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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-04-2011

Presentacin de "La quiebra del capitalismo global" y" El antropoceno", de Ramn Fernndez Durn
Ramn Fernndez Durn nos ofrece una esplndida gua para movernos en esa genuina edad de las tinieblas en la que ya hemos entrado

Carlos Taibo
Rebelin


Ramn Fernndez Durn nos ofrece en estos dos libros una esplndida gua para movernos en esa genuina edad de las tinieblas en la que ya hemos entrado. Son cuatro las apreciaciones que se me ocurre realizar sobre esos dos textos.

1. Vaya la primera de ellas. Tengo la impresin de que en los circuitos en los que me muevo --que son, en sustancia, los circuitos en los que se mueve Ramn-- cada vez hablamos menos de las amenazas que se ciernen sobre nosotros. Cada vez hablamos menos del cambio climtico, del pico del petrleo, de la crisis demogrfica, de la marginacin y explotacin de tantas mujeres o de la prosecucin del expolio de los recursos humanos y materiales de los pases pobres. Ello es as --supongo-- porque damos por confirmado el vigor contemporneo de todas esas amenazas.

Y, si no hablamos de eso, de qu hablamos? Creo que la pregunta que ms veces oigo repetir en los ltimos tiempos es la relativa a por qu la gente apenas est reaccionando ante un escenario tan delicado como el que se nos echa encima. No es ste el momento ni el lugar para responder en detalle a esa pregunta. Bastar ahora con que subraye que en muchos casos damos por descontado que nuestros conciudadanos tienen una conciencia clara en lo que hace al relieve de problemas como los mencionados. Hay quien recordar, tambin, que en muchos casos lo que se aprecia es una respuesta del tipo 'djame tranquilo; ya tengo suficientes problemas en mi vida cotidiana para preocuparme de lo que pueda suceder dentro de diez o de veinte aos'. No faltan, en fin, quienes parecen haber asumido la conducta de algunos pasajeros del Titanic que, conscientes de que el barco se iba a pique, prefirieron apurar las ltimas copas de champn y siguieron bailando al son de un vals.

Parece razonable asumir, de cualquier modo, que buena parte de las percepciones populares en relacin con estas cosas beben de lo que dicen los medios de incomunicacin del sistema. Me importa, y mucho, subrayar que esos medios en los hechos han procurado asumir dos caminos diferentes. El primero, y el ms comn, consiste sin ms en negar que haya problemas graves en el horizonte (para qu hablar, dicho sea de paso, del presente). Desde esa percepcin discursos como el de Ramn se describen sin ms como alarmistas y catastrofistas, al tiempo que se seala que la historia demuestra que la especie humana ha encontrado tecnologas que le han permitido salir del atolladero. No me interesa ahora replicar a argumentos tan livianos como sos: mayor urgencia corresponde a la tarea de identificar un segundo discurso que se revela en los medios. Hablo de aquel que, llamativamente, empieza a retratar con saa la hondura de la catstrofe con un propsito, claro, bien perfilado: el de subrayar que la nica manera de hacer frente a aqulla pasa por la instauracin --a esto vamos-- de una suerte de estado de excepcin permanente. La catstrofe sirve entonces de pilar fundamental para imprimir una nueva vuelta de tuerca a tramadas estrategias de dominacin y explotacin.

No puedo sino constatar que lo que acabo de decir nos coloca ante una tarea difcil: si, por un lado, en modo alguno podemos renunciar a la obligacin imperiosa de explicar lo que se nos viene encima, por el otro no podemos darle alas a los esfuerzos que el sistema que padecemos est realizando para sacar adelante un ambiciossimo programa de militarizado darwinismo social.

2. En esos mismos circuitos de los que antes he hablado se manifiestan, a mi entender, dos posiciones distintas en lo que se refiere a lo que podemos y debemos hacer. La primera, crudamente realista, seala que no nos queda ms remedio que aguardar que el colapso del sistema abra los ojos de mucha gente. Aunque en modo alguno faltan los motivos para asumir esa posicin, hay que partir de la certeza de que el colapso es, por s solo, una fuente ingente de problemas que a duras penas podramos solventar.

