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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-04-2011

Libia, lo justo y lo injusto

Ignacio Ramonet
LMD


"Todos los pueblos del mundo

que han lidiado por la libertad

han exterminado al fin a sus tiranos ."

Simn Bolvar

Los insurgentes libios merecen la ayuda de todos los demcratas. El coronel Gadafi es indefendible. La coalicin internacional que lo ataca carece de credibilidad. No se construye una democracia con bombas extranjeras.Por ser en parte contradictorias, estas cuatro evidencias nutren cierto malestar, en particular en el seno de las izquierdas, con respecto a la operacin Amanecer de la Odisea comenzada el pasado 19 de marzo.

La insurreccin de las sociedades rabes constituye el mayor acontecimiento poltico internacional desde el derrumbe, en Europa, del socialismo autoritario de Estado en 1989. La cada del muro del Miedo en las autocracias rabes es el equivalente contemporneo de la cada del muro de Berln. Un autntico terremoto mundial. Por producirse en el rea de mayores reservas de hidrocarburos del planeta, y en el epicentro del "foco perturbador" del mundo (ese "arco de todas las crisis" que va de Pakistn al Sahara Occidental, pasando por Irn, Afganistn, Irak, Lbano, Palestina, Somalia, Sudn, Darfur y Sahel), su onda de expansin modifica toda la geopoltica internacional.

Algo se rompi para siempre en el mundo rabe el pasado 14 de enero. Ese da, manifestantes tunecinos que desde haca semanas reclamaban en las plazas libertad y democracia, consiguieron derrocar al dspota Ben Al. Comenzaba el deshielo de las viejas tiranas rabes. Un mes despus, en Egipto, corazn de la vida poltica rabe, un poderoso movimiento de protesta social expulsaba a su vez del poder al general Mubarak. Entonces, como si de repente descubriesen que los regmenes autoritarios, desde Marruecos hasta Bahrin, fuesen colosos con pies de arena, decenas de miles de ciudadanos rabes se lanzaron a las plazas gritando su hartazgo infinito de los ajustes sociales y de las dictaduras (1).

La fuerza espntanea de estos vientos de libertad sorprendi a todas las cancilleras del mundo. Cuando comenzaron a soplar sobre las dictaduras aliadas de Occidente (en Tnez, Egipto, Marruecos, Jordania, Arabia Saud, Bahrin, Irak, Yemen), las grandes capitales occidentales, empezando por Washington, Londres y Pars, se sumieron en un prudente mutismo, o alternaron declaraciones que revelaban su profundo malestar ante el riesgo de ver desaparecer a sus "amigos dictadores" (2).

Mucho ms sorprendente fue, durante esta primera fase (de mediados de diciembre a mediados de febrero), el silencio de los gobiernos progresistas de Amrica Latina, considerados por toda una parte de la izquierda internacional como su principal referente contemporneo. Sorpresa tanto ms grande puesto que estos Gobiernos tienen mucho en comn con el movimiento insurreccional rabe: haban llegado al poder mediante las urnas, aupados por poderosos movimientos sociales (en Venezuela, Brasil, Uruguay y Paraguay) que, en varios pases (Ecuador, Bolivia, Argentina), despus de haber resistido a dictaduras militares, tambin haban derrocado pacficamente a gobernantes corruptos.

Inmediata deba de haber sido all la solidaridad con las insurrecciones rabes, rplicas de sus propios alzamientos cvicos. No lo fue. Y eso que el carcter izquierdista del movimiento no ofreca dudas. El conocido intelectual egipcio Samir Amin lo describe as: "Las fuerzas principales en movimiento durante los meses de enero y de febrero eran de izquierdas. Demostraron que tenan una resonancia popular gigantesca pues llegaron a movilizar a ms de quince millones de manifestantes en todo Egipto! Los jvenes, los comunistas, fragmentos de las clases medias democrticas constituyeron la columna vertebral de ese movimiento" (3).

