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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-05-2011

El derrumbe de antiguos regmenes
Versalles en el Potomac y sus interminables guerras

William J. Astore
CounterPunch

Traducido del ingls para Rebelin por Germn Leyens


El asesinato de Osama bin Laden, un testimonio de la grandeza de nuestro pas segn el presidente Obama, no debera opacar una realidad central de nuestro mundo posterior al 11-S. Nuestros conflictos en Iraq, Afganistn, Pakistn, Yemen y Libia siguen siendo ejemplos de guerra no declarada, un hecho que contribuye a su distancia de nuestro mundo estadounidense. Estn distantes geogrficamente, pero tambin distantes de nuestros intereses de cada da y, a menos que se sea miembro de las fuerzas armadas o se tenga un ser querido en ellas, distantes de nuestra conciencia colectiva (para no hablar de nuestras conciencias individuales).

Y esta distancia no es accidental. Nuestras guerras y su impacto se mantienen en un aislamiento notable de lo que pasa por ser asuntos pblicos en este pas, dejando a la mayora de los estadounidenses con poco conocimiento, y todava menos influencia, sobre si deberan y librarse y cmo se estn librando.

En este sentido, nuestras guerras son extraamente similares a las realizadas por monarcas europeos en los Siglos XVII y XVIII: conflictos librados por militares profesionales y bandas de mercenarios; en gran parte por el capricho de lo que ahora podramos llamar un ejecutivo unitario financiado con gastos deficitarios, con el propsito de proteger o extender los intereses de una elite gobernante.

Los cnicos podrn decir que siempre ha sido as en EE.UU. Despus de todo, la Guerra de 1812 fue conocida por los crticos como La Guerra de Mster Madison y la Guerra mexicana-estadounidense de los aos cuarenta del Siglo XIX fue la Guerra de Mster Polk. La Guerra hispana-estadounidense de 1898 fue una guerra descarada de expansin, vigorosamente denunciada por los antiimperialistas estadounidenses. Sin embargo, en esos conflictos hubo por lo menos un autntico debate nacional, as como declaraciones formales de guerra del Congreso.

La actual clase gobernante en Washington ya no se preocupa de aparentar que respeta la letra de nuestra Constitucin y tambin soslaya su espritu-, invocando afirmaciones vacas de privilegio ejecutivo o del espritu de servicio humanitario (como en Libia) o de exportacin de la democracia (como en Afganistn). Pero Libia sigue desgarrada por la guerra civil, y Afganistn todava no se transforma en Oregn.

Guerra ilustrada, entonces y ahora

La historia no se repite simplemente, pero las realidades de poder, privilegio y orgullo aseguran ciertas continuidades del pasado. Considerad la forma en que las actuales guerras distantes y las maneras en querefuerzan relaciones de poder existentes de una elite privilegiada y orgullosa se hacen eco de un estilo de guerra europea que tiene ms de tres siglos.

Al estudiar la destruccin de la devastadora Guerra de los Treinta Aos (1618-1648), librada febrilmente en los territorios germnicos por la mayor parte de Europa, vemos que monarcas como Luis XIV de Francia comenzaron a librar guerras limitadas. Las consideraron ms consistentes con el espritu de una era racional e ilustrada. En sus manos, semejantes guerras se convirtieron en el deporte de reyes, equivalentes en la vida real a complejas partidas de ajedrez en la cual soldados de infantera provenientes de las clases inferiores servan de peones desechables, mientras los hijos segundos o menores de la nobleza, cumpliendo su deber como oficiales, resultaban ser reyes, alfiles, y torres, apenas menos desechables.

El monarca y su squito trataban, en lo posible, de mantener las guerras y sus trastornos a distancia de las prsperas preocupaciones econmicas y de manufactura. En muchos casos, en los siglos siguientes, esto signific esencialmente exportar la guerra a remotas reas o colonias brbaras. Al hacerlo, la muerte y la destruccin se subcontrataban en sitios y pueblos distantes de las metrpolis europeas.

En los hechos, esto fue precisamente lo que enfureci a nuestros fundadores: que las colonias en Amrica se haban convertido en un campo de batalla interminable para las ambiciones imperiales francesas y britnicas de las cuales los propios colonos sufran el torbellino de la guerra mientras ganaban pocos de sus beneficios. Una lectura cuidadosa de la Declaracin de Independencia, por ejemplo, revela un desdn protorepublicano por guerras libradas por el capricho de un rey y que en todo caso reducan a los colonos a simple carne de can.

Al negarse a claudicar a su porfiado derecho como britnicos a determinar cmo se les gravaba, cmo eran defendidas sus familias y sus tierras, y especialmente para qu ellos mismos deban combatir y morir, los fundadores forjaron una nueva nacin. En vista de esta historia, no es sorprendente que hayan otorgado al Congreso, no al presidente, el poder de declarar y financiar la guerra.

De esta manera naci un noble experimento, y funcion, aunque de modo imperfecto, hasta que la devastacin de una nueva guerra de treinta aos en Europa (ms conocida como las Guerras Mundiales I y II), impuls a EE.UU. a la condicin de superpotencia con todas sus ambiciones resultantes, avivadas por temores existenciales, sea de los comunistas ateos de ayer, o de los terroristas fanticos religiosos de nuestros das.

En el centro de Washington: la nueva Corte de Versalles

En el Siglo XVIII, Francia era la superpotencia de Europa con fuerzas armadas que hacan parecer enanas las de sus vecinos. Y quin dictaba las decisiones de ir a la guerra? La respuesta: el rey, sus generales y los cortesanos en la Corte de Versalles. En el Siglo XXI, EE.UU. celebra su condicin de nica superpotencia mundial con fuerzas armadas sin igual. Y quin dicta sus decisiones de ir a la guerra? Considerando las lecciones de Iraq, Afganistn, y ahora Libia, la respuesta no es menos obvia: el presidente, sus generales y sus cortesanos, dentro del vasto edificio del Estado de seguridad nacional de Washington.

