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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-04-2011

Por qu subestimamos a la Tierra y nos sobrestimamos
El planeta devuelve el golpe

Michael T. Klare
Tom Dispatch

Traducido del ingls para Rebelin por Germn Leyens


Introduccin del editor de Tom Dispatch

El pasado lunes, Yukio Edano, secretario jefe del gabinete, defendi la reaccin del gobierno japons ante el desastre nuclear en Fukushima, e insisti en que el complejo de la planta est en una situacin estable, hablando relativamente. Es como la descripcin oficial de 11.500 toneladas de agua vertida intencionalmente a las aguas del ocano frente a Fukushima como de bajo nivel de radioactividad o ligeramente radioactivas. Es, claro est, solo ligeramente en comparacin con el agua an ms radioactiva acumulada en la planta. Pero as son las cosas con las palabras descriptivas: todo depende del color del cristal con las que se mire, y el gobierno japons no se ha mostrado mucho ms deseoso que Tokyo Electric Power Company (Tepco), que dirige el complejo, de ver gran cosa cuando se trata de Fukushima.

El martes, el gobierno termin por elevar el nivel de alerta de Fukushima en la escala de Eventos Nucleares Internacionales de 5 a 7 un accidente mayor la categora ms elevada, slo utilizada previamente para el desastre nuclear de Chernbil en 1986 (que caus una zona muerta de 39.000 kilmetros cuadrados en Ucrania). Aunque los funcionarios del gobierno se apresuraron a restar importancia a la comparacin con Chernbil, un responsable de Tepco present un comentario en el que trata siniestramente de cubrirse ante todas las posibilidades: Nuestra preocupacin es que la cantidad de filtracin podra terminar por llegar a la de Chernbil, o excederla.

De hecho, en nuestro atontado planeta, nunca hemos visto nada parecido a lo que est pasando en Fukushima, no uno, sino cuatro reactores nucleares adyacentes, tres de los cuales parecen haber sufrido fusiones nucleares parciales, y varias piscinas de contencin para combustible gastado (que en trminos de radioactividad, es cualquier cosa pero no gastado) en diversos estados de suma urgencia. Mientras tanto,las semanas necesarias para llegar a controlar la situacin han pasado a peligrosos meses, aos, dcadas eincluso un siglo de limpieza y recuperacin. Se especula con el hecho de que parte del ncleo de un reactor, por lo menos, ya ha filtrado de su vasija al fondo de [su] estructura de contencin, y cada accin para poner el complejo bajo algn tipo de control slo parece crear, o amenaza con crear, otros problemas inesperados (como esa agua ligeramente radioactiva).

Mientras tanto, en medio de otras gigantescas rplicas del terremoto de 9 grados del 11 de marzo (conotras que posiblemente volvern a ocurrir durante aos), el gobierno japons ha estado ampliando lentamente la zona de evacuacin (recientemente descrita por un visitante como una escalofriante zona de la muerte como un episodio de Dimensin desconocida [Twilight Zone] de Rod Serling combinado con El da de maana/El da despus de maana [The Day After], una visin apocalptica de la vida en la era nuclear) alrededor del complejo. Recin esta semana comenzaron a avisar a mujeres embarazadas y nios que permanezcan fuera de ciertas reas hasta 30 kilmetros de la planta. No es sorprendente, en vista de que en una pequea cantidad de muestras del suelo tomadas fuera de la zona de 30 kilmetros en un caso a 40 kilmetros de Fukushima se ha encontrado cesio-137 (con una vida media de 30 aos) a niveles que exceden los que, en Chernbil, obligaron a los residentes a irse. Es posible que muchos de los cientos de miles de japoneses quevivan en esas reas (y si las cosas empeoran, an ms lejos) nunca puedan volver a casa.

Pase lo que pase en Fukushima, podra haber una advertencia ms impactante de que nosotros, los seres humanos, nos hemos extralimitado y que nuestro planeta tiene una manera de imponer castigos por semejante arrogancia? Y hay que recordar que no se puede decir que los japoneses estn solos en esto. Despus de todo, en EE.UU., por lo menos cinco reactores nucleares estn situados en zonas ssmicas propensas a terremotos, segn un informe reciente, que ni siquiera incluye el reactor de Indian Point construido sobre una falla ssmica a solo 50 kilmetros del centro de la Ciudad de Nueva York, mi ciudad de residencia.