A pesar de ello, hubo que esperar al 14 de febrero -o sea tres das despus de la cada del odiado Mubarak y un da antes del comienzo de la insurreccin popular en Libia- para que, por fin, un lder latinoamericano calificase la rebelin rabe de "revolucionaria" en una declaracin que explicaba con lucidez: "Los pueblos no desafan la represin y la muerte, ni permanecen noches enteras protestando con energa, por cuestiones simplemente formales. Lo hacen cuando sus derechos legales y materiales son sacrificados sin piedad a las exigencias insaciables de polticos corruptos y de los crculos nacionales e internacionales que saquean el pas" (4).

Pero cuando, naturalmente, esa rebelin se extendi a los Estados autoritarios del mal llamado "socialismo rabe" (Argelia, Libia, Siria), cay de nuevo un pesado mutismo en las capitales del progresismo latinoamericano. Polticamente poda an interpretarse de dos maneras: simple prolongacin del prudente silencio que hasta entonces, globalmente, haban observado esas cancilleras con respecto a acontecimientos muy alejados de sus principales centros de inters; o expresin de un malestar poltico frente al riesgo de perder, en su pulso con el imperialismo, a aliados estratgicos...

Ante el peligro de que triunfase esta segunda opcin, varios intelectuales relevantes (5) avisaron de inmediato que ello significara algo impensable para Gobiernos seguidores del mensaje universal del bolivarianismo. Porque sera afirmar que una relacin estratgica entre Estados es ms importante que la solidaridad con los pueblos en lucha. Lo cual conducira, ms tarde o ms temprano, a cerrar los ojos ante cualquier eventual atrocidad contra los derechos humanos (6). Y en este caso el ideal solidario de la revolucin latinoamericana naufragara en el helado ocano de la Realpolitik.

En el tablero de la poltica internacional, la Realpolitik (definida por Bismarck, el "canciller de hierro" prusiano, en 1862) considera que los pases se reducen a sus Estados. Jams toma en cuenta a sus sociedades. Segn ella, los Estados se mueven slo en funcin de sus fros intereses y de sus alianzas estratgicas (cuya finalidad esencial es la preservacin del Estado, no la proteccin de la sociedad). Desde la paz de Westfalia en 1648, la doctrina geopoltica establece que la soberana de los Estados es intangible en virtud del principio de no-injerencia, y que un Gobierno, sea cual sea el modo en que lleg al poder, tiene total libertad de hacer lo que quiera en sus asuntos internos.

Semejante idea de la soberana -que sigue siendo dominante- ha visto erosionada su legitimidad desde el final de la Guerra Fra en 1989. Y ello en nombre de los derechos de los ciudadanos, y de una concepcin ms tica de las relaciones internacionales. Las dictaduras, cuyo nmero se reduce de ao en ao, van resultando cada vez ms ilegtimas en criterios del derecho internacional. Y moralmente inaceptables porque, entre otros graves abusos, desposeen a las personas de sus atributos de ciudadano.

Basado en este razonamiento, se desarroll en los aos 1990, el concepto de derecho de injerencia o deber de asistencia que condujo, pese a aceptables pretextos de fachada, a desastres poltico-humanitarios de gran envergadura en Kosovo, Somalia, Bosnia... Y finalmente, bajo la conduccin de los neoconservadores estadounidenes, al desastre total de la guerra de Irak (7).

Pero tan trgicos fracasos no han interrumpido la idea de que un mundo ms civilizado debe ir abandonando una concepcin de la soberana interna establecida hace casi cuatro siglos en nombre de la cual poderes no elegidos democrticamente han cometido (y cometen) incontables atrocidades contra sus propios pueblos.

En 2006, las Naciones Unidas, en su Resolucin 1674, han hecho de la proteccin de los civiles, incluso contra su propio Gobierno cuando ste usa armas de guerra para reprimir manifestaciones pacficas, una cuestin fundamental. Que modifica, por primera vez desde el Tratado de Westfalia, -en materia de derecho internacional- la concepcin misma de la soberana interna y del principio de no-injerencia. La Corte Penal Internacional (CPI), creada en 2002, va en idntico sentido.

Y en ese mismo espritu, muchos lderes latinoamericanos denunciaron con justa razn la pasividad o la complicidad de grandes potencias democrticas ante los graves crmenes cometidos contra la poblacin civil, entre 1970 y 1990, por las dictaduras militares en Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y tantos otros pases mrtires de Centro y Suramrica.