Las guerras ilustradas de Francia eran libradas por ejrcitos profesionales y mercenarios, dirigidos por un ejecutivo unitario que haca lo que quera, y sufridas por clases inferiores sin derecho a voz ni voto al respecto (aunque provean la fuerza y la sangre). De la misma manera, nuestros amos del Siglo XXI nos lanzan a su versin de guerras ilustradas y juegan su versin de partidas de ajedrez globales.

La analoga puede ir ms lejos. En la Francia pre-revolucionaria, el Primer y Segundo Estado (el clero y la nobleza) constituan menos de un 2% de la poblacin pero controlaban casi toda la riqueza y el poder del pas. Su alianza impa mantena al Tercer Estado (todo el que no era clrigo o noble) bajo su dominacin colectiva.

Ahora bien, consideremos el EE.UU. actual. Nuestro equivalente del Primer Estado sera el clero de las finanzas y la banca (la religin del todopoderoso dlar). Hay que buscarlo en sus templos en Wall Street. Nuestro equivalente del Segundo Estado seran los que mueven los hilos en el centro de Washington. Hay que buscarlos en la Casa Blanca, el Pentgono, el Congreso, y en la Calle K donde tienden a congregarse los lobistas del Primer Estado. La alianza impa de estos dos estados deja al Tercer Estado de EE.UU. a ti y a m con las todas las posibilidades, manipuladas, contra nosotros.

Cuando tiene que ver con la guerra, la clase gobernante de EE.UU. ha relegado a los miembros de su Tercer Estado alternativamente al papel de legionarios extranjeros en el servicio en ultramar, o de espectadores silenciosos que miran pasivamente lo que pasa en el gran televisor. Eso, por su parte, es continuamente interpretado para nosotros por miembros retirados del Segundo Estado: generales y almirantes vestidos de paisano, contratados por los medios corporativos para suministrar comentarios en colores sobre las guerras de Washington.

No es de extraar que la elite actual de Washington sea tan imperiosa y aislada como la Corte de Luis XIV. Un colega mo aguant hace poco una breve audiencia con algunos miembros de nuestro Segundo Estado cerca de Dupont Circle en Washington. En sus palabras: Se sentan al mismo tiempo condescendientes e intrigados por tipos del Tea Party, como se referan a ellos, lo que quiere decir que admitan sin querer que estaban fuera de contacto y que les parecan bastante bien. Mirad, dije finalmente, no podis seguir robndole a alguien la billetera mientras lo intimidis dicindole lo estpido y mal informado que es y luego os sorprendis porque se enoja.

Sean sucios tipos del Tea Party, tarados (segn el ex cortesano Rahm Emanuel) progresistas, y otros miembros del descontento Tercer Estado estadounidense, a las elites de Washington que libran guerras en nuestro nombre simplemente no les podra importar menos lo que pensemos, exactamente como a Luis XIV y su corte no les poda importar menos lo que desearan sus sbditos.

Interminables guerras limitadas libradas en funcin de los intereses de la clase gobernante, los masivos gastos deficitarios en esas guerras, la negativa de reconocer (o incluso comprender) la creciente insatisfaccin de la gente, la mentalidad de entonces que coman brioche!: todo esto es familiar para un historiador. Y como los antiguos amos franceses de la guerra limitada, nuestros nuevos amos de la guerra desangran la legitimidad.

El derrumbe de los antiguos regmenes

Al aislar al Tercer Estado estadounidense de la guerra por cierto, al desconectarlo de todo debate pblico significativo sobre el perpetuo belicismo de esta nacin nuestros gobernantes han conspirado para proteger sus propios intereses. Sin embargo, al decidir a escondidas todo lo importante, han eliminado neciamente todo control de su demencia.

Consideremos de nuevo el ejemplo del Versalles pre-revolucionario. Una burocracia sobrecargada de altos puestos, notablemente disoluta, y a menudo parastica saque el bien pblico de Francia en busca de poder y privilegio. Podemos dejar de decir lo mismo del Washington actual? En su tendencia cleptocrtica de enriquecimiento y su despliegue irresponsable de poder militar en todo el globo, la clase gobernante estadounidenses tiene un cierto parecido con los reyes franceses y sus cortes que, a fin de cuentas, llevaron a su pas a la ruina econmica y a la revolucin violenta.

Hastiada de sus derrochadores y orgullosos gobernantes, Francia vio cmo rodaban las cabezas y cmo caan las cuchillas de las guillotinas. Cuntas guerras ilustradas ms no declaradas, cundos billones de dlares en deuda impulsada por guerra, cuntos muertos y heridos sern necesarios para que el pueblo estadounidense exija que le devuelvan su poder sobre la guerra? O nos basta con mostrarnos respetuosos hacia nuestra clase y corte gobernante y a sus acreedores en ultramar "menos-que-amantes-de-la libertad"- hasta que llegue el momento en el cual sus orgullosas guerras y sus derrochadores presupuestos de defensa de ms billones de dlares hagan que nuestro gran experimento democrtico se derrumbe?

William J. Astore es teniente coronel retirado (de la Fuerza Area de EE.UU.) y profesor de historia. Agradece comentarios de los lectores [email protected].

Este ensayo fue publicado originalmente en TomDispatch.

Fuente: http://www.counterpunch.org/astore05122011.html

rCR



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