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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-05-2011

Da del Trabajador en el mundo
Pobrecito mi patrn piensa que el pobre fui yo

Milson Salgado
Rebelin


Son los fantasmas que deambulan por los lugares sin etiqueta de reuniones sociales y relaciones pblicas. Crean sus habitad con sus mujeres y sus hijitos malnutridos en las mismas pilastras de la industrializacin donde se confinan, y toman fotos para asir en el instante mgico del encuadre, el terreno propio de la productividad en donde se les ha asignado vivir por el resto de sus vidas. Las casas de hogar son solo pretextos y las enfermedades la rescisin de sus normalidades. All se pudren millones de vidas humanas en la intrascendencia, y se reproducen generacin tras generacin, grupos informes y annimos de nombres con nmeros de identificacin, y aumentos de salarios decrecientes para defraudar el hambre. Las luchas sindicales son satanizadas y antiestticas y se convierten en los ltimos suspiros desfallecientes con que la miseria va imponiendo los lmites de la sobrevivencia.

Ocupan como actores de la tragedia de las mortalidades previsibles, los nmeros tendenciosos de la estadstica, emborronando pginas aristocrticas de pensadores ufanos y tarifados en el espacio del ocio, y los llaman masas y peligrosas hordas de malvivientes, y en sus fobias y en sus delirios de persecucin sopesan el riesgo en sus oscuros planes de civilizacin o el paso impostergable de los modernos y virtuales superhombres diseados en los estudios de la industria del entretenimiento.

Los rascacielos, los muelles, los aeropuertos, los centros del comercio y tanta banalidad de las ciudades derivan de sus manos pero no tienen el fino prestigio de los artistas para firmar sus obras y obtener colosales ganancias. Son hijos olvidados de los dioses oficiales, quienes prefieren alinearse a las espiritualidades del xito, ausente de sudores y pesadeces manuales, o esperas burocrticas, ni que sufrir con la oscilante decisin de las corporaciones para remendar los nmeros de la inflacin subiendo salarios y encareciendo consumos.

Se llaman pedros, Juanes, pacos, pablos, joches, manueles, chicos, danieles y sus apellidos se pierden en las sencilleces de lo comn y cuando por alguna coincidencia comulgan en sus identidades con algn apellido Marquez, Reyes, Cortes, Reynas, Condes son el hazmerreir de sus mismos compaeros y de los patrones que en sus mentes cuadradas de noblezas, saben que hay altos perfiles y clases de bajas categoras presuntuosas, pero que no se han descubierto todava formulas para teir las venas y las arterias de color azul de las coronas y de las hemofilias.

Ellos son los culpables del pan en la casa y en las calles, de la limpieza de las ciudades, de que en los hospitales hayan turnos de atencin en los amaneceres, de que la educacin escriba las primeras M y P en las pginas soolientas de un nio, de la limpieza de la casa, de la frescura del jabn, de la ternura del olor de las camisas nuevas, de la pavimentacin de las ciudades, de los miradores donde las parejas se declaran sus amores, de las camas permitidas y las furtivas, de la casa como nido provisional de la existencia, de las iglesias donde engaan sus tragedias, de todo y casi todo, porque los otros y pocos dueos de todo como fieras voraces son las vctimas de la acumulacin del dinero, y como aves accidentadas en postes elctricos claudican ante el vaco de su vidas y sus problemas irreales y de sus enfermedades qumicas de ansiolticos y antidepresivos, corren moribundos al Psiquiatra para alargar los das y noches de sus consabidos suicidios.

Ellos han sido llamados esclavos, siervos, tributarios, masa, chusma, rebao, salvajes, brbaros, presos de guerras, sucios pescadores, carpinteros de cuna y tumba, buscadores solitarios del oro, muelleros en Panam y en Tampa, repartidores de peridicos en la India y Estados Unidos, saladores de carnes en Galicia y en la Pampa, cultivadores de remolacha y arroz en Ucrania y en China, roedores de minas en Chile y Costa Rica, piezas del positivismo de las mquinas en Mxico y en Canad, desperdicios seos en el Potos, hijos del banano en las fincas de barbas amarillas en Centroamrica y la zona Caribe de Amrica del sur, recogedores de frutas en California,, reyes de la chatarra en Barcelona, cuidadores de perros en Madrid y Manchester. Hojalateros en Per, inmigrantes cados en las fronteras terrestres de Mxico y martimas de Italia, campesinos mrtires en el Aguan de Honduras, cocaleros en Bolivia, buhoneros en cualquier plaza de Amrica, asalariados feudales, obreros de maquilas en las ciudades modelos de la explotacin transnacional, cobradores de buses en las metrpolis, lavadoras de ropa ajena, tortilleras del bocado presto y sabrosuras de perros calientes, esclavos en mansiones imperiales, zapateros, limpiadores de carros, vendedores de lo ajeno, recibos de luz , agua y telfono en mora y en preocupaciones que asaltan, angustia por desalojo de casas con llantos de nios desplazados y dolores de cabeza por los cuadernos del pequeo y sus meriendas. Ellos siempre han sido basura humana y sus gritos de justicia son terrorismo y sus reclamos crcel y asesinatos. A nadie se le ocurrido que la riqueza que han producido sus manos, por un truco llamado comercio inventado por los economistas, se ha deslizado a las manos de las ufanas riquezas de los pases del primer mundo, es simple hacer la operacin aritmtica para salir del error, si al sudor vertido le sumamos la sangre derramada, el resultado es la acumulacin de capital que hoy irriga de bonanzas los bolsillos de unos tan pocos hombres, llamados dueos del mundo.

Por eso, por sus riquezas en las alegras de las fiestas y el carnaval, por las juergas donde burlan el peso de sus consabidas tristezas, por los juegos donde subvierten el dominio invisible del capital, por los refranes en que reivindican con mofas populares el eterno retorno de los viejos destinos, por el dolor punzante que nutre de madurez sus prximas decisiones, por la lagrima compartida del sueldo atrasado y que mereci una reprimenda, por el pago de la pulpera para alargar la dignidad del crdito, por el jbilo que trae el pan en la mesa vaca y por el sueo reparador del cansancio bien ganado, por todo ello y por muchas cosas que aqu escapan a las letras: El pobrecito en resumidos cuentos result ser mi patrn.

* Milson Salgado es escritor hondureo

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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