Por eso sorprendi que, cuando en Libia, a partir del 15 de febrero, empezaron las protestas sociales pacficas, inmediatamente reprimidas por las fuerzas del coronel Gadafi con desmedida violencia (233 muertos en los primeros das) (8), ningn mensaje de solidaridad con los civiles reprimidos llegase de Amrica Latina. Ni tampoco al estallar, el 20 de febrero, el "Tripolitazo": cuando unos 40.000 manifestantes denunciaron la caresta de la vida, la degradacin de los servicios pblicos, las privatizaciones impuestas por el FMI, y la ausencia de libertades.

Igual que durante el "Caracazo" del 27 de febrero de 1989 en Venezuela, esa insurreccin tripolitana, retransmitida por decenas de testigos oculares, se extendi como reguero de plvora por toda la capital, se multiplicaron las barricadas, ardi la sede del Gobierno, las comisaras fueron incendiadas, los locales de la televisin oficial saqueados, el aeropuerto ocupado y el palacio presidencial asediado. El rgimen libio empez a tambalearse.

En semejantes circunstancias, cualquier otro dirigente razonable hubiese entendido que la hora de negociar y de abandonar el poder haba llegado (9). No as el coronel Gadafi. A riesgo de sumir a su pas en una guerra civil, el "Gua", en el poder desde hace 42 aos, explic que los manifestantes eran "jvenes a los que Al Qaeda haba drogado echndoles pldoras alucingenas en el Nescaf"... (10). Y orden a las Fuerzas Armadas reprimir las protestas a caonazos y con fuerza extrema. El canal Al Jazeera mostr los aviones militares ametrallando a los manifestantes civiles (11).

En Bengasi, para defenderse contra la brutalidad de la represin, un grupo de protestatarios asalt un arsenal de la guarnicin local y se apoder de miles de armas ligeras. Varios destacamentos militares, enviados por Gadafi para sofocar en sangre la protesta, se sumaron, con tanques y pertrechos, a la rebelin. En condiciones muy desfavorables para los insurrectos, empezaba la guerra civil. Un conflicto impuesto por Gadafi contra un pueblo que estaba pidiendo pacficamente el cambio.

Hasta ese momento, las capitales de la Amrica Latina progresista siguen silenciosas. Ni una palabra de solidaridad, ni tan siquiera de compasin con los rebeldes civiles que luchan y mueren por la libertad.

Hasta que, el 21 de febrero, en un intento de alejar cualquier acusacin contra ella, la diplomacia britnica -cuya responsabilidad es central en la rehabilitacin del coronel Gadafi a partir de 2004 en la escena internacional- por la voz del ministro de Exteriores William Hague, anuncia que el lder libio "podra haber huido de su pas y estar dirigindose a Venezuela" (12).

Es falso. Y Caracas lo desmiente rotundamente. Pero los medios de comunicacin internacionales muerden el cebo, y ponen de inmediato los focos sobre la conexin que el Foreign Office ha sugerido. Minimizando los ostentosos recibimientos del dictador libio en Roma, Londres, Pars o Madrid, la prensa mundial insiste en las relaciones del "Gua" con Caracas. El propio Gadafi cae en la celada y tambin menciona a Venezuela en su primer discurso desde el comienzo de las protestas. Lo hace para negar su huida a ese pas, pero ello da pie a nuevas especulaciones sobre el "eje Trpoli-Caracas". Gadafi aade: "Los manifestantes son ratas, drogados, un complot de extranjeros, de norteamericanos, de Al Qaeda y de locos" (13).

Esta perezosa jcara del "complot norteamericano" es retomada como argumento por varios dirigentes progresistas suramericanos Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, entre otros , para expresar ahora, cada uno a su modo, una clara solidaridad con el dictador libio (14) bajo los sufridos pretextos de que la "situacin es confusa", que los "medios de comunicacin mienten" y que "nadie sabe quines son los rebeldes".