La segunda de las propuestas, que es la ma, acarrea una demanda expresa de salir ya del capitalismo. Admito de buen grado que, habida cuenta de la precariedad de apoyos de la que disfruta esta opcin, mucho tiene de voluntarista. Lo nico slido que se me ocurre decir en su provecho es que, de no trabajar para que este camino se haga realidad, las cosas sern innegablemente peores. Agregar, eso s, que de manera casi espontnea son muchas las personas que han empezado a buscar caminos que implican dejar atrs el capitalismo. Esos caminos pasan siempre por la generacin de espacios de autonoma en los que se hagan valer reglas del juego diferentes de las que impone el sistema que padecemos, por la autogestin y por un franco recelo en lo que se refiere a las presuntas virtudes del crecimiento y del consumo. Da en el clavo al respecto el proverbio que Ramn cita en uno de los dos libros que hoy presentamos. Reza as: "Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar".

Las cosas como fueren, ste es el momento de ratificar el buen sentido de una idea que Ramn maneja desde tiempo atrs: si la crisis ecolgica ha sido durante mucho tiempo el hermano menor de tantos movimientos de emancipacin, hoy, y en virtud de una notable paradoja, est en el origen de muchos de los ms crticos discursos de contestacin del capitalismo.

3. Si alguien me preguntase por un par de ideas que estn presentes en estos libros de Ramn y que, a mi entender, iluminan de manera singular nuestro conocimiento de lo que va a ocurrir en los dos decenios venideros, no tendra mayores dudas.

La primera es la afortunadsima sugerencia de que no podemos olvidar en modo alguno que nuestros discursos son percibidos de manera a menudo diferente segn las generaciones. Para entender lo que significan, sin ir ms lejos, conceptos como los de 'sobriedad' o 'sencillez voluntaria' no es lo mismo haber nacido en 1930 que haberlo hecho en 1970 o tener hoy diez aos, de la misma suerte que no es lo mismo ser mujer o ser varn. Hay que desterrar, en otras palabras, la intuicin de que cuando alguien se dirige a un pblico, el mensaje transmitido es percibido en trminos razonablemente similares por todos los integrantes de ese pblico. La certificacin de que ello no es as nos obliga a trabajar sobre la acuciante necesidad de repensar formas de transmisin y comunicacin que con frecuencia son muy problemticas.

La segunda de esas das remite a algo que Ramn ha repetido incansable desde bastante tiempo atrs. En virtud, una vez ms, de una excelsa paradoja, muchos de los desheredados del plantea --habitantes casi siempre de los pases del Sur-- se encuentran en mejor posicin que nosotros para hacer frente al declive que se avecina. Viven en comunidades poco complejas, mantienen una activa vida social, han preservado una relacin equilibrada con el medio natural y, ms all de todo lo anterior, son mucho menos dependientes que nosotros. Prefiero dejar hablar, en este caso, a Ramn: "La situacin ser particularmente delicada en los espacios altamente modernizados ('sobredesarrollados'), pues ellos sern los ms afectados por el progresivo colapso de la civilizacin industrial, sobre todo los territorios altamente urbanizados e industrializados, donde se consumen ms de las tres cuartas partes de la energa mundial, principalmente en los espacios centrales, pero tambin en las reas ms dinmicas de los grandes actores emergentes. Mientras que los espacios menos modernizados ('subdesarrollados'), ms rurales, menos industrializados, menos tecnologizados, menos consumidores de recursos y en definitiva ms autnomos, se encontrarn en mucha mejor posicin de cara al largo declive. Estamos hablando nada ms y nada menos que de unos dos mil millones de personas en los mundos campesinos y de unos cuatrocientos millones en los indgenas, que adems ayudan a 'enfriar el planeta' y utilizan en general la biomasa como fuente energtica. Por otro lado, estos mundos dejarn de tener la enorme presin que sobre ellos ejercen los mundos modernizados en su expansin hasta ahora irrefrenable (y probablemente hasta entonces), que no es slo fsica e institucional sino tambin cultural".

4. En los ltimos tiempos no damos a basto. Cuando empezbamos a dominar --o eso creamos-- las claves de las crisis que nos atenazan, nos ha llegado la revuelta rabe, que plantea problemas de interpretacin muy agudos. Y cuando apenas salamos de la sorpresa de esa revuelta se ha hecho valer el efecto ingente de las secuelas del tsunami japons.