Tal vez, como sugiere el colaborador regular de Tom Dispatch Michael Klare, autor de Rising Powers, Shrinking Planet, es hora de revisar la forma en que tratamos al planeta Tierra, antes de que sea demasiado tarde. Tom

El planeta devuelve el golpe

Por qu subestimamos a la Tierra y nos sobrevaloramos

Michael T. Klare

En su libro de 2010: Eaarth: Making a Life on a Tough New Planet, [Tiierra, tratando de vivir en un nuevo planeta hosco] el erudito y activista ecolgico Bill McKibben escribe sobre un planeta tan devastado por el calentamiento global que ya es irreconocible como la Tierra en la que solamos vivir. Es un planeta, predice, de polos que se derriten, de bosques que se mueren y de un mar creciente, corrosivo, barrido por vientos, acribillado por tormentas, abrasado por el calor. Diferente del mundo en el cual naci y prosper la civilizacin humana, necesita un nuevo nombre, de modo que le agreg un a en Eaarth [i en Tiierra, N. del T.]

La Tiierra descrita por McKibben es una vctima, una baja del consumo irrestricto de recursos de la humanidad y sus irresponsables emisiones de gases invernadero que modifican el clima. Es verdad, esta Tiierra causar dolor y sufrimiento a los seres humanos a medida que los mares suban y las tierras de cultivo se marchiten, pero como la retrata, es esencialmente una vctima de la rapacidad humana.

Con todo mirespeto a la visin de McKibben, quisiera ofrecer otra perspectiva sobre su (y nuestra) Tiierra: como una poderosa protagonista de pleno derecho y como una vengadora, en lugar de ser simplemente una vctima.

No basta con pensar en la Tiierra como una vctima impotente de las depredaciones de la humanidad. Tambin es un complejo sistema orgnico con muchas y potentes defensas contra la intervencin externa, defensas que ya despliega con un efecto devastador en lo que respecta a las sociedades humanas. Y hay que recordar que el proceso no hace que empezar.

Para comprender nuestra situacin actual, sin embargo, hay que distinguir entre las perturbaciones que reaparecen naturalmente y las reacciones del planeta ante la intervencin humana. Ambas requieren una mirada nueva, as que comencemos por lo que la Tierra siempre ha sido capaz de hacer antes de que nos volquemos a las reacciones de Tiierra, la vengadora.

Sobrevalorndonos

Nuestro planeta es un complejo sistema natural, y como todos los sistemas semejantes se desarrolla continuamente. Mientras eso sucede -continentes que se alejan,cordilleras que suben y bajan, modelos climticos que cambian- los terremotos, erupciones, maremotos, tifones, sequas prolongadas y otras perturbaciones naturales vuelven a aparecer, aunque sea sobre una base irregular e impredecible.

Nuestros predecesores en el planeta tenan plena conciencia de esa realidad. Despus de todo, las antiguas civilizaciones fueron repetidamente estremecidas, y en algunos casos desbaratadas, por semejantes perturbaciones. Por ejemplo, mucha gente cree que la antigua civilizacin minoica del Mediterrneo oriental se derrumb despus de una poderosa erupcin volcnica en la isla Thera (tambin llamada Santorini) a mediados del segundo milenio a.C. La evidencia arqueolgica sugiere que muchas otras antiguas civilizaciones fueron debilitadas o destruidas por la intensa actividad ssmica. En Apocalypse: Earthquakes, Archaeology, and the Wrath of God [Apocalipsis: terremotos, arqueologa y la ira de Dios], el geofsico de Stanford, Amos Nur, y su coautora Dawn Burgess, argumentan que Troya, Micenas, la antigua Jeric, Tenochtitln y el imperio hitita podran haber terminado de esta manera.

Frente a recurrentes amenazas de terremotos y erupciones volcnicas, muchas antiguas religiones personificaron las fuerzas de la naturaleza como dioses y diosas y pedan complicados rituales humanos y sacrificios para apaciguar a esas poderosas deidades. Se pensaba que el antiguo dios del mar Poseidn (Neptuno para los romanos), tambin llamado Agitador de la Tierra, causaba terremotos cuando le provocaban o se enojaba.

En tiempos ms recientes, hay pensadores que tienden a mofarse de nociones tan primitivas y de los gestos que las acompaaban, sugiriendo en su lugar que la ciencia y la tecnologa frutos de la civilizacin ofrecen ms que suficiente ayuda para permitir que triunfemos sobre las fuerzas destructivas de la Tierra. Este cambio en la conciencia se ha documentado de modo impresionante en el libro de Clive Ponting de 2007, A New Green History of the World [Una nueva historia verde del mundo]. Citando a influyentes pensadores del mundo post medieval, muestra cmo los europeos adquirieron una poderosa conviccin de que la humanidad deba controlar la naturaleza y lo lograra, no al revs. El matemtico francs del Siglo XVII Ren Descartes, por ejemplo, escribi sobre el empleo de la ciencia y del conocimiento humano para que podamos hacernos seores y dueos de la naturaleza.