Ni una frase de compuncin hacia un pueblo sublevado contra un tirano militar que manda disparar contra sus propios ciudadanos. Ninguna alusin tampoco a la famosa sentencia del Libertador Simn Bolvar: "Maldito sea el soldado que vuelve las armas contra su pueblo", doctrina fundamental del bolivarianismo.

La inmensidad del error poltico sobrecoge. Una vez ms, unos gobiernos progresistas conceden prioridad, en materia de relaciones internacionales, a cnicas consideraciones estratgicas que se hallan en perfecta contradiccin con su propia naturaleza poltica. Les conducir ese razonamiento a expresar tambin su apoyo a otro infrecuentable tiranillo local, Bachar El Asad, presidente de Siria, un pas que vive bajo estado de alarma desde 1962 y cuyas fuerzas de represin tampoco han dudado en disparar con fuego real contra pacficos manifestantes desarmados?

En lo que respecta a Libia, la nica iniciativa latinoamericana positiva, fue la del presidente de Venezuela Hugo Chvez quien propuso, el 1 de marzo, el envo a Trpoli de una Comisin internacional de mediacin constituida por representantes de pases del Sur y del Norte para tratar de poner fin a las hostilidades y negociar un acuerdo poltico entre las partes. Rechazada por Seif el Islam, el hijo del "Gua", pero aceptada por Gadafi, esta importante tentativa de mediacin ser torpemente descartada por Washington, Pars, Londres y los propios insurgentes libios.

A partir de ah, las cancilleras progresistas suramericanas van a insistir en su apoyo a un perfecto iluminado. Hace, en efecto, decenios que Muamar el Gadafi dej de ser aquel capitn revolucionario que, en 1969, derroc a la monarqua, expuls de su pas las bases militares estadounidenses y proclam una singular "Repblica rabe y socialista".

Desde el final de los aos 1970, su errtica trayectoria y sus delirios ideolgicos (vase su disparatado Libro Verde) lo han convertido en un dictador imprevisible, tornadizo y jactancioso. Semejante a aquellos tiranos locos que Amrica Latina conoci en el siglo XIX con el nombre de "caudillos brbaros" (15). Ejemplos de sus trastornos: la expedicin militar de 3.000 hombres que lanz, en 1978, en auxilio del sanguinario Idi Amn Dad, otro demente presidente de Uganda... O su aficin a un juego ertico con chicas menores llamado "bunga bunga" que le ense a su socio italiano Silvio Berlusconi... (16).

Gadafi jams se ha sometido a ninguna eleccin. En torno a su imagen ha establecido un culto de la personalidad que linda con el endiosamiento. En la "masocracia" (Jamahiriya) libia no existe ningn partido poltico, slo hay "comits revolucionarios". Habindose autoproclamado "Gua" vitalicio de su pas, el dictador se considera por encima de las leyes. En cambio, el vnculo familiar es, segn l, fuente de Derecho. Basado en ello, por antojo, nombr a sus hijos para los puestos de mayor responsabilidad del Estado y los de mayor rentabilidad en los negocios.

Tras la (ilegal) invasin de Irak en 2003, temiendo ser el siguiente de la lista, Gadafi se arrodill ante Washington, firm acuerdos con la Administracin de Bush, erradic sus armas de destruccin masiva e indemniz a las vctimas de sus atentados terroristas. Para complacer a los "neocons" estadounidenses se erigi en un perseguidor de Osama Ben Laden y de la red Al Qaeda. Estableci tambin acuerdos con la Unin Europea para convertirse en cancerbero retribuido de los emigrantes africanos. Pidi ingresar en el FMI (17), cre zonas especiales de libre comercio, cedi los yacimientos de hidrocarburos a las grandes transnacionales occidentales y elimin los subsidios a los productos alimenticios de primera necesidad. Inici el proceso de privatizacin de la economa, lo que provoc un importante aumento del desempleo y agrav las desigualdades.

E l "Gua" protest contra el derrocamiento del dictador tunecino Ben Al a quien consideraba como "el mejor gobernante de la historia de Tnez". En materia de inhumanidad, sus fechoras son incontables. Desde su apoyo a conocidas organizaciones terroristas hasta su demostrada participacin en atentados contra aviones civiles, pasando por su encarnizamiento contra cinco inocentes enfermeras blgaras torturadas durante aos en prisin, o el fusilamiento sin juicio, en la siniestra crcel Ab Salim de Trpoli, en 1996, de un millar de prisioneros originarios de Bengasi (18).