En esta vorgine de hechos relevantes que se suceden no hay por qu descartar la posibilidad de que nos empiecen a llegar --la revuelta rabe algo tiene de premonicin al respecto-- noticias saludables. Hace unos das uno de los chavales que hace Diagonal formulaba una idea que bebe de lo anterior: cuando se produzca nuestra revuelta --cul ser, por cierto, la plaza Tahrir madrilea?-- alguien recordar que buena parte de las claves de comprensin al respecto estarn, en las hemerotecas, en los nmeros de una meritoria publicacin quincenal. Yo, por mi parte, me limitar a rescatar el contenido de un artculo que le aos atrs --he olvidado, a decir verdad, el nombre del autor y el lugar en el que fue publicado-- y que se asienta en la misma percepcin. El texto en cuestin empezaba enunciando una obviedad: los pronsticos que Marx y Engels formularon, en la segunda mitad del siglo XIX, en lo que se refiere a la presunta conducta del proletariado de la Europa occidental demostraron ser equivocados. Permitidme al respecto una irona: el proletariado entr en un supermercado para comprar una barra de pan y decidi quedarse dentro del supermercado. No vaya a ser, sin embargo --prosegua el autor--, que un siglo y medio despus, cuando el proletariado como clase va desapareciendo en la mayor parte del planeta, mientras se acumula con una fuerza gigantesca en las grandes ciudades de la costa china del Pacfico, en condiciones que recuerdan poderosamente a las de la Europa de la segunda mitad del XIX --la plusvala absoluta, la explotacin ms extrema, la ausencia ms dramtica de derechos sindicales y laborales--, el proletariado chino acabe por hacer lo que Marx y Engels intuyeron que iban a hacer, un siglo y medio atrs, los proletariados alemn, francs e ingls.

No se me mal interprete: no estoy afirmando de manera taxativa que va a ocurrir lo que anuncia el autor del texto que acabo de glosar. Me limitar a certificar que una opinin de esa naturaleza publicada hace un decenio hubiera suscitado las ms de las veces una sonrisa conmiserativa. Hoy, por el contrario, no vemos en la obligacin de escuchar lo que se nos cuenta y, en la zozobra en la que estamos instalados, en modo alguno nos atrevemos a descartar horizontes como el retratado...

Termino, y lo hago con lo que, con mucho, es hoy lo ms importante. El ao pasado publiqu en Galicia un libro de ensayos sobre la vida, sobre las vidas, de Fernando Pessoa, el poeta portugus. En el prlogo de esa obra me hago eco de una discusin que ha hecho correr mucha tinta: la relativa a por qu la vida y la obra de Fernando Pessoa producen tanta fascinacin entre nosotros. Luego de examinar diferentes argumentos vertidos al respecto, me acojo a dos ideas manejadas por Robert Brchon, el bigrafo francs del poeta. Brchon cuenta que hace muchos aos acudi a un congreso de estudios pessoanos que se celebraba en la universidad de Nashville, en Estados Unidos. En su transcurso escuch, en un ingls que le costaba trabajo seguir, una intervencin de un profesor negro norteamericano que dijo sucintamente lo que sigue: "Aqu estamos nosotros, luego de atravesar ocanos y continentes, unidos por nuestro vnculo con un hombre que nunca sali de su tierra, y que perdi su vida para que la nuestra fuese ms hermosa. Las palabras que intercambiamos carecen de importancia; son un ritual para instituir entre nosotros su presencia. Hacemos esto en su memoria". Aun sin descartar que Ramn haya permitido que nuestra vida fuese ms hermosa, parece fuera de duda que la ha hecho ms consciente, ms dscola y ms solidaria. No es poco. Brchon echa mano, en fin, de un brevsimo trecho de un texto en el que el novelista Henry James evoca al poeta Aspern. En ingls dice, escuetamente, as: "He is a part of the light by which we walk". "Es parte de la luz por la que nosotros nos movemos". Esa luz --puedo garantizrselo a Ramn-- no se apagar nunca en esta edad de las tinieblas en la que nos adentramos.

*Esta presentacin tuvo lugar en el Crculo de Bellas Artes en Madrid, 5 de abril de 2011

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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