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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-05-2011

La muerte aparente de Osama Bin Laden

John Brown
Johannes Maurus



"Ainsi, dans le systme de Spinoza, tous ceux qui disent : les Allemands ont tu dix mille Turcs, parlent mal et faussement, moins qu'ils n'entendent : Dieu modifi en Allemands a tu Dieu modifi en dix mille Turcs ; et ainsi toutes les phrases par lesquelles on exprime ce que les hommes se font les uns aux autres n'ont pas d'autre vritable sens que celui-ci : Dieu se hait lui-mme, il se demande des grces lui-mme et il se les refuse ; il se perscute, il se mange, il se calomnie, il s'envoie sur l'chafaud, etc."

(As, en el sistema de Spinoza, todos los que dicen : los alemanes han matado a diez mil turcos hablan mal y falsamente, salvo que entiendan que: Dios modificado en Alemanes ha matado a Dios modificado en diez mil turcos, de modo que todas las frases por las que se expresa lo que los hombres se hacen unos a otros no tienen ms sentido verdadero que ste: Dios se odia a s mismo, se pide gracias a s mismo y se las deniega; se persigue, se come, se calumnia, se enva al cadalso, etc.)

(Pierre Bayle, Dictionnaire historique et critique, 1756)

Hay muertes que no lo son o que slo lo son en apariencia. Ello puede ocurrir porque quien muere tenga algo de inmortal, como los hroes de la Grecia antigua, pero tambin puede darse el caso de que el muerto ya haya fallecido hace tiempo. Este ltimo es el caso de Osama Bin Laden, antiguo agente de la CIA reconvertido al yihadismo que, vuelto contra su antiguo amo, no olvid los sanguinarios mtodos aprendidos en la agencia. Su momento de gloria fue el ataque contra las torres gemelas de Nueva York, el acto, paralelo en su significado y efectos a la quema del Reichstagpor los nazis, que desencaden el estado de excepcin permanente en que hoy vivimos. Ese acto tuvo algunas rplicas de menor intensidad, como el 11-M madrileo o la reciente bomba de Marraquech, pero no fue nunca igualado en su impacto por ningn otro. Su repeticin ya no era necesaria. Los atentados del 11 de septiembre fueron tan exactamente acordes a las necesidades del rgimen imperial que dieron y siguen dando pbulo a toneladas de explicaciones necias de los tericos de la conspiracin. No hubo, sin embargo, ninguna conspiracin, sino pura mecnica de una sociedad basada en el juego del principio de seguridad y del principio de riesgo. Se trata de jugar con fuego extremando la opresin y el sojuzgamiento de las tres cuartas partes de la humanidad, practicar la violencia ms desmedida en Palestina, en Pakistn o en Colombia, y luego gestionar la respuesta violenta de los ms dbiles reforzando los aparatos de represin y de control, explotar sin tasa al tercer mundo y en el mayor grado posible a los trabajadores de las metrpolis. Lo que ha hecho Israel durante los ltimos 50 aos. El 11 de septiembre nos ha enseado a todos los habitantes del centro imperial a vivir como Israel. Vivir como Israel es aceptar la normalidad de la opresin cotidiana de otros pueblos y, a la vez, la banalidad de un control cada vez ms riguroso sobre nuestras propias sociedades. Desde el 11 de septiembre, todos somos Israel.

Las invasiones de Afganistn y de Iraq fueron slo una parte de la respuesta, la que exhiba los atributos del poder soberano en un momento de gravsima crisis de la soberana causada por la globalizacin. No hay mejor prueba de la erosin de esa soberana que la privatizacin masiva de las guerras de Iraq y de Afganistn en las que la mitad de los efectivos combatientes son mercenarios o agentes contractuales de empresas privadas, frecuentemente de ciudadana distinta de la norteamericana. La guerra deviene negocio para una empresas de trabajo temporal particularmente sanguinarias. El mercado dentro del espectculo de la guerra representa la pantomima de la soberana cuando esta experimenta ya un eclipse duradero. Las dos guerras principales, la de Afganistn y la de Iraq, son fundamentalmente un sangriento espectculo de marionetas que afirma el poder de una soberana casi difunta. No son guerras por el petrleo, sino mero espectculo, representacin melanclica del Leviatn cuyo cadver apesta hasta en el ltimo rincn del planeta. El frente fundamental sigue siendo, sin embargo, el interior donde los controles de todo tipo, las barreras y los muros visibles e invisibles se multiplican. Signo del estado de excepcin es la generalizacin de la figura penal del "terrorismo". Antes el terrorismo no tena cabida en el derecho penal de los Estados liberales, pues el derecho penal clsico slo castiga actos bien definidos y nunca intenciones, aun menos cuando se trata de intenciones polticas. El terrorismo slo exista como delito en los cdigos penales de los regmenes capitalistas de excepcin: fascismo y nacionalsocialismo, franquismo etc. Hoy, lo excepcional y totalitario se ha vuelto normal. Ya no se trata de impedir mediante la represin del delito que este se vuelva a cometer, sino de mantener en funcionamiento un mecanismo en el cual se acepta una cierta dosis de violencia privada haciendo cada vez ms estricto el control sobre ella. No se trata de impedir que la haya, pues es imposible, sino de controlarla y delimitarla, eventualmente orientarla de modo que no resulte nociva al sistema e incluso pueda reportar alguna utilidad. Ya no se trata de perseguir al incendiario o al homicida por sus actos, sino de perseguir a un individuo que slo puede definirse por sus turbias y siempre supuestas "intenciones": el terrorista. El problema es que, dentro de la indefinicin de la figura del terrorista, propia de la perspectiva amplia y general propia de una sociedad de control, todos somos potencialmente terroristas, pues todo animal poltico integra siempre en su comportamiento propiamente poltico un grado de antagonismo, de agresin y de violencia. Todos somos terroristas.