La actual revuelta empez precisamente en esa ciudad cuando, el 15 de febrero, las familias de estos fusilados, animadas por las protestas en los pases rabes, se echaron a la calle para exigir pacficamente la liberacin del abogado Fathy Terbil quien, desde hace quince aos, defiende el derecho a recuperar los cuerpos de sus parientes ejecutados (19). Las imgenes mostrando la brutalidad de la represin de esta manifestacin difundidas por las redes sociales y el canal Al Jazeera escandalizaron a la poblacin. Al da siguiente, las protestas se haban ampliado masivamente y extendido a otras ciudades. Slo en Bengasi, 35 personas fueron asesinadas por la polica y las milicias gadafistas (20).

Tan alto grado de ensaamiento contra la poblacin civil (21) hizo legtimamente temer, a mediados de marzo, cuando las huestes gadafistas empezaron a cercar Bengasi, que se cometiese un bao de sangre. En un discurso dirigido a "las ratas" de esa ciudad, el "Gua" dej muy claras sus intenciones: "Llegamos esta noche. Empezad a prepararos. Os iremos a sacar del fondo de vuestros armarios. No habr piedad" (22).

En ayuda de los asediados libios, que reclamaban a gritos ayuda internacional (23), deberan haber acudido en primer lugar los pueblos recientemente liberados de Tnez y Egipto. Era su responsabilidad principal. Pero lamentablemente los Gobiernos de estos dos pases no supieron estar a la altura de las circunstancias histricas.

En ese contexto de urgencia, el Consejo de Seguridad de la ONU adopt, el 17 de marzo, la resolucin 1973 que establece un rgimen de exclusin area en Libia con el fin de proteger a la poblacin civil y hacer cesar las hostilidades (24). La Liga rabe haba dado su acuerdo preliminar. Y, cosa excepcional, la resolucin fue presentada por un Estado rabe: el Lbano (adems de Francia y Reino Unido). Ni China, ni Rusia, que disponen de derecho de veto, se opusieron. Brasil y la India tampoco votaron en contra. Varios pases africanos se pronunciaron a favor: Sudfrica (la patria de Mandela), Nigeria y Gabn. Ningn Estado se opuso.

Se puede estar en contra de la estructura actual de Naciones Unidas, o estimar que su funcionamiento deja mucho que desear. O que las potencias occidentales dominan esa organizacin. Son crticas aceptables. Pero, por ahora, la ONU constituye la nica fuente de derecho internacional. En ese sentido, y contrariamente a las guerras de Kosovo o de Irak que nunca tuvieron el aval de la ONU, la intervencin actual en Libia es legal, segn el derecho internacional; legtima, segn los principios de la solidaridad entre demcratas; y deseable, para la fraternidad internacionalista que une a los pueblos en lucha por su libertad.

Se podra aadir que potencias musulmanas reticentes en un primer momento como Turqua han acabado por participar en la operacin.

Se podra recordar tambin que si Gadafi, como era su intencin, hubiese anegado en sangre la insurreccin popular, habra enviado una seal de va libre a los dems tiranos de la regin. Alentndolos de ese modo a aplastar ellos tambin, sin miramientos, las protestas locales. Basta con observar que, en cuanto las tropas de Gadafi se aproximaron a sangre y fuego en medio de la pasividad internacional a Bengasi, los regmenes de Bahrin y de Yemen no dudaron ya en disparar con fuego real contra los manifestantes pacficos. No lo haban hecho hasta entonces. Pero apostaron a su vez por el inmovilismo internacional.

La Unin Europea, en particular, tiene una responsabilidad especfica en este asunto. No slo militar. Es menester pensar en la prxima etapa de consolidacin de las nuevas democracias que van a ir surgiendo en esta regin tan vecina. Apoyar la "primavera rabe" supone asimismo el lanzamiento de un verdadero "Plan Marshall", o sea, una ayuda econmica masiva "semejante a la que se ofreci a Europa del Este despus de la cada del muro de Berln" (25).

