrar a estos seis amigos en la manifestacin estatal que, promovida por la CGT y otras organizaciones, se realizar en Madrid el sbado 12 de marzo por la maana. Su lema, todo un inicio de prometedor programa mnimo, reza as: "Contra el pacto social: movilizacin y lucha. Por los derechos sociales y la justicia ambiental". Cuando la parafernalia de los discursos acabe, tendr mucho gusto en invitar a comer a estos compaeros, por los que no slo tengo respeto: siento genuino aprecio personal. Sabrn tolerar, con certeza, una comida decrecentista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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