Es posible que este creciente sentido del control humano sobre la naturaleza haya sido realzado por un perodo de algunos cientos de aos en los que puede haber habido menoscantidad de la usual de perturbaciones de la naturaleza que amenazaran a la civilizacin. Durante esos siglos la Europa moderna y Norteamrica, los dos centros de la Revolucin Industrial, no presenciaron nada parecido a la erupcin de Thera en la era minoica, o, de hecho, algo similar al doble golpe del terremoto de 9 grados y el tsunami con olas de 15 metros de altura que sufri Japn el 11 de marzo. Esta relativa inmunidad contra semejantes peligros fue el contexto en el que creamos una civilizacin altamente compleja, tecnolgicamente sofisticada, que en gran parte da por sentada la supremaca humana sobre la naturaleza en un planeta aparentemente quieto.

Pero es exacta esta evaluacin? Los recientes eventos, desde las inundaciones que cubrieron un 20% de Pakistn y sumergieron inmensas zonas de Australia a los incendios inducidos por la sequa que quemaron vastas reas de Rusia, sugieren otra cosa. En los ltimos aos, el planeta ha sufrido una serie de grandes perturbaciones naturales, incluido el reciente desastre del terremoto y el tsunami en Japn (y sus numerosas y fuertes rplicas), el terremoto de enero de 2010 en Hait, el terremoto de febrero de 2010 en Chile, el terremoto de febrero de 2011 en Christchurch, Nueva Zelanda, el terremoto de marzo de 2011 en Birmania, y el devastador terremoto-tsunami de 2004 en el Ocano ndico que mat ms de 230.000 personas en 14 pases, as como una serie de terremotos, tsunamis y erupciones volcnicas dentro y alrededor de Indonesia.

Aunque no sea para otra cosa, estos eventos nos recuerdan que la Tierra es un sistema natural en permanente desarrollo; que los ltimos cientos de aos no representan necesariamente predicciones de los que quedan por delante; y que podemos, especialmente en el ltimo siglo, habernos arrullado en un sentido de complacencia sobre nuestro planeta que es poco merecido. Ms importante es que sugieren que podramos y subrayo podramos estar volviendo a una poca en la cual aumente la frecuencia de la incidencia de semejantes eventos.

En este contexto, la demencia y la arrogancia con la que hemos tratado a las fuerzas naturales aparecefuertemente bajo el foco. Por ejemplo lo que sucede en el complejo de energa nuclear de Fukushima Daiichi en el norte de Japn, donde por lo menos cuatro reactores nucleares y sus contiguas piscinas de contencin para combustible nuclear gastado siguen estando peligrosamente fuera de control. Obviamente, los constructores y propietarios de la planta no causaron el terremoto y el tsunami que crearon el peligro actual. Fue el resultado de la evolucin natural del planeta, en este caso, del repentino movimiento de placas continentales. Pero son responsables de no haber previsto la catstrofe, por haber construido un reactor en un lugar en el que ha habido frecuentes tsunamis y por suponer que una plataforma de hormign hecha por humanos podra resistir lo peor que la naturaleza puede provocar. Se ha dicho mucho sobre los defectos en el diseo de la planta de Fukushima y sus inadecuados sistemas de apoyo. Todo esto, sin duda, es vital, pero en ltima instancia la causa del desastre no fue de ninguna manera un simple defecto de diseo. Fue la arrogancia: una sobrevaloracin del poder de la inventiva humana y una subestimacin del poder de la naturaleza.

Qu futuros desastres nos esperan como resultado de semejante arrogancia? Nadie, en este momento, puede decirlo con seguridad, pero la instalacin de Fukushima no es el nico reactor construido cerca de zonas ssmicas activas, o que corre peligro por otras perturbaciones naturales. Y no se trata slo de plantas nucleares. Consideremos, por ejemplo, todas esas plataformas petroleras en el Golfo de Mxico que corren riesgo por huracanes cada vez ms poderosos o, en caso de que los ciclones aumenten su fuerza y frecuencia, las plataformas de aguas profundas y superprofundas cuya construccin se est planificando en Brasil para una distancia de hasta290 kilmetros de su costa en el Ocano Atlntico. Y pensando en los recientes eventos en Japn, quin sabe cunto dao puede infligir un gran terremoto en California? Despus de todo California, tambin, tiene plantas nucleares ubicadas ominosamente cerca de fallas ssmicas.