Significa todo esto que la operacin Amanecer de la Odisea no plantea problemas? En absoluto. En primer lugar, porque los Estados u Organizaciones que la capitanean (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, OTAN) son los "sospechosos habituales" implicados en mltiples aventuras guerreras sin la mnima cobertura legal, legtima o humanitaria. Aunque esta vez los objetivos de solidaridad democrtica parecen ms evidentes que los nexos con la seguridad nacional de Estados Unidos, cabe preguntarse desde cundo les ha importado a estas potencias la democracia en Libia? Por ello carecen de credibilidad.

Segundo: existen otras injusticias en esta misma regin -el sufrimiento palestino, la intervencin militar saud en Bahrin contra la indefensa mayora chi, la desproporcionada brutalidad de los Gobiernos de Yemen y de Siria...- ante las cuales las mismas potencias que atacan a Gadafi hacen la vista gorda dando prueba de una doble moral.

Tercero: el objetivo debe ser el que fija la resolucin 1973, y slo se: ni invasin terrestre, ni vctimas civiles. La ONU no ha dado licencia para derrocar a Gadafi, aunque bien parece que ese sea el objetivo final (e ilegal) de la operacin. En ningn caso esta intervencin debe servir de precedente para otras aventuras guerreras contra Estados situados en el punto de mira de las potencias occidentales dominantes.

Cuarto: la historia ensea (y el caso de Afganistn lo demuestra) que es ms fcil entrar en una guerra que salir de ella. Y quinto: el olor a petrleo de toda esta operacin apesta.

Los pueblos rabes estn sin duda sopesando lo justo y lo injusto de la actual intervencin militar en Libia. En su gran mayora apoyan a los insurgentes (aunque se siga sin saber bien quines son y aunque se sospeche que varios elementos indeseables figuran en el actual Consejo Nacional de Transicin). Por el momento, hasta finales de marzo, en ninguna capital rabe se han producido manifestaciones de rechazo a la operacin. Al contrario, como estimuladas por ella, nuevas protestas contra las autocracias se intensificaron en Marruecos, Yemen, Bahrin... Y sobre todo en Siria.

Obtenida la zona de exclusin area y a salvo ya la poblacin civil de Bengasi, las dos principales exigencias de la Resolucin 1973 estaban cumplidas a finales de marzo. Aunque otras demandas no lo estaban an (el cese el fuego por parte de las fuerzas gadafistas, y la garanta por stas de acceso seguro a la ayuda humanitaria internacional), a partir de ese momento los bombardeos debieron cesar. Tanto ms cuanto la OTAN, que no ha recibido mandato internacional para ello, ha asumido el 31 de marzo el liderazgo militar de la ofensiva. La Resolucin tampoco autoriza a armar, entrenar y dirigir militarmente a los rebeldes. Porque ello supone un mnimo de fuerzas extranjeras ("comandos especiales") presentes en el suelo libio, lo cual est explcitamente excluido por la resolucin 1973 del Consejo de Seguridad.

Es urgente que los miembros de ese Consejo de la ONU vuelvan ahora a consultarse; que se tenga en cuenta la posicin de China, Rusia, la India y Brasil para imponer un alto el fuego inmediato y buscar una salida no militar al drama libio.

Una solucin que tome en cuenta tambin la iniciativa de la Unin Africana, garantice la integridad territorial de Libia, impida toda invasin terrestre de fuerzas extranjeras, preserve las riquezas del subsuelo contra la rapacidad de algunas potencias forneas, ponga fin a la tirana, y reafirme la aspiracin a la libertad y a la democracia de los ciudadanos.

En Libia, slo una salida poltica negociada por todas las partes ser justa.

Notas:

(1) Lase Ignacio Ramonet, Cinco causas de la insurreccin rabe, Le Monde diplomatique en espaol, marzo de 2011.

(2) Lase Ignacio Ramonet, "Tnez, Egipto, Marruecos, esas dictaduras amigas", www.monde-diplomatique.es/

(3) Christophe Ventura, "Entrevista con Samir Amin", Mmoire des luttes, Pars, 29 de marzo de 2011.