Todos somos pues israeles y todos somos tambin terroristas. Vivimos en el miedo del otro que no es sino el miedo a nosotros mismos. Miedo cultivado y reproducido desde las instancias del poder, miedo alimentado por las propias promesas de seguridad del poder. Un nuevo muro antiterrorista promete seguridad, pero al mismo tiempo genera un odio mayor en el enemigo, aumenta su empeo en vengarse. Las propias defensas contra el miedo generan aun ms miedo y ms dependencia ante el poder, lo que lleva al paroxismo la mezcla de temor y esperanza que lsirve de fundamento al poder, produciendo y reproduciendo la obediencia de los sbditos. Cada uno de nosotros puede ser, por lo dems, un terrorista o un cmplice objetivo del terrorismo: en el paroxismo del miedo no hay lmites: todo vecino algo diferente, cualquier vecino por lo tanto, pues, por definicin todos son "algo" diferentes, puede ser un terrorista. Yo mismo lo puedo ser o puedo ser visto como tal por el vecino. Nunca es sufiente la cohesin del grupo en torno a su identidad y sus principios: el racismo y el fascismo acechan detras de la defensa del Estado de derecho.

El fantasma de Bin Laden es el fantasma de esta escisin de nuestras sociedades y de nosotros mismos que nos hace cmplices y aun agentes despiadados de un poder tan brutal como el del viejo colonialismo, a la vez que enemigos de ese mismo poder. No hay occidental que aquel famoso 11 de septiembre no se viera atravesado a la vez por un cierto consuelo, un sentido de expiacin de una horrible falta, expresado como una inquieta e incierta alegra y, a la vez, un profundo temor a ser vctima de un atentado "terrorista". Temor del israel a ser vctima estructural de la violencia, temor del israel a ser, aunque sea un solo da, palestino. Las tiranas neoliberales del centro y la periferia capitalistas han explotado al mximo esta escisin, que lleg al paroxismo en algunos regmenes rabes como el de Ben Al en Tnez, rgimen este que puede darse por modelo casi ideal del mecanismo de poder hoy en juego. La dictadura de Ben Al estaba basada hacia dentro y hacia afuera del pas en un permanente chantaje: o se acepta un ferreo control del conjunto de la vida social por el gobierno y sus rganos policiales o no tardarn los islamistas en liquidar toda libertad. El resultado es que no fue en ningn momento necesario que los islamistas se encargasen de esa liberticida tarea: el propio rgimen, esa "democracia con limitaciones explicables" amiga de Occidente, se encarg por s sola de hacerlo. Para ello era necesario esgrimir el fantasma de Bin Laden y de Al Qaida, como lo han hecho hace an poqusmos das los representantes del poder marroqu a raz del oportunsimo atentado de Marraquech que desbarat la jornada de lucha del movimiento democrtico convocada para el 1 de mayo. Como nos muestra el ejemplo de Ben Al, este procedimiento tiene, sin embargo, un lmite que las poblaciones sometidas a este juego infame saben ante o despus identificar.

Criticando el supuesto panteismo de Spinoza, Bayle afirmaba que, el autor de la tica debera llegar, del hilo de su "panteismo", a la absurda conclusin de que Dios modificado en alemn mata a Dios modificado en turco. Para Bayle la mxima paradoja es que una misma sustancia, un mismo Dios, se mate a s mismo bajo distintas formas. Hoy Obama mata a Osama, los cuerpos especiales norteamericanos matan al anciano y enfermo agente de la CIA, la misma sustancia capitalista se divide y se mata. Como ocurri ya el 11 de septiembre, pero al revs. El capitalismo y su rgimen de control y seguridad no es, sin embargo, la divinidad que pretende ser. Como gustaba decir Jacques Lacan: "nada es todo". Hay siempre algo ms, hay un ms all del espectculo imaginario del Turco que mata al Cristiano y del Cristiano que mata al Turco: hay un pblico que no quiere ver ms ese espectculo y destroza el teatro de marionetas exigiendo ser l quien escriba la obra y protagonice la funcin. Las revoluciones rabes haban matado a Bin Laden antes de que lo hiciera Obama. Hoy slo los tiranos que se ven acosados, como Gadafi o como ese particular despotismo rabe que es el rgimen sionista, siguen afirmando que Al Qaida es la nica alternativa a sus poderes despticos. Mientras tanto, el poder norteamericano, temeroso de su gemelo terrorista, aun despus de muerto no encontr mejor solucin para liberarse de l que arrojar su cadver al mar, supuestamente segn los rituales del Islam, aunque contravinindolos en realidad de la manera ms descarada. No era el ritual funerario de ninguna religin, sino un acto de "desaparicin" ya ampliamente practicado por la dictadura militar argentina y por otros regmenes "amigos" de los Estados Unidos. Se trataba de que no hubiera tumba, ni lugar donde rendir culto a la memoria de Bin Laden, de borrar su memoria de la faz de la tierra. Se trataba de hacer como si nunca hubiera existido, con ese odio que slo puede profesarse a lo que es una parte negada de uno mismo. Quienes hoy han arrojado a Bin Laden muerto al mar saben de alguna manera que no pueden confesarse que su empeo es tan vano como el de quien deseara librarse de su propia sombra.

http://iohannesmaurus.blogspot.com/2011/05/la-muerte-aparente-de-osama-ben-laden.html

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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