Subestimando la Tiierra

Sin embargo la arrogancia de este tipo slo es una de las maneras mediante las cuales provocamos la ira del planeta. Mucho ms peligroso y provocativo es nuestro envenenamiento de la atmsfera con los residuos de nuestro consumo de recursos, especialmente combustibles fsiles. Segn el Departamento de Energa de EE.UU., en 1990 las emisiones totales de carbono de todas las formas de uso de energa ya haban llegado a 21.200 millones de toneladas y se calcula que, en 2035, aumentarn ominosamente a 42.400 millones, un aumento del 100% en menos de medio siglo. Cuanto ms dixido de carbono y otros gases invernadero descarguemos en la atmsfera, ms cambiaremos los sistemas climticos naturales del planeta y daaremos otros recursos ecolgicos vitales, incluidos ocanos, bosques y glaciares. Todos son componentes de la estructura integral del planeta, y al ser daados de esta manera, provocarn mecanismos de defensa: aumento de las temperaturas, cambios en los modelos de precipitacin pluviomtrica y aumento de los niveles de los mares, entre otras reacciones.

La nocin de la Tierra como un complejo sistema natural con mltiples ciclos de retroalimentacin fue propuesta por primera vez por el cientfico y ecologista James Lovelock en los aos sesenta y planteado en su libro de 1979: Gaia: una nueva visin de la Tierra. (Lovelock us el nombre de la antigua diosa griega Gaia, personificacin de la Madre Tierra, para su versin de nuestro planeta). En sta y otras obras, Lovelock y sus colaboradores argumentan que todos los organismos biolgicos y sus inmediaciones inorgnicas en el planeta estn estrechamente integrados para formar un sistema complejo y autorregulador, que mantiene las condiciones necesarias para la vida, un concepto que llam La Hiptesis Gaia. Cuando cualquier parte de este sistema se daa o se altera, afirman, las otras reaccionan tratando de reparar, o compensar, el dao con el fin de restaurar el equilibrio esencial.

Pensemos en nuestros propios cuerpos cuando son atacados por microorganismos virulentos: nuestra temperatura aumenta; producimos ms glbulos blancos y otros fluidos, dormimos mucho y desplegamos otros mecanismos de defensa. Cuando tienen xito, nuestras defensas corporales neutralizan primero y finalmente exterminan a los grmenes invasores. No es un acto consciente, sino un proceso natural, que salva la vida.

La Tiierra reacciona ahora ante las depredaciones de la humanidad de manera semejante: calentando la atmsfera, sacando carbono del aire y depositndolo en el ocano, aumentando las lluvias en algunas reas y reducindolas en otras y compensando de otras maneras la masiva infusin atmosfrica de dainas emisiones humanas.

Pero es poco probable que lo que la Tiierra hace para protegerse contra la intervencin humana sea propicio para las sociedades humanas. A medida que el planeta se calienta y los glaciares se derriten, los niveles del mar aumentarn, inundando reas costeras, destruyendo ciudades y sumergiendo reas agrcolas a baja altura. Las sequas sern endmicas en muchas reas agrcolas que otrora eran productivas, reduciendo el suministro de alimentos a cientos de millones de personas.Muchas especies vegetales y animales esenciales para el sustento humano, incluyendo varias especies de rboles, cultivos de alimentos y peces, no podrn adaptarse a esos cambios climticos y dejarn de existir. Los seres humanos podran y de nuevo subrayo que podran tener ms xito al adaptarse a la crisis de calentamiento global que semejantes especies, pero al hacerlo, multitudes probablemente morirn de hambre, enfermedad y las guerras que las acompaan.

Bill McKibben tiene razn: ya no vivimos en el planeta acogedor, que considerbamos seguro, conocido antiguamente como Tierra. Habitamos otro sitio que ya ha cambiado drsticamente por la intervencin de la humanidad. Pero no actuamos frente a una entidad pasiva, impotente, incapaz de defenderse de la trasgresin humana. Lamentablemente, conoceremos consternados los inmensos poderes de los que dispone la Tiierra, la Vengadora.

Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el Hampshire College. Su ltimo libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).

Copyright 2011 Michael T. Klare

2011 TomDispatch. All rights reserved.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175379/

rCR



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