(4) Fidel Castro, "La Rebelin Revolucionaria en Egipto", Granma, La Habana, 14 de febrero de 2011.

(5) Lase, por ejemplo, Santiago Alba y Alma Allende, "Del mundo rabe a Amrica Latina", Rebelin, 24 de febrero de 2011; y Atilio Born, "No abandonar a los pueblos rabes", Pgina 12, Buenos Aires, 7 de marzo de 2011.

(6) Error que ya cometi dos veces la revolucin cubana cuando apoy la intervencin militar del Pacto de Varsovia en Praga para aplastar la insurreccin popular checoslovaca en agosto de 1968, y cuando aprob la invasin de Afganistn por la Unin Sovitica en diciembre de 1979.

(7) Lase Ignacio Ramonet, Irak, historia de un desastre, Debate, Madrid, 2005.

(8) Agencia Reuters, 21 de febrero de 2011. (9) En Amrica Latina, ante protestas populares de gran envergadura, varios presidentes (elegidos democrticamente) se resignaron a renunciar a su cargo. Tres de ellos en Ecuador: Abdal Bucarn, "por incapacidad mental", en 1997; Jamil Mahuad, en 2000; y Lucio Gutirrez, en 2002. Dos en Bolivia: Gonzalo Snchez de Lozada, en 2003; y Carlos Mesa, en 2005. Uno en Per, Alberto Fujimori, en 2000. Y otro en Argentina, Fernando de la Ra, en 2001.

(10) El Pas, Madrid, 24 de marzo de 2011. (11) The Guardian, Londres, 21 de febrero de 2011.

(12) Agencia AFP, 21 de febrero de 2011. (13) www.rue89.com/2011/02/22/kadhafi-je-suis-a-tripoli-pas-au-venezuela-191416

(14) El ms antiimperialista de los lderes rabes, Hassan Nasrallah, secretario general del Hezbol libans, ha declarado que es "irracional" decir que las revoluciones rabes, y singularmente la libia (que cuenta tambin con el apoyo de Irn), fueron preparadas en cocinas estadounidenses. Discurso del Hassan Nasrallah, 19 de marzo de 2011. http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=&inicio=0

(15) Alcides Arguedas, Los Caudillos brbaros, editorial Vda L. Tasso, Barcelona, 1929. Lase tambin Max Daireaux, Melgarejo, Editorial Andina, Buenos Aires, 1966.

(16) Cf. Quentin Girard, "Toi vouloir faire bunga-bunga?", Slate, Pars, 12 de noviembre de 2010. http://www.slate.fr/story/30061/bunga-bunga-berlusconi

(17) Lase "Le Rapport du FMI qui flicite la Libye", in Mmoire des luttes, Pars, 11 de marzo de 2011. http://www.medelu.org/spip.php?article761

(18) Lase, Brian May, "Informe sobre Libia", Amnista Internacional, Londres, 27 de mayo de 2010. http://www.amnesty.be/doc/communiques-et-publications/Les-rapports-annuels/Le-rapport-annuel-2010/Moyen-Orient-et-Afrique-du-nord,2038/article/libye-16281

(19) Cf. Evan Hill, "The day the Katiba fell", Al Jazeera English, 2 de marzo de 2011. http://english.aljazeera.net/indepth/spotlight/libya/2011/03/20113175840189620.html

(20) Ibid.

(21) Estos y otros crmenes han conducido al fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, el argentino Luis Moreno Ocampo, a abrir una investigacin contra Muamar el Gadafi, acusado de "crmenes contra la humanidad" por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

(22) Agencia AFP, 17 de marzo de 2011.

(23) Lase Khaled Al-Dakhil, "Pourquoi tant d'hsitations?", Al-Hayat, Londres (reproducido por Courrier Internacional, Pars, 17 de marzo de 2011).

(24) http://www.un.org/spanish/docs/sc/

(25) Nouriel Roubini, "Un plan Marshall pour le printemps arabe", Les chos, Pars, 21 de marzo de 2011.

http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=e684c57b-e238-480d-b7f7-bcea31a481